Cultura

GUERRA Y REVOLUCIÓN

Antecedentes históricos de la revolución cubana de 1959

La historia de la Cuba moderna se remonta a mediados del siglo XIX, donde se comienza a gestar la estructura económica y a moldear las características sus clases dominantes.

Sábado 26 de noviembre | 11:39

“Es un deber mío evitar, mediante la independencia de Cuba, que los Estados Unidos se extiendan (...) sobre otras tierras de nuestra América. Todo lo que he hecho hasta ahora y todo lo haga de ahora en adelante tiene esa finalidad (…) Conozco al monstruo porque he vivido en sus entrañas.”
José Martí

“El movimiento insurreccional de Cuba ha de despertar la codicia de los egoístas extranjeros que buscan nuevos pueblos que esclavizar (...) Si les fuese dable Cuba dejaría de ser colonia de España para pasar a ser feudo de algunos extranjeros y el pueblo de Cuba habría derramado la más generosa de su sangre para cambiar de amos.”
Carlos Baliño

“(…) en su lucha contra el imperialismo –el ladrón extranjero- las burguesías -los ladrones nacionales- se unen al proletariado, buena carne de cañón. Pero acaban por comprender que es mejor hacer alianza con el imperialismo que al fin y al cabo persigue un interés semejante. De progresistas se convierten en reaccionarios. Las concesiones que hacían al proletariado para tenerlo a su lado, las traicionan cuando éste, en su avance, se convierte en un peligro tanto para el ladrón extranjero como para el nacional.”
Julio Antonio Mella

1868-1878

La historia de la Cuba moderna se remonta a mediados del siglo XIX, donde se comienza a gestar la estructura económica y a moldear las características sus clases dominantes. Cuba llegó a ser a mediados de ese siglo el principal productor de azúcar del mundo y EEUU su gran comprador. El desarrollo capitalista cubano del siglo XIX estaba signado por la particularidad de darse en torno a la combinación del trabajo libre asalariado y la mano de obra esclava. “Como sociedad esclavista colonial sometida al yugo español, Cuba experimentó ya, durante la primera mitad del siglo XIX, en el marco de la esclavitud, un notorio desarrollo de sus fuerzas productivas bajo el flujo financiero y tecnológico del capitalismo mundial. En esa etapa, que prolonga el siglo XVIII cubano, el impacto del capitalismo actuó de manera paradójica, porque en lugar de provocar la crisis del régimen esclavista vigente, lo que hizo fue impulsar este modo de producción hasta límites sin precedentes, en lo que respecta tanto a números de esclavos introducidos como a intensificación de la explotación. Esto a partir de la actividad azucarera (...) A mediados de este siglo esta base esclavista entró en contradicción con el proceso de transformación técnica que había cobrado un ritmo sorprendente (...) el rápido desarrollo del capitalismo en otros sectores de la economía (sobre todo en el tabaco) la intensiva incorporación de la isla al capitalismo mundial, las mismas necesidades de la división del trabajo especializado en la industria azucarera, llevaron al ocaso del régimen existente. Mientras que la organización del trabajo se hacía según patrones esclavistas, el financiamiento, la tecnología productiva y la comercialización obedecían a los impulsos y necesidades del sistema capitalista en plena expansión” [1].

