Internacional

DEBATE PROGRAMÁTICO EN BRASIL

Brasil: debate con la plataforma VAMOS, base de la candidatura presidencial del PSOL

Publicamos el debate programático del Movimiento Revolucionario de Trabajadores de Brasil con la plataforma VAMOS, base de la candidatura presidencial de Guilherme Boulos por el PSOL de Brasil.

Fernando Pardal

San Pablo

Martes 3 de abril | Edición del día

La plataforma VAMOS, iniciativa del Frente Puebo Sin Miedo, realizó en 2017 una serie de debates con el objetivo de elaborar un programa para el país, que ahora va a servir de base para el programa de la candidatura de Guilherme Bouos a presidente de Brasil por el PSOL/PCB. En ese proyecto de elaboración programática, participaron desde sectores petistas, como Tarso Genro, hasta sectores de la izquierda que se reivindican revolucionarios.

Ya hemos criticado la completa falta de independencia política que, desde el comienzo, VAMOS tenía en relación al petismo desde el punto de vista de la composición, convocando a sus representantes a sentarse a la mesa a debatir un programa para la izquierda, como si no hubiese sido ese el partido que durante 13 años estuvo al frente de garantizar el mantenimiento del régimen capitalista brasileño, con ganancias récord para banqueros, empresarios y el agronegocio. En este artículo queremos también avanzar en la crítica al contenido del programa elaborado.

Para hacer este debate hay que sortear la trampa que el programa de esta plataforma plantea de partida. No existe ninguna fundamentación general, cada eje es un conjunto de puntos lanzados al papel sin una sistematización, y a veces sin una unidad lógica entre sí. Es la visión perfecta de lo que sería un acolchado de retazos transformada en programa. Son tan heterogéneos los sectores políticos que la plataforma intenta unificar programáticamente que no podría ser de otra manera.

En esta unidad sin principios, el programa apuesta a la poca sistematización o fundamentación de sus puntos para ocultar la perspectiva estratégica que le sirve de base: reformas democráticas graduales del estado capitalista, buscando la ampliación de derechos sociales y laborales para la mayoría de la población sin chocarse con las bases de la explotación capitalista y de la propiedad privada.

Lo que expresa el programa VAMOS es una visión renovadora de las utopías lulistas, buscando una transformación desde adentro de esta democracia de ricos, proponiendo algunos cambios en este régimen y en la economía, combatiendo el rentismo y ofreciendo la ya fallida visión nacional desarrollista.

La iniciativa de la plataforma VAMOS, desde el nombre hasta el contenido programático, se inspira no solo en la experiencia fracasada del petismo, sino también en las nuevas experiencias reformistas como Podemos, en el Estado Español, o Syriza en Grecia, a pesar de siquiera citarlas en la plataforma. Esas nuevas experiencias reformistas no tienen el peso social del reformismo tradicional, que a ejemplo del petismo se constituyeron con peso en los sindicatos de trabajadores, pero compartieron su política de conciliación de clases y sus ilusiones en promover reformas a través de conquistar posiciones en los regímenes democrático burgueses. En poco tiempo, el gobierno antiajuste de Syriza terminó aplicando las medidas de ajuste exigidas por la Unión Europea y por el FMI, traicionando la enorme lucha del pueblo griego que incluso se había pronunciado mayoritariamente, en un plebiscito convocado por el propio gobierno de Syriza, contra el ajuste.

En el Estado español, Podemos intentó plantearse como una alternativa de izquierda, p ero terminó aplicando un gobierno de ajustes en Madrid, la perspectiva de un gobierno en alianza con el PSOE e al declarar equidistancia entre el nacionalismo español y el nacionalismo catalán, terminó dando la espalda a la lucha del pueblo catalán y emblocándose en la práctica con el reaccionario régimen de la monarquía constitucional española.

La perspectiva desde donde criticamos el programa de la plataforma es opuesta a la de viejos y nuevos reformismos, de luchar por pequeños derechos en el marco del sistema capitalista, que a cada crisis nos saca más de lo que nos había concedido. Nos inspiramos en ejemplos como el del FIT y el PTS en Argentina, que muestran que es posible que una izquierda obrera y socialista se fortalezca, no solo electoralmente sino avanzando en su peso orgánico en los lugares de trabajo y estudio, con un programa de independencia de clases, opuesto a todas las variantes patronales o reformistas.

Un programa económico nacional desarrollista

El punto de partida del programa económico de la plataforma VAMOS como un “proyecto económico volcado hacia el interés de las mayorías, el combate a los privilegios y al rentismo” es un “nuevo modelo de desarrollo, en sintonía con la cuestión ambiental, social y con la diversidad”. Más allá de que no se sabe qué quiere decir con un modelo basado en la diversidad –si es la diversificación de las ramas económicas e inversiones, o si se quiere fortalecer algo como un mercado del “pink money”- el programa económico de la plataforma VAMOS ni siquiera aborda la situación económica general de la crisis capitalista en la que ese plan sería implementado no intenta siquiera hacer un diagnóstico de la recesión brasileña y hace abstracción de la posición que Brasil ocupa en el mercado mundial.

