Internacional

ANÁLISIS ALEMANIA

Angela Merkel abandona el barco: un obituario temprano

Organizó el saqueo del Sur de Europa tras la crisis financiera. Bajo su tutela en la coalición gubernamental, la socialdemocracia cayó de rodillas. Creó involuntariamente una oposición de extrema derecha con AfD. Ahora no hay alternativa a la partida de Merkel.

Miércoles 31 de octubre de 2018 | Edición del día

Angela Merkel no volverá a presentarse a la presidencia de la CDU en el Congreso partidario de diciembre de este año. En la rueda de prensa del lunes, declaró que ya había decidido en verano no volver a presentarse como candidata a la presidencia del partido y renunciar a su próxima candidatura a canciller. Pero el motivo concreto de su anuncio del lunes fueron obviamente las elecciones en Baviera y Hesse, que se habían perdido debido a los conflictos en la Gran Coalición de gobierno. Sin embargo, las razones de fondo por las que llega el fin de una era después de 13 años como canciller y 18 como líder del partido son aún más profundas. Incluso más profundas que la "agonizantemente larga formación de un gobierno" a principios de año, que en sí mismo sólo era una expresión de una crisis de representación a nivel internacional. Después del Brexit, el absurdo resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses, el caos en el Estado español, Francia e Italia, ahora esta crisis de representación ha llegado lentamente al sistema de partidos de Alemania.

En realidad, es sorprendente que las cosas hayan ido tan bien durante tanto tiempo después de que ¡"Fuera Merkel!" se estableciera como un eslogan de la extrema derecha desde 2015. La crítica al merkelismo –que había sido capaz de borrar toda la oposición interna y había logrado una serie de éxitos para el capital alemán– sólo llegó después de la crisis del euro, tras una crisis de orientación del propio capital alemán. Tras el "rescate" del Euro y la resolución parcial de la cuestión migratoria en interés del gran capital alemán, el problema del multilateralismo estaba en la mesa. Esta última cuestión es menos evidente en un orden mundial más caótico. El gran proyecto de Merkel había sido la consolidación de los éxitos capitalistas de Helmut Kohl y Gerhard Schröder, especialmente la restauración capitalista de la RDA, cuya hija política fue ella misma, y el recorte de las reformas Hartz, que le costaron al SPD su reputación. Pero los métodos de Merkel habían sido los mismos, viejos y hasta ahora exitosos: con la ayuda de la hegemonía económica lograda sobre la UE, lograr un equilibrio entre los EEUU, Rusia y China; no arriesgarse demasiado ni en Ucrania ni en Siria; concentrarse en el patio trasero del Este europeo; y por lo demás seguir en el sotavento imperialista de los EEUU. Y siempre "aclarar lo que sirve a la paz interna", como dijo Merkel en la rueda de prensa del lunes. Esto es precisamente lo que causó la caída de Merkel en un momento en que la paz capitalista en todo el mundo parece incierta y figuras como Trump ya no permiten ningún equilibrio duradero.

Con su auto renuncia, Merkel ahora gana tiempo para una transición en interés del gran capital alemán. En la Casa Adenauer, la sede de la CDU, Merkel ya confirmó las candidaturas de Annegret Kramp-Karrenbauer y Jens Spahn -debería quedar claro para todos que está a favor de la primera para organizar una transición ordenada. Mientras Merkel se despide, quiere evitar que intereses particulares radicales como los que están personificados en Jens Spahn o Friedrich Merz, se hagan valer, pero el gobierno alemán sigue desempeñando un papel de "capitalista total ideal" (Federico Engels). Porque lo que dijo Merkel en su discurso es cierto: vino a servir a Alemania (es decir, al capital alemán). No había nacido canciller y nunca lo había olvidado. De hecho, se podría respetar el hecho de que haya aplicado sistemáticamente los intereses de la clase capitalista en su conjunto, sin los sentimentalismos, peleas o excesos de sus grandes predecesores Kohl y Schröder, de cuyas indignas salidas (uno con una pierna en la cárcel y el otro borracho, ambos en relación con una forma de corrupción) aprendió Merkel. Había decidido atender a su cargo "con dignidad y un día dejarla con dignidad". Por lo tanto, para el tiempo posterior, con vistas a Bruselas o a posibles "paracaídas de oro" en el partido o en la industria, solo quiso decir que “no quiere ocupar más cargos políticos". Merkel, con su alma pequeñoburguesa de derecha, siempre subordinó no sólo a sí misma sino también a su partido a la clase capitalista, lo que le valió la ira de parte de la base pequeñoburguesa que odiaba su política migratoria.

Cuando Merkel, la física tecnocrática del campo del Este alemán, dice ahora que la "cultura del trabajo" de su propio gobierno se ha vuelto imposible, esto es consecuencia del hecho de que existen rupturas en diversas facciones del "capitalista total alemán": ¿Cómo debería orientarse Alemania a nivel internacional sin depender de los EEUU? ¿Cómo puede el imperialismo alemán dar un salto militar? ¿Cómo debería ser el cambio estructural industrial en Alemania, al que se refieren el debate sobre el carbón y los escándalos del diésel? ¿Cómo puede posicionarse el capital financiero que tiene éxito con sus exportaciones de capital, pero que al mismo tiempo atrae la ira del resto del mundo y se asienta sobre una base porosa con el propio Deutsche Bank? Una "cultura de trabajo" de "paz interna", es decir, de equilibrio en el interés general capitalista, de compromiso constante, no tiene perspectiva en tal situación.