Es esta contradicción la disparadora de la Primera Guerra de la Independencia entre 1868 y 1878. El hecho de que en Cuba haya iniciado tardíamente la lucha por la autonomía nacional se explica por el temor de la esclavista oligarquía cubana, que en el periodo de las luchas independentistas de principios del siglo XIX, optó por quedar bajo la tutela del imperio español frente al recuerdo que había despertado en ella la revolución negra haitiana de finales de siglo XVIII. La desigualdad inherente a la formación económica se reflejaba en el plano interno en el desequilibrio regional: un Occidente (La Habana, Matanzas, etc) desarrollado con producción intensiva, en base al trabajo esclavo y en un alto nivel de vinculación con el capitalismo comercial era partidario del imperio español, porque su relación con la metrópoli les aseguraba el acceso al mercado mundial. Por otra parte los hacendados del retrasado Oriente (Camagüey, Las Villas) que: “obligados a responder al reto de la mecanización (...) No contaban hacerlo con éxito a partir del capital, insuficiente para reinvertir a ritmo rápido en importaciones de maquinaria. Ni tampoco podían recurrir a la mano de obra esclava, ya en declinación. No quedaba otra alternativa, fueron a las armas. De ellas esperaban no sólo deshacerse de la metrópoli, sino hacerse del estado y desde él manejar una política de importaciones que anulara la desventaja sufrida en la carrera por la tecnificación” [2]. Este sector de la oligarquía terrateniente (cafetaleros, medianos azucareros y ganaderos) es el que encabeza este frustrado movimiento nacional, que en su curso destacó una base plebeya de combatientes (conocidos como los “mambises”). Este sector liberó a los esclavos para ganarse su simpatía y engrosar las filas del ejército patriota, se vio obligado a fundir a su manera, en un solo programa el problema social del momento –la abolición de la esclavitud– y la aspiración de independencia nacional. Luego de diez años de lucha, y amén de la superioridad del ejército realista, que, en aquel entonces, contaba con el apoyo de EEUU, este movimiento independentista tardío no pudo (no podía) transformarse en un verdadero movimiento nacional que llevara adelante la revolución democrático-burguesa. La incipiente burguesía azucarera y los terratenientes de Occidente, gracias a su desarrollo material y a la importante posición de Cuba frente al mercado mundial y a pesar de la crisis económica, eran reticentes a la independencia, pues preferían continuar manteniendo el estatus de colonia española que le garantizara la continuidad de sus jugosos negocios, antes que perder sus privilegios frente al temor que despertaba en la oligarquía el movimiento popular que expresaban las fuerzas independentistas. Por su parte los hacendados de Oriente prefirieron firmar la paz sin independencia a cambio de migajas de la metrópoli [3], dejando librados a su suerte a los campesinos y esclavos liberados, base de este movimiento. La primera guerra contra el dominio español, desnudó tempranamente la naturaleza conservadora y cobarde de sus clases dominantes.

1895-1898: de Martí a la enmienda Platt

La estructura económica cubana terminará de ser modificada en la segunda mitad del siglo XIX. Es el momento en que el proletariado empieza a constituirse en una fuerza social, concentrada en la zafra, las tabacaleras y las ciudades [4]. La posta de la lucha nacional pasará a manos de la pequeñoburguesía liberal, a sus más lúcidos intelectuales quienes recurren a métodos jacobinos para encarar la gesta emancipadora. Estos empalmarán con algunos de los viejos líderes independentistas, como el mulato Antonio Maceo, que junto al poeta José Martí fundaran el Partido Revolucionario Cubano y encabezaran la Segunda guerra de la independencia en 1895. Esta constituye un auténtico movimiento popular, donde confluyen las masas trabajadoras –influenciadas por los anarquistas– que apoyan abiertamente al ejército libertador y el PRC, los afrocubanos, peones y pequeños propietarios, campesinos tabacaleros y la pequeñoburguesía urbana. En el programa de este movimiento se sintetizan la lucha independentista con las demandas sociales de estos sectores. Esta lucha comienza cuando ya en el mundo se empieza a configurar el dominio de los monopolios y EEUU emerge como potencia imperialista.

Le cabe el mérito a José Martí sobre la comprensión de este problema clave para los pueblos de América latina. Su visión lo llevó a plantear que la lucha tenía un carácter eminentemente antiimperialista. Para el poeta y líder cubano “Los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que se apartan de EEUU. Jamás hubo en América de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los EEUU potentes, repleto de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menor poder (...) De la tiranía de España supo salvarse América española y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia” [5]. Es indudable el aspecto progresista de esta visión, así como apoyarse y comprender la importancia del rol que pudieran jugar las clases populares en el proceso independentista (lo cual lo asemeja al jacobinismo). Sin embargo, Martí, ”no era partidario de una ‘revolución de clases’, ni de un gobierno de los trabajadores sino de un Estado que asegurara ‘más justicia en el reparto social (...) una parte más equitativa en los productos del trabajo’” [6]. Su política era conformar un frente anticolonialista de carácter policlasista y ganarse a los hacendados para consolidar “la unidad de la nación entera contra el ocupante español” [7].

