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Better Things, solo las mujeres sangran

Better Things nos lleva al mundo cotidiano de una familia de mujeres sin solemnidades ni exceso de estereotipos. Los lazos familiares pueden ser hermosos y, al mismo tiempo, una pesadilla.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Domingo 11 de diciembre de 2016 | Edición del día

La historia de la familia de Sam, sus tres hijas Max, Frankie y Duke, y su madre Phillys, no es la historia de una familia que, como la mayoría, debe sortear obstáculos para llevar una vida mínimamente tranquila, como les sucede a muchas mujeres jefas de hogar. A favor de sus guionistas Pamela Adlon y Louis C.K., la comedia producida por FX no elude en ningún momento esa comodidad cotidiana y, al contrario, la ausencia de esos obstáculos invita a un retrato cándido de esta familia, que incluye momentos alegres pero también descarnados.

Sam Fox (interpretada por Adlon) es entre exitosa y fracasada. Su trabajo en doblaje y algún éxito pasajero del pasado le permiten vivir cómodamente con sus tres hijas, pero no se ha consagrado como actriz. Esta “dualidad” la obliga a recorrer castings y poner su voz en oscuras contraindicaciones médicas de píldoras para erecciones masculinas.

Uno de los logros más interesantes de la serie, que tiene ingredientes semi autobiográficos según Adlon, es la reflexión sobre la maternidad, no como una vivencia única o esencialmente realizadora. Ni siquiera exige al público la vivencia individual de la maternidad, esa relación humana como cualquier otra pero tan mitificada, para usar las palabras de la socióloga Orna Donath, que provocó un escándalo –increíble para 2016– por recordar que el instinto maternal no existe y hacer, sobre esa base, preguntas incómodas en una sociedad que aún le otorga a la maternidad un valor de realización para las mujeres (quizás el máximo).

Soy la peor

Gran parte de la serie recorre las contradicciones de muchas mujeres como Sam que, criadas ellas por las feministas de la segunda ola, quieren educar a sus hijas en libertad pero al mismo tiempo chocan con los problemas, realidades y prejuicios de la actualidad. Busca, a la vez, enseñarles a valerse por sí mismas, sin dejar de pedir ayuda y ayudar a otros. La idea de pequeñas comunidades y sociedades atraviesa las historias de esta familia. Sam es una madre divorciada (con un padre convenientemente –para él– ausente) pero no está sola: tiene amigas y amigos, una madre que no soporta pero está (quizás demasiado), amantes que no están lo suficiente, y un ejército cotidiano de colaboración.

La hija mayor Max, en el último año de la secundaria, es la imagen del abismo del fin del mundo infantil y la ansiedad de un futuro que está demasiado cerca. Los esfuerzos de Sam por conectarse a esta hija, que la quiere y la detesta a la vez, chocan más veces con el desprecio adolescente que con los brazos abiertos. Pero eso no impide escenas hermosas, como aquella en la que lleva a su hija a un local de ropa para mostrarle que ella también puede lucir como esa gente que Max cree que tiene todo resuelto. Después de un virtual ataque de pánico, vemos a la adulta diciéndole a la joven que ella puede ser cualquier cosa que desee, triunfar y consagrarse, pero que también puede querer no ser especial y tener un trabajo que le permita vivir su vida. Un amoroso balde de agua fría en medio de la hipocresía de una sociedad hiperexigente que, al mismo tiempo, no ofrece ninguna perspectiva a la juventud.

Sam no es una madre perfecta ni mucho menos. A veces no escucha, a veces es injusta, y a veces también toma malas decisiones. Como muchas mujeres, se divide entre el trabajo, la maternidad y la búsqueda de espacios propios. No siempre está atenta a su hija más chica Duke que la reclama constantemente, y a la que Sam se aferra como una forma de aferrarse a la seguridad y el afecto: Duke la adora y no la cuestiona (o la cuestiona menos que sus hermanas). Y aunque es una mamá muy cool y abierta, no logra captar hasta muy entrada la historia los deseos y la búsqueda de identidad de su hija Frankie, una preadolescente apasionada por el feminismo y la defensa del planeta.

Soy

Better Things no es original en su tema, muchas series televisivas (ni hablar de películas) abordan la maternidad. Y no todas endiosan esa relación que la sociedad patriarcal sigue ubicando en el centro (aunque subordinado) de la familia. Pero, como nos ha enseñado la propia televisión, se puede ser muy cool y no ser más que un “código cultural de integración”).

La forma en la que se presenta la maternidad en la cultura pop corre la misma suerte. Los roles rompen el molde de la madre/ama de casa de la posguerra, pero no se dejan de reproducir estigmas y prejuicios. Siempre hay excepciones que nos dejan respirar en un clima asfixiante pero la norma es exactamente eso, la norma. Gilmore Girls, que supo en su momento presentar una relación diferente entre una madre soltera y su hija en un pueblito de la Costa Este de Estados Unidos (con todos los tics de la comedia aspiracional norteamericana, pero con muchos guiños alentadores), volvió con una nueva temporada que dejó boquiabierto a su público con mensajes sobre el “círculo de la vida”. O Mom, que también retrata la familia liderada por una madre soltera que batalla con un trabajo de salario mínimo, una madre adicta en recuperación y una hija adolescente embarazada. Aunque hay diferentes reflexiones y escenarios no se deja de presentar a la maternidad como realización, que supera otras aspiraciones o alternativas. Ser madre sigue siendo presentado como un ser en sí mismo para las mujeres.

Better Things ensaya otra mirada, femenina pero no “esencialista” (que ve valores intrínsecos del ser mujer), pone la lupa en los lazos de solidaridad que la madre intenta construir con sus hijas y no solo mantener los biológicos que las unen. Así se ve en la escena de feminismo “torpe” pero sincero en la que Sam hace un discurso sobre la menstruación que une a todas las mujeres, aunque en realidad quiere hablar de los lazos que las unen (o deberían unirlas). O en su relación con esa madre mormona del colegio, que la enfrenta a sus propios prejuicios y con quien termina tejiendo esa complicidad y entendimiento mutuo, que muchas veces no crece por la sequía de la competencia femenina. La sexualidad, el paso del tiempo, la amistad, todo está en el “lente” de Adlon, junto con la maternidad que atraviesa su vida pero ni de lejos la define.

La música también juega en la serie. La presentación de cada capítulo arranca irónicamente (o no) con la canción “Mother” de John Lennon, acompañan otras sesentistas como Joni Mitchell, pero también se escucha a Breezwood La Connecta cantando “El mismo cabrón de siempre”, reflejo del cóctel generacional. Pero si hay un momento en el que imagen y sonido podrían resumir perfectamente Better Things es (sin spoilers) la escena final donde suena “Only Women Bleed” (Solo las mujeres sangran) de Alice Cooper, y Sam maneja su camioneta familiar ridículamente grande mientras canta con sus hijas una canción que habla de cosas que solo les pasan a las mujeres, aunque no las definan, como la maternidad.








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