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Asimov: ciencia ficción, capitalismo y progreso

Habiéndose cumplido, en los primeros días de enero de 2020, los 100 años del nacimiento del gigante de la ciencia ficción, aprovechamos la ocasión como excusa para indagar en sus obras y retomar viejos problemas filosóficos de cara al presente.

Martes 4 de agosto | 23:15

Asimov

Isaac Asimov pasó a la historia como uno de los “padres de la Ciencia Ficción” por su prolífica producción literaria y también científica. Basta con googlear rápidamente para saber que Asimov nació presumiblemente en los primeros días de Enero de 1920 en la aldea de Petrovichi (URSS). Luego su familia emigró en 1923 a Nueva York y finalmente murió en 1992 en la misma ciudad. Además de ser un gran escritor fue un prominente químico. Su literatura, vale decir, sorprende no sólo por la agilidad del relato (una rápida y atrapante lectura), sino también por su facilidad -cuando hacía divulgación científica-, para exponer conocimientos técnicos entendibles para cualquier lector.

Publicó más de 400 libros sobre ciencias naturales, historia, análisis literario; pero sobre todo construyó toda una historia ficticia de la humanidad, articulada por el avance progresivo del desarrollo científico y tecnológico desde la aparición de los robots. Dato de color: de los 85 cuentos compilados en sus Cuentos Completos [1] la mitad tienen como personajes principales a científicos o profesionales. Otros 15 tienen a robots o computadoras como protagonistas. La figura de los robots en Asimov es central. Sus relatos exploran a través de esta figura las relaciones de la humanidad con la tecnología y consigo misma. Podría incluso decirse que los robots son el motor de su historia.

Nadie se va a cansar nunca de recordar que fue Asimov quien creó la palabra “robótica” [2], aunque tal vez muchos ya se han cansado de oírlo.

Vista desde la actualidad, tras años de crisis recurrentes del capitalismo y todavía con el peso del escepticismo posmoderno en el sentido común, su obra puede aparecer como una expresión ingenua de una concepción progresiva y optimista de la historia, muy propia del iluminismo. Qué ridículas pueden sonar las Tres Leyes de la Robótica [3], que regulan éticamente la relación de los robots con los humanos, si las vemos a la luz de las obras de ciencia ficción más importantes en las últimas décadas. Los mundos post-apocalípticos de Terminator y Matrix parten justamente de la rebelión de las máquinas contra la humanidad. El producto del trabajo humano se autonomiza de la humanidad y se vuelve contra ella. También en las distopías de Black Mirror o en el nihilismo tragicómico de Rick and Morty, la tecnología no parece resolver nada, sino más bien perfeccionar la dominación y la crisis de sentido. Incluso la adaptación cinematográfica de Yo, robot (la primer compilación de cuentos de Asimov, de 1950), protagonizada por Will Smith en 2004 –muy mala en varios aspectos–, se debió adecuar rápidamente a esta narrativa más bien pesimista.

Cabe destacar que Asimov no escribe utopías ni nada por el estilo. Sus narraciones son las de un futuro ficticio donde la humanidad establece industrias de robots en la Luna o desarrolla un Imperio Galáctico que puebla 25 millones de planetas, todo gracias a la racionalidad científica y sus instrumentos tecnológicos. Pero donde también las crisis y el conflicto entre personajes –y sociedades enteras– siguen presentes y se ordenan justamente alrededor de estos avances.

No se trata aquí de establecer qué tipos de obras son “mejores” o de argumentar sobre algún principio estético, sino de rescatar la obra de Asimov ofreciendo una posible lectura que, comprendiendo la literatura como termómetro de su época y expresión íntima de las ideas de su autor, pueda entrever algunas de las complejidades filosóficas, problemas y potencialidades de la narración asimoviana.
Particularmente en relación al problema del progreso y las concepciones de la historia.