Luego de la temprana muerte en combate de Martí, la dirección del PRC cambiará de orientación y subordinará al movimiento popular a la burguesía y los terratenientes, quienes a su vez piden al imperialismo yanqui su intervención militar en la guerra. Por su parte el proletariado, que como dijimos era influenciado por los anarquistas, carece de una política independiente y de la madurez necesaria para imponerla, en las condiciones del desarrollo de la lucha independentista en Cuba. A pesar de sus limitaciones de clase, la lúcida visión política de Martí, su antiimperialismo y su apelación a las masas para lograr la independencia calará profundo en el pensamiento social cubano, sobre todo en sus clases medias.

Luego de la “independencia”, en 1901, Cuba comienza a vivir su estatus semicolonial, en realidad “neocolonial”, bajo la tutela estadounidense. La “enmienda Platt” [8], las intervenciones militares yanquis en la isla, la fragilidad del estado cubano surgido de la “independencia” de España, y la dependencia económica de las exportaciones del azúcar al mercado americano configuraran las primeras décadas de la joven república

1933: El fantasma del proletariado

Crisis de Wall Street mediante y caída de los precios del azúcar, la isla es sacudida por el marasmo económico y en agosto de 1933 se inicia una de las revoluciones más importantes del continente en la década del ’30. Esta revolución fue el punto más alto de un proceso de luchas antiimperialistas y revolucionarias que se dio en este periodo en Centroamérica (como por ejemplo, el movimiento de Augusto Sandino en Nicaragua contra el invasor yanqui, o la colosal revolución salvadoreña, que destacara la figura del militante comunista Farabundo Martí).

La huelga general indefinida decretada por el Congreso Nacional de Obreros Cubanos y la Federación Obrera de La Habana, influenciada por los trotskystas, derriba a la dictadura del asesino Gerardo Machado, apodado “el asno con garras” o el “carnicero”. La revolución da origen al gobierno nacionalista de Grau San Martín y Antonio Guiteras [9], que deroga la “enmienda Platt”, otorga libertades democráticas y de organización al movimiento obrero, suspende la deuda externa, otorga la autonomía universitaria y la jornada de 8 horas. Dicho gobierno cae en manos de la reacción organizada por el entonces sargento Fulgencio Batista –que fuera uno de los protagonistas de la sublevación de las tropas contra Machado– enfrentando la resistencia de las masas obreras, campesinas y pequeñoburguesas que será la característica de la lucha de clases cubana hasta los ’40. Esta revolución contó con la oposición abierta de la burguesía y el imperialismo yanqui impulsores del golpe.

El movimiento obrero, por su parte, es dividido por la criminal política de los stalinistas que en medio de su orientación del “tercer periodo” [10] se negaron a tener una política de defensa del gobierno nacionalista frente a la contrarrevolución, y los sectores que se disolvieron detrás del guiterismo y su movimiento Joven Cuba, entre ellos la mayoría de los dirigentes del trotskysmo cubano. La clase obrera, que en el transcurso de esta revolución llegó a poner en pie soviets, careció de una política independiente que le permitiera hegemonizar al movimiento, siendo éste dirigido por sectores radicales de la pequeñoburguesía.

Estos acontecimientos constituyen los antecedentes revolucionarios del ’59, que irán moldeando al país y a las clases sociales que serán sus protagonistas.

