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Apuntes sobre Florestan Fernandes y la Constitución de 1988

Apuntes para la comprensión del carácter del régimen político instaurado después de la dictadura militar, rescatando el carácter de la Constituyente de 1986/88 y los aportes de Florestan Fernandes.

Martes 23 de mayo | Edición del día

Ilustração: Bruno Amorim

Artículo publicado originalmente en la revista Ideias de Esquerda, Número 1, mayo de 2017.

Introducción

Este artículo pretende ser una modesta contribución a la comprensión del carácter del régimen político instaurado por la transición después de la dictadura militar, rescatando el carácter de la Constituyente de 1986-1988, y la importancia de defender hoy en día una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana, que aquella definitivamente no fue. Para ello, buscamos recuperar aspectos de la participación política de Florestan Fernandes en los años 1980, en su doble condición de diputado constituyente elegido por el PT y de intelectual crítico de todo el proceso de la “transición democrática”.

En el contexto actual de la “crisis orgánica” por la que atraviesa el país, y con la entrada en escena de la clase trabajadora, sobre todo después del pasado 28/4, la cuestión de cómo responder a la crisis política desde el ángulo de los explotados se plantea cada vez más a la orden del día.

En los medios de izquierda, los dos argumentos más frecuentes contra la idea de luchar para imponer una Constituyente Libre y Soberana, contra el régimen de 1988, son: 1) que la correlación de fuerzas actual es más desfavorable que la existente durante la última Constituyente 86-88, que la derecha hoy es más fuerte, y que por lo tanto una nueva Constitución hoy sería aún más retrógrada que la actual, los trabajadores tendrían menos derechos, etc. 2) que la clase trabajadora “ya ha hecho su experiencia” con la bandera de Asamblea Constituyente, que es una etapa histórica ya superada, que el límite que la democracia burguesa puede alcanzar en Brasil es el régimen actual tal como lo conocemos, etc.

No es nuestro objetivo aquí agotar esta importante cuestión, sino sólo arrojar una luz distinta sobre el tema, a partir de un autor insospechado de “izquierdismo”, Florestan Fernandes, figura respetada por toda la izquierda y que no necesita presentaciones, a menos tal vez de este ángulo específico con el que queremos debatir su intervención.

Breve contexto de Florestan Fernandes

Como se sabe, Florestan Fernandes es uno de los íconos del pensamiento de izquierda en el país, ocupando en el terreno de las Ciencias Sociales un lugar más o menos análogo al de Antonio Candido en el ámbito de la Literatura. Las preocupaciones que recorrieron su carrera académica, así como las respuestas que fue dando en cada momento, sin perder de vista el hecho de que se fueron complejizando y modificando a lo largo de su vida como, por ejemplo, en los estudios respecto de la cuestión racial en Brasil, giraron en torno de la comprensión de los problemas, de las contradicciones y las características estructurales de nuestra formación nacional.

No es nuestro objetivo recorrer lo esencial de sus obras, ni en sus rasgos generales, sólo resaltar que Florestan, aunque sea reconocido como un destacado marxista y haya realizado contribuciones importantes, en el terreno teórico siempre fue deudor de un marcado eclecticismo.

En el ámbito político, consecuencia de su eclecticismo es que Florestan aparece muchas veces como un pensador desgarrado, en el que combaten, por así decir, “dos almas”: una la del intelectual socialista comprometido en la lucha de clases; otra del intelectual que se sitúa desde el punto de vista “nacional”, de la construcción de una sociedad moderna en un país donde la clase dominante se mostró históricamente incapaz de esa tarea.

Florestan Fernandes entendía como pocos el carácter desigual y combinado del desarrollo de las relaciones económicas, sociales y políticas en Brasil. Crítico de la tesis feudalista del PCB (Partido Comunista Brasilero, NdT), entendía que la historia nacional, al no tener que recorrer las “etapas” de la economía europea, imponía una serie de consecuencias que imposibilitaban a la burguesía nacional, vinculada y subordinada a los intereses imperialistas, dinamizar la economía nacional de modo que diera respuesta a los intereses de la nación.

Una síntesis política importante de esta caracterización de la formación nacional se puede encontrar en el balance que ofrece Florestan del proceso de 1964: "Hubo un error estratégico, no fue táctico, el error fue estratégico de pensar que, en una situación de dependencia como la de Brasil, se da un conflicto irreductible entre la burguesía nacional y las burguesías extranjeras. (...) En realidad, nuestra burguesía, como en el resto de América Latina, es profundamente pro-imperialista, siempre creció en esa dirección”.