En medio a la creciente disputa comercial entre las principales potencias mundiales, con China emergiendo como un nuevo competidor que comienza a tener una política ofensiva sobre Sudamérica, pensar cualquier proyecto económico que no parta de esas crecientes contradicciones es un ejercicio de ficción y no un proyecto económico serio.

Al hacer abstracción de las condiciones concretas del mercado mundial y de la posición de Brasil en él, tampoco dice nada sobre las pesadas corrientes que subordinan al país a las grandes potencias imperialistas. Cualquier sea el ángulo desde donde se analice la economía brasileña, salta a la vista la profunda situación de dependencia del país. La principal herramienta de esa subordinación es el mecanismo de la deuda pública –interna y externa- que en 2017 consumió casi el 40% del presupuesto federal. Sin romper con ese mecanismo, es imposible realizar un plan ofensivo de inversiones públicas, ni se plantea la posibilidad de terminar con la subordinación de Brasil a las potencias imperialistas.

Sobre esto la plataforma propone: “Auditar la deuda pública, como prevé la Constitución, buscando enfrentar los intereses abusivos aplicados a los títulos de la deuda y a la discusión pública y soberana del historial de su formación”. La principal herramienta del rentismo, que el documento identifica como principal enemigo a combatir, es justamente el mecanismo de la deuda pública que drena las riquezas del país hacia los bolsillos de un puñado de capitalistas. Hay que romper de raíz con esa subordinación y no solo reducir sus impactos con la revisión de los intereses pagados en esa sangría de recursoso que es la deuda pública. Además, una política sistemática de créditos baratos a los pequeños productores y a los pequeños comerciantes, y una inversión pública sistemática en obras de interés nacional, en la reversión de la matriz energética y el cambio de patrón primario exportador, que exigiría grandes inversiones en maquinaria industrial, son impensables sin el no pago de la deuda pública y la nacionalización del conjunto del sistema financiero bajo control de los trabajadores.

Sin embargo, la dependencia de Brasil va más allá, y por ejemplo en 2017, el Bovespa (índice de la bolsa de San Pablo) tuvo 48% de participación extranjera. No solo Bovespa sino todo el sistema de crédito que abastece a las empresas ligadas al mercado interno, para no hablar de las grandes “global players”, son profundamente dependientes del capital financiero internacional. Hay que romper esa subordinación, que ni siquiera está señalada en la plataforma VAMOS.

El diagnóstico de esa dependencia estructural es fundamental. Cualquier medida mínimamente progresista, como sería la propuesta de reversión de las privatizaciones y nacionalización de los sectores estratégicos, o incluso una medida moderada de rever los intereses de la deuda externa, sería respondida con profundos ataques especulativos contra la economía nacional, fuga de capitales, especulación contra la moneda, represalias económicas contra las exportaciones brasileñas. Esas medidas serían inconcebibles sin el monopolio del comercio exterior y nacionalización del sistema bancario, únicas armas serias para combatir la fuga de capitales. Las empresas estatizadas, además, no podrían permanecer en manos de la burocracia ineficiente y corrupta, tendrían que pasar a ser administradas por los propios trabajadores. Pero ese programa de conjunto significa un programa para una revolución y es inseparable de la lucha por tirar abajo el poder burgués, punto que discutiremos a seguir.

Al contrario, la plataforma VAMOS ordena su programa alrededor del “desarrollo de la industria nacional”, o sea, una orientación completamente subordinada a la propiedad privada de los medios de producción capitalista, ignorando ingenuamente la relación del capital nacional con los amos de las finanzas internacionales, un proyecto a contramano de la abolición del sistema económico de la burguesía hacia le objetivo de reorganizar la economía sobre bases socialistas. No admira la falta de diferenciación con el PT, que se manejó dentro de lo que le fue permitido por el modo de producción capitalista en sus años de gobierno. El “Manifiesto para Reconstruir Brasil”, que el PSOL firmó junto con el PT, PcdoB, PSB y PDT (que ahora está con Kátia Abreu -una de las principales figuras del ruralismo y el agrobusiness, NdT-) no se diferencia de la plataforma VAMOS en cuanto a su subordinación a los marcos del capitalismo semicolonial.

Cuando la plataforma VAMOS concentra toda su crítica en el rentismo, transforma en programa económico la conciliación de clases. El documento presupone una división arbitraria entre capital productivo y especulativo, que no tiene más razón de ser en las condiciones del capitalismo del siglo XX, qué decir en el del siglo XXI.

En su obra clásica de 1916, Lenin definía el capital financiero como la fusión del capital bancario con el capital industrial. Desde entonces, ese proceso solo se profundizó. El denominado “rentismo” está presente en la composición accionaria de todas las empresas con acciones en la bolsa, y los monopolios industriales especulan en el mercado accionario y cambiario -recordar el ejemplo del frigorífico Sadia que fue prácticamente a quiebra por errores cometidos en sus inversiones en el mercado cambiario del auge de la crisis en 2008.

Sobre esa división arbitraria, el documento retoma una política de cuño keynesiano que busca el crecimiento económico basado en dos tipos de estímulo. Por un lado, aborda las demandas económicas de los trabajadores desde el punto de vista del fortalecimiento del mercado interno, proponiendo la valorización del salario mínimo y la retomada en en nueva escala del programa bolsa familia, retomando en partes la propia política económica lulista, que solo fue posible en una situación de crecimiento económico mundial que no debe repetirse en los próximos años. Por otro, propone una drástica reducción de los intereses, control de cambio y de capitales, además de la utilización de las reservas cambiarias y del compulsorio de los bancos para fortalecer la inversión pública.

