Cultura

Box

La cosa es que era callado como nicho viejo. En la fábrica, en parte por ese don del silencio, en parte por el miedito que infundía su masa muscular y su currículum pugilístico, y en parte por su inocultable cara de pocos amigos, le tenían respeto.

Miércoles 8 de octubre de 2014 | Edición del día

La cosa es que era callado como nicho viejo. En la fábrica, en parte por ese don del silencio, en parte por el miedito que infundía su masa muscular y su currículum pugilístico, y en parte por su inocultable cara de pocos amigos, le tenían respeto. Todos tenían seudónimos ahí. Pluto, Chiqui, Homero, Teletubi, Fitito, Bruja. No había nadie que no cobre. Pero él, que tenía una nariz de un ostentoso gancho achatado (Garfio, Donald, podrían decirle), que tenía el mentón salido unos cinco centímetros más afuera que el maxilar superior (Alfajor mal pegado, Cara con terraza, podría ser para la crueldad proletaria) lo llamaban con el ascético “Negro”. No había muchos rubios en este taller metalúrgico de la zona sur de la ciudad. Todos tenían, adosado en su DNI, el mote de negros. Pero, ¿quién se animaría a utilizar siquiera una pizca de maldad a esta bestia, que encima era un loco del box?

El hallazgo se dio cuando sus hijas le regalaron un smartphone, asesoradas comercialmente por la madre de las pibas y ex esposa de Mateo. El no había cargado una sola canción (no sabía hacerlo), no tenía casilla de mail y su Facebook estaba “actualizado” por última vez en mayo, más precisamente el cinco de mayo. Había colgado una crónica emotiva y chispeante de la guapeada del Chino Maidana contra Floyd Mayweather, TBE (The Best Ever, el mejor de todos los tiempos, según él mismo). Pero justamente eso. Aunque sin mail, aunque con Facebook empolvado de antigüedades, Mateo tenía el celular por tres motivos, o en realidad dos. Para hablar con sus hijas, para arreglar con la madre de las nenas todo lo que tuviera que ver con ellas, y para ver, consumiendo una horita cuarenta de ida al laburo, videos de las peleas clásicas del boxeo.

La batería iba languideciendo. En las ventanas del colectivo empañadas por el calor obrero, ya se dibujaba desde afuera el cartel de las mazmorras donde iba a vender a mal precio el único bien que poseía (su tiempo, su vida, su savia), y él tenía los ojos magnetizados, unidos con hilos de emoción a una pequeña pantalla de un celular modelo “Mini”, que mostraba las siluetas saltarinas de Monzón, de Ringo, del Intocable. No pestañeaba durante minutos, miraba el noveno round de Locche versus Fiji por centésima vez (como si fuera la primera), con los ojos abiertos como las luces de un autobomba, y cuando el chofer gritaba “Paradaaa”, de mala gana cerraba la pantalla de Youtube, pegaba una piña tierna pero amenazante al respaldo del asiento de adelante, y se bajaba. Resignación mata emoción. Trabajo asalariado mata boxeo.

El Negro Mateo no era jodido, sino lo que en la esquina del barrio se llama “buen tipo”. Era, sin embargo, a fuerza de un ensimismamiento lindante con la timidez, y solo disimulado por lo imponente de su marcha y lo colosal de sus medidas, un tipo que a veces “no estaba ahí”. Y no porque le faltara solidaridad, empatía o la más visceral bronca. No. Eso le sobraba, pero lo canalizaba por otro lado. Mateo hacía la suya.

Cuando sonaba la chicharra que gemía la onomatopeya de la “libertad condicional”, el Negro Mateo agarraba su pequeño bolsito y se apresuraba a ser el primero en cruzar el molinete y la revisación rutinaria y cansina de los de la empresa de Seguridad. Subía al bondi con el tiempo cronometrado para llegar al gimnasio a las 15 y 55. A las 16 ya estaba vendado, con el calzado especial, saltando la soga. Y luego, pum pum pum al puching ball. Y luego ring con un sparring. Y luego más soga. Y luego…

“Es un bombón para entrenar”, decía el manager del gimnasio, cuya nariz de morrón, aplastada contra el cráneo, revelaba que había sido boxeador profesional. Se decía que había ganado un torneo provincial, pero que la amistad (casi romance, en realidad) con la merca lo había convertido en entrenador en un gimnasio de mala muerte.

Separada del gimnasio por un kiosko, estaba la Shell donde se reunía primero un grupito anémico, y luego una indisimulable pequeña multitud de descontentos fabriles. Los compañeros de Mateo se alborotaban y echaban, como quien arroja leños a la hoguera, maldiciones contra los ritmos de producción, salarios de mierda, descuentos injustos. Pero había algo que sintetizó el “tipo de malestar” que sentían, y fue Oscar, un obrero viejo, con décadas de fábrica: “estos tipos nos odian. Somos mulos de carga para ellos. Ellos cambian el auto por mes y nosotros vemos a los compañeros jubilarse más pobres que cuando entraron, y con el cuerpo convetido en un campo minado. Guita, quiero. Tranquilidad, también. Pero quiero respeto. Respeto y no dejar pedazos de mi cuerpo en esta fábrica del carajo, como Ramón”. Ramón había perdido un brazo desde el codo hasta la mano. Ese día los encargados pidieron una ambulancia que llegó cuando Ramón se había desvanecido del desangre y el dolor, reclamaron que se limpie precariamente todo y dijeron, casas más, casas menos, “el show debe continuar”.

