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Bad Guys: la sangre reclama sangre

Serie surcoreana caracterizada por su violencia explícita. Los villanos matando villanos pero del lado de la ley, en una sociedad que aliena y martiriza a cada uno de sus miembros. Disponible en Netflix.

Viernes 4 de mayo | Edición del día

El detective de la policía de Seúl, Oh Goo Tak (Kim Sang Jung), retirado del servicio por el uso de fuerza excesiva, es convocado a formar una unidad anticrimen ante la aparición de un escurridizo asesino serial. Oh Goo Tak, amargado y alcohólico, exige una sola prebenda: que sus convocados, provengan de donde provengan, no sean rechazados. Así, reúne a tres hombres con disímiles virtudes: uno es un excelente peleador; otro, un meticuloso planificador; el más joven, un muchacho con un altísimo coeficiente intelectual. Pero estos tres son, además y por sobre todo, una cosa más: asesinos convictos, encarcelados de por vida por crímenes sin redención.

¿Por qué un hombre de tan altos principios, que ha dedicado su vida a perseguir a los perversos, los corruptos y los matadores, despoja de la cárcel a tres infames? El trato que les propone, a cambio de que colaboren con la policía en combatir el crimen, es reducirles años de cárcel con cada caso resuelto. Pero,... ¿existe alguna motivación personal que este hombre taciturno oculte a sus superiores? ¿Es que, acaso, ha aprovechado esta ocasión para urdir una propia y secreta venganza?

Bad Guys, como muchas otras ficciones, ha sido encajada en la góndola de la violencia innecesaria, del grotesco exceso de sangre y sadismo. Si de puritanismo moral se tratara, la serie no sería más que eso. Y no son pocos los clamores críticos en contra de este tipo de ficciones violentas, donde suele olvidarse, casi inmediatamente, que el arte en cualquiera de sus formas suele usar los bisturís más filosos para despostar la realidad. Pero estas quejas, estridentes al inicio, suelen tener el mismo destino que el ruido en la vastedad del campo: a fuerza de nacer con brío, se expanden en el silencio hasta que se pierden. Es muy cierto que Bad Guys pareciera hacer alarde de un tipo de violencia tan explícito y extremo que hiere, con demasiada frecuencia, ese decoro que se parece más a una rutina cultural que a una honesta postura ideológica. Pero acaso esta estética estridente tenga que ver con algo más que sadismo manifiesto.

Siempre que hablamos de ficciones violentas, debemos sacudirnos de los hombros un gran costal de prejuicios. Sin embargo, muchos detractores de la violencia minuciosa se preguntan sinceramente: ¿es necesario que la sangre chorree de la pantalla como la grasa en la parrilla? ¿En qué beneficia a la ficción tanta crueldad expresa? En principio, debemos recordar que, alguna vez, imponer la fealdad en el arte también parecía una empresa extraordinaria: fue una de las tantas cruzadas que el arte enfrentó en este camino sinuoso de cánones, perspectivas y dogmas. Y, por suerte, lo logró. Tal vez, a la cuestión de la violencia en el cine le quepa el mismo destino: trastocada entre la sensibilidad y el raciocinio pero amparada en el arte, la estética de la violencia casi siempre termina desnudando a la realidad.

Bad Guys, como la mayoría de las ficciones violentas, al igual que la luna, brilla por lo que refleja: la verdadera violencia, la social e institucional. ¿Ella la ha inventado? Obviamente, no. Pero sí la muestra, la respira y la exhala haciéndola flotar de la misma forma que el vaho de la falsamente pulcra y ordenada fachada coreana. Si hay algo que caracteriza a esta sociedad, hablamos de Corea del Sur (hoy por hoy una meca de las producciones televisivas y cinematrográficas) es el esmero con el que esconde su alto grado de alienación, su insoportable y agobiante exigencia laboral, su altísimo índice de suicidios. Uno de los paradigmas de la prosperidad capitalista se parece mucho a un camino recto hacia el infierno. Así que, si vamos a referirnos a este espectro, ¿por qué no hablar de él de la forma más cruda posible? El camino estético que Bad Guys ha tomado no debería condicionar la crítica si hemos de considerar que la brutalidad institucional es parte constitutiva no sólo de sus creadores sino también, y sobre todo, de los personajes. Entonces, la temática de la serie viene a justificar el desborde emocional y los actos sangrientos puesto que los cuatro, el detective y los convictos, resguardan con violencia sus secretos más punzantes. Así que, ¿por qué esta necesidad de despreciar lo que es y persiste en la sociedad, madre de toda ficción? La furia, el arrebato, el frenesí, la sangre.

Pero... Bad Guys es algo más que violencia.

