Cultura

A 26 AÑOS DE LA CAÍDA DEL MURO

Alemania y los aniversarios del 9 de noviembre: ¿A quién le pertenece?

Este artículo fue publicado por Revolutionäre Internationalistische Organisation (RIO). Desde el 16 de noviembre, RIO –integrante de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional, tendrá un nuevo sitio web y será actualizado diariamente.

Martes 10 de noviembre de 2015 | Edición del día

La rama bávara de Pegida [sigla del grupo racista “Europeos patriotas contra la islamización de occidente”] quieren celebrar el 9 de noviembre en las calles de Munich [1]: ese día en distintos años ocurrieron el golpe de Hitler y Ludendorff, el gran pogrom antisemita y la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, el 9 de noviembre es también el día de la revolución en Alemania. Un debate sobre la conmemoración revolucionaria y la estrategia anti-fascista.

La importancia del 9 de noviembre, al que Pegida quiere celebrar, tiene que ver con la lucha de clases de casi un siglo entero. Se trata de cuatro “aniversarios” distintos que se han dado ese día durante la era imperialista alemana: tres de ellos tienen que ver con la burguesía, uno con el proletariado.

Pero primero vayamos unos pasos antes:
En 1916 la Primera Guerra Mundial entraba en su segundo año y la socialdemocracia había fracasado. Ahora apoyaba al káiser Guillermo II y a la burguesía. Rosa Luxemburg escribió bajo el título ¿Socialismo o barbarie?: “La autocrítica despiadada y cruel, la que va hasta el fondo de las cosas, es el aire vital y la luz vital del movimiento proletario”. Ella deseaba la ruptura con el reformismo que en 1914 se había pasado al bando de la defensa de los imperialismos.

La Revolución de Octubre de 1917 en Rusia fue por ese camino: bajo la dirección de Lenin y Trotsky barrió al capital y a sus protectores “democráticos”, distribuyó la tierra, expropió los medios de producción, terminó con la guerra en 1918 con fuertes pérdidas, luchó en la guerra civil que le siguió contra los ejércitos imperialistas y blancos. Desde entonces todas las miradas se dirigieron hacia Alemania, hacia donde se tenía que extender la revolución para que ésta tuviera éxito.

La revolución alemana: socialismo o barbarie

¡Por fin! 9 de noviembre de 1918. La revolución alemana ya más que madura, disparada por el motín de los marinos de Kiel, llegó luego de unos días a Berlín. El Partido Socialdemócrata (SPD) declaró, a toda prisa y de mala gana, la abdicación del káiser y el nacimiento de la República –poco después Karl Liebknecht, revolucionario que enfrentó a la guerra, proclamó la República Socialista. Se formaron consejos obreros por todas partes de Alemania. No solo la guerra imperialista; ahora toda la dominación burguesa estaba ahora en peligro. Pero la Revolución de Noviembre alemana no fue como la de Octubre de Rusia: La dirección socialdemócrata en los consejos ató las manos de la clase obrera revolucionaria, llevándola a la colaboración activa con los generales reaccionarios en una democracia burguesa, cambiando al káiser por un presidente y finalmente aniquilando sangrientamente la lucha de los trabajadores.

En enero de 1919 la dirección del SPD ordenó el asesinato de Luxemburg y Liebknecht, los implacables “espartaquistas” y fundadores del joven Partido Comunista (KPD). La lucha de clases continuó porque no se podían arrojar las contradicciones sociales por el Landwehrkanal [2]. La fracción mayoritaria de los socialdemócratas confirmó cínicamente la frase de Luxemburg de que la “democracia” del capital no puede terminar con la barbarie, sino que solo el socialismo realmente puede trae la paz.

El proceso de lucha revolucionaria en Alemania que tuvo al mundo en vilo duró hasta 1923. Ese año Hitler intentó por primera vez tomar el poder para los fascistas (en Munich, que se había convertido en una “ciudadela de orden” reaccionaria luego de la represión de la República Soviética de Bavaria en 1919 y la contrarrevolución que le siguió). Sin embargo, la burguesía no se decidió por Hitler. Este intento terminó en el enfrentamiento frente al Feldherrnhalle, lugar que durante el período nazi tuvo apostada una guardia de honor de las SS y donde en estos días Pegida se permite citar a Goebbels. Hitler mismo terminó en prisión y escribió su libro Mi lucha, en el que ya se anunciaba la Shoah.

La derrota del proletariado en 1923: los trabajadores no pudieron resolver a su favor la “Crisis del Ruhr” [3], los “gobiernos obreros” de Sajonia y Turingia [4] fueron aplastados por el presidente Ebert, la insurrección aislada y derrotada del Partido Comunista en Hamburgo. Todo eso le asestó a la revolución mundial un gran golpe [5]. Stalin pudo utilizar la teoría de la construcción del “socialismo en un solo país” para hacer degenerar al joven Estado soviético y mellar el filo de la Internacional Comunista. Los libros de historia burguesa en Alemania llaman a esta época “los dorados años veinte”. Pero unos años más tarde, el capitalismo en crisis llevó a hacer que reaparezca una crisis económica y política mucho más grande.