No se combate, una vez más, la propiedad privada de los medios de producción, cuya abolición se presupone utópica. Al separar los intereses del capital industrial y del rentismo, el documento -sin decirlo abiertamente- termina suponiendo que puedan confluir los intereses de los obreros con la burguesía nacional, o con “patrones nacionales”, una idea tan antigua como anticuada, como mostró la historia del siglo XX.

Los capitalistas, ante la crisis económica, necesitan más que nunca aumentar su rentabilidad, lo que presupone ataques cada vez mayores al salario y a los derechos laborales. Las medidas que el documento propone, como la reducción de la jornada sin reducción del salario, restricción a los despidos sin causa (que ya es una medida parcial sujeta a muchas interpretaciones legales sobre el término “sin causa”) y revocación de la reforma laboral, o el fin de la ley de responsabilidad fiscal, serían imposibles sin una enorme movilización del conjunto de los trabajadores -cuestión que el documento ni siquiera aborda. En la medida que los integrantes de la plataforma VAMOS, entre ellos petistas, estuvieron lejos de aplicar esas medidas en sus gobiernos y que incluso en campañas del PSOL, como la de Marcelo Freixo en Rio de Janeiro, ni siquiera tocaron puntos como la ley de responsabilidad fiscal, es evidente que mucho de ese programa está escrito para satisfacer alas izquierdas de la plataforma y que no van transformarse ni siquiera en discurso de campaña.

Para que los trabajadores no paguen por la crisis no es para nada suficiente un programa moderadamente desarrollista. Sin avanzar en medidas anticapitalistas que ataquen a la propiedad privada de los medios de producción, es imposible resistir a los ataques que incluso medidas tímidas como las propuestas contenidas en la plataforma VAMOS generarían por parte de los capitalistas. La reducción de la jornada de trabajo sin reducción de salario tendría que estar acompañada del reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados (un ataque frontal a las ganancias capitalistas y a la miseria a la que condenan a millones de trabajadores), por el aumento de los salarios de acuerdo al aumento de la inflación, por un salario mínimo que atienda a las necesidades de una familia, además de la efectivización de todos los tercerizados sin necesidad de concurso público o proceso selectivo, para que dejen de haber trabajadores de primera y de segunda categoría.

Un programa de reformas del poder político de los capitalistas

El punto de la plataforma VAMOS denominado “Poder y política” se basa en principios como “ampliar el proceso de participación política”, afirmando que la “’gobernabilidad’ debe ser hecha con las mayorías sociales, contraponiendo el pacto entre las élites que favorecen la corrupción y ampliando la democracia y la participación de las personas en las decisiones del Estado”. A partir de esa concepción, tiene como finalidad “una amplia Reforma profunda del sistema político, desde abajo hacia arriba”.

De partida, podemos decir que esa concepción lleva a inmensos errores: parte de un presupuesto que nos es vendido por la ideología de la clase dominante de que el Estado es, por principio, un órgano “neutral”, un juez entre los conflictos sociales que sobrevuela por encima de las contradicciones fundamentales de la sociedad -con la oposición entre trabajadores y capitalistas como la más decisiva- y cuyo contenido social puede ser “llenado” de diversas formas. Así, si hoy él es definido por un “pacto entre las élites que favorecen la corrupción”, nuestra tarea fundamental debe ser “ocupar ese Estado para que sea ampliada la “democracia” y la “participación de las personas en las decisiones del Estado”.

El Estado es fruto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, y de la necesidad de contener el antagonismo entre las clases en los marcos del orden impuesto por la clase dominante, la burguesía. Como dice Engels, es “por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, clase que, por intermedio de él, se convierte también en clase políticamente dominante”, adquiriendo los medios de represión y explotación de los trabajadores en el capitalismo.

Esta “fuerza pública para la esclavitud social” en los términos de Karl Marx, no puede ser puesta a disposición de los trabajadores, contra quienes ejerce todo el despotismo social de los capitalistas. Esa es la real naturaleza del Estado en la sociedad moderna, y cualquier visión sobre una supuesta “integración de las masas en las decisiones del Estado” por fuera de la perspectiva de la revolución para destruir este aparato de la burguesía -como hace la plataforma VAMOS- solo sirve para generar ilusiones en las masas. La idea de la reforma del Estado burgués por la vía de la conquista de posiciones en sus instituciones -no muy lejana a la concepción nutrida por el PT- ya fue el germen de múltiples tragedias para la clase obrera en el siglo XX.

La idea de que la “ampliación de la participación” popular puede ser una solución ignora el hecho de que quien manda en el Estado- incluso cuando el sufragio universal es respetado y no hay golpes institucionales tirando presidentes o decisiones judiciales arbitrarias vetando candidaturas y condenando candidatos a la cárcel, como ocurre hoy en un momento de crisis- es el poder económico de los capitalistas.

