Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Antipsiquiatría y lugares de encierro en el cine

“Los esquizofrénicos son los poetas estrangulados de nuestra época”, afirmó David Cooper, responsable del término “antipsiquiatría” y uno de los pioneros de la hoy tan denostada escuela.

Eduardo Nabal

Periodista y crítico de cine, Burgos

Lunes 26 de marzo | 19:09

Fotograma de la película "Alguien voló sobre el nido del cuco", de Miloš Forman.

“Hace falta conservar algo de caos interior
para poder dar a luz a una estrella danzarina”
Frederick Nietzsche, “Así Habló Zaratustra”

“Los esquizofrénicos son los poetas estrangulados de nuestra época”, afirmó David Cooper, responsable del término “antipsiquiatría” y uno de los pioneros de la hoy tan denostada escuela. Un movimiento y, a su manera, corriente que alcanzó su apogeo en los años 60 y 70 con nombres como Laing, Foucault, los beatniks (Ginsberg, Burroughs, Kerouack…), Bassaglia (muy reconocido por su labor en Italia), Deleuze y Guattari (“Anti-Edipo”, “Mil mesetas”, “La revolución molecular”) y el propio Cooper (“La muerte y la familia”, “La gramática de la vida”).

No obstante, estos oponentes (muchos de ellos también médicos o con conocimientos de medicina) se enfrentaron a las teorías de Freud, el psicoanálisis y sus discípulos, pero no las desecharon del todo, al contrario de lo que se hace ahora en muchas facultades o universidades bajo los dictados del conductismo y los psicofármacos. Desecharon el “Gran encierro”, las instituciones de control y sus peores prácticas, así como la alienación social a la que iban unidas, “el estigma”. Laing y Cooper promovieron la idea de las “comunas” (famoso es el centro de Kingsey Hall en Inglaterra) para curar o apoyar de forma abierta a los pacientes de una esquizofrenia, provocada, según ellos, por la estructura de la familia autoritaria inserta en una sociedad ya de por sí autoritaria de la que la psiquiatría podía no ser más que un eslabón más y nunca el mejor.

Su legado ha sido limitado pero incontestable y la corriente contra-psicológica o antipsiquiatrica sigue viva, aunque claramente desprestigiada, cuando no considerada como un excentricismo propio de la época en que surgió. Como testimonio preciso de esa época no solo tenemos los libros publicados por ellos (entre los que se destacan “El yo dividido” de Laing y el “Anti-Edipo” de Deleuze y Guattari, o la obra de Foucault como herramientas de combate), también el cine que recogió algunas de sus ideas en forma de terapias.

“Family life”, uno de los primeros éxitos de crítica del británico Ken Loach (desarrollo de su mediometraje para televisión “In two minds”), nace a la luz de las ideas de su compatriota Laing y muestra cómo la psiquiatría tradicional logra secuestrar y sofocar las nuevas ideas e imponer los viejos métodos parapoliciales desatendiendo los sentimientos de cualquier persona.

La película más popular de todas dentro de una corriente crítica, aunque dentro de las coordenadas del cine comercial, fue “Alguien voló sobre el nido del cuco (premiada con estatuillas a los Oscar en muchas categorías), basada en un best-seller de Ken Kesey y dirigida por Miloš Forman. Kesey, que trabajó de limpiador y ocasional ayudante de enfermería en un hospital, además de experimentar en su propio cuerpo con el LSD para obtener dinero, contó una historia de rebeldía que superó las expectativas de popularidad depositadas en un testimonio que como literatura es más seco y contundente que desgarrado o poético. Como, de forma menos beligerante, lo hizo décadas antes Mary Anne Ward en la pionera “Nido de víboras”.

A pesar de las reservas con la que fue acogida por los especialistas su enorme popularidad volvió a sensibilizar a la gente sobre la situación real de los internos en los hospitales mentales, además de erigirse en un icono contracultural, aunque el propio Kesey desmintió la intención de denuncia social de su libro, exponiéndolo como una visión pesimista de la raza humana, no de la sociedad estadounidense en particular.

La película de Forman -hoy muy discutible desde diferentes ángulos y que Kesey nunca llegó a ver terminada- fue aclamada por público y crítica e incluso respaldada por la Academia de los Oscar, pero no obtuvo el beneplácito de los médicos aunque hizo famosos a Kesey, a Jack Nicholson (que desplegó todos sus registros, sin temer el histrionismo, para el personaje del arrojado McMurphy) y a una novela regular convertida en película interesante, irregular, vigorosa con algunos momentos de humor irónico o salvaje y también de tristeza conmovedora con cierto espíritu combativo y anti-institucional que, en cierto sentido, permanecen casi intactos, obligando a un sector de la clase médica a reducir el uso del electroshock, algo que nunca perdonaron ni al libro ni al filme.

El final es doblemente provocador al dar la voz de la libertad “final” hacia la pradera a un indio norteamericano, ausente en el cine de Hollywood salvo en las películas del oeste y actualmente recuperado de otra forma en filmes como “Jimmy P”, del auteur francés Arnaud Desplechin (“Reyes y reina”), protagonizado por el casi siempre simpático o delirante Mattieu Almaric y un irreconocible Benicio del Toro.

Por este mismo tiempo David Cooper escribe “La muerte de la familia”, mientras Laing y Foucault en varias obras sobre los llamados “hombres infames”, se atreven a discutir desde distintas posiciones la neutralidad social y política de las instituciones relacionadas con la salud mental y algunas de sus prácticas, lo que ya se insinuaba en filmes de los 50 y principios de los 60: “La tête contre les murs” de Franju denunció el abuso del paternalismo psicoanalítico; “Corredor sin retorno” de Samuel Fuller, en 1963, la violencia coercitiva en algunos sanatorios públicos. Asunto este que será recogido por cineastas pioneros en el cine de denuncia social como el británico Ken Loach u otros directores y directoras como Sheila McLughin (“Caged”, sobre el caso real de la actriz y activista Frances Farmer con un marcado tono de compromiso feminista) o en algunos de los trabajos de los directores del free cinema o la nouvelle vague o incluso el nuevo cine europeo (como “Morgan, un caso clínico” de Karel Reisz, la ácida sátira de un loco maravilloso).

“Morgan”, basada en un guion de David Mercer o “Persona”, la obra maestra de Ingmar Bergman, expusieron un nuevo tipo de frontera entre la salud y la enfermedad más acorde con una visión moderna de una sociedad en pleno autocuestionamiento de las fronteras entre la salud y la enfermedad. El nuevo cine americano independiente nos regala con “Una mujer bajo la influencia” de John Cassavettes la alienación pasajera de un ama de casa de clase obrera incapaz de adaptarse a algunas condiciones del medio apoyándose en un tour de force interpretativo de Gena Rowlands y en una asombrosa mezcla de hiperrealismo y ráfagas de poesía.







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