La victoria del fascismo y los “demócratas”

En 1933 ya hacía tres años estragos la Gran Depresión. Las esperanzas revolucionarias del proletariado se compensaban a su vez con la desesperación contrarrevolucionaria. La clase obrera por un lado y el capital por otro. Este último luego de tres gobiernos “presidenciales” dictatoriales tuvo que llamar en su auxilio a las tropas de Hitler. Primero la Guerra Mundial, luego la crisis, lanzaron a las calles a toda la pequeña burguesía reaccionaria y a las capas desclasadas. Hitler solo necesitaba reagruparlas y dirigirlas contra las organizaciones de la clase obrera. El nazismo fue la “última carta” de la burguesía; una operación dolorosa, pero desde su punto de vista necesaria contra la revolución.

Hitler llegó al poder porque no se tuvo que medir con un frente único de la clase obrera. Un frente único es la cooperación de todas las organizaciones obreras en la acción contra el fascismo, pero al mismo tiempo para la creación de las estructuras de los consejos obreros que preparen la revolución. No se agota en la lucha contra el fascismo, sino que dispone los medios necesarios para la auto-organización de los trabajadores y los oprimidos también contra el capitalismo. Es un acuerdo que se propone en forma explícita hacia todas las organizaciones reformistas, dado que un gran número de trabajadores aún forman parte de ellas, en tanto se mantenga incondicionalmente la propia organización y el propio programa. Pero el KPD estalinizado se negó a cooperar con el SPD mediante su recurso a la teoría del “socialfascismo” y así entregó sin pelea al proletariado mejor organizado de la tierra a su carnicero, el fascismo, que aniquiló por igual a los sindicatos, al SPD y al KPD y envió a sus activistas a los campos de concentración.

Cuando el nacionalsocialismo ajustó cuentas con la clase obrera, se dirigió contra los judíos: El 9 de noviembre de 1938 se llevó a cabo el ataque llamado la “Noche de los cristales rotos” contra sinagogas e instituciones judías. Durante la guerra el antisemitismo estatal se intensificó. Ningún gobierno “democrático” quiso hacer nada al respecto. El nazismo asesinó en la Shoah a la mayoría de los judíos europeos en forma industrial. La guerra de exterminio de Hitler fue contragolpeada con una cantidad increíble de bajas de obreros y campesinos de la Unión Soviética, a pesar de la desastrosa conducción estalinista, que incluso colaboró con Hitler hasta las vísperas de la invasión.

La burguesía alemana bajo Hitler sacó provecho de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, y luego lo hizo también de la Reconstrucción bajo la República Federal (como si nada hubiera sucedido). En Nüremberg [donde se enjuiciaron a los nazis, NdE] fue condenada la casta dirigente del nazismo, pero la clase que en su conjunto se benefició de ella –el capital: BASF, Siemens, VW, BMW, Krupp, etc.– se preservó.

Por medio del Frente Popular español en 1936, el estalinismo, después de un giro de 180 grados con respecto a la tesis del “socialfascismo”, pretendió luchar contra el fascismo del general Franco uniéndose a sectores “progresistas” del capital. Stalin sacrificó la revolución española, en primer lugar con la participación de la burguesía en el gobierno y garantizando la propiedad privada; luego desarmando y fusilando a la izquierda revolucionaria. Así es como terminó entregando el mayor triunfo contra el fascismo. El resultado fue de nuevo una derrota aplastante.

La caída del Muro y la restauración capitalista

El estalinismo se desmoronó finalmente cinco décadas más tarde, ante el escenario mundial. El 9 de noviembre de 1989 ocurrió la caída del Muro de Berlín. Fue el funeral de la República Democrática Alemana [Alemania Oriental, NdE], que al igual que la Unión Soviética estalinizada estaba gobernada por una casta burocrática. Debido a la estrechez nacional promovida por la “teoría del socialismo en un solo país” de Stalin, desde su fundación en 1949 solo tenía dos posibles salidas: o bien se barría a su capa burocrática dirigente por medio de una revolución política o caería como víctima de una restauración de la burguesía.

Con la caída del Muro no hubo revolución política de la clase obrera contra su casta dirigente. La propiedad estatal de los medios de producción fue destruida, y con ella el avance más importante de la RDA que la clase obrera debía defender. El país entonces fue “recapitalizado”. La estructura que detentaba el monopolio estatal de la economía se encargó de vender a precio de remate el equipamiento industrial, y los “campos florecientes” fueron colonizados por el capital.

