Política Chile

CRISIS 2001

Argentina: hace 15 años la rebelión popular derrocó a un presidente ¿Por qué estudiar su experiencia?

El 19 y 20 de diciembre del 2001, en plena depresión económica, crisis social y mediando un levantamiento popular histórico, el presidente De la Rúa era derrocado por la movilización de masas y abandonaba la Casa Rosada en helicóptero, con el saldo de 38 muertos.

Pablo Torres

Director La Izquierda Diario Chile

Martes 20 de diciembre de 2016 | 17:00

¿Por qué es importante en Chile estudiar la crisis y rebelión popular del 2001?

Parece que fuera de una época pasada, pero fue solo hace 15 años. Si en nuestro país las masivas movilizaciones del 2011 fueron un antes y un después para el país, la rebelión popular del 2001 en Argentina, que derrocó a un gobierno y vio pasar 4 presidentes en 2 semanas, lo fue de una manera mucho más explosiva. Obviamente, nada de esto señalan los grandes medios, que han ocultado al pueblo trabajador chileno el desafío al orden establecido que las masas argentinas desarrollaron aquel diciembre, enfrentando a la policía y derrocando gobiernos mediante la movilización. En el marco de una fuerte crisis del régimen de partidos, aislamiento y debilidad del gobierno, e indignación y descontento por abajo (no obstante no hay crisis económica y social), “evocar” la rebelión popular argentina parece de mal gusto.

Contra el sentido común instalado que el capitalismo es el mejor sistema para el progreso social, la crisis del 2001 de Argentina es un ejemplo de la catástrofe que cada tanto provoca el sistema sobre la vida del pueblo trabajador. Ese mismo ejemplo hoy lo sufren en Europa, particularmente en países como Grecia, y se cierne como fantasma sobre América Latina, como muestra Brasil. No es el espejo de un “hecho del pasado”, sino una máscara del futuro que prepara el capitalismo, para el cual debemos prepararnos los revolucionarios.

Por otro parte, aquellos que buscando combatir las miserias del capitalismo, liquidan la lucha por la revolución por una suma de reformas graduales combinando “movilización” y “derechos” desde el Estado, en vez de buscar las fortalezas y límites de las acciones históricas de masas -en este caso la rebelión del 2001- para vencer (terminar con el capitalismo y su Estado), buscan “modelos anti-neoliberales” (con referencia al “kirchnerismo”, “lulismo” y “chavismo”), no hacen más que sentar las bases de una futura estrategia de “contención” reformista o de humanización en los marcos del mismo sistema social que genera las crisis. Preparan la reforma del sistema, no su derrocamiento.

Para los marxistas revolucionarios, la crisis y rebelión popular que vivió el país hermano, no sólo es una muestra de lo ilusorio de un avance gradual de las condiciones de vida de las masas bajo el capitalismo (con “chorreo” o reformas), un sistema que cada tanto descarga terribles crisis sociales como vemos hoy en el mundo. Sino además, para extraer de las acciones históricas independientes de masas, sus fortalezas y límites: lecciones para vencer. Pero así como estas situaciones excepcionales no caen del cielo, tampoco el triunfo de explotados y oprimidos será obra de un milagro: para ello se requiere una organización internacionalista y revolucionaria de los trabajadores, jóvenes y mujeres, capaz de ser “poder real” en esos procesos agudos y pueda presentar una salida obrera y de ruptura con el capitalismo, en momentos que la crisis golpean nuevamente a explotados y oprimidos de regiones del mundo enteras.