La lucha contra la dictadura de Batista

El proceso que lleva a la caída de la dictadura del ex sargento del ejército Fulgencio Batista, comienza a gestarse a los pocos años de haber consumado su golpe palaciego. En él confluyeron diversas formas de lucha, tanto del campesinado de la Sierra Maestra, como de la pequeñoburguesía urbana y la clase obrera. También se manifestó en forma temprana el pase a la oposición de sectores de la burguesía no azucarera. Esta confluencia de intereses de las distintas clases sociales fue erosionando aceleradamente la base social del régimen. Mientras tanto, en EEUU, sectores influyentes de la prensa liberal, “horrorizados” con el accionar represivo de la dictadura, empezaron a observar con simpatía el accionar de los “barbudos” de Fidel Castro. Finalmente el Departamento de Estado ante el enorme ascenso de masas le soltará la mano a Batista, lo que precipitará su caída. El 10 de marzo de 1952, Batista encabeza un golpe de estado preventivo que lo lleva al poder alentado por el imperialismo yanqui. El “hombre fuerte” de Cuba realiza el llamado “madrugazo” para impedir el seguro triunfo en las elecciones de ese año de Roberto Agramonte candidato del Partido del Pueblo (Ortodoxo) [11].

El objetivo del golpe era, por un lado, poner un poco de orden ante la imagen de ingobernabilidad que existía en la política nacional, producto del enfrentamiento de las camarillas capitalistas y del alto grado de corrupción en la entonces “democrática” Cuba. Y por el otro, el temor que le causaba a las clases dominantes y al imperialismo, no tanto las propuestas políticas y económicas de los Ortodoxos, como el descontento creciente de la juventud y la pequeñoburguesía cubana, que veían en este partido la continuidad del “guiterismo” y su retórica nacionalista. Aunque esta no era su perspectiva, y no pasaba de ser más que una oposición democrática, cuyo fantasma preocupaba al imperialismo y las clases dominantes cubanas [12].

Batista contaba con el apoyo firme del ejército y la complicidad de la burguesía que, sin embargo, no se alinea con el nuevo gobierno, expresándose esta ubicación en la oposición de los partidos hegemónicos de la burguesía, aunque no hicieran nada –al igual que el PSP– para enfrentarlo [13].

La base del descontento popular radicaba en la particular situación económica del país. En la segunda postguerra la demanda de azúcar cubano en el mercado externo comenzó a decrecer. Esto trajo la reducción de los tiempos en la zafra y el desempleo masivo en el campo y en la industria, a su vez imposibilitó al país la adquisición de artículos básicos de consumo principalmente en el mercado yanqui. La crisis económica será el telón de fondo de todo el periodo de la dictadura de Batista.

Quien encabeza inmediatamente la oposición a la dictadura es el movimiento estudiantil, siendo violentamente reprimido. “Fue en el movimiento estudiantil vinculado a la Ortodoxia donde comenzó a configurarse una tendencia política basada en tres premisas: la primera planteaba la necesidad de restaurar las antiguas libertades democráticas, la segunda era una diferenciación tajante con el Partido Auténtico, a fin de impedir que éste monopolizara la legitimación de la lucha antidictatorial; la tercera, de acuerdo con las tradiciones heredadas de los años treinta en la lucha contra Machado, planteaba la urgencia de recurrir a las armas a fín de secundar un eventual movimiento de masas” [14].

Por su parte el movimiento obrero dirigido por la burocracia de Eusebio Mujal, que venía de apoyar al gobierno anterior, es subordinado al gobierno de Batista, quien recrudece sus métodos gansteriles contra toda oposición [15]. Sin embargo, la clase obrera, a partir de 1955 azuzada por la crisis azucarera será uno de los protagonistas centrales en la lucha contra la dictadura.

El fracaso del asalto al cuartel de Moncada, el 26 de Julio de 1953, con el cual Fidel pretendía forzar una insurrección popular, es un hito que marca el inicio de una oposición violenta y armada a la dictadura por parte de los estudiantes y la configuración de nuevos sectores políticos. La acción sobre el cuartel militar y su defensa en el juicio –cuyo alegato fue popularmente conocido como “La historia me absolverá”– hacen de Fidel Castro una figura popular. No está demás decir que los stalinistas cubanos en este caso se alinearon junto a Batista, condenando a los atacantes del cuartel como “aventureros y provocadores pequeñoburgueses”.

