Sociedad

CRÓNICAS SUBURBANAS

Bajo Flores, los pibes de la calle

Angelito y su peregrinaje. Pipa, pasta, fuego y alcohol. El horno de los marginales. Un sistema social irremediablemente descompuesto. Sepultureros o sepultados. Socialismo o barbarie.

Leonardo Carracedo

CeProDH | Zona Norte

Viernes 18 de marzo de 2016 | Edición del día

Superpoblación obrera relativa. Lumpen-proletariado

El capitalismo es intrínsecamente incapaz de garantizar trabajo a la totalidad de la población trabajadora.

En la sociedad antigua, el esclavo era una cosa según el derecho y según la filosofía: “instrumento vocal” de acuerdo a la famosa clasificación de Aristóteles, junto con los “instrumentos semivocales” (ganado) y los “instrumentos mudos” (arado).

En la sociedad moderna, en cambio, el trabajador asalariado es un sujeto según el derecho y un hombre libre según la ley y la filosofía.

Pero a diferencia del antiguo esclavo, el esclavo moderno no tiene el plato de lentejas asegurado.

Una franja de los trabajadores se encuentra desocupada, y en consecuencia, carente de medios de subsistencia.

Una parte de los desocupados forman el llamado “ejército industrial de reserva”, que presiona a la baja sobre las condiciones de trabajo y salariales del ejército industrial activo, y se encuentra pronto a alistarse a sus filas ante eventuales ascensos del ciclo económico.

Otra parte se aloja en la esfera del pauperismo, hallándose incapacitados de vender la única propiedad con la que cuentan, su fuerza de trabajo, que tiende a devenir inutilizable por sus condiciones de vida, por su estado de descomposición, por su carácter lumpen.

Angelito

En una esquina del Bajo Flores vive Ángel, un "pibe" de la calle.

Sus pertenencias son escasas, efímeras, siempre provisorias: las que lleva puestas y las que no le roban o desaparecen de su público dormitorio, que tiene por epicentro a dicha esquina, pero que se extiende unas decenas o centenas de metros más allá o más acá.

Angelito hurga con precisión quirúrgica y con ojo experto los tachos de basura, que lo aprovisionan de muchas de las cosas que usa y vende.

Tiene la específica cultura de la calle, esa que brinda el arsenal de conocimientos esenciales para la supervivencia en condiciones de total adversidad.

Es un sujeto altamente calificado al efecto.

Pipa y encendedor son cosas que no deben faltar (el “ferchu” –y lo etílico en general- tampoco), porque un psico-motor lo impulsa a buscar las sustancias que (lo) consume(n); sustancias que se hallan permanentemente en manos del transa y evanescentemente en las suyas.

El Bajo Flores suda sustancia y adicción.

Angelito sube y baja, como Sísifo, una y otra vez; en cadena perpetua, condenado a girar, girar y girar...

En la Meca está su Dios, o al menos, su representación terrenal química... psicotrópica.

Hacia allí peregrina, fanáticamente, porque Mahoma no va a la montaña a ver a los pibes como Angelito: estos pibes no tienen delivery.

La montaña va a Mahoma y los pibes peregrinan, abstinentes de sustancia y sin vento por las calles duras y sedientas, hacia la Meca del transa.

La violencia surge espontáneamente entre los propios peregrinos y también con los pibes de la Meca.

Todos están en el mismo baile y sufren el mismo chirrido psíquico-orgánico.
Se lucha por el fuego, por la pipa, por la pasta; por el pasillo, por una mirada torcida, por las rencillas pasadas, por las imaginadas y las imaginables; por la confusión, por las compañías; se lucha por nada, por todo y por las dudas, en una situación de marginalidad extrema.

A la situación de calle y a las adicciones, se suman así las escaramuzas y las luchas entre los mismos pibes y pibas, que se resuelven con faca, punta, cuchillo, navaja: con cualquier elemento corto-punzante o contundente a mano, y a veces reluce el bufoso, también por regla en manos ajenas.

De la salud mejor ni hablar.

Los cuerpos de los pibes hablan con la elocuencia de sus cicatrices, delgadez, tajos, heridas abiertas…

Hace un tiempo Ángel estaba herido: “No es nada”, dijo.