Criticando inclusive la visión de Ruy Mauro Marini, que podríamos considerar como el “ala izquierda” de la teoría de la dependencia, dice Florestan: “incluso él (...) separa el latifundio de la burguesía, cuando en verdad el sector más reaccionario de la burguesía brasilera es el latifundista. Fue el sector que dio el salto más rápido en el sentido de pasar de una condición aristocrática a una condición burguesa”.

Es decir, desde el punto de vista de la caracterización estructural de la burguesía brasilera como clase, nos parece que Florestan presentó un análisis teórico preciso, muy lejos de los errores históricos del viejo PCB y su confianza en la “burguesía progresista”, y de todos los sectores de la izquierda que hasta hoy aún insisten en visiones similares. Como veremos, la justeza de este diagnóstico no siempre encontró en Florestan la correspondiente solución política en el sentido de una estrategia y un programa revolucionario para el proletariado brasilero. Pero quienes abrevaron de su fuente tendrán como mínimo elementos para profundizar aquella elaboración programática, tema que evidentemente extrapola los límites que disponemos aquí.

Florestan y la “transición pactada”

Volvamos a los años 80. En el marco del amplio “consenso nacional” que se fue gestando en torno al proceso de transición “lento, gradual y segura”, desde que se le fueron sumando figuras opositoras de peso, y se fueron buscando formas de incorporar de manera inofensiva la protesta de los “de abajo” en el pacto de transición, un Florestan ya ampliamente consagrado como intelectual progresista se ha convertido en una importante voz crítica del proceso de apertura.

La Constituyente de 86-88 tuvo en Florestan Fernandes un personaje importante. Figura "indiscutible" en la izquierda, los años 80 fueron los de mayor actuación política. El propio sociólogo, al final de su vida, buscaba justificarse públicamente explicando que su opción por seguir una carrera académica “en sí” se relacionaba con la inexistencia de un partido revolucionario que pudiera hacer buen uso de su capacidad como intelectual. Independientemente de cuánto podamos considerar esta racionalización complaciente, el hecho es que Florestan dedica la mayor parte de los años 80 a la vida política, aunque la mayor parte del tiempo una perspectiva “progresista en general” se sobrepusiese sobre su potencial revolucionario.

Muestra de una preocupación por ampliar el alcance de una crítica radical al orden político, Florestan aceptó la invitación de la Folha de São Paulo para expresar sus opiniones en ese diario. En sus artículos, reunidos bajo el título “¿Qué tipo de República?", Florestan discurre respecto a los objetivos de la dictadura militar, los límites de la transición “lenta, gradual y segura” y sobre la importancia de una nueva Constituyente. En relación a las contradicciones económicas que llevaron al fin de la dictadura, Florestan nos dice: “el inicio del capitalismo financiero obedeció aquí, a parámetros aventureros y se fundó a fuerza de fusil (el único medio accesible, en los días que corren, para desencadenar la acumulación capitalista “avanzada” con base en el famoso trípode.

El “intercambio desigual” de los frutos de ese nuevo momento habría hecho que la “base social” de la dictadura se diluyera y oscilase. De este modo, “el movimiento burgués buscó alternativas por arriba, que garantizaran la continuidad del ’desarrollo con seguridad’ (pág. 30). La denuncia de la transición “"lenta, gradual y segura”, aprobada en connivencia con los militares, “por arriba”, como siempre denunciaba Florestan, tenía como objetivo garantizar que el desarrollo económico se diera de la manera específica que la estructura nacional exige: con “seguridad”. Aunque en esas columnas no tratase aspectos del “Brasil profundo” y se concentrara en los dinámicos acontecimientos políticos de la década de los 80, la manera como Florestan veía las contradicciones “estructurales” de Brasil le garantizaban una amplia distancia en la profundidad del análisis político entre quienes tenían espacio en los grandes medios.

