Cultura

TEATRO POPULAR

Ante la muerte de Juan Radrigán, un gran salud por el grandísimo dramaturgo chileno

Bárbara Brito

Vicepresidenta Federación de Estudiantes Universidad de Chile (FECH)

Valeria Yañez

Equipo Escena Obrera

Miércoles 19 de octubre

Juan Radrigán, nació en 1937 en Antofagasta, de madre profesora de una salitrera y padre mecánico, Juan fue un obrero textil autodidacta, que desde los 12 años empezó a escribir poesía. Desde principios de los años 80`conmociono al teatro chileno abordando el mundo a través de la marginalidad, en un contexto político de dictadura militar.

Escribió más de 40 obras, entre narrativa, poesía, ensayos y obras teatrales; donde retrató las injusticias, soledad, la ira y también la esperanza, desde un lenguaje sencillo y muy cercano que convertía en crueldad y realidad desde su teatro. Entre sus obras destacan: Testimonios de las muertes de Sabina (1976) Hechos consumados (1981), El toro por las astas (1982), Made in Chile (1984), El pueblo de mal amor (1986), La contienda humana (1988), El encuentramiento (1996) y Amores de cantina (2011).

Ganador de innumerables premios entre ellos el Premio Nacional de Artes el 2011, y reconocido a nivel internacional, hoy el mejor homenaje que le podemos hacer es continuar ese legado del teatro popular, del teatro contestatario y crítico.

Desde sus propias palabras en “Memorias del olvido” (2004) hacemos un pequeño homenaje y un gran salud, larga vida al teatro político y popular:

“Bajo este haz de luz mostraré algo que he traído como testigo de aquellos que voy a contaros. No es un testigo alegre, porque viene de un país donde un día muchos hombres uniformados despertaron creyéndose dioses, y quisieron extinguir los ritos cotidianos del amor, la ternura y la esperanza. El pan, la cama, el beso y el trabajo desaparecieron a traición.

Pero, precisamente porque montaron una monstruosa maquinaria para convertirnos en animales, es que infinidad de seres de vieron en la obligación de volverse hacia sí mismos y entonces descubrieron que en ellos existía una facultad maravillosa, a la que era posible apelar para no convertirse en animales: la facultad de no consentir. Eso no lo habían tomado en cuenta las bestias que un día despertaron creyéndose dioses”




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