Al ver su mano, por el contrario, se podía observar un tajo de unos cuatro centímetros en su parte interior, con un orificio de salida de unos dos centímetros en la parte exterior.

Una faca le había atravesado la mano, de lado a lado, como los clavos a través de la mano del Flaco.

Ángel fue al hospital, donde supuestamente lo quisieron internar, pero le pidieron la identificación para hacer la denuncia policial por lesiones con arma blanca...

¿Policial?... ¿Identificación?!

“Yo soy el que soy”, podría haberle dicho Angelito a la policía o a la guardia con más derecho que el propio Dios a Moisés (Éxodo 3:14).

Lo cierto es que con la policía no habló, ante la guardia no se identificó, y en el hospital tampoco se internó.

Si recibió alguna atención sanitaria la misma fue mínima e insuficiente.

Ángel andaba internado en la calle, como siempre, en las periferias de la Meca, en el ruedo, con una venda andrajosa y la mano sucia, agujereada y sin costura.

“Yo me crié en el campo, y me curo sólo”, pensó Ángel; “cosas peores me han pasado, y he salido”.

Él confió en su suerte; aceptó agua oxigenada, gasas, vendas y cintas, pero no tomó cada 12hs los antibióticos que alguien le consiguió.

Para que los mismos surtan efecto, e incluso para que no le dañen el hígado –esto último me lo enseñó el propio Angelito-, tendría que haber dejado de tomar alcohol…
De cualquier modo, la regularidad que exige la posología del antibiótico no se condice con la semana vital de los pibes como Ángel, que no se divide en segmentos iguales ni regulares.

Dicen que los gatos tienen siete vidas.

Sería absurdo cuestionarle a Ángel el hecho de confiar en la suerte antes de contar las que le quedan, pero...

¿Cuáles son las alternativas?

Llaves escasean y puertas cerradas abundan.

¿Se inventaron ya las máquinas para calcular el azar?

Del esfuerzo individual como vía de progreso y superación

Así como Ángel hay otros muchos pibes y pibas en idénticas condiciones en el Bajo Flores: en la uno-once-catorce, en el barrio Rivadavia, el barrio Illía, la Perito, Riestra, en sus corazones y en sus periferias.

La situación de estos pibes está objetivamente consolidada, como cristalizada, y se refleja en sus cabezas que naturalizan su condición.

De algún modo están “estabilizados”, hace años viven así y muchos no lo harían de otro modo incluso si pudieran.

Será un mundo infernal, pero es su mundo.

Si les abrieran las puertas de su prisión quedarían en ella.

Estos pibes no golpean las puertas del cielo.

"El tiempo es un niño que juega con los dados; el reino es de un niño", decía Heráclito (535 – 484 a.n.e.).

No se elige nacer ni tampoco dónde.

Simplemente se nace y se muere, como el día y la noche.
Nadie tiene la vaca atada, pero algunos tienen una mayor expectativa (y calidad!) de vida que otros.

No es una determinación biológica o individual, sino social.

Estos pibes se saben finitos, mortales, jugados irremediablemente, “amigos del diablo y la muerte”.

Hablamos del Bajo Flores, pero lo mismo podemos decir de los pibes de las barriadas al sur de la calle Rivadavia: en Piedrabuena, Ciudad Oculta, Barracas, Lugano, Constitución, la Boca; Retiro al norte, etc., en la capital federal de la “República”.

También pasa con los pibes del denso y profundo conurbano, y en la ciudad de Córdoba, Rosario, y con los de otras tantas ciudades, pueblos y barriadas a lo largo y ancho del país.

Podríamos decir que estos pibes tenían la alternativa de empujar el carro de cartón, formar parte de alguna “cooperativa” de trabajo, aceptar algún empleo aunque sea por monedas, recibir la ayuda de algún organismo para-estatal o semipúblico como la iglesia, etc., etc…

Lo cierto es que no se trata más que de curitas, parches, medidas asistencialistas o de contención; salidas precarias, coyunturales e inestables.

