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Alebrijes: de los sueños a las calles

Criaturas oníricas traídas a la realidad por hábiles artesanos, sus formas, tamaños y colores dan actualidad a la famosa queja atribuida a Salvador Dalí, en donde decía que no volvería a México porque no soportaba estar en un país más surrealista que sus pinturas.

Nancy Cázares

@NancyCornejoCaz

Viernes 28 de octubre | 23:00

Inventado en 1936 por Pedro Linares López, trabajador del arte originario del barrio de La Merced, en la Ciudad de México, el alebrije es una artesanía hecha a base de cartonería y adornada con colores brillantes. Las formas que puede tener un alebrije no conocen más límites que los de la imaginación de su creador.

Paradigma del arte surrealista mexicano, el alebrije es junto con el arte huichol, una de las manifestaciones de arte popular más famosas de nuestro país. Nacidos en los primeros años del siglo XX, recién terminada la Revolución, estas esculturas correspondían a un espíritu sí de ensueño, pero también de subversión, encarnado en el arte de José Gómez Rosas, quien fuera eclipsado por nombres como José Clemente Orozco, Diego Rivera o el controversial Dr. Atl. Gómez Rosas, en cuyo taller trabajada Pedro Linares, pintaba figuras zoomórficas a base de combinar partes de mamíferos, aves, reptiles, etc.

Diego Rivera y Frida Kahlo conocieron el trabajo de Linares por medio de una galería de arte en Morelos y se harían grandes aficionados de estas figuras, para muestra, véanse las piezas exhibidas en el Museo Anahuacalli, fabricadas por Linares expresamente para el pintor. Sería la cineasta Judith Bronowski quien daría a los alebrijes proyección mundial por medio de la realización de un documental filmado en 1975.

El sueño

Son dos las historias que se cuentan con respecto al origen de estas criaturas. Quizás la que mejor corresponde con el halo de ensueño, revelación y epifanía que tanto gustan en nuestro país es la que cuenta que un día Pedro sufrió un desmayo que lo sumergió en un profundo sueño, en donde se vio en un escenario rodeado de naturaleza.

Mientras caminaba, nubes y rocas tomaron extrañas formas: burros alados, leones con cabeza de perros, gallos ataviados de cuernos bovinos. El hombre siguió andando entre aquellas apariciones hasta que se encontró con un señor, quien le indicó el camino para salir de aquél lugar. Al despertar, se encontró con que su familia lo estaba velando, pues había sido tan profundo su letargo, que le creyeron muerto.

A pesar de que ha habido esfuerzos por encontrar el origen de la palabra “alebrije”, algunos más descabellados de otros, una vez más la versión más aceptada es la del sueño: las criaturas repetían una y otra vez al artesano la palabra “¡alebrije!” “¡alebrije!”, nombrándose.

La técnica

Fabricados sobre una estructura de alambre o carrizo recubierta por cartón, papel y un acabado con pinturas, los alebrijes se popularizaron y extendieron por el país, logrando nuevas formas de creación al encontrarse con otras manifestaciones culturales.

En Oaxaca, la técnica desarrollada por Linares se encontraría con el tradicional tallado sobre madera de árbol de copal. Introducida en 1980 al estado, la técnica sobre copal fue perfeccionada por Manuel Jiménez, artesano de San Antonio Arrazola. Hoy los alebrijes se fabrican sobre pino, ocote y cedro y se considera “de buena suerte” tener una de estas piezas en casa.

Así, los alebrijes no son sólo criaturas soñadas hechas esculturas, en su técnica llevan la tradición de las piñatas, de la fabricación de máscaras de carnaval, de los papalotes, y allá donde han llegado, han sabido entretejerse con las técnicas locales. En un país siempre sincrético, amante de las leyendas y de lo colorido, que vive la muerte de forma única en el mundo producto de sus raíces indígenas nunca exterminadas del todo, los alebrijes son monstruos y guardianes.

Como toda manifestación de arte popular, los alebrijes son resistencia a la presión de unificación cultural de occidente y han prevalecido a lo largo de los años formando parte ya del imaginario cultural nacional.

Arte para el mundo

Linares fue galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 1990 por su aporte a las artes y tradiciones populares. Desde 2007, el Museo de Arte Popular organiza en la Ciudad de México un desfile en donde distintos artesanos y talleres se dan cita para realizar una pasarela de monstruos de proporciones imposibles, colores psicodélicos y gestos aterrorizantes.

El desfile de los “alebrijes monumentales” parte del Zócalo y termina en el Paseo de la Reforma, por donde se detienen para ser admirados por los miles de asistentes.




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