¿Realmente ese joven brillante y apacible es un prolífico femicida que no recuerda a sus víctimas? Porque si así lo hiciera, si tan sólo confesara una hebra de sus nebulosos recuerdos- piensa el detective Oh Goo Tak- tal vez podría explicarle por qué ha asesinado a su hija inocente y joven. Tal vez, esta amnesia tan pérfida e impiadosa, a fuerza de oponerle una paciente espera, se fatigue con su misma constancia. Así que es esto, precisadamente, lo que Oh Goo Tak decide hacer: aguardar, acechar, desear que este joven sagaz olvide en algún momento su impostura. Y, entonces, nos preguntamos: ¿es éste el motivo oculto de Oh Goo Tak para haber formado un equipo anticrimen tan disfuncional? ¿O acaso aún guarda otros? Aquí, lo verdaderamente violento y cruel es “no saber”, “no recordar”, “no entender”. Sus conciencias menguantes ya hace tiempo que regurgitan el desconsuelo y, para colmo de males, está ese matón mafioso cuyo antiguo jefe aún lo reclama para su clan. Trabajando para la policía, el jefe mafioso resguarda con celo su carta ganadora: que no es otra que un maletín lleno de fajos que Oh Goo Tak acepto hace tiempo. ¿De modo tal que este honesto y recto policía torció un día sus principios tan firmes? Y si así fuera, ¿podría haber, después de todo, algún motivo noble que justifique su falta? Y para colmo... ese enigmático sicario que observa con sus ojos de águila cada movimiento de esta comparsa. Y Oh Goo Tak, que a cada paso revela, uno a uno, las razones de este equipo insensato.

Conformo pasan los días y se suceden los casos, la honradez parece cambiar de vereda. Los malos e irredimibles se trastocan en seres sufrientes y confiables. ¿Realmente, podrá ser que los buenos, los puros y rectos terminen siendo el estandarte de la falsedad y la corrupción? ¿Podrá ser tan bueno este giro de la trama o se trata, simplemente, de una vulgar treta literaria?

La belleza de este tipo de historias raramente simpatiza con espíritus que exigen un gesto suave y delicado para hablar de la violencia. Al contrario. Agitan su mano con desden cuando se refieren a ella. Esas conciencias suelen estár tan hinchadas de virtud que prefieren condenarla antes que entenderla. Pese a lo decorosa y piadosa que pueda parecer esta postura, es completamente hipócrita; aquellos que la gritan en cada esquina suelen ser los que carecen de compasión. Hubo una época en que se denostó, por el mismo motivo, al joven cineasta japonés, Takechi Kitano: su uso tan explícito de la sangre. Fue casi en la misma época en que, en cines repletos, se aplaudía rabiosamente aquellos films patrioteros de soldados matando asiáticos; lo mismo soportó Tarantino, el enigmático director yanky, al que se le endilgaba (aún hoy suele cruzarse con algún que otro protestante) responsabilidad por la violencia en las calles de la América blanca. Curiosamente, esto sucedía y sucede en el país que ha quemado afroamericanos en las plazas, que ha invadido cuanto país le ha pedido el divorcio, cuya cultura cinematográfica se ha sustentado en films donde valientes vaqueros conquistan las praderas de los mugrientos nativos o donde archivalerosos soldados matan a malditos terroristas. Esta ideología suele ser devota en la misa pero es sanguinaria sin recato en cada levantamiento libertario.

Bad Guys carece de la afectación y la falsedad occidental a la hora de hablar de ella misma. Eso se lo reconocemos. Su belleza es difícil de catalogar porque su definición no da cuenta de nada, excepto de la fragilidad de las voluntades y la conveniencia de los propósitos, sobre todo si se trata de justificar el orden opresivo de la sociedad coreana.

A la hora de diseñar la imagen, la serie optó por una estética muy cercana al manganimé. La estampa de los asesinos, incluso la del mismo Oh Goo Tak, nos recuerda al personaje estereotipado que nos ofrece, inmediatamente, una pintura fiel de sus rasgos y su carácter, como si su fotografía hubiese sido cincelada, una y mil veces, por el mismo pulso. Porque no es ésta una serie de perfiles y temples. Sus naturalezas están expuestas desde el primer momento. No. Ésta es una ficción de secretos, de voluntades tercas y pecados insoportables. De remordimientos, redenciones, lutos y perdones. No existen héroes inexorables que salven humanos por algún desviado sofisma de justicia. En absoluto. En Bad Guys sólo hay existencias a la deriva. Y esa violencia, como un mal envuelto regalo, no muestra más que el interior de hombres sufrientes paridos por una sociedad salvaje. Se parecen demasiado a cualquier hombre en cualquier rincón del mundo. Se parecen demasiado a nosotros mismos.







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