El caso del megafrigorífico JBS -que es solo la punta de un inmenso iceberg- es un ejemplo bastante concreto de eso: la empresa compró 1829 políticos con sus donaciones de campaña, incluyendo a un tercio del Congreso elegido en 2014 y 150.000 reales solo para las campañas de Dilma y Lula. Al mismo tiempo, lo hizo recibiendo miles de millones de dinero público a través del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), sin ningún problema desrespetando las leyes laborales y matando y mutilando a miles de trabajadores. Son empresas como JBS las que mandan en el Estado brasileño,, y los privilegiados políticos y jueces son solo “testaferros” de sus negocios sucios. Para usar una expresión de Marx, “el Estado moderno no es sino un comité para gestionar los negocios de la burguesía”.

Frente al cordón umbilical entre los capitalistas y sus representantes en el Estado, los cambios propuestos por la plataforma VAMOS no tendrían más que efecto decorativo, tal como la “cuarentena de dos años” para que un director de una gran empresa asuma un cargo público- Henrique Meirelles, por ejemplo, trabajó durante 28 años en el Bank Boston antes de ser ministro de Lula y después de Temer, siendo el idealizador de las reformas laboral y previsional. La “cuarentena” del VAMOS estaría lejos de impedir su actuación. O la divulgación anual de declaración de bienes de miembros de los poderes ejecutivo, legislativo o judicial, cuestión que ya es exigida en las elecciones y que no cambia absolutamente nada. Como los esquemas de décadas de “caja dos” (caja paralela para aportes ilegales a campañas electorales, NdT) que se hicieron públicos demuestran, traspasando a varios gobiernos e incluyendo a cientos de empresas y miles de políticos, la corrupción es inherente a este régimen político y al Estado capitalista. Es el “lubricante” del engranaje de los negocios que incluyen bancos, agronegocio, empresas, políticos.

De la misma forma, propuestas como el “presupuesto participativo”, también refrito de los programas petistas de antiguamente, son absolutamente estériles, sirviendo como “cortina de humo” a los grandes negocios realizados en los parlamentos de la burguesía. La ciudad estrella del presupuesto participativo petista, reivindicada como ejemplo por el Banco Mundial, es Porto Alegre, que cuenta con ese mecanismo desde 1989. Ninguna diferencia sustancial puede ser notada en esa capital, cuyos consejos deciden sobre menos del 5% del presupuesto del municipio. Mientras se establece ese teatro de una “consulta” popular sobre este o aquel aspecto secundario del presupuesto, la burguesía y sus políticos siguen decidiendo lo que realmente importa. La idea de ampliar la parte del presupuesto decidida en esos consejos también sería imposible sin un agudo proceso de luchas y movilizaciones.

En el mismo sentido de “control popular” sobre el parlamento están propuestas de “Pedido de Veto Popular”, de plebiscitos sobre algún proyecto de ley o de los “Consejos Populares territoriales”, o de dar más poder a los ya existentes e inocuos consejos sectoriales, que al mismo tiempo no se sabe cómo quedarían libres de los lobbies que controlan el propio parlamento. Mientras el poder sigua en manos de esos parásitos, algún tipo de “fiscalización” extremamente secundaria otorga la ilusión de mayor “participación popular” en el poder político que sigue enteramente en manos de los capitalistas.

Otras propuestas son aun más inocuas, y podrían incluso ser presentadas por los partidos de la burguesía como medidas de “reforma política” para intentar contener el desgaste que hoy sufren por todos lados, tales como el “voto en lista cerrada mediante realización de internas democráticas por los partidos”. ¿Qué cambia eso en la forma completamente antidemocrática como se eligen los representantes del Estado? En un país donde la legislación es tan antidemocrática que no se puede siquiera legalizar un partido sin un enorme poder económico detrás (demostración de esto es que incluso Marina Silva, con el banco Itaú y una empresa como Natura como aliados tuvo cierta demora para legalizar REDE), en que los trabajadores no tienen la menor posibilidad de candidatearse de forma independiente y participar de las elecciones, en que los espacios en la televisión y en los medios están siempre reservados a las candidaturas patronales de los capitalistas, VAMOS propone “lista cerrada” y “internas democráticas” para democratizar la elección. Ni siquiera hay una denuncia contra este sistema político integralmente antidemocrático y antiobrero.

El mismo tipo de cambio absolutamente cosmético se encuentra en propuestas como la obligatoriedad de que se cumpla el cargo para el que fue elegido hasta el final, con el fin de “impedir el carrerismo político y la lógica de cambio de apoyo por cargos” -que tal vez entre en contradicción con actuales parlamentarios del PSOL. Cambios como ese, o como la propuesta de financiamiento público de campaña bajo el argumento de “combate a los partidos fisiológicos que hacen de la política un negocio” expresan la radical limitación del programa de VAMOS, como si el problema fuese uno u otro mecanismo de funcionamiento electoral que, al ser modificado, “limpiaría” el régimen político.

Esa lógica termina siendo funcional al propósito de ocultar que es el propio fundamento del Estado, y consecuentemente del régimen, lo que hace que funciones como perpetuador de la explotación y de la miseria capitalista. No se trata de un partido “inmoral” que “hace de la política un negocio”: en el Estado capitalista, toda política es un negocio, en la que los poderes judicial, ejecutivo y legislativo son piezas en el tablero comandadas por los grandes capitalistas y por el imperialismo.

