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Argentina y las rebeliones que atraviesan Latinoamérica: esta fábula habla de ti

En el marco de la gran crisis de nuestro país, la lucha de clases en Sudamérica se suma al combo de preocupaciones de Alberto Fernández. El Pacto Social, un experimento que ya fracasó en el pasado, buscará un difícil equilibrio entre el pago de la deuda, los intereses empresarios y una dura realidad social tras años de ajustes. Interrogantes de un futuro que empieza en poco más de diez días.

Fernando Scolnik

@FernandoScolnik

Jueves 28 de noviembre | 21:11

“Acá no hay lugar para fracturas ni para nada. Si mañana tenemos una pelea o una división, vamos a terminar como Chile o Bolivia”.

Con poco de amor y mucho de espanto, así justificaba un dirigente del Frente de Todos, en declaraciones a Letra P, la necesidad de unir en un solo bloque al peronismo en el Senado ante las grandes dificultades que enfrentará el Gobierno que empieza dentro de dos semanas.

Esa política de cerrar filas, como veremos más adelante, se replica en otros niveles para intentar darle “gobernabilidad” al complicado ciclo que iniciará Alberto Fernández. Sin ir más lejos, el fantasma de las crisis en Sudamérica estuvo presente también en el discurso del presidente electo este jueves en la Conferencia de la Unión Industrial Argentina.

Sin embargo, no son los únicos con esas preocupaciones. A miles de kilómetros de distancia, el lunes por la noche los mismos temores acechaban al ultraliberal ministro de Economía de Jair Bolsonaro, Paulo Guedes. Ese día, el hombre comunicó a la prensa que, dado el contexto regional, iba a poner una prudente pausa a algunos aspectos de sus reformas antipopulares. “Cuando todo el mundo empieza a salir a la calle sin motivo aparente, dices, ‘mira, para no darles un pretexto, vamos a entender lo que está ocurriendo´”, se justificó.

Como ellos, no son pocos los funcionarios y mandatarios preocupados por la ola de protestas que comenzó en Ecuador y se extiende por Chile, Bolivia o Colombia. En ese marco, comenzará en poco más de diez días un nuevo Gobierno en Argentina.

Sin lugar para los débiles

El fantasma de la lucha de clases en Sudamérica se suma entonces también como un ingrediente picante al combo de preocupaciones del futuro Gobierno de Alberto Fernández.

Pero a diferencia de lo que viene sucediendo en otros países de la región, en Argentina recientemente millones votaron al Frente de Todos con grandes expectativas de que la crisis económica y social sea resuelta por un nuevo presidente, sin mediar una aguda lucha de clases. Sin embargo, dialécticamente, de la frustración de esas esperanzas puede surgir a lo largo del próximo Gobierno una experiencia con el peronismo y la necesidad de que las masas comiencen a tomar el futuro en sus propias manos.

La realidad es que la situación no será en nada similar a la posterior a 2003, como sugirió Alberto Fernández durante su campaña electoral, evocando aquellos años durante los cuales fue parte del Gobierno de Néstor Kirchner y la economía crecía a “tasas chinas”.

Esta vez, el “trabajo sucio” no está terminado. El nuevo presidente asumirá con una gran crisis de deuda y exigencias empresarias de mayores ataques contra las condiciones laborales y ajustes fiscales, mientras que la situación internacional es mucho más adversa (lejos del ciclo favorable de las materias primas de aquellos años), configurando de conjunto una situación mucho más crítica.

Después de una “eterna” transición, y con un margen muy acotado por esa situación económica, en las próximas semanas el mandatario del Frente de Todos comenzará a gobernar intentando hacer un difícil equilibrio. Buscará cumplir (renegociando) con los pagos de una deuda monumental al capital financiero internacional, así como con otros intereses empresariales (como las patronales del campo que rechazan mayores retenciones), y a la vez que no explote una paciencia social que se acerca a su límite, con una pobreza que alcanza a cerca del 40 % de la población y un salario golpeado por años de inflación, además de la pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo.

En ese marco, los temores a la emergencia de la lucha de clases están fundamentados, y es por eso que Alberto Fernández intentará ganar tiempo con los compromisos de la deuda, aunque eso dará lugar a múltiples tensiones y negociaciones, de final incierto.

Cristina Kirchner entendió desde un comienzo que el que empieza en diciembre será un Gobierno que debería lidiar con una gran crisis. Por eso, al resignar su candidatura a la presidencia lo hizo señalando que lo difícil no sería tanto ganar las elecciones sino gobernar, y para eso propuso dos políticas que apuntaban a darle fortaleza al futuro Gobierno: unificar al peronismo y poner en marcha un Pacto Social.

Para lo primero, abrió paso, bajando su candidatura a presidenta, a que se conforme el Frente de Todos con muchos de los que habían ayudado a Macri a gobernar. Los “traidores” fueron indultados y así fue como Sergio Massa terminará como presidente de la Cámara de Diputados, la cúpula de la CGT premiada con un rol destacado en el futuro Pacto Social y los gobernadores peronistas con gente suya en la presidencia provisional del Senado (Claudia Ledesma Abdala) o la jefatura del bloque de la Cámara Alta (José Mayans).