La fuerza de esa “distancia” residía en la casi constante denuncia de la necesidad del Estado brasilero de mantener a las masas fuera del ámbito político. Uno entre tantos ejemplos: “Por otro lado, la tradición brasilera, en esa esfera, consiste en anular la presencia popular en todos los procesos cívicos y políticos de alguna magnitud, monopolizados por las elites culturales y políticas ‘esclarecidas’. Es una tradición que conduce, siempre a un mismo resultado: mantener las riendas firmes para que la masa popular y las clases trabajadoras sean perennemente expulsadas del ejercicio del poder.” [1]

Esta denuncia de Florestan, correcta e importante, empieza con las consideraciones y conclusiones políticas a las que llega y que, por lo tanto, llena también de contenido. Estas, a su vez, poseen una relación tortuosa con los análisis de fondo sobre Brasil. Para ilustrar esa relación, vale recordar que Florestan profesaba la convicción de que la clave para el enigma brasilero estaría en la “conjugación de la revolución dentro del orden con la revolución contra el orden”, como afirmó en tantos escritos. Sin embargo, no lo entendía hasta el final con la consecuencia de un adepto a la teoría de la revolución permanente, sino como un admirador sincero de Trotsky y crítico del etapismo estalinista y de la conciliación de clases pura y simple al estilo reformista de la dirección mayoritaria del PT de los años 80.

Sin embargo, sin encontrar una solución dialéctica al problema, el pensamiento de Florestan se enredaba en las contradicciones que investigaba, y resbalaba finalmente, en la mayoría de los casos prácticos al menos, hacia la solución reformista. Esta solución se hace sentir con fuerza en relación a la Constituyente. A partir del momento en que la transición “lenta, gradual y segura” fue asegurada por “arriba”, Florestan deposita enormes esperanzas en el proceso Constituyente, denunciando el carácter reaccionario de las “élites culturales” y políticas, afirmando la necesidad que la constituyente garantizara a los trabajadores una voz firme y decidida en favor de sus intereses.

Florestan afirmaba, correctamente, que a los trabajadores movilizados les cabía la responsabilidad por el carácter democrático de la Constituyente [2], pero la entendía más como una infusión de democracia real (proletaria) en un régimen político ya dominado por lo alto que como una agitación revolucionaria cuyo interés estratégico principal estuviera en la movilización extraparlamentaria de la clase obrera y sus aliados, como lo mejor que la tradición marxista desde Lenin nos enseñó [3].

Más allá del mito de la “Constitución ciudadana”: una Constituyente tutelada y dominada

De todos modos, en sus contradicciones y con sus insuficiencias considerado desde el punto de vista rigurosamente marxista y revolucionario, es un hecho que el análisis que Florestan nos legó del proceso constituyente es un tesoro importante para desmitificar aquello que cierto “sentido común” en la izquierda estableció hasta la actualidad, incluyendo a las corrientes que se consideran revolucionarias e incluso trotskistas.

Para ello, en los límites de este breve artículo, seleccionamos algunos pasajes de textos publicados por Florestan en diarios de gran circulación (Folha de São Paulo y Jornal do Brasil) durante el mismo proceso constituyente. Recordando nuevamente que, además de ser un intérprete externo, Florestan fue también un diputado constituyente, participando desde su interior, de todo el proceso.

Algunas pocas palabras de Florestan y se deshace el aura de democracia y vocación ciudadana que más tarde la mistificación burguesa, repetida por la izquierda, buscó imponer. Por ejemplo, Florestan deja en claro que no sólo la convocatoria de la Constituyente fue hecha como parte del plan para evitar una ruptura con la dictadura, como además fue articulada con la continuidad del Poder Ejecutivo en la figura de José Sarney, ícono de la dictadura electo indirectamente como vice en la lista de Tancredo Neves, y con la participación de los llamados senadores “biónicos”, es decir, designados por la dictadura, y ni siquiera electos por el pueblo. Por ejemplo, en un artículo publicado en la Folha de S. Paulo el 24/7/1988, afirma Florestan: “Los empresarios y sus entidades corporativas actuaron colectivamente: 1) para impedir un pasaje abrupto de la dictadura militar a un gobierno democrático; 2) para que se convocara no a una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) excluyente, libre y soberana. Preferían el penoso “acuerdo conservador” (...); la “transición lenta, gradual y segura” se ha visto elevada a la categoría de principio intocable, protegido por el poder del fusil; y se instituyó un Congreso Constituyente orgánicamente atado a dicha forma de “transición democrática” y a su Estado de seguridad nacional disfrazado.” [4]

En el mismo artículo, Florestan mostraba que no le faltó ingenio a la burguesía para ir más allá (en un sentido reaccionario) de la mera tutela militar, y echó mano de otras iniciativas para salvaguardar sus intereses de clase propietaria: “otras providencias fueron tomadas, como accionar el Gobierno y las presiones militares para obtener ciertos fines, crear entidades empresarias más dinámicas para intervenir en las votaciones (la UDR y la UBE [Unión Democrática Ruralista y Unión Brasilera de Escritores, NdT]); intensificar la actuación de las entidades empresariales de todas las ramas de actividades; y, finalmente, componer un organismo de unidad política parlamentaria, el Centrão (“Gran Centro”, NdT), para bloquear la eclosión reformista y democrática que partía del centro y de la izquierda.” [5]