Demandas de radicalización de la democracia, como el fin del Senado, esa cámara oligárquica, son parte de un programa para la superación del capitalismo, pero con una condición fundamental: que no sean un “fin en sí mismos” y se articulen con un programa que enfrente globalmente el poder político de los capitalistas, enfrentándose con ese régimen político y también con el Estado con la perspectiva de destruirlo por la vía revolucionaria y sustituirlo por un Estado transitorio de los trabajadores vinculado a la dinámica de la revolución internacional.

Cuando levantamos por ejemplo la consigna de que “todo político gane como una docente”, ella expresa una denuncia y un combate a los privilegios fundamentales de los políticos, que forman parte del mecanismo de mantenimiento del régimen e incluso del Estado burgués y tiene como objetivo debilitar las condiciones de acción del propio Estado burgués y al mismo tiempo llevar a una lucha práctica inmediata contra el régimen actual. Son privilegios como los altos salarios -pero no solo ellos- lo que los capitalistas utilizan para mantener a “sus” políticos y jueces fieles.

Nos inspiramos, como hicieron Marx y Engels, en las lecciones de la Comuna de París, que instituyó el “salario de un obrero calificado” para sus representantes, sino también avanzó en otras medidas, como la revocabilidad de los cargos a cualquier momento, la elección y revocabilidad de jueces, y el fin del ejército y de la policía permanentes y su sustitución por milicias obreras.

Algunas de esas medidas de democracia radical son tomadas de forma atenuada por el programa de VAMOS, como la “reducción salarial drástica en el Legislativo, Ejecutivo y Judicial” y la “institución del Referendo Revocatorio para todos los mandatos,mediante la adhesión de parte del electorado”. Sin embargo, de medidas radicales tomadas por los communards en 1871, y que inspiraron a Marx y Engels a ver en la lección de la Comuna que “no basta que la clase obrera se apodere de la máquina del Estado para adaptarla a sus propios fines”, esas mismas medidas se transforman en el contrario en el programa de VAMOS: como palabras vacías para justificar la finalidad de “apoderarse” de la máquina del Estado burguesa por la vía electoral para “mejorarla”. Tomadas de manera aislada, esas demandas pueden hasta ser incorporadas por los capitalistas con el objetivo de preservar lo fundamental de su dominación.

Esa lógica de la plataforma VAMOS de mejorar la máquina estatal desde adentro está presente cuando el documento trata el problema de las fuerzas de represión del esetado. Defiende la “desmilitarización de la seguridad pública” y “mecanismos democráticos de control sobre la actividad policial”. La insuficiencia del programa de desmilitarización se hace evidente, por ejemplo, cuando recordamos que la policía en Estados Unidos es civil (la policía más asesina de negros después de la brasileña), o que el Dops durante la dictadura militar también era civil.

El problema de la represión estatal no es si son policías con farda o sin farda los que implementan la represión, sino que esa policía busca proteger un programa de reformas del estado burgués. Por eso no se puede ir más allá de un programa de reforma de las policías, incluso generando la ilusión de que es posible e control “democrático” por parte de civiles desarmados sobre el brazo armado del estado. Un programa incapaz de terminar con la represión estatal que recientemente asesinó a Marielle.

Es imposible efectivizar la ilusión fomentada por la forma como VAMOS presenta ese programa -de que basta defender ese programa de forma “pacífica” en la elecciones y “ganar en el voto” para logar implementarlo, prescindiendo de una actuación independiente de los trabajadores con los métodos de la lucha de clases como las huelgas.

Hay que luchar, en la actual situación nacional, por la forma más radical de la democracia representativa del estado moderno, una Asamblea Constituyente Libre y Soberana en la que se pueda luchar por un programa anticapitalista, y que solo puede ser conquistada de hecho, diferenciándose por ejemplo de la Constituyente tutelada por los militares de 1988- con la lucha independiente de los trabajadores.

Al contrario de la Constituyente del 88, en la que José Sarney mantuvo los poderes presidenciales y los usó como vehículo de la presión militar sobre la Constituyente para organizar el reaccionario “gran centro” -una alianza de partidos y sectores de partidos que tuvo como objetivo mantener la constitución en dentro de los límites aceptables para los empresarios y los militares-, la Constituyente por la que luchamos debe acumular en sí los poder legislativos y ejecutivos y poner en debate los grandes temas que discutimos en este documento.

Esto todavía está lejos de ser efectivamente tirar abajo el poder político capitalista, pero es una lucha por la máxima democracia que -al menos en teoría- podría alcanzarse bajo este Estado, pero que efectivamente la burguesía jamás realizará. Pero la propia lucha y conquista de esto solo podría darse en enfrentamiento abierto con los capitalistas, y efectivizándose o no, quedaría demostrado el límite real de este Estado, en el que el derecho fundamental de la burguesía -la propiedad privada de los medios de producción- jamás podría ser eliminado por el mero sufragio universal, o sea, sin destruir este Estado en el sentido de la creación de un gobierno obrero basado en la democracia de los propios trabajadores.