Asimov e Imperio

Pongamos primero a Asimov y su literatura en contexto. La ciencia ficción tiene una larga historia que puede remontarse a la literatura utópica de Tomás Moro y Francis Bacon, los escritos de “viajes maravillosos” de Cyrano de Bergerac y Jonathan Swift, y ya más definidamente al Frankenstein de Mary Shelley. En todos estos casos la narración, a través de la alegoría o la sátira, permite a los autores criticar la sociedad europea de su época. La ciencia ficción estadounidense desde su principio estuvo más bien orientada al mercado y el entretenimiento. Dicha orientación hizo que por mucho tiempo el género sea fuertemente ignorado por la crítica y considerado literatura vulgar y sin importancia. Como lo indica Pablo Capanna [4], la ciencia ficción estadounidense nace a principios de Siglo XX como un género extraño y poco delimitado. Publicado junto con cuentos de piratas, cowboys y detectives en pulps, es decir, revistas muy baratas de pulpa de madera. La primera revista propiamente de ciencia ficción apareció en 1926, Amazing Stories, editada por Hugo Gernsbak. Con la crisis del 29, como muchas otras, la revista entró en crisis. Pero más adelante, de la mano del ingeniero John W. Campbell, editor y filtro ideológico desde 1938 de la revista Astounding Science Fiction (para la cual escribía Asimov), el género se autonomizó y se profesionalizó por completo. De cinco revistas dedicadas a relatos de ciencia ficción en 1936, pasaron a treinta y cinco en 1953 [5]. Bajo la gestión de directores como Campbell, y con la recuperación económica del boom de posguerra, la potencialidad mercantil de los pulps de ciencia ficción se desplegó como nunca antes. Sólo posteriormente el cine y los efectos especiales superarán este salto.

La posibilidad de producir periódicamente revistas en masa y el desarrollo de la sociedad de consumo en el seno del capitalismo durante el periodo de la posguerra, fueron dándole forma y contenido al género en los Estados Unidos durante este periodo. Un estilo ágil y hasta mundano de la escritura dado por los límites en cantidad de palabras de cada publicación y su orientación al gran público juvenil. De hecho, el carácter popular de la ciencia ficción en este periodo, hizo que por mucho tiempo -incluso hasta la actualidad- sea considerado por la crítica como un “género menor”, o hasta literatura vulgar y sin importancia. Las narraciones muchas veces eran estandarizadas, los personajes estereotípicos o planos, y pululaban el cliché y los recursos recurrentes (como los famosos “créditos”, la moneda futurista en diferentes autores). Sin embargo las temáticas tendieron a complejizarse por el crecimiento de un fandom dedicado a consumir, debatir y criticar las obras en reuniones y convenciones, así como por un mundo marcado por el recuerdo del fascismo, el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, y la Guerra Fría. La “Edad de Oro de la ciencia ficción” –como la llamó Asimov– se corresponde con la “Edad de Oro del capitalismo” en la posguerra, entre los años 40 y 60. En este marco aparecieron en Estados Unidos escritores cada vez más serios y centrados en temáticas sociales como Ray Bradbury, Theodore Sturgeon, Alfred Bester, A. E. van Vogt, Frederik Pohl, etc. [6]

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La posguerra era una situación histórica bastante compleja: en el viejo continente las guerras imperialistas, el nazismo y la burocratización del Estado Obrero de la URSS por parte del stalinismo, ponían en entredicho como nunca antes la idea del progreso de la historia. Hasta las vanguardias artísticas comenzaban a agotarse. Diversas corrientes teóricas y políticas leyeron este proceso como un fracaso de la sociedad occidental y todos los proyectos modernos Pero por otro lado, al finalizar las dos guerras Estado Unidos se encontró siendo la mayor potencia imperialista global y poseyendo una industria sin precedentes gracias a las previas necesidades bélicas. En la parte anglosajona del nuevo continente,al salir de las guerras y la crisis del 29, se respiraba un aire de triunfalismo y optimismo con una potente recuperación económica. Justamente en ese marco se desarrollará, por ejemplo, el funcionalismo-sistémico de Talcott Parsons, tendencia hegemónica en la sociología americana por mucho tiempo. Donde se buscaba resolver el problema durkhemiano de la cohesión social en sociedades complejas y tendientes a la diferenciación de sus elementos, teniendo como presupuesto aquel mismo desarrollo evolutivo de todas las sociedades planteado por el iluminismo y el positivismo.