La Alemania capitalista fortalecida ahora podría dedicarse a su gran tarea: el sometimiento de Europa, que está progresando a pasos agigantados bajo Merkel. Hoy los resultados visibles en la propia Alemania es el atraso de zonas de la antigua RDA y del "Oeste", la precariedad y la falta de perspectivas. Ante la carencia de una perspectiva de la clase obrera más personas recurren en tiempos de crisis otra vez el fascismo, cuyo terreno nacionalista los partidos burgueses “democráticos” contribuyen a crear.

El racismo alemán hoy

Los miembros de Pegida no ven el éxito de la salida hacia afuera del imperialismo alemán, sino solo todos los inconvenientes que trajo el capitalismo con la “reunificación”. Por ejemplo, el desempleo, los recortes sociales, el plan Hartz IV, la baja de las pensiones y la crisis. Su chovinismo les impide sacar las conclusiones correctas, y se vuelven contra los migrantes para defender sus privilegios como alemanes. El capital alemán por ahora no los necesita como “tropa”, ya que tiene a la clase obrera bajo control sin tener que recurrir a matones fascistas –gracias a la “colaboración social”.

El gobierno endurecerá las leyes de asilo y utilizará como excusa el terror racista contra los refugiados, como en la década de 1990 luego de los episodios de Rostock-Lichtenhagen. El racismo apoyado por el Estado impide la unidad de los asalariados contra sus explotadores comunes. Todos los lunes marchan ante los ojos del gobierno manifestantes enojados de Pegida y votantes de la AFD [6] por las calles de Dresde y Munich. Para ellos, “Merkel se tiene que ir” significa “los refugiados se tienen que ir” en vez de “el capital alemán se tiene que ir”. La respuesta antifascista correcta, por tanto, no se puede limitar a decir “¡Cierren el pico!”. Debe decir: ¡Organización común de los trabajadores y los refugiados! ¡Frente único contra los fascistas y contra el capital! ¡Contra las deportaciones y contra la precariedad!

Un 9 de noviembre la burguesía tuvo que ver con el intento de golpe de Estado fascista en 1923, con el pogrom antisemita de 1938, con la restauración capitalista en la República Democrática Alemana luego de 1989. Todo esto significa desesperación, barbarie y miseria.

Nuestro 9 de noviembre tuvo lugar en 1918. Significa la Revolución, la hostilidad irreconciliable con los otros 9 de noviembre.

Recordemos en este día a todos los asesinados por el fascismo y el capital. Nos enfrentamos a la barbarie racista en la calle, en la universidad y en los colegios. Defendemos las enseñanzas revolucionarias de la clase obrera, que han sido traicionadas por los dirigentes reformistas de la revolución del 9 de noviembre de 1918. La revolución proletaria habría impedido el desastre que siguió y que continúa siendo actual. Es por eso que no abogamos por una democracia burguesa engañosa sino por el socialismo.

1 Nota del traductor: Este artículo fue publicado en alemán ayer en klassegegenkl asse.org. La manifestación de Pegida en Munich finalmente se realizó, pero solo reunió a 100 personas y se quedó varada en una plaza, debido a que por el otro lado se organizó una contra-manifestación de los grupos anti-fascistas y la izquierda de 3.000 personas que le bloqueó el paso.

2 Canal paralelo al río Spree en Berlín, donde fue arrojado el cuerpo de Rosa Luxemburg el 15 de enero de 1919 luego de ser asesinada por grupos paramilitares. (NdelT)

3 Se refiere a la crisis que estalló en enero de 1923 cuando las tropas francesas cruzaron la frontera y ocuparon la cuenca del río Ruhr en el oeste alemán, la zona más rica de Europa en producción de hierro, carbón y acero, para cobrarse compulsivamente mediante requisiciones las reparaciones de guerra que el Tratado de Versalles estipulaba que la derrotada Alemania, que se encontraba en bancarrota, debía pagar. El descalabro económico que le siguió abrió una crisis política fenomenal que disparó la revolución alemana de ese año. (NdelT)

4 Se refiere a los gobiernos de coalición de breve duración que se formaron entre la izquierda socialdemócrata junto con el Partido Comunista en esas dos provincias del este de Alemania. (NdelT)

5 Se puede leer un relato y una discusión sobre la revolución alemana de 1923 y la táctica de “gobierno.obrero” en Emilio Albamonte y Matías Maiello, “Debates de estrategia sobre la revolución en Occidente”, en el punto I, “El origen de las divergencias en la III Internacional”, en Estrategia Internacional N° 28, 2012 http://ft-ci.org/Trotsky-y-Gramsci-debates-de-estrategia-sobre-la-revolucion-en-occidente?lang=es. (NdelT)

6 Alianza por Alemania, partido de extrema derecha. (NdelT)

Traducción: Guillermo Iturbide.




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