La plataforma VAMOS no hace referencia a ninguna experiencia de los gobiernos posneoliberales de Latinoamérica

Es como si el debate programático realizado por las organizaciones que integran la plataforma VAMOS partiese de cero. Muchos de los que participaron de esos debates integraron o apoyaron las experiencias de los gobiernos considerados progresistas o nacionalistas que surgieron en América Latina con la crisis del neoliberalismo.

¿Cuál es el balance que hacen los integrantes de la plataforma VAMOS sobre la experiencia del chavismo en Venezuela, impotente frente a los ataques de la derecha y del imperialismo, que llevó a ese país a una de las mayores crisis económicas de su historia y a un poder cada vez mayor de los militares? ¿Cómo se posicionan frente a la experiencia de los gobiernos kirchneristas en Argentina, del gobierno de Evo Morales en Bolivia, del gobierno de Fernando Lugo en Paraguay, Rafael Correa en Ecuador, de los gobiernos del Frente Amplio uruguayo, de los gobiernos de Zelaya en Honduras o del gobierno Sandinista en Nicaragua?

Una plataforma que se plantea como programa de gobierno para Brasil, sin duda debería hacer un balance de esas experiencias, de lo contrario estaría condenada a repetir la orientación programática procapitalista de esos gobiernos -que van dando lugar a grandes crisis como en Venezuela, o a gobiernos de derecha como en Argentina, Honduras, Paraguay...

Más grave es la ausencia completa de cualquier referencia a los gobiernos petistas en Brasil, más aun cuando la plataforma VAMOS defiende la profundización de varias medidas aplicadas por esos gobiernos. El programa del PT, en muchos puntos convergente con el de la plataforma VAMOS, fue vendido por la dirección lulista como algo a ser conquistado por la vía de la conciliación de clases, de la elección de parlamentarios y de cargos ejecutivos. Mientras tanto, el protagonismo político de los trabajadores organizados y de los demás movimientos referenciados en el PT era vaciado cada vez más. Como consecuencia, ocurría la creación de la “gobernabilidad” parlamentaria componiendo una “mayoría” con el PMDB, PP, reaccionarios como Bolsonaro y Feliciano, o el expresidente José Sarney, corruptos como Paulo Maluf o el expresidente Fernando Collor. O sea, jugando con las reglas del juego político de la burguesía.

En un momento en que pasamos por un golpe institucional con repugnantes atentados de extrema derecha a la caravana de Lula y del PT, en el que ni el derecho más elemental al sufragio universal es respetado y que el simple derecho de elegir a quién votar fue impugnado por un puñado de jueces de la Corte Suprema que condenaron a Lula sin pruebas mientras cínicamente decenas de notorios corruptos ocupan sus cargos y concurren a las elecciones libremente, lo que VAMOS propone no nos ofrece ninguna evaluación de los hechos más importantes de la historia reciente de Brasil.

Las luchas de los trabajadores y de los movimientos sociales, grandes ausencias en la plataforma VAMOS

Junto con la ausencia del balance de las experiencias de los gobiernos neoliberales y su fracaso, otra gran ausencia es la apreciación de las principales luchas de los trabajadores, de la juventud y de los movimientos sociales. VAMOS es presentado como compuesto por “movimientos sociales, luchadoras y luchadores de todo Brasil”, pero ninguna de las luchas deja cualquier lección para esa plataforma que sea digna de mención. Desde las luchas más recientes contra los ataques, sea la huelga general del 28 de abril, las distintas jornadas que hubo, la oleada de ocupaciones contra la enmienda constitucional que puso un techo al gasto social y la movilización a Brasilia, la lucha contra el golpe hasta procesos como las jornadas de junio de 2013 y las huelgas antiburocráticas de los “garis” (recolectores) de Rio de Janeiro o los choferes de Rio Grande do Sul.

Si esas luchas ni siquiera son mencionadas como procesos fundamentales de los que es imprescindible sacar lecciones, mucho menos se habla de las grandes centrales sindicales y su papel de traición, actuando de forma decidida y decisiva para llevar a la derrota toda revuelta de los trabajadores contra el ataque de Temer, y cuyo potencial quedó claro el 28 de abril. Hasta porque sería imposible hacerlo al elaborar un programa común contra esas mismas burocracias.

De eso deriva uno de los errores del programa de VAMOS: en él no hay sujeto. Sobrevuela en el aires como si fuese instituido desde el propio Estado, es decir, como queda claro ahora con el nombre de Guilherme Boulos como candidato por el PSOL, como si fuese a surgir de las manos de un presidente elegido y la función de todos los luchadores sociales ahora se vuelca a colocar a ese representante en el poder. En pocas palabras, la plataforma repite la separación entre política electoral y lucha de clases, confinando la lucha de clases a su limitado aspecto de lucha económica en una estrategia cuyo centro es la conquista de cargos en el Estado por la vía electoral.

Contra una estrategia que pretende que sea el propio estado capitalista el sujeto de las transformaciones que favorezcan a la mayoría de la población, nosotros apostamos al desarrollo de las batallas de la lucha de clases y de que solo a través de la destrucción revolucionaria del estado capitalista podremos tener mejoras significativas y duraderas para los grandes problemas que alcanzan a la inmensa mayoría del pueblo brasileño.