El estado no brinda ninguna salida estructural, de fondo; y ello es así por la simple razón de que el mismo expresa y sirve a las clases dominantes que lo gobiernan.
Cualquier tipo de elección, sobre todo cuando la alternativa es entre Guate-mala y Guate-peor, requiere de una subjetividad determinada, una voluntad que no se halle quebrada por la adversidad extrema ni forjada en el fango de la necesidad y la adicción.

¡No seremos sepultados, sino sepultureros del capital!

En los casos en los que esas quebraduras subjetivas irreversibles no se dieron, hemos podido verificar el ingreso masivo de jóvenes pobres al trabajo productivo social, sobre todo luego de la crisis orgánica del año 2001 y el ascenso del ciclo económico que se dio a partir del año 2003 de la mano de la brutal caída del salario real, producto de la devaluación y del llamado “boom” de las materias primas.

Cientos de miles de jóvenes han conseguido empleo desde entonces, precarizados en una alta proporción, pero han logrado de ese modo recomponerse objetiva y subjetivamente sorteando el abismo del pauperismo y la degeneración social.

Muchos de ellos incluso, han reconocido conscientemente la explotación que sufrían por parte de las patronales; han hecho experiencias con las burocracias sindicales traidoras y las instituciones del régimen burgués.

Lograron organizarse en sus lugares de trabajo.

Piedra sobre piedra, empedraron un camino de salida y marchan hoy por el sendero de la lucha anti-capitalista, habiéndose convertido en combatientes obreros.

Cogieron la pala en sus manos, evitaron ser sepultados en el lodo del pauperismo y asumieron el rol de sepultureros del régimen del capital!

¡Pero que nadie hable de falta de voluntad individual de los jóvenes que no pudieron, de los pibes como Angelito!

¡Que nadie diga que les faltó esforzarse personalmente, que merecen lo que reciben!

¡Ellos no eligieron vivir así, sino que son el producto de una época histórica determinada!

¡La época del millón de pibes que ni estudian ni trabajan!

¡La época de la precarización laboral, la de los salarios de hambre, de la falta de trabajo!

¡Pero también es la época del avance de la ciencia y la técnica, la de las pistolas Taser!

¡La época del progresismo jurídico, en la que las descargas eléctricas de esas novísimas y asépticas picanas del siglo XXI están legalizadas por los fallos de los supremos privilegiados de la Suprema Corte de Justicia Nacional!

¡La época en que el Tribunal Superior de Justicia de la Capital Federal –para no quedar a la zaga- habilita a cualquier perro a interceptar un joven y pedirle los documentos por mera portación de rostro, por pura arbitrariedad!

¡La época en que 4600 pibes fueron asesinados por esa jauría policíaca entre 1983 y 2015!

(Dicen que la “ley de derribo” es una ley macrista cuando en verdad es una Ley de Estado)

¡La época de la saturación de los barrios por la pasta base, la del reino de los narcos, la de la policía transa, la de las mulas, la de la eterna caravana!

¡La época de los pibes jóvenes y pobres encanados por gilada, el 83 % de ellos sin condena, la de los altos muros de los countries, la de la impunidad de los ricos!

¡La época de las personas sin casas y las casas sin personas, la de las torres de lujo y los ranchos de chapa!

¡La época en que el 80 % de la población más pobre del mundo recibe sólo el 5,5 % de la riqueza mundial!

¡La época en que el 1 % más rico recibe lo mismo que el 99% más pobre!

¡Una época en la que 62 magnates (sí, sesenta y dos tipos!!) reciben lo mismo que 3 mil quinientas millones de personas, o sea, lo mismo que la mitad más pobre del mundo!

¡La época de la podredumbre capitalista, la de su senilidad decrépita!

¡La época en que se hace más imperioso que nunca barrer con toda la basura burguesa!

¡La época en que se impone la construcción de una sociedad sin explotados ni oprimidos!

¡Socialismo o barbarie!

“Harto del viejo borracho
Angelito camina por la calle
un poco por caminar
y mucho por olvidarse
ángel caído va
a lo que no pudo ser
tirando de una esperanza
se está haciendo tarde
y parece que va a llover.

Voy a caminar, voy a descender
el subte tomar, y después veré
hacia aquel lugar, no quiero volver
puedo conversar con una pared..”







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