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Baudelaire, estilo eterno y poética maldita

Vivió tan sólo 46 años, pero su vida fue vertiginosa, poética, vil y miserable. Se cumplen 149 años de que Charles Baudelaire, el “maldito” que quiso extraer belleza del mal, descendía a los infiernos.

Viernes 2 de septiembre | Edición del día

Charles Baudelaire nació en París un 9 de abril de 1821 en pleno Barrio Latino. La muerte de su padre, con quien era muy cercano, a muy temprana edad transformará su niñez y adolescencia en un camino de incomprensión y soledad.

Crece en un ámbito familiar hostil, lleno de odio y rencor hacia su padrastro, quien era militar y quien controlará el destino del poeta durante sus primeros años. Según la crítica, se conoce su participación dentro de la revolución de 1848 donde se lo vio armado en las barricadas (y hay quienes dicen que su viva participación se debía al odio hacia su padrastro, quien representaba la viva imàgen de la burguesía conservadora del viejo París).

El poeta recorrió distintos colegios, de los cuales en muchos casos fue expulsado por indisciplina. En sus primeros años de juventud frecuenta círculos del Barrio Latino de París, se acerca a las lecturas de Nerval y Balzac, consume estupefacientes y comienza una vida bohemia y libertina. Allí conoce a Sara Louchette, prostituta y musa, de quien se contagia sífilis, enfermedad que años más tarde acabará con su vida.

Su errante vida hace que se acreciente el mal vínculo que sostenía con su padrastro. Éste lo enviará en 1841 en contra de su voluntad a la India, para que se aleje de sus relaciones y de los malos hábitos , pero Baudelaire al poco tiempo regresa a la capital francesa y retoma sus costumbres. A su regreso conoce a Jeanne Duval, una oscura actriz de teatro quien será su amante durante muchos años e inspiración de no pocos poemas de Las Flores del Mal. El repudio a su familia será constante en su vida, ya que una vez adulto la familia designa un notario para administrar los bienes heredados de su padre.

El poema Albatros, incluido en la segunda edición de Las Flores del Mal, es la transfiguración de los recuerdos de su viaje a la India. Escrito a bordo del velero L’Alcide en 1842 a los 21 años de edad:

Suelen, por divertirse, los mozos marineros

cazar albatros, grandes pájaros de los mares

que siguen lentamente, indolentes viajeros,

el barco, que navega sobre abismos y azares.

Apenas los arrojan allí sobre cubierta,

príncipes del azul, torpes y avergonzados,

el ala grande y blanca aflojan como muerta

y la dejan, cual remos, caer a sus costados.

¡Que débil y que inútil ahora el viajero alado!

El, antes tan hermoso, ¡que grotesco en el suelo!

Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,

otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.

El poeta es igual... Allá arriba, en la altura,

¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!

Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:

¡sus alas de gigante no le sirven de nada!

Poesía y convulsión: la raza del maldito

Publica en sus primeros años, críticas de arte como “Los Salones” (1845) y en revistas y periódicos diversos poemas, muchos de los cuales le darán forma a Las Flores del Mal. Ese mismo año intentará suicidarse en un cabaret. Además, publica Las lesbianas y traducciones del escritor norteamericano Edgar Allan Poe.

En 1857 sale a la luz la primera edición de Las Flores del Mal, que abarca casi la totalidad de su producción poética desde 1840 hasta la fecha de su publicación. Baudelaire quería titularlo Los limbos o Las lesbianas, finalmente el autor renuncia a la idea siguiendo los consejos de un amigo. En su primera edición tuvo problemas con la censura francesa y tuvo que eliminar (por obscenos) algunos de sus poemas, ya que eran de contenido lésbico y “pagano”. La obra, demasiado controversial para la época, es censurada en parte por orden de la autoridad del gobierno de Napoleón III y el poeta es acusado de “ultraje a la moral pública”.

En 1861 sale una segunda edición, adonde Baudelaire excluye los poemas que habían sido censurados, pero agrega otros 30 nuevos. En 1868, luego de su muerte, se edita la versión definitiva de Las flores del mal. Ésta no incluye los poemas prohibidos, pero añade algunos más. Esta edición contiene 151poesías. Aun así, algunos de sus poemas permanecerán censurados hasta 1949.

Es imprescindible comprender la época de Baudelaire para intentar comprender su obra y el dandismo que la atraviesa. Ese dandismo, interior y espontáneo, caracterizará a la aristocracia intelectual de la época: ser el “hombre superior” quien se ubica al margen de lo trivial, lo mundano, producto de la convulsión moderna que sólo la actitud del “dandy” puede disimular. Baudelaire dirá “El dandy debe aspirar a ser sublime sin interrupción. Debe vivir y dormir frente a un espejo”; es decir que el dandy será obra de sí mismo, la mayor de las obras de arte.