Justamente por eso, vemos a la clase trabajadora (entendida como la clase de los asalariados modernos, cuyo salario es insuficiente para acumular capital y cuya función no es la represión), por el papel que ésta ocupa en la producción capitalista, su poder de paralizar la maquinaria del estado y por la enorme tradición de lucha de esta clase, como la que puede encabezar una alianza de todos los sectores oprimidos en la lucha decisiva contra el orden capitalista para abrir camino al comunismo en todo el mundo. Para eso hay que superar la visión de que la lucha de los trabajadores es solo por cuestiones sindicales y que la lucha política queda restringida al parlamento, concepción presente en toda la trayectoria petista.

Buscamos construir un partido revolucionario, que retome la concepción de Lenin de tribunos del pueblo, una militancia proletaria que utiliza cada injusticia de la sociedad para denunciar las causas profundas de esa injusticia, denunciar el sistema capitalista y los gobiernos responsables por su mantenimiento y preparar las condiciones para esa amplia alianza entre la clase trabajadora y todos los sectores oprimidos, que puede articular las fuerzas necesarias para tirar abajo todo el poder de la burguesía.

La lucha contra las opresiones

El abordaje sobre el tema de las opresiones a las mujeres, negros y a la comunidad LGBT mantiene el tono inofensivo al sistema capitalista sin un sujeto claro: “Brasil necesita incluir a toda su población, y terminar con el racismo, el machismo, la homofobia y la transfobia!”. O sea, ¿sería una tarea de “todo el país” terminar con las opresiones, incluyendo a la población oprimida? Esta lógica no es nueva.

Durante la ofensiva del neoliberalismo, el Estado, en especial en los países centrales, avanzó en un proceso de integración de los movimientos sociales y por derechos civiles que surgieron en especial en las décadas de 1960 y 1970 para conceder algunos derechos, pero sin modificar la estructura actual de la sociedad, que es lo que garantiza las condiciones de opresión.

Esta incorporación de la agenda de los movimientos sociales por parte del Estado y de organismos internacionales es la expresión de la búsqueda de hegemonía de la clase dominante sobre los sectores oprimidos, como si este estado capitalista pudiese ser “feminista”, “anti racista” y pro-LGBT. Sin embargo, las concesiones a los movimientos sociales, que son expresión de la fuerza de lucha de las mujeres, de los negros y de la comunidad LGBT contrasta profundamente con el crecimiento extraordinario de la desigualdad social.

Por eso, hay que estar en la primera fila de la lucha por cada derecho más mínimo que todos los días el capitalismo quiere sacarnos, pero sin una estrategia que unifique la lucha de los sectores oprimidos conla lucha por la destrucción de la sociedad capitalista, y por lo tanto con la lucha de los trabajadores, la plataforma VAMOS termina defendiendo una estrategia de mejoras en un sistema que es completamente responsable por la perpetuación de la opresión. Se trata por lo tanto de la reedición de una utopía reaccionaria de que sería posible conquistar la emancipación de los sectores oprimidos dentro de una sociedad basada en la desigualdad, o sea, en la explotación capitalista.

La falta de una estrategia de enfrentamiento con el capitalismo y sus sustitución por la mera ampliación de derechos al lado de sectores petistas abre espacio para que incluso demandas elementales del movimiento feminista internacional como el derecho al aborto legal, seguro y gratuito sea abordado sin nombrar que en los 13 años de gobierno del PT, este derecho fue entregado a las bancadas religiosas, a cambio de gobernabilidad con la derecha como parte de la política que abrió espacio al golpe institucional que ataca aun más profundamente a las mujeres. Al mismo tiempo, las medidas llamadas inclusivas, como la defensa de cupos raciales, una bandera histórica del movimiento negro, no pueden estar descolocadas de medidas que ataquen profundamente la estructura de poder y acceso de las universidades, siendo necesario levantar con fuerza el fin del vestibular (examen de ingreso), más partidas presupuestarias a la educación y la estatización de las universidades privadas.

Por eso, la plataforma VAMOS en lo que concierne a la lucha de las mujeres, negros y comunidad LGBT termina rindiéndose a la política neoliberal de “incorporar” algunas demandas y mantener intactas las bases estructurales que sostienen semejante violencia contra esos mismos sectores.

Al contrario, hay que batallar por cada demanda con un contenido anticapitalista y donde los trabajadores ejerzan el papel de verdaderos “tribunos del pueblo”, levantando todas esas demandas y con los sectores oprimidos de la clase en la línea de frente de este combate.

Conclusión

La plataforma VAMOS se propone intentar remendar los pedazos de este régimen podrido, tomando algunas demandas democráticas como “tabla de salvación” y alimentando las ilusiones de que es posible, una vez más, hacer de este Estado un órgano de conciliación donde explotados y oprimidos alcancen acuerdos “justos” con sus explotadores y opresores. Esa fórmula tiene como expresión económica la lucha contra el rentismo y un programa de desarrollo nacional aun más utópico en las condiciones de la crisis capitalista del siglo XXI.

Al contrario de lo que propone la plataforma VAMOS, necesitamos un programa que articule las demandas más sentidas de los trabajadores y del pueblo pobre y proponga una unidad de acción de los trabajadores contra todos los ajustes, contra la intervención federal en Rio de Janeiro, exigiendo una investigación independiente por Marielle, contra la condena arbitraria de Lula y por el derecho del pueblo a decidir a quién votar, contra los atentados de la extrema derecha contra el PT, apoyándose en las principales experiencias actuales de la lucha de clases.