En la misma medida, escribía Florestan en el carioca Jornal do Brasil, el 25/7/1988: “la resurrección del “pacto conservador” al interior de la ANC, como artimaña del Gobierno y de partidos considerados como “traidores del Pueblo”, por obra y gracia del Centrão, arrasó el potencial político de la propia ANC que decayó de la mayor gloria al peor descrédito.” [6]

A pesar de todas las ilusiones o esperanzas despertadas por una Constituyente que parecía coronar un proceso de despertar democrático del pueblo, Florestan llega a comparar, de forma sorprendente al lector desprevenido, con las Cartas elaboradas por los dictadores en el auge de su poderío bonapartista: “Pero eso ubica a esa Constitución en el mismo nivel de las constituciones de 1967 y 1969, manipuladas o impuestas de arriba hacia abajo por los dictadores militares. Hay diferencias (y agudas). Dadas las proporciones y la gravedad de las interferencias sistemáticas, ellas son, apenas, diferencias de grado, no de naturaleza. Se transfirió para otra fecha la elaboración de una constitución con vínculos orgánicos con la voluntad popular.” [7]

Cuando hablamos de que la crisis política actual, tres décadas después de ese proceso, debía desembocar en el derrocamiento del gobierno golpista y la elección por las masas de diputados para una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana, impuesta por la lucha, vale la pena retomar las palabras de Florestan. Incluso sin dejar de hacer alguna concesión al espíritu optimista que aún mantenía en aquellos años –antes de sufrir una fuerte inflexión a partir de los procesos de 1989-91, con el llamado “fin del socialismo”- aún así, decíamos, Florestan no deja de mostrar que su lucidez de académico marxista muchas veces lo llevaba más allá de los límites de lo que la izquierda que se reivindica revolucionaria fue capaz de elaborar: "La historia no termina aquí. En muchos aspectos, los trabajadores están cerrando la era de las élites autocráticas e inaugurando la era del control popular colectivo sobre la vida de la Nación. La Constitución es un simple riachuelo, en esa travesía. Pero puede correr en dirección de la nueva Historia, si los trabajadores saben aprovecharla y, más tarde, presentar vigor político para construir otra mejor.” [8] (p. 312)

O en otro pasaje, de contenido similar, el 12/9/1988, en la Folha: (...) En consecuencia, la Constitución es heterogénea y heteróclita. Preserva intacta una amplia herencia del pasado, incluso la tutela militar, como recurso extremo para cualquier fin... Pero abre muchas puertas a la innovación más o menos radical. Esto indica que la sociedad civil se ha alterado en sus estructuras y dinamismos fundamentales. (...) La mejor constitución, comparada a las de 1934 y 1946, nace con vida breve y tendrá que ser revisada o sustituida, en la mejor de las hipótesis, en breve.”

Pensando así, ¿por qué aceptar el actual ordenamiento político y jurídico como lo máximo que los revolucionarios marxistas pueden ofrecer como respuesta a las amplias masas que asisten indignadas al circo político en el que lo único que se hace con “seriedad” es robar nuestros derechos y nuestras riquezas?

Las soluciones que se limitan a pedir “elecciones generales” para todos los cargos, dentro del régimen construido por la transición pactada con la dictadura, se mantienen precisamente en un cuadro institucional construido para no cuestionar lo principal.

Sin disminuir ni postergar ni por un instante nuestra lucha por una república obrera y popular, basada en la democracia directa de masas y en ruptura con el capitalismo, dialogamos con las aspiraciones democráticas de las masas, desenmascarando el verdadero carácter de esta “democracia” de los ricos, levantando la bandera de una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, impuesta por la lucha de clases, que al pautar los grandes problemas nacionales sólo podría facilitar la comprensión en las masas de la necesidad de una ruptura revolucionaria con el orden actual.

Traducción: Liliana O. Caló

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Notas

[1] Florestan Fernandes, "¿Que tipo de república?", p. 44.
[2] Ver Thiago Rodrigues, "La campaña de las “Directas ya como mecanismo de la transición conservadora", en Ideias de Esquerda:
[3] Cf., por ejemplo, V. I. Lenin, Esquerdismo, doença infantil do comunismo.
[4] Florestan Fernandes, A Constituição inacabada, p. 308.
[5] Idem.
[6] Idem, p. 315.
[7] Idem, p. 317.
[8] Idem, p. 312.






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