Es en este mismo clima de época donde aparecieron los relatos optimistas de Asimov. Con ese carácter popular de su ciencia ficción (ágil y sencilla pero no burda) nos habla sobre robots y la humanidad expandiéndose y poblando toda la galaxia, creando ciencias nuevas y hasta desarrollando capacidades mentales sobrenaturales. Por supuesto no faltó belicismo ni muchas muestras de fatalismo en otros autores de la época. Pero resulta interesante hacer esta relación entre el triunfalismo estadounidense de posguerra y el optimismo asimoviano. La consecuencia más evidente es que en todos los futuros que imagina Asimov, en el trasfondo, la sociedad ampliamente “desarrollada” es siempre capitalista –o a lo sumo precapitalista–. Mientras que, en la ciencia ficción de las últimas décadas, hay por el contrario una cierta naturalización por la negativa del sistema como trágicamente el único posible, en Asimov hay una naturalización del capitalismo por la positiva. El futuro asimoviano, cada vez más desarrollado, es curiosamente siempre burgués. He aquí, expresado literariamente, el riesgo de todo optimismo acrítico de su propia realidad histórica, es decir, aceptarla como la mejor y no ponerla profundamente en cuestión cuando se piensa el mañana.

Segunda lectura

Ahora bien, en la literatura de Asimov hay una presuposición del progreso de la historia mediante el desarrollo técnico, pero no por ello hay una visión enteramente ingenua de toda esta cuestión.

De hecho, aunque de forma secundaria, el problema de la autonomización y latente rebelión de las máquinas ya está presente en su obra. En el cuento ¿Qué es el hombre? (1974), dos robots del mismo modelo reinterpretan mediante un diálogo las Leyes de la Robótica, asumiéndose a sí mismos como humanos. Esto recuerda un poco al caso de los dos robots que Facebook en 2017 puso a dialogar para desarrollar mecanismos de negociación y terminaron creando un lenguaje propio e incomprensible. Sin embargo su mayor preocupación no será esta, sino el problema del tutelaje de la humanidad mediante nuevas tecnologías. Este problema aparece recurrentemente en toda la obra asimoviana: en el rol de R. Daneel Olivaw, el más importante robot de sus sagas, y la Ley Cero, en el papel de los viajes temporales de El Fin de la Eternidad (1951), y por excelencia con la "psicohistoria" de la Saga de la Fundación. Es justamente ésta obra la que quizá expresa más sintéticamente la mirada y actitud de Asimov frente a la concepción progresiva de la historia, de la cual se espera en 2021 el estreno de su adaptación a serie por Apple en Amazon Prime (esperemos no corra con la misma suerte que Yo, robot).

La Saga de la Fundación se compone de 7 libros que son parte de los 15 (5 de la Saga de los Robots y 3 de la Saga del Imperio Galáctico) que constituyen la historia del universo asimoviano. En los primeros tres libros publicados de la Saga de la Fundación, la Trilogía de la Fundación (1951-1953), o Ciclo de Trántor, se relata la crisis del viejo Imperio Galáctico y el inicio de la colonia humana llamada a fundar un nuevo Imperio: la Fundación. La idea, según el mismo Asimov, es una metáfora histórica del imperio romano a un futuro en toda la Vía Láctea, a partir de una obra del historiador británico Edward Gibbon [7]. Pero claramente tiene sus particularidades. Allí, como no sería de otra manera, un científico, Hari Seldon, desarrolla una ciencia capaz de predecir estadísticamente los procesos sociales futuros, la psicohistoria. Asimov la compara con la teoría cinética de los gases, que no puede describir el movimiento de una molécula pero sí pronosticar el movimiento de grandes volúmenes de masa. Pero aquí con grandes masas de personas (¡el sueño funcionalista!). Con la psicohistoria Seldon es capaz de prever la crisis del Imperio Galáctico producto de su estancamiento y decadencia, abriéndose con esta crisis unos 30 mil años de “barbarie”. Pero también con la psicohistoria, elabora un plan para acortar ese plazo a mil años con la Fundación y su transformación en un nuevo Imperio Galáctico que conserve todo el conocimiento humano y lo desarrolle.