El capitalismo y sus crisis

En la década de los 90´, los dos gobiernos peronistas de Carlos Menen (el esposo de Cecilia Boloco) aplicaron una agenda neoliberal contra el pueblo trabajador: privatizaciones de empresas públicas, tarifazos (aumento de tarifas de electricidad, gas, agua), crecimiento de la deuda externa, ataque al salario y pérdida de conquistas sociales. Fueron la continuación de los ataques iniciados con la dictadura militar y la aplicación del “Consenso de Washington” liderado por el imperialismo norteamericano. En nuestro país, ese camino lo iniciaba Pinochet con la dictadura contrarrevolucionaria del 73-90 y luego lo continuaría la Concertación junto a la derecha. Ese camino de degradación de las condiciones de vida de las masas trabajadoras entraría en un ciclo de crisis hacia el año 98 (golpeado por la crisis asiática y la crisis rusa).

El año 99´, terminado los dos gobiernos peronistas de Menem, gana las elecciones presidenciales la centro-derecha con Fernando De la Rúa como Presidente, representante de la llamada “Alianza”, una coalición entre radicales (de derecha) y “progresistas”, que junto a los banqueros, el Fondo Monetario Internacional y el capital extranjero hundieron al país en una aguda depresión económica.

Sin ir más lejos, entre 1998 y 2002, el PIB acumuló una caída del 20%. La deuda pública llegaba a los 200.000 millones de dólares (70% del PIB). Mientras los intereses para financiar los pagos de la de la deuda a los bancos y el capital extranjero se ubicaban por las nubes, se cortaba el financiamiento y se aceleraba la fuga de capitales provocando una aguda caída de la inversión. Si entre 1992 y 2001 se fugaron más de 60.000 millones de dólares, solo en 2001 fue la cuarta parte (15.000 millones). Los indicadores sociales exponían este deterioro extremo: la tasa de desempleo llegó en 2002 al 25% y la pobreza afectaba al 50% de la población. La crisis y depresión del capitalismo argentino era descargada sobre las masas trabajadoras, las clases medias y pobres.

La rebelión popular: caída de un Gobierno y 4 presidentes en dos semanas

El levantamiento del 19-20 de diciembre no fue un acto aislado, sino el cénit de un proceso que se había iniciado a mediados de los 90 con la resistencia a las medidas neoliberales de Menem. Particularmente las numerosas puebladas en el interior (especie de “revueltas regionales” como Aysén, Freirina o Magallanes) y las luchas del movimiento de desocupados que adquirió protagonismo creciente (los “piqueteros”). El 1° de diciembre de 2001, la medida del “corralito” (prohibición de sacar del banco los ahorros) aceleró agudamente la crisis, provocando una aguda irritación de las capas medias y empujando a su radicalización por izquierda.

El 13 de diciembre hay una huelga general convocada por las 2 CGT (Central General de Trabajadores), que conducían burocracias peronistas. El 19 de diciembre la crisis había llegado a un grado tal que pegó un salto: en provincia de Buenos Aires se iniciaron saqueos a supermercados y comercios por parte de desocupados y sectores populares. En la capital de Buenos Aires, hay movilizaciones, cacerolazos y piquetes, cada vez mas masivas.

Por la noche renuncia el Ministro de Economía (Cavallo) y el Presidente De la Rúa aplica el “Estado de sitio”. Con ello, buscaba contar con el apoyo de las clases medias contra los pobres urbanos de los saqueos. Pero lejos de ello, fue el mismo estado de sitio que impulso una unidad entre clases medias arruinadas, los desocupados, jóvenes y pobres urbanos. “Piquete y cacerolazo, la lucha es una sola” fue el grito de esa alianza en las calles desafiando la represión policial y el orden.

El día 20, decenas de miles siguen en las calles desafiando la represión. Las madres de plaza de mayo, la juventud y los desocupados se enfrentan a la policía y la caballería, rodeando la Casa Rosada en lo que se denominó “la batalla de plaza de mayo”. Durante la tarde, el presidente De la Rúa renuncia a su cargo y se escapa de la casa de gobierno en helicóptero, una imagen que dio vueltas al mundo, con las calles abarrotadas de gente enfrentando la policía y gritando el famoso “Que se vayan todos”.