Mientras el Negro Mateo saltaba la soga o tiraba ganchos al aire frente a una foto blanco y negro gigante de Horacio Accavallo, a metros de él varias decenas de sus compañeros hacían una kermese de odio social a la canasta. No es que no lo hubieran invitado. El Negro Mateo era de confianza y había bancado, en silencio, eso sí, cada medida de fuerza que hicieron pasar como asamblea, o como máquinas que sospechosa y coordinadamente se rompían. Sí había estado flojo cuando hicieron la colecta porque a la hija de un compañero le habían diagnosticado leucemia, lo que parió un bajón (y una solidaridad) generalizado en la fábrica. El no puso plata. El no tenía plata. Pero lo que molestó fue que no pregunte o se ponga a disposición. Se sabía que era hermético como un termo chino. Pero ese día, con ese asunto, su ostracismo pisó la alfombra del individualismo. Punto en contra del Negro. Aunque como era de confianza, lo seguían “wasapeando” con la cita semanal en la Shell: “Hoy a las 16 en la Estación. Llevar 30 pesos para organizar asado”. Pero Mateo doblaba unos metros antes y se metía en el gimnasio. Pum pum pum, y crecía como boxeador aficionado. Sus compañeros crecían, también, como combatientes aficionados.

En ocasiones la realidad da empujoncitos y tuerce la palanca hacia un lado o el otro. También las patronales, con su brutal realismo mágico, hacen lo mismo, e inyectan, aveces, en un santiamén, dosis considerables de conclusiones sociales, de conciencia de cómo son, realmente, las cosas. De conciencia política y de clase. Y de odio, por qué no decirlo, también.

Esas veces, repentinamente, como la crisálida que da a luz a otro ser vivo, una actitud política, un silencio, una aceptación pacífica, da lugar a un “basta”, a un grito, a una buena piña. En todo caso, a una reacción cocinada a fuego lento (e incluso inconcientemente) durante centurias. Ese día el disparador, lo que hizo que pase lo que pasó con el Negro Ramón, fue lo que le pasó al Paraguayo. Bah. Lo que le hicieron.

El Paraguayo, Néstor Adrián Frutos Robles, para ser más precisos, manejaba el Clark chanfleado. Como tenía el eje torcido y la empresa nunca lo había arreglado, todos sabían que había que operar con el control como si estuviera doblando, para que la máquina avance derecho. Todos manejaban, a su modo, estas alquimias de darwinismo fabril. Pero no por ello esto dejaba de ser riesgoso, naturalmente.

Ese día el chanfle se chanfleó de más y el Clark fue directo contra unas enormes repisas donde reposaban pallets vacíos, que se cayeron en masa sobre el camioncito, golpeando en la cabeza a Néstor, desmayándolo en el acto. El grito “Paraguayo del orto” que lanzó el Jefe de planta, de riguroso traje, fue recibido con silencioso rencor por los oídos de todos los esclavos de remeras naranja que corrieron a rescatar a su compañero, que estaba cubierto no por una montaña de perros muertos, como dice el biógrafo, pero sí por una montaña de estructuras de madera. Los encargados, responsables de aplicar cotidianamente el látigo, se sentían desgraciados y vergonzosos por la bestia patronal, su superior, que seguía maldiciendo por el inconveniente surgido. “Vuelvan a la línea. Despertate, Paragua”. Mientras tanto, corría con dos dedos un pallet, cuidadoso de que no se impregne de polvo el traje azul que se había puesto, por primera vez, esa mañana, luego del partido de golf con encargados de todas las empresas metalúrgicas, donde había perdido como los peores.

El Paraguayo finalmente se despertó y la fábrica volvió, de a poco, a la normalidad. Un poco más de resentimiento (no exento de una medida frialdad impostada) se había sumado a cada uno de los burros de carga con remera naranja. Pero el Negro Mateo seguía ahí. Clavado. Miraba en silencio y con el puño cerrado a esa bestia con tostado de cama solar que, como si fuera abogado de sí mismo, le decía al Paraguayo, atontado y abombado por el accidente, que es un boludo, que maneje bien, que el Clark anda perfecto… El Paraguayo decía “ya sé, ya sé”. ¿Qué otra le quedaba?

Mateo estaba atrás del Jefe y le miraba la nuca. El puño derecho lo tenía cerrado con fuerza y el ceño, de fruncido que estaba, casi le tapaba la vista. Desfilaron ante él las imágenes danzantes de Roldán, de Narvaez, de Monzón, de Ringo, de Ringo, de Ringo. El puño se cerraba de manera imposible, como si el espacio se replegara sobre sí mismo, hasta condensarse en un punto de masa máxima que, de tocar a otro ser humano, lo volaría hacia el purgatorio o un lugar más lejano. Un agujero negro hecho puño. Todos, excepto el Jefe de planta, empezaron a percibir lo que estaba pasando. En realidad, lo que estaba por suceder. Tensión. Sus compañeros meneaban la cabeza de un lado a otro como diciendo “No. No lo hagas”. El personal de mando, capataces y encargados, miraba con simpatía si pasaba lo que parecía que iba a pasar. Si, en definitiva, no soportaban al “cheto arrogante” ese, según acostumbraban a decir.

Mateo lo midió y midió la situación. Ganas sobraban. Motivos había. Pero: ¿y después? ¿Qué? Mateo suspiró sonoramente. Abrió la mano, dio media vuelta y regresó a su puesto. Mientras caminaba y sentía el frío sudor en la palma de sus manos, sacó el teléfono del bolsillo, abrió el wasap y escribió: “hoy a las 16 en la Shell. Vayamos todos”.







Temas relacionados

Boxeo   /    Cultura

Comentarios

DEJAR COMENTARIO