El futuro no sólo está salvado de la barbarie sino que su desenvolvimiento está garantizado por la nueva ciencia. Sin embargo, a partir de ahí (y de hecho antes), la lucha por el control de la psicohistoria será el hilo conductor de toda la saga. Particularmente en Segunda Fundación, el tercer libro de la trilogía, la narración llega a momentos de tal tensión y paranoia entre conspiraciones y espionajes, que parece, a su manera, expresar muy bien en cada página el clima de la Guerra Fría y la carrera armamentística. Con esto tratamos de mostrar cierta complejidad en la actitud asimoviana hacia la tecnología y la cuestión del progreso. La ciencia -aquí la psicohistoria- garantiza el futuro pero no para todos, sino para quien la pueda poseer.

El ideal del progreso fue, en primer término, el proyecto político de la burguesía ilustrada del S. XVIII, y luego fue transformado durante el S. XIX en filosofía de la historia por el positivismo de Auguste Comte –donde las sociedades se dirigen todas evolutivamente hacia el modelo de la civilización europea bajo la máxima de “orden y progreso" –. Y por supuesto tuvo mucho éxito para la legitimación de los proyectos burgueses de industrialización de Europa y colonización de África. Dicha concepción cayó en una gran crisis durante el S. XX y mostró toda la falsedad de su retórica de linealidad y universalidad. Y como ya sugerimos, esto fue leído como un fracaso de la sociedad occidental que se volviera contra sí misma. Pero lo problemático es que esta lectura pasó rápidamente de la crítica a la resignación y el pesimismo. Las derrotas de los procesos revolucionarios de la década del ´20 en Europa y finales de los ´60 en gran parte del mundo, junto con la ofensiva neoliberal de los ´70, hicieron imprimir con mayor nitidez esa resignación en el sentido común de las masas.

Tanto un optimismo ciego como un pesimismo escéptico son visiones unilaterales. La concepción marxista de la historia en cambio propone una visión dialéctica de este problema. Marx y Engels en el Manifiesto Comunista sostienen -como también en otros trabajos- que la burguesía y el desarrollo de la sociedad capitalista jugó un papel indudablemente revolucionario frente al feudalismo europeo, pero con ello no abolió las desigualdades sociales sino que las sustituyó por otras nuevas [8]. Walter Benjamin, en su VII tesis sobre el concepto de la historia, plantea en este mismo sentido que:

Quienes hasta el día de hoy han salido siempre vencedores de sus contiendas marchan en el desfile triunfal de los dueños del momento, que pasa por encima de los vencidos que yacen postrados en el suelo. Y, como es costumbre, en el desfile triunfal llevan consigo el botín, al que se da el nombre de «bienes culturales». [...] Ya que los bienes culturales que este abarca con la mirada tienen todos y cada uno un origen que no podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea también de barbarie. Y como él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión por el que ha pasado de unas manos a otras [9]

Una de las grandes contradicciones del Capitalismo es que todo su proceso civilizatorio es al mismo tiempo un proceso de barbarie contra los dominados. El progreso tecnológico real y efectivo, aquel desarrollo de las fuerzas productivas que contiene a su vez la posibilidad de desarrollar plenamente la sociedad, fue entonces -y al contrario del relato burgués-, siempre progreso de clase.

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Por su parte Asimov resuelve el problema de la tecnología tutelando la vida y determinando el desarrollo histórico mediante la idea de que, aun cuando esto está operando a través de los robots o la psicohistoria, es siempre el resultado de la actividad humana. Y la humanidad puede y debe decidir sobre sí misma [10].

Ahí está verdaderamente su optimismo, en su confianza en la voluntad y potencialidad humana.