Junto con eso, la propuesta de un Pacto Social entre Gobierno, empresarios y burócratas sindicales tiene el objetivo de presentar un acuerdo nacional que evite la conflictividad.

Vale recordar que la ex presidenta anticipó esta política en mayo, durante una exposición en la Feria del Libro, haciendo referencia al Pacto Social de Cámpora y luego Perón en los años ‘70. En aquella ocasión, por medio de políticas como el congelamiento de las paritarias y la represión a los luchadores con la Triple A, se buscaba disciplinar a una clase trabajadora que venía a la ofensiva desde el Cordobazo de 1969. Ese intento de buscar conciliar intereses de clases sociales contrapuestas terminó en la gran crisis del Rodrigazo de 1975.

La propuesta de reeditar el Pacto Social (ratificada por Alberto Fernández este jueves), salvando las distancias, tiene un punto en común con aquel de hace más de cuarenta años: ante una situación de crisis, buscan ponerle un freno a las expectativas de las grandes mayorías que quieren recuperar lo perdido en los últimos años bajo el macrismo, encorsetar sus demandas dentro de un acuerdo nacional y evitar que las mismas busquen ser alcanzadas mediante la lucha de clases como en Chile, Ecuador o Colombia.

La cúpula de la CGT, que tiene bien claro su rol, ya cumplió en ese sentido su primer servicio al futuro Gobierno, afirmando que no exigirá un bono de fin de año, a pesar del saqueo que vienen sufriendo los salarios y que se profundizó agudamente con las remarcaciones de precios de las últimas semanas.

La acumulación de demandas insatisfechas y la emergencia de la lucha de clases

Sin embargo, la paradoja es que incluso en el hipotético caso de lograr contener por un tiempo la lucha de clases, el acuerdo social, de realizarse, podría incubar una crisis aún mayor para el futuro, aun en el caso (no descartable) de algún tipo de reactivación económica en el próximo período.

En el caso chileno, la propia consigna de las movilizaciones expresó lo profundo del descontento: “no son treinta pesos, son treinta años”. El aumento de la tarifa del subte no era entonces más que la punta del iceberg de un malestar social acumulado durante las tres décadas posteriores a la dictadura, período durante el cual tanto los gobiernos de derecha como los de centroizquierda mantuvieron las herencias del régimen de Pinochet y los avances del neoliberalismo. En una economía en crecimiento, y en apariencia “exitosa”, la lucha contra la desigualdad explotó con furia.

¿Hasta cuándo aguantará la situación en Argentina?

Trazando un paralelismo, con puntos de contacto pero también con diferencias, en nuestro país se viene incubando un profundo malestar social no solo con la inflación de los últimos años, sino también con las empresas privatizadas que ningún gobierno cuestionó desde el menemismo y aplican grandes tarifazos mientras que ofrecen pobres servicios; con los altos porcentajes de precarización laboral o pobreza que se mantienen de forma estructural a lo largo de los años; o con el desfinanciamiento y decadencia de la salud o la educación públicas que son postergados para destinar grandes presupuestos a los pagos de deuda a los especuladores o subsidiar a los empresarios.

Hoy son millones los que tienen expectativas de avanzar en sus condiciones de vida con el cambio de Gobierno. Sin embargo, como lo demuestran todas las experiencias alrededor del mundo, es imposible salir de la decadencia estructural solo apostando a un pequeño crecimiento económico pero sin romper con las ataduras del capital financiero internacional, con su enorme peso de la deuda pública (por más quita o extensión de plazos de pago que haya) y la fuga de capitales que saquean el país, o con el control capitalista de todos los principales recursos estratégicos del país. Lo que hoy es ilusión, mañana, o pasado, puede dar lugar a la lucha de clases una vez acabada la “luna de miel” con el Gobierno que comienza.

Contra los padecimientos que vienen sufriendo las grandes mayorías, en lo inmediato, como viene señalando y proponiendo en el Congreso Nacional Nicolás del Caño, ante la negativa de todos los otros bloques, es necesario un aumento de salarios, jubilaciones y planes sociales de emergencia como paliativo mínimo, así como la reapertura de paritarias en todos los gremios.

Pero esa medida elemental debería ser tan solo la apertura de un camino de exigencia a la CGT y la CTA de iniciar un camino de lucha para recuperar todo lo perdido bajo el macrismo, como la anulación de los tarifazos de los servicios públicos que golpearon duro al pueblo trabajador, o cuestionar la deuda pública que Alberto Fernández se compromete a pagar, cuando antes incluso desde sectores del Frente de Todos denunciaban que era una deuda ilegal que ni siquiera había pasado por el Congreso Nacional. El pago a los especuladores es incompatible con la satisfacción de las demandas de las grandes mayorías, son ellos o nosotros.

Al calor de estas exigencias y peleas, junto al apoyo a las rebeliones populares que recorren Sudamérica y el mundo, es necesario dar pasos para seguir construyendo una alternativa política de los trabajadores, con un programa de fondo y anticapitalista para dar vuelta la historia y poner todos los recursos al servicio de las necesidades de las grandes mayorías.







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