En 1955 los trabajadores del azúcar en la ciudad de Santiago, Camagüey y Las Villas llevan adelante una violenta huelga iniciando la lucha proletaria y de los obreros agrícolas contra la dictadura. En efecto lo que había comenzado como una huelga por una demanda salarial, pronto se convirtió en un movimiento radicalizado que aglutinó a los trabajadores industriales de los ingenios con los desocupados de la zafra y los estudiantes en las ciudades. En medio de una de las tantas crisis azucareras, Batista no podía permitir la paralización de la rama industrial ya que atentaba contra los negocios de la gran burguesía y el imperialismo. De ahí, la respuesta del régimen: la represión. Por tanto, los trabajadores en breve tiempo pasaron de exigir salarios a gritar a viva voz ¡abajo el gobierno criminal! Esta experiencia cala hondo en sectores de trabajadores y sienta las bases para la superación de la burocracia sindical. Otro hito que demuestra el papel de la clase obrera, se expresó en la huelga general de 1957 cuyo epicentro fue la ciudad de Santiago, tras el asesinato de Frank Pais, popular dirigente urbano del M 26 [16]. El alto grado de espontaneísmo y combatividad de las masas fue respondido con la militarización de la ciudad y una brutal represión. Estos hechos levantaron la queja de la embajada norteamericana y el repudio de sectores empresariales del Oriente, y constituye el inicio de una ruptura abierta de un sector importante de la burguesía con la dictadura.

Mientras en la Sierra Maestra, Fidel y sus compañeros iban conformando una base social en el movimiento campesino y por otra parte formalizaba una política de alianzas con el resto de las fuerzas opositoras, el más importante es el llamado Pacto de Caracas [17].

A fines de 1958, las columnas del Ejército Rebelde dirigidas por el Che Guevara y Camilo Cienfuegos propinan una fuerte derrota al ejército batistiano en el combate de Santa Clara, lo que acelera su descomposición. Un sector del generalato que intentaba buscar un acuerdo con los rebeldes intenta una última maniobra desesperada: dar una salida a la crisis por medio de una junta militar. Esta maniobra es desarmada por la huelga general de cinco días que posibilitó la entrada del Ejército Rebelde a La Habana y la posterior instauración del gobierno provisional de Manuel Urrutia. Fidel Castro, a los pocos meses, tuvo que reconocer el papel clave jugado por la clase obrera en ese momento: “Afirmarlo con toda la autoridad que nos da el haber sido actores en aquellas horas decisivas: fue la huelga general la que destruyó la última maniobra de los enemigos del pueblo; fue la huelga general la que nos entregó las fortalezas de la capital de la república; y fue la huelga general la que dio todo el poder a la revolución” [18].

NOTAS

[1] Gérard Pierre-Charles, Génesis de la Revolución Cubana, Siglo XXI, México, 1991.

[2] Marcos Winocur, Las clases olvidadas de la revolución cubana, Contrapunto, Buenos Aires, 1987.

[3] En la guerra de la independencia la oligarquía terrateniente obtendrá cierta autonomía con respecto a España y la libertad de formar sus propios partidos políticos.

[4] Hacia 1860 “(...) una nueva rama de la industria había nacido y cobrado cuerpo: la del tabaco (...) se contaban más de 15.000 trabajadores armadores de cigarros, con cerca de 500 establecimientos en La Habana”. Entre sus primeras luchas se destaca “la huelga de 1866 en el establecimiento ‘La Cabaña’ de La Habana, producida por el mal trato dado al personal y que terminará con la satisfacción de sus demandas”. Marcos Winocur, Los orígenes del movimiento obrero en Cuba, CEAL, Bs. As., 1974.

[5] José Martí, Nuestra América.

[6] Luis Vitale, De Martí a Chiapas. Balance de un siglo, Síntesis, Santiago, 1995.

[7] Marcos Winocur, Las clases olvidadas de la revolución cubana. Contrapunto, Bs. As., 1987.

