Sociedad

Ataques de pánico: ¿un mal de los tiempos que corren?

Es uno de los padecimientos más frecuentes y produce una sensación de intenso malestar psíquico y corporal. Afecta a hombres y mujeres y condiciona, cada vez más, la vida de miles de jóvenes.

Virginia Espeche

Docente de la Comisión de Mujeres de Ademys

Lunes 4 de julio de 2016 | 10:14

Desde hace algunos años, los denominados “ataques de pánico” aparecen como un tipo de padecimiento frecuente en amplias franjas de la población. Según los especialistas, hay un incremento de consultas que también se corresponde con una multiplicación de factores y situaciones cotidianas generadoras de ansiedad, terreno propicio para desencadenar estas crisis.

Un “ataque de pánico” (panic attack) se caracteriza por la irrupción brusca de un episodio de intenso miedo, no asociado a ningún peligro real y que va a acompañado de síntomas físicos cardiorespiratorios y neurovegetativos que se asocian, generalmente, a la idea de muerte o locura. En las crisis, de comienzo brusco y espontáneo, la angustia que emerge es muy intensa, con palpitaciones, sudoración, vértigo, sensación de ahogo y otras manifestaciones corporales.
Estas crisis, que pueden aparecer por única vez o repetirse a lo largo del tiempo, están clasificadas dentro de los trastornos de ansiedad y fueron caracterizadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como unas de las “plagas del S.XXI” y de los más frecuentes a nivel mundial. Como categoría diagnóstica, engloban toda una serie de cuadros clínicos que comparten, como característica común, la presencia de múltiples disfunciones y desajustes a nivel cognitivo, conductual y psicofisiológico.

Conductas como evitar viajar en transporte, alejarse de la casa o permanecer en lugares muy concurridos, suelen presentarse en la mayoría de los casos. Si las crisis continúan, se suelen ir asociando con diversos lugares o situaciones que comienzan a decodificarse como “peligrosas” y por lo tanto evitadas. Por la predominancia de síntomas físicos, muchas veces se acude a consultas en guardias, con médicos clínicos y otras especialidades, acarreando una historia de múltiples diagnósticos inespecíficos y exámenes complementarios.

Las estadísticas: números en ascenso

Según algunos estudios e investigaciones, las consultas por ataques de pánico se han ido incrementando y arrojan cifras llamativas. La OMS refiere que tres de cada 10 personas en todo el mundo sufre de ataques de pánico. En Argentina, aunque no se cuenta con estadísticas oficiales, se estima que más de 6 millones presentaron algún síntoma de ansiedad relacionado y alrededor de 1 millón sufre concretamente este trastorno.

Por su parte, Alfredo Cía- especialista en trastornos de ansiedad- refiere que en la última década se registró un aumento de jóvenes que presentan síntomas patológicos de ansiedad y que la mayor tasa de consultas corresponde a la franja de personas de entre 21 y 30 años. Los datos de otra investigación explican que sobre 872 pacientes tratados por ataques de pánico entre febrero de 2000 y febrero de 2006, el 82 por ciento fueron mujeres y que, en términos de prevalencia, habría una proporción de tres mujeres cada un hombre, proporción que suele repetirse en distintas partes del mundo.

En España, por citar un ejemplo, el centro NASCIA publicó que el 50% de las mujeres ha experimentado alguna vez ataques de pánico o ansiedad y aunque los factores desencadenantes suelen ser múltiples, consideran que la incorporación al mercado de trabajo, las dificultades para conciliar la vida personal y la familiar y el estrés que suele provocar la falta de tiempo se vuelven elementos importantes para explicar estas cifras.

Tomando en cuenta que los datos reflejan una incidencia en ascenso, muchos profesionales no dudan en referirse al “ataque de pánico” como un síntoma contemporáneo, que es padecido por muchas personas y que revela un modo de sufrimiento particular.

¿Síntomas contemporáneos?

Aunque la extensa bibliografía habla de múltiples factores desencadenantes (biológicos, psicológicos y ambientales), cada vez se presta más atención a los elementos externos al sujeto para intentar explicar la aparición de estas crisis de miedo, pánico e intensa incertidumbre. Si pensamos al sujeto como ser social y aunque no se pueda ser exhaustivo respecto a la gran cantidad de padecimientos psíquicos que produce el sistema en que vivimos, resulta pertinente considerar que las características de los tiempos que corren, pueden operar como verdadero mal-estar en amplias esferas de la vida social, familiar y laboral.

En un nivel de análisis, los fenómenos de competitividad e inseguridad laboral junto a las enormes exigencias y presiones del medio van configurando un vertiginoso ritmo de vida que genera, progresivamente, estados de angustia, agotamiento emocional, trastornos en los ritmos de alimentación, actividad física, de descanso, problemas físicos y psicológicos y factores de riesgo para la salud que terminan cercenando la vida de los sujetos que no pueden “escapar” a las consecuencias de un sistema que impone terribles condiciones de vida.

Si nos centramos en el ámbito laboral, por ejemplo, las condiciones de trabajo pueden producir síntomas de cansancio y fatiga, tanto física como psicológica, que se traducen paulatinamente en una sensación de “no poder dar más de sí mismo a los demás”. Fenómenos como la despersonalización, la irritabilidad, la pérdida de motivación y los sentimientos de baja realización personal y laboral, suelen traducirse en incapacidad para soportar las presiones. Se trata de padecimientos impuestos, en la mayoría de los casos, por las demandas de un mayor rendimiento productivo, temor a perder el trabajo, incertidumbre e inestabilidad laboral, etc. Como consecuencia, vemos proliferar diagnósticos de estrés laboral y su fase avanzada, el síndrome de burnout (o de “estar quemado”) que están ligados, directamente, con la vivencia de situaciones altamente estresantes.

Desde esta línea de análisis, por ejemplo, muchos especialistas intentaron explicar el fuerte impacto psicológico que provocó en nuestro país la crisis del 2001 y que se prolongó durante los años posteriores, aumentando el número de consultas por ataques de pánico y el empleo de medicación ansiolítica y antidepresiva de manera llamativa. Al respecto, la psicoanalista Silvia Bleichmar refería que los cambios producidos en las condiciones de existencia social en nuestro país, con secuelas devastadoras como la desocupación, la marginalidad y cosificación de las personas, provocaron padecimientos de gran magnitud en amplios sectores de la población, generando lo que definió como “una situación inédita de malestar psíquico, tanto por la cantidad como por las características de los cuadros que se presentan”, explicando que muchos especialistas empiezan a ver en esos padecimientos “verdaderos procesos de desconstrucción de la subjetividad, o sea, de mutación sobre los ejes sobre los que el sujeto organiza su relación habitual con la realidad (…) un signo de alarma preocupante…”.

De esta manera, si partimos de considerar que lo social produce importantes efectos y significaciones en la subjetividad, lo que se pone en discusión son las “causas” de un gran número de síntomas y trastornos psicológicos. Dicho de otra manera, hay padecimientos psicológicos en donde, al decir de Bleichmar, “las determinaciones representacionales, de origen social, son determinantes” y nos permite, como primer acercamiento, concretar una relación entre la angustia y las presiones del sistema, relación donde el ataque de pánico puede emerger como grito desesperado.






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