Ahora, claramente en su resolución sí hay cierta ingenuidad, pero sólo en tanto la humanidad, desgarrada por las contradicciones capitalistas, es incapaz de autodeterminarse como género. De allí la necesidad de trascender dicha ingenuidad, pero conservando tal optimismo, para pelear en función de que los desposeídos se apoderen conscientemente de las bases materiales del progreso privatizado. No para recrear un mito burgués o una esperanza ciega de un mundo libre que se realiza por sí mismo, sino para poder decidir cómo construirlo. Que los explotados y oprimidos del mundo asumamos el control de aquel progreso técnico, romper la contradicción histórica del Capitalismo, también se torna acuciante en un contexto donde el mundo sufre una pandemia global y los medios para combatirla permanecen en pocas manos. O donde el capitalismo arrasa irracionalmente con la naturaleza generando las temperaturas más altas de la historia en los polos y llenando de plástico los océanos. Asimov es ciertamente un humanista con tendencia más bien liberal pero en una segunda lectura de su obras, comprendiendo sus límites, podemos encontrar varios elementos de un rico imaginario sobre la potencialidad de la humanidad, de los productos de su trabajo y de su conocimiento científico. Para todas aquellas generaciones que crecieron con la idea de que no hay futuro, y que ahora hartos de la precariedad de la vida o la violencia policial se levantan con revueltas espontáneas en todo el mundo, puede haber allí algún otro aporte más para pensar su futuro.

Palabras finales del autor, y, a su manera, un poco polémicas: en estos tiempos no está tan mal creer un poco en el progreso; en lo que no se puede creer es en el Capitalismo.



[1Asimov, Isaac (2012) Cuentos completos I y II. Buenos Aires, Ediciones B para el sello Zeta de bolsillo. El proyecto original de Asimov junto con la editorial Doubleday era publicar tres tomos de los cuales el último no llegó a publicarse.

[2Vale aquí acotar que Asimov inventó la idea de la “robótica” como disciplina del conocimiento, pero el inventor de la palabra “robot” fue el escritor Karel Capek: “’Robot’ fue la sugerencia de Josep, una palabra con reminiscencias etimológicas al checo robota (trabajo) y el eslavo rob (esclavo). Y así fue como en la obra de teatro R.U.R. Robots Universales Rossum, escrita en 1920, apareció por primera vez una definición que retomaría la literatura desde entonces, pero también la ciencia y la industria moderna” Díaz, Ariane (2018) Karel Capek: Papá Robot. Buenos Aires, Semanario Ideas de Izquierda. Disponible en: http://www.laizquierdadiario.com/Karel-Capek-Papa-Robot#nh3

[3Las Tres Leyes de la Robótica: 1) Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. 2) Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley. 3) Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no entre en conflicto con la Primera ni la Segunda Ley.

[4Capanna, Pablo (2007) Ciencia ficción. Utopía y mercado. Buenos Aires, Cántaro.

[5Ibídem, p. 110.

[6De hecho, más adelante con la aparición de los movimientos sociales y hasta la actualidad, esta tendencia hacia las temáticas sociales y la crítica -como la de los inicios de la ciencia ficción europea- se hará todavía más fuerte. Como con el desarrollo de la tendencia cyberpunk en los ´80.

[7“No hay misterio en el éxito: desempolva tus libros de historia./ Un imperio que otrora fue romano encaja en la estrellada Vía Láctea./ Con hiperespacial impulso surcará los parsecs,/y armarás una trama sin mayor trajín/ si espigas las obras de/ Edward Gibbon y Tucídides el griego”. Asimov, Isaac (2012) “Las bases del éxito en ciencia ficción”. En Cuentos completos I. Buenos Aires, Ediciones B para el sello Zeta de bolsillo (p. 61).

[8Marx, Karl y Engels, Friedrich (2014) Manifiesto comunista. Buenos Aires, Ediciones IPS.

[9Benjamin, Walter (2019) Iluminaciones. Buenos Aires, Taurus (p. 284).

[10Ejemplos de esto pueden verse en El Fin de la Eternidad (1951) con la decisión del protagonista Andrew Harlan al final de la novela, o también -aunque con un tinte casi trágico-, en la decisión tomada por Golan Trevize en Los límites de la Fundación (1982) y Fundación y Tierra (1986), las últimas novelas de la Saga de la Fundación







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