[8] La enmienda Platt, propuesta por el senador americano del mismo nombre y redactada por el Departamento de Estado, fue insertada como apéndice en la Constitución política del estado cubano en 1899. Verdadero estatuto del vasallaje, en sus primeros artículos señalaba que: “1. Cuba reconoce el derecho de EEUU a intervenir en sus asuntos internos; siempre que este último país lo estime necesario para la conservación de la independencia cubana, y para el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de la vida, propiedad y libertad individual (...) 2. Para poner en condiciones a los EEUU de mantener la independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como de su propia defensa, Cuba arrendará o venderá tierras a los EEUU; destinadas al establecimiento de bases carboneras y navales”.

[9] Antonio Guiteras formaba parte del Directorio Estudiantil Universitario y se integra desde la clandestinidad a la lucha contra el dictador Machado. Al caer éste, ocupa en el gobierno de Grau San Martín la cartera de ministro de gobierno. Fue fundador de la corriente Joven Cuba opositora a la oligarquía entreguista y con un perfil nacionalista de izquierda.

[10] Periodo de política “ultraizquierdista” de la Internacional Comunista, dirigida por Stalin, que negaba el frente único con las direcciones reformistas contra el fascismo, calificándolas de “socialfascistas”.

[11] Este partido había surgido como una escisión del gobernante Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) del presidente Prío Socarrás, cuestionando la corrupción imperante en el seno del mismo. Cabe recordar que el joven abogado Fidel Castro era militante “ortodoxo”, y se presentaba a esas elecciones como candidato a diputado.

[12] La experiencia del nacionalismo de izquierda de Guiteras “golpeó a los políticos tradicionales y buena parte de ellos fueron aceptando las reglas de un cierto juego para alternarse en el poder”. Marcos Winocur, Todo el poder al Ejército Rebelde, CEAL, Bs. As., 1974.

[13] “(...) muerto el líder cívico Eduardo Chibás, la vertiente opositora burguesa acaba por enredarse en el juego del golpe de estado, y es así como se explica la pasividad de los partidos políticos tradicionales cuando Fulgencio Batista se hace del poder”, Idem.

[14] Fernando Mires, “Cuba entre Martí y las Montañas”, La Rebelión Permanente. Las revoluciones sociales en América latina, Siglo XXI, México, 1998.

[15] “(...) el mujalismo dueño de la CTC, la vertiente opositora proletaria se halla prácticamente neutralizada. Por cierto, el movimiento obrero cubano acabará por rehacer sus filas. Pero en 1952 el golpe de estado de Fulgencio Batista lo encuentra desarmado, descabezado, diezmado por el gansterismo y la corrupción, imposibilitado, en una palabra, de manifestar una resistencia significativa, como hubiera podido ser una huelga general antigolpista”. Marcos Winocur, op. cit.

[16] Recordando la huelga de Santiago, el Che Guevara llegó a la siguiente conclusión: “Este fenómeno popular sirvió para que nos diésemos cuenta que era necesario incorporar a la lucha por la liberación de Cuba al factor social de los trabajadores e inmediatamente comenzaron las labores clandestinas en los centros obreros para preparar una huelga general que ayudara al Ejército Rebelde a conquistar el poder”. Ernesto Che Guevara, Proyecciones sociales del Ejército Rebelde.

[17] “El primer punto de este acuerdo se refería a la concertación de una ‘estrategia común para derrocar a la tiranía mediante la insurrección armada’ (...) El segundo punto del acuerdo se refería a la constitución de un gobierno provisional después de la caída de Batista, cuyo objetivo debería ser conducir al país ‘a la normalidad, encauzándolo por el procedimiento constitucional y democrático’. El tercer punto proponía un programa mínimo de gobierno ‘que garantice el castigo de los culpables, los derechos de los trabajadores, el orden, la paz, el cumplimiento de los compromisos internacionales y el proceso económico institucional del pueblo cubano’”. Con respecto a las FFAA se refería de este modo: “esta no es una guerra contra los institutos armados de la república sino contra Batista, único obstáculo de la paz”. Fernando Mires, La Rebelión Permanente. Las revoluciones sociales en América latina, Siglo XXI, México, 1998.

[18] Citado por Marcos Winocur en Todo el poder al ejército rebelde, CEAL, Buenos Aires, 1974.

* Artículo publicado originalmente en la revista Estrategia Internacional Nº 20, septiembre de 2003.




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