Junto al movimiento de desocupados y las capas medias se desarrolló ante el cierre de fábricas, un movimiento de ocupación de empresas de unas 120 “fábricas recuperadas” entre 2001-2002, cuyos hitos fueron la fábrica de textiles Brukman encabezadas por obreras en la Capital de Buenos Aires, y cerámica Zanon, la “fábrica del pueblo” de Neuquén, hasta hoy emblema de resistencia y de organización clasista en el conjunto de Argentina, con decisiva influencia del trotskismo, en particular del PTS.

Sujeto y partido: debilidades y límites del proceso revolucionario en Argentina

¿Por qué esta enorme acción de masas no logró triunfar en un sentido revolucionario, satisfaciendo las demandas de trabajo y pan, e imponiendo un camino de ruptura con el capitalismo que había engendrado esta catástrofe?

El primer factor central es el rol de la clase obrera ocupada. Siendo la fuerza social más importante del país, no logró intervenir como fuerza decisiva en la crisis, acaudillando a los desocupados y pobres tras una salida independiente. Las derrotas sufridas, primero por la dictadura (76) y luego los ataques neoliberales y desocupación, junto al poder de control de la burocracia sindical aliada al régimen, diezmó sus fuerzas para irrumpir organizadamente en la crisis nacional. Como señala Christian Castillo “esa fuerza social que se puso en movimiento alcanzó para voltear un gobierno pero, al no haber centralidad de la clase obrera ocupada, como sí había ocurrido en el Cordobazo o el Rosariazo, no contaba con la capacidad para ser alternativa de poder. Ese fue su gran límite y lo que permitió que la movilización popular fuera utilizada por la fracción devaluacionista de la burguesía para llegar al gobierno de la mano de Duhalde.” (1). Es decir: la fuerza social decisiva, la clase obrera, no irrumpió como actor político independiente uniendo a las diversas capas oprimidas tras de sí para oponer a la clase dominante una alternativa hegemónica de poder.

La burocracia sindical aliada a los partidos capitalistas, en un país con importante peso de los sindicatos y del movimiento obrero (con tasas cercanas al 30% el 2000), se jugó todas sus cartas para impedir una entrada organizada del movimiento obrero ocupado y que se aliara al movimiento de desocupados, capas medias empobrecidas y lo sectores populares. Así se explica la ausencia de estas centrales y sindicatos el 19 y 20 de diciembre. Fue una política activa de la burocracia sindical, frenando la irrupción del movimiento sindical organizado y aislando la lucha de las fábricas ocupadas. Esto permitió a la clase dominante una posterior recuperación de su dominio, aplicando (el gobierno de Duhalde a inicios del 2002) una enorme devaluación que bajó el valor de la fuerza de trabajo y de los ahorros de millones de sectores.

Junto a ello, la izquierda socialista y revolucionaria era débil para presentar una alternativa para el conjunto de explotados y oprimidos. La escasa vanguardia obrera y de la izquierda clasista en los sindicatos, dio espacio a la traición de la burocracia sindical. Es decir, faltó uno de los factores más importantes para impedir una salida burguesa: un verdadero partido revolucionario de combate, de decenas de miles de obreros revolucionarios estructurados en las empresas, en la juventud y en el movimiento de mujeres, que buscaran transformar esa rebelión en una revolución social contra los empresarios y su Estado, organizando sus propios organismos de combate y poder. Hoy, producto de estas lecciones, la izquierda trotskista argentina y en particular el Partido de los Trabajadores Socialistas como parte del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) está en una mejor posición para prepararse ante escenarios agudos de la lucha de clases.

Si la importante rebelión del 2001, marcó un antecedente mediante la acción de masas, sacar las conclusiones de por qué ésta no triunfó, en el sentido de transformarse en una verdadera revolución que liquidara el poder capitalista, es clave para los desafíos del socialismo en el siglo XXI, en Argentina, América Latina y el mundo.

Notas

(1) Lo que nos pasó. Christian Castillo. Revista Ideas de Izquierda número 23. http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/lo-que-nos-paso/






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