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CRÓNICA

Arthur Cravan: un poeta en el ring

Deambuló por varios países escapando de la guerra. Creó su propia revista literaria. Peleó con el campeón mundial de pesos pesados. Fue encomiado por Breton y tuvo un encuentro inesperado con Trotsky.

Lunes 31 de octubre | Edición del día

Dos guantes, una pluma

En su excelso ensayo titulado Del boxeo, la autora estadounidense Joyce Carol Oates renegaba de aquellas definiciones adornadas que hacían del pugilismo una iconografía. Para ella, quienes realmente aman el deporte, entienden que éste no es una alegoría que refiere a algo más: “el boxeo sólo se parece al boxeo”.

Es indudable que los cuadriláteros han sido una fuente de inspiración para los literatos. Desde Lord Byron hasta Roberto Fontanarrosa, pasando por Bernard Shaw, Conan Doyle, Abelardo Castillo y Julio Cortázar.

El boxeo articuló famosas novelas, películas y crónicas. A su vez, más de un escritor lo incorporó como hábito o como divinidad. Ernest Hemingway llegó a romper su relación con Morley Callaghan y Scott Fitzgerald luego de perder una pelea amistosa. Y Charles Bukowski se valió de una riña ficcionada –en el relato corto, “Clase”- para atacar al gran “Papa” Hemingway.

Si la mayoría de los autores fueron “del libro al ring”, Arthur Cravan hizo el recorrido inverso. Fue tan poeta como boxeador y así enfrentó la vida.

Primer round: Maintenant!

Arthur Cravan nació en 1887, en Suiza, bajo el nombre de Fabian Avenarius Lloyd. Su padre era un noble inglés y, su tío, el incomparable Oscar Wilde (con quien tenía un marcado parecido). Luego de ser expulsado del colegio a los dieciséis años, comenzó a viajar por el mundo trabajando como pastor, chofer y leñador. Así, pasó por distintos países hasta que se instaló en París en 1909.

Un año después, valiéndose de su físico robusto y musculoso, se consagró como campeón semipesado en un club amateur. A partir de entonces, comenzó a presentarse a sí mismo como “campeón de Francia”.

En 1912, creó y autofinanció la revista literaria Maintenant! (¡Ahora!), que vendía en un carrito de víveres el cual empujaba por las calles parisinas. Allí, expuso “una nueva concepción de la literatura y el arte”, según diría André Breton en su libro Antología del humor negro (1940). El padre del surrealismo llamó a este poeta olvidado un “héroe del siglo XX”; y lo admiraba por ser un díscolo que arremetía a puñetazo limpio contra las normas establecidas.

A lo largo de las cinco publicaciones de su revista, Cravan dejó cuatro poemas, un texto llamado “¡Oscar Wilde vive!” y una fuerte crítica a la exclusiva Sociedad de los artistas independientes. Gracias a esta última llegó a enemistarse con André Gide y Guillaume Apollinaire –quien, se sospecha, lo habría retado a duelo-.

La I Guerra Mundial tuvo un impacto considerable sobre la cultura europea que marcó el nacimiento de distintas vanguardias. Muchos han atribuido a Arthur Cravan ser un precursor del dadaísmo, adelantando sus formas así como su rechazo frente a los valores de la sociedad y al “arte burgués”. El mismo Bretón diría que hay rasgos del movimiento en este poeta-pugilista, aunque alertaba que “buscaba soluciones al malestar intelectual desde un ángulo distinto”. La realidad es que la producción conocida de Cravan fue previa a la primera reunión de los dadaístas y que, recién muerto éste, llegarían a admirar su obra.

Segundo round: campeón europeo

Cuando estalló la I Guerra Mundial, Arthur Cravan escapó de Francia y viajó por Europa Central utilizando documentos falsos. Sólo volvería a la “ciudad de la luz” por un breve período al año siguiente, para publicar el último número de Maintenant!.

Al poco tiempo, luego de atravesar el río Bidasoa a nado, llegó a España, se instaló en Barcelona y comenzó a ejercer como profesor de boxeo. En 1916, luego de una osada jugada publicitaria, consiguió un combate con el campeón mundial de pesos pesados, el afroamericano Jack Johnson.