Al mismo tiempo es necesaria una organización revolucionaria que, estando en la línea de frente de estas batallas, articule un programa anticapitalista, que ligue la lucha por las banderas democráticas con las demandas de enfrentamiento contra el conjunto del orden burgués, que se apoye en las elecciones para sumar fuerzas a esa lucha, que sin embargo solo puede triunfar en el marco de un proceso revolucionario.

No podemos reeditar los intentos de los “gobiernos de izquierda” de colaboración de clases y conciliadores con el imperialismo, que preserven las instituciones del Estado burgués y dirijan su modo de explotación. No solo en Latinoamérica, sino incluso en Europa, con el ejemplo de Syriza en Grecia (y a nivel del gran capital, en el Estado español con Podemos), vimos este fracaso estratégico que la plataforma VAMOS quiere recuperar.

En el contexto de la crisis económica internacional y la crisis de los regímenes y partidos tradicionales, se desarrollaron nuevos fenómenos políticos de izquierda ante la crisis del reformismo tradicional. En la mayoría de los casos intentan enfrentar a una derecha cada vez más dura con un discurso reformista y una práctica alejada de la lucha de clases. Pero ni todas las experiencias de izquierda que surgieron en la estera de los turbulentos acontecimientos de los últimos años buscan salidas que no se chocan con el sistema capitalista. El Frente de Izquierda y de los Trabajadores y el PTS en Argentina muestran que también está planteada la posibilidad del surgimiento de partidos revolucionarios fuertemente estructurados en la clase obrera, es una cuestión de estrategia y objetivos políticos.

El PTS, que desde la fundación del FIT viene consolidándose como el principal partido de la izquierda argentina, muestra un camino de evolución opuesto al del neoreformismo. Con una fuerte implantación en fábricas y en los lugares de trabajo, tiene como signo distintivo una práctica volcada a la lucha de clases, donde todas las conquistas parlamentarias se ponen en función de la lucha. Están los ejemplos como el de la gráfica Doneley, ocupada y puesta a producir por sus trabajadores, o grandes luchas contra los despidos del activismo de la autopartista Lear, o la gran lucha contra el cierre de la fábrica Pepsico, que a pesar de haber sido derrotada, planteó el tema de los despidos como un gran debate electoral y contó con el apoyo de los parlamentarios del PTS en el primer puesto de resistencia a la represión, como ocurre en las principales luchas.

Cerramos este texto con una cita de la “Declaración del FIT ante la situación nacional” publicada en octubre de 2016 como parte de la convocatoria del acto político del FIT en el estadio de Atlanta. Esa declaración es una actualización del programa de independencia de clases elaborado por el FIT en su nacimiento en 2011 y señala un camino alternativo hacia la izquierda, que no es el camino de conciliación de clases señalado por el programa de la plataforma VAMOS. Allí podemos leer, junto con ver a los más de 20.000 luchadores que se reunieron en el estadio de Atlanta en 2016:

La crisis de las experiencias autodenominadas nacionalistas o progresistas es de alcance continental. Estas variantes terminaron aplicando los planes de ajuste que dicen condenar, como sucedió en Brasil con el gobierno del PT (reemplazado por el ilegítimo y corrupto de Temer a quien hay que echar con la movilización), en Venezuela con el gobierno de Maduro; y en Argentina con el kirchnerismo, que terminó pactando con Chevrón y el Club de París. Repudiados por una parte de su propia base social, y sin condiciones políticas para llevar adelante el ajuste que reclaman la burguesía y el capital internacional, los gobiernos de Kirchner y Dilma terminaron relevados por alternativas derechistas. Pero muy rápidamente, los Temer y Macri se enfrentan a sus primeras crisis, como consecuencia de la reacción obrera y popular y de la marcha de la crisis capitalista, que coloca a la izquierda revolucionaria ante el desafío de demarcarse del nacionalismo y el centroizquierdismo, incluso cuando éste reviste una forma pretendidamente izquierdista, y luchar por gobiernos de trabajadores y por la unidad socialista de América Latina. El Frente de Izquierda aporta una peculiaridad en el proceso político continental. A diferencia de otras organizaciones o frentes, que en nombre de la izquierda levantan una estrategia de conciliación de clases, el FIT ha enfrentado a los gobiernos capitalistas con un programa por la independencia de clase y por un gobierno de trabajadores.

Brasil es un eslabón de la cadena de estados mundiales, y la lucha de clases, por lo tanto, tiene un carácter nacional en su forma, pero internacional en su contenido. Un programa de izquierda debe visualizar ese horizonte de la abolición mundial del sistema capitalista, entendiendo la lucha por tirar abajo a la burguesía en un país no como un fin en sí mismo sino como un medio estratégico para la lucha por la revolución internacional, condición indispensable para avanzar en dirección a la reducción de la jornada laboral a lo mínimo necesario para que el tiempo social sea utilizado en el desarrollo del arte, la ciencia y la cultura, a la conquista de una sociedad de “productores libres y asociados”, el comunismo.







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