A su dandysmo hay que agregarle otra figura del siglo, el flaneur,”el callejero”, “el paseador”, la figura de la metrópolis. El flaneur vaga por las calles, recorre la ciudad, la mira, la hace suya en soledad. Es quien ante el erigirse de la sociedad moderna no puede vivir sin la metrópolis y la multitud. Todo esto le fascina, pero también le genera desprecio.

La figura del Dandy y del flaneur convergen en varios puntos. El dandy no puede vivir sin la ciudad, dentro de las multitudes, donde ostenta su superioridad estética e intelectual. El flaneur es movimiento, agitación de multitudes, velocidad, caos, rasgos aparentes de una sociedad que se levanta ante lo viejo. Flaneur es el producto de la alienación propia de la ciudad y el capitalismo. Walter Benjamin, en El París del Segundo Imperio en Baudelaire, postula que estos aspectos de la sociedad moderna están representados en los pasajes parisinos (especies de escaparates de vidrio y mármol en los que el flaneur se siente “como en casa”) y en el bulevar, símbolo de la evolución arquitectónica moderna, paseo que encuentra el cruce de miradas, la exposición, al examen recíproco e indolente.

El albatros poético del siglo XX

En Baudelaire se conjugan los síntomas del siglo. Éste se exaspera ante la burguesía de su tiempo, donde la conmoción política de 1848 sacude las principales ciudades europeas.

En su obra se da sólo a modo de síntesis el romanticismo y se esbozan las primeras expresiones de vanguardia, que como tantas otras vanguardias del siglo, expresan el desgaste de la sociedad burguesa y de su ideología.

El artista se separa de las pautas morales y de las convenciones de sus contemporáneos. El poema Delfina e Hipolita publicado por primera vez en Las Flores del Mal es una loa al amor lésbico, un amor prohibido e inmoral para la época donde Baudelaire en versos cuasi clásicos lo plaga de bellas imágenes:

¿Hemos perpetrado, entonces, un acto extraño?
Explica, si tú puedes, mi turbación y mi espanto:
Tiemblo de miedo cuando me dices: "¡Mi ángel!"
Y, empero, yo siento mi boca acudir hacia ti.
¡No me mires así, tú, mi pensamiento!

Los malditos asumen el mal como forma de trascendencia, posición que ante la moral religiosa adquiere forma de blasfemia.

Lector de Hugo y Lamartine, hereda del misticismo romántico la afición a Satanás, figura que estará presente en toda su obra y que será símbolo de rebeldía y odio a lo establecido, lo que lo impulsará a lo malsano, a la ambición y a una vida llena de excesos. Su sed por aferrarse a la gimnasia del alma, el dandysmo, nunca se desprenderá del agobio y la asfixia. Enfermos de espíritu, los artistas contemporáneos revelarán en su obra los males del siglo y a diferencia del romanticismo, expondrán a fuerza bruta sus miserias.

Cercano al círculo parnasiano, quienes levantaron la máxima del “arte por el arte”, también se rebela contra todo aquel que intente sacar rédito de la poesía en términos filosóficos, políticos o morales: “la poesía por poco que se desee penetrarla, interrogar su espíritu, llevar la atención a sus remembranzas, no tiene más fin que ella misma”. Por eso logra a través de su poesía y su técnica evocar analogías, alegorías y correspondencias, tal como se lo ha propuesto su corriente estética y literaria, el simbolismo.

En 1858 comienzan sus días de abigarrada enfermedad. La sífilis estaba ya terminando con su vida.En1866 empeora: dolores en las piernas, vientre y estómago, ahogos y vértigos son sólo algunos síntomas de sus últimos días. A pedido de algunos escritores como Banville, Merimée y hasta el joven Mallarmé, el ministerio de instrucción pública acepta cubrir los gastos de internación de Baudelaire.
El 31 de agosto de 1867 muere el poeta. Su propiedad intelectual es vendida en una subasta.

Es el hombre moderno, los valores modernos y Baudelaire, hito de su época por repulsión, más que por adhesión, lo que hoy nos hace recordar su obra. Hijo de aquella generación que hizo la Revolución para algo más que para matar al rey. “...Cuando un exquisito poema hace brotar las lágrimas en los ojos, estas lagrimas no son la señal de un deleite exclusivo, sino más bien la huella de una melancolía irritada... de una naturaleza exiliada en el mundo imperfecto y que quisiera apoderarse sin más demora, en esta misma tierra, de un paraíso revelado”.




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