La prensa buscaba ansiosa un atleta blanco que pudiera derrotar a Johnson y los afiches promocionaban a Cravan como el “campeón europeo”.

La pelea tomó lugar en la Plaza Monumental y fue tan desigual que el público exigió que le devolvieran su dinero. Dicen que el estadounidense sólo demoró el desenlace para no tener problemas con las agencias de apuestas y empresarios del deporte. Por eso, esperó al primer minuto del sexto asalto para noquear a su rival.

A pesar de la derrota, Cravan se llevó unas cuantas pesetas. Decidido a no ser reclutado por el ejército y deseoso de nuevos rumbos, las utilizó para pagar un viaje al Nuevo Mundo del cual se desprendería un encuentro inopinado.

Tercer Round: un viaje con Trotsky

Por esa época, León Trotsky también se hallaba en sueño español. Al igual que Cravan, antes había pasado París y su siguiente destino sería Estados Unidos.

Como ya dijimos, el artista huía de la carnicería humana. En sus Notas escribía que le sobraba vergüenza y le faltaba el tiempo como para dejarse arrastrar por Europa a morir; afirmaba no tener una sola nacionalidad y se proclamaba un “ciudadano de veinte países”. Trotsky, por su parte, había llegado a España luego de que la policía francesa lo echara de ese país. Se encontraba en un destierro al que había sido condenado por su participación en la revolución rusa de 1905.

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Si bien en apariencia poco tienen en común el dirigente bolchevique y el pugilista, sus caminos, marcados por crisis, guerras y revoluciones, se unirían en un fortuito viaje transoceánico sobre el barco “Monserrat”.

En su autobiografía, Mi vida, Trotsky dedica unos pasajes a sus diecisiete días sobre el viejo navío. Los pasajeros, en general, no llamaron su atención… a excepción de “un boxeador que era a la vez un literato, primo de Osar Wilde, [quien] no se recataba para confesar que prefería quebrarles las mandíbulas a los caballeros yanquis en un noble deporte, antes que dejarse romper las costillas por un alemán”.

Nunca más estos hombres volverían a cruzarse. En Nueva York, el comienzo de la revolución de 1917 sorprendió a Trotsky. Luego de una larga travesía, meses después, éste llegaba a Petrogrado para tomar un rol protagónico en la más heroica gesta de los trabajadores del mundo. El derrotero de Cravan fue otro.

Cuarto round: América

Durante su estadía en los Estados Unidos, Cravan profundizó los rasgos de polemista que había manifestado durante los años de Maintenant! y despotricó contra los referentes de la institucionalización del arte. Además, a través de conferencias, actuaciones y happenings, elogió a los ladrones, los homosexuales y locos; realizó actos de striptease e interpeló al público de formas poco usuales. Él llamaría a esto: “llevar el puñetazo a la lucha artística”.

En 1917, se enamoró de Mina Loy, una famosa dramaturga, pintora, actriz y poeta. Cuando Estados Unidos entró de lleno a la contienda mundial, ambos armaron sus bolsos y emprendieron un nuevo periplo.

Último round

“Cravan en la panza de los tiburones del Golfo” (Octavio Paz, “Poema circulatorio”)

En 1918, Arthur Cravan arribó a México con la idea de trabajar en las minas de plata y se casó con Mina Loy. Se conoce que retomó la enseñanza de boxeo.
Su condición de errabundo hizo que se perdieran los versos que seguramente escribió.

En Veracruz, sin dinero y esperando un hijo, decidieron desplazarse nuevamente viajando por separado. Mina fue a Buenos Aires, donde la esperaba una amiga. Arthur se dirigió allá unos meses más tarde, pero su barco nunca llegó a puerto. Los restos no fueron encontrados aunque se estima que naufragó en algún punto del Golfo de México. La vida de este aventurero así como su misteriosa y súbita muerte, alimentarían un mito que retomaron muchos escritores.

Julio Cortázar dijo alguna vez que “la novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut”. La biografía de Cravan muestra que la poesía –así como el poeta- no siempre gana… pero golpea fuerte, pensando siempre en la próxima pelea.




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