El neoliberalismo muere y arrebata a sus pacíficos administradores junto con él. Pero irónicamente, cuando muere, ya no produce grandes figuras, ni gloriosos Bonapartes, sino insignificantes gusanos como Friedrich Merz, uno de los más estúpidos y odiados representantes del neoliberalismo en su apogeo de la década de 2000. Incluso el zombi político Norbert Röttgen había salido de su agujero para disparar sus primeros tiros antes de la dimisión de Merkel. O Jens Spahn, que no representa otra cosa que a sí mismo y cuya lealtad no es ni siquiera a una clase, sino a su propia prosperidad privada como el abalorio de la industria farmacéutica, con el carisma de cinco metros de camino de tierra. Kramp-Karrenbauer, por otro lado, es el sucesor lógico de Merkel, sólo un poco más a la derecha. A estas alturas, sin embargo, no queremos vernos envueltos en especulaciones sobre quién va a participar en la carrera, porque, de todos modos, ¿cuál es el objetivo de esta carrera? Independientemente de quien gane, el problema sigue siendo el mismo: una crisis estratégica del propio capital alemán, cuya ambigüedad estratégica instigó al partido liberal en su instinto pequeñoburgués durante las negociaciones de coalición a una apuesta contra Merkel porque su jefe Christian Lindner olía a debilidad.

Los Verdes están intentando convertirse en un partido renovador de la burguesía no sólo por sus éxitos electorales. Sus orígenes pequeñoburgueses como absorbente del movimiento por la paz y el medio ambiente en el sentido del neoliberalismo los hacen parecer sospechosos a partes de la base de la Unión. Pero incluso antes del discurso de renuncia de Merkel, un miembro de la junta directiva de BASF decidió convertirse en miembro del sector económico del Partido Verde. Y el primer ministro verde de la provincia de Baden-Wurtemberg, Winfried Kretschmann, un ex maoísta, presentó hace mucho tiempo, en alianza con la industria automotriz, a los verdes como una CDU urbana e ilustrada del siglo XXI. Merkel calificó la derrota en la provincia de Hesse como "tanto más lamentable cuanto que el Gobierno provincial negro-verde había tenido éxito". Entonces, ¿podrán los Verdes hacer propuestas para la reorganización de la industria, el capital financiero y un imperialismo más agresivo? Desde 1998 han servido repetidamente a este propósito, empujando a las reformas laborales y guerras particularmente agresivas contra las resistencias iniciales de la población. Mientras tanto, sólo hay un ala derecha y un ala aún más a la derecha en este partido. En cualquier caso, se pondrá a prueba el régimen de partidos alemán, así como todo el régimen alemán de pacifismo relativo interno y externo, de la colaboración social y atado a los intereses estadounidenses. En términos puramente matemáticos, las coaliciones bipartidistas a nivel nacional son cada vez menos probables, y si no hay una facción más fuerte y bonapartista que pueda superar las contradicciones, es probable que nos enfrentemos a una época de debilidad ejecutiva, como la que vino después de Konrad Adenauer, cuando se suponía que Ludwig Erhard tenía que organizar una transición, pero el capital estaba decepcionado. Sólo que esta vez el plan B de una Gran Coalición está siempre menos disponible que en el acogedor tiempo de la "república de Bonn".

Porque el segundo pilar del régimen alemán está aún más en el precipicio: el SPD. La clase obrera fue vendida por ella durante cien años, pero a través de sus equipos enlazados en las burocracias sindicales, la socialdemocracia fue capaz de lanzarse una y otra vez a una nueva traición. En el partido Die Linke, no hay una alternativa reformista fuerte debido a la debilidad estructural del partido en relación con la clase obrera organizada. El rol de los partidos reformistas en la sociedad de clases consiste en su función de mediación, que impide que las luchas se lleven hasta el final, y que en cambio obtiene algunas pocas monedas de los capitalistas. Pero, ¿qué pasaría si los obreros no dejaran que su dirección "los destroce", como sugieren los resultados del diez y veinte por ciento de los votos en Baviera y Hesse? Una parte de la clase obrera votará a la derecha -por falta de perspectiva-, otra parte votará por partidos burgueses moderados. Pero, ¿qué pasa con los poderosos sindicatos alemanes? La salida de Merkel fue sólo el comienzo de una cadena de distorsiones a nivel político durante un período de relativa estabilidad económica que también se apoderará de la clase obrera a más tardar con la próxima crisis económica.

La grieta no se cementa con el cambio de voto. Una clase quiere su representación. Más que nunca, ante el fracaso del neoliberalismo, que se consolidó con éxito con Merkel sólo para el capital, creemos que nuestra clase necesita su propia representación sin desvío reformista. Contra las distorsiones que se avecinan, debemos proponer un programa contra los Kramp-Karrenbauer, Spahn o Merz que represente los intereses de los asalariados, en particular: una reducción radical de las horas de trabajo con igual salario; igual salario por igual trabajo, sin discriminación por motivos de género, etnia, religión, sexualidad o nacionalidad; nacionalización de empresas que cierren como la fábrica metalúrgica Neue Halberg Guss, así como de las industrias necesarias para el suministro de energía o salud bajo el control de los empleados; socialización de los bancos y eliminación de las demandas de crédito y de las operaciones militares contra las naciones dependientes. Queremos luchar juntos con los trabajadores contra el auge de la derecha y el neoliberalismo, más allá de quién se convierta en el siguiente capitán en el oxidado barco imperialista.

* Publicada originalmente en Klasse geggen Klasse







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