Cultura

Andrés Rivera: El verdugo en el umbral de la literatura argentina

En “La revolución es un sueño eterno”, Andrés Rivera nos muestra a Juan José Castelli como un Oliver Cromwell criollo y sentencia que un hombre solo no va más allá de su propia sombra.

Sábado 24 de diciembre de 2016 | Edición del día

La dura condición de los revolucionarios cuando la revolución abandona el escenario de la historia y sólo quedan las palabras y la memoria; que intentan ser sepultadas bajo la hediondez de una montaña de perros muertos mediante la calumnia y la lógica miserable del sentido común, que afirma su autoridad en el supuesto orden natural de las cosas.

En el mismo libro cita "Kote Tsintsdze, antiguo bolchevique, preso en los campos de concentración de José Stalin, envía a León Davidovich Trotsky, en el papel que utilizaban los detenidos para armar cigarrillos, la siguiente misiva: Muchos, muchísimos de nuestros amigos y de la gente cercana a nosotros, tendrán que terminar sus vidas en la cárcel o la deportación. Con todo, en última instancia, esto sería un enriquecimiento de la historia revolucionaria: una nueva generación aprenderá la lección". Porque mientras siga viva la lengua de las insurrecciones y su memoria, la revolución sigue vigente, latiendo en los solitarios que se empecinan en enfrentar la derrota y encarnar la resistencia para volver.

Rivera es un escritor imprescindible que dio voz en sus libros, de una manera exquisita, a los combatientes revolucionarios, a los militantes proletarios, a los que se atrevieron a tomar en sus manos la antorcha de Prometeo en el asalto a los cielos. Uniendo en un mismo relato la revolución rusa y la clase obrera argentina, una herejía en un país donde el peronismo le niega a los trabajadores su pertenencia a una clase internacional.

Su Guido Fioravanti, una figura olvidada de nuestra clase, llamo a afiliar al Partido Comunista a un Maquiavelo que afirmaba que quien quisiera fundar una república en un país lleno de nobles sólo podía hacerlo a condición de matarlos a todos. Rivera que reivindicaba a su tío Fishale, recién torturado por la policía, anunciando con orgullo: no cante, soy trotskista.

Supo también exprimir hasta la última gota de sangre y pasión a la historia argentina y sus personajes. Construir por ejemplo, un Juan Manuel de Rosas amargado por la estafa de sus primos, los de Anchorena, y el exilio, indignado por los comuneros de 1871, afirmando brutalmente que él los hubiera empalado en Plaza de Mayo. O al despreciable oligarca que le tira a su empleada un pedazo de carne para tratarla como una perra y considera a Charles Baudelaire su lacayo.

Rivera era un escritor económico, a lo Hemingway. Que renunciaba a las pompas y las destrezas de la descripción de un lenguaje sobrecargado, para concentrarse en el andamiaje del relato usando la palabra precisa y las imágenes que desbordan violencia, erotismo y belleza. Amante de William Faulkner, había logrado sintetizar el sonido y la furia de la lengua en la construcción de sus historias.

Junto a Ruth Werner, con quien escribimos el libro “Insurgencia Obrera en la Argentina 1969-1976”, lo vimos irse refunfuñando de la librería del IPS Karl Marx cuando salió la primer edición del libro, allá por el 2007. Él se hizo presente en la casona de la palmera de la calle Riobamba 144 en CABA para buscar su ejemplar y se retiró malhumorado por el atraso en la entrega de la imprenta. Un orgullo pensar que leyó nuestro trabajo o al menos se interesó en él.

Participó de la lucha de clases como obrero y de gran parte de la vida de la izquierda argentina, junto a su compañera Susana Fiorito. Hizo de su literatura un campo de batalla. Alguna vez dijo que quería que en su lápida figurara que allí yacía un militante. Que así sea recordado.

Gracias por el sueño eterno de la revolución.








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