Mundo Obrero

42 ANIVERSARIO//TRIBUNA ABIERTA

Agustín Tosco: el hombre del mameluco

Y de pronto, lo esperado, algo azul trepa la cima. Son todos los mamelucos, que corren como la brisa, y salen de todas partes y se acaba la mentira y van o mueren cantando, cada cual tasa su vida. (José Carbajal-Los Olimareños)

Leónidas Ceruti

Historiador

Domingo 5 de noviembre | 00:00

Cuando desde el gobierno de Macri, se impulsa una Reforma Laboral, retrógrada, reaccionaria, que ataca las conquistas de la clase obrera, se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de Agustín Tosco, el 5 de noviembre de 1975, cuando se encontraba en la clandestinidad, porque el gobierno de Isabelita Perón había decretado su detención, la Triple A lo había condenado a muerte y su gremio Luz y Fuerza había sido intervenido por el Ministerio de Trabajo.

Pensamos, que por la dimensión de su figura, merece que lo recordemos en distintos aspectos de su vida, y eso es lo que intentaremos. Para eso hagamos un ejercicio de memoria de algunos aspectos de su vida.

Fue un dirigente sindical combativo, clasista, honesto, solidario, democrático. Hizo un culto de la Unidad, y el respeto a la Pluralidad de ideas, posiciones, y acciones

Mantuvo su militancia y demostró entereza cuando fue perseguido y detenido en varias ocasiones, hasta que la muerte lo encontró en la clandestinidad, cuando tenía orden de captura dictada por la presidenta Isabel Martínez de Perón y estaba condenado a muerte por la Triple A. “Fui detenido por primera vez en Misiones, durante una semana de 1957, por una huelga en defensa de los compañeros de Luz y Fuerza. Luego todo empezó en el 69. Me detuvieron por 48 horas, días antes del Cordobazo, en el barrio Clínicas. Después del levantamiento estuve preso siete meses en La Pampa y en Rawson. Más tarde fui detenido otro par de veces; una vez que atacaron el sindicato a balazos, y luego del Viborazo, en abril del 71, lo que motivó mis once meses en Devoto y el resto en Rawson”.

A pesar de todo eso, no pudieron quebrarlo, no se vendió, ni se alquiló a los patrones y políticos del poder económico.

Se definía como “marxista-socialista”, “los fundamentos que tengo están elaborados en base al materialismo dialéctico, y en lo político estoy por la unidad de las fuerzas de la distintas tendencias, sin discriminaciones ideológicas”.

Se pronunció por una sociedad sin explotadores ni explotados, con posiciones antiimperialistas, antidictatoriales e internacionalistas.

Ante la consulta de ¿Cuál revolución es la que propugnaba?, no vaciló en responder: “En realidad la única revolución posible es la que cambie la propiedad de los medios de producción y de cambio, ahora en manos de entes privados y privilegiados, para colocarlos en manos del pueblo. Es la revolución socialista, con sus características y su desarrollo histórico según las condiciones nacionales de cada país”.

Y para que no quedaran dudas de sus posturas declaró “nosotros queremos rescatar los medios de producción y de cambio que están en manos de los consorcios capitalistas -fundamentalmente de los monopolios- para el pueblo. Nuestro punto de vista es que deben desaparecer las clases y que debe existir una clase: la de quienes trabajan. Y no como ahora, que existen: la de los explotados que trabajan y la de los explotadores que sólo viven del esfuerzo de los demás”.

Acordó con dirigentes sindicales con los cuales tenía serías diferencias, la convocatoria al paro con movilización del 29 de mayo de 1969, que culminaría en el Cordobazo. Compartió con los comunistas la construcción de la Comisión Nacional Intersindical y el Encuentro Nacional de los Argentinos, apoyó la candidatura peronista de Atilio López para la vicegobernación de Córdoba en 1973, impulsó y participó en los Plenarios Antiburocráticos junto a numerosos gremialistas combativos, y se sumó entusiastamente a los Congresos del Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS), que impulsaba entre otros el ERP-PRT. En tanto que su abogado y amigo fue el radical Hipólito Solari Irigoyen.

Uno de los principales ejes de su accionar en el gremio, fue la práctica de la Democracia Obrera, y la definió sin dejar dudas: “Ya sea en el terreno institucional, en el de la resistencia e incluso en la clandestinidad, no hay otra relación posible que la democracia de bases. Es decir el contacto directo entre los trabajadores y sus representantes o dirigentes. La concienciación a nivel de bases. La reciprocidad del intercambio de opiniones. Las asambleas generales, las de sectores, las de unidades de trabajo. Claro que hay diferencias para una situación institucional, de resistencia o de clandestinidad. Pero en definitiva en el terreno del sindicalismo, nada es válido, sin la democracia de bases y la consecuente reciprocidad entre las bases y las direcciones. En todos los casos de manera tal que las bases sean las que decidan como protagonista de la vida y de los objetivos de su organización”.

Enfrentó y denunció a los burócratas sindicales, a quienes en aquellos años sesenta y setenta se los llamaba “participacionistas, colaboracionistas o adaptacionistas”, que se movían en forma dependiente y referencial al poder empresarial, político o militar. Supo decir que eran “los que esperan que crezca el costo del nivel de vida para pedir aumento de salarios” y que terminaban conformándose en la práctica con el aumento de salarios que la Secretaría de Trabajo o el Ministro de Economía autorizaban.

“Las victorias más importantes y valiosas son las que se obtienen sobre las propias debilidades. A partir de allí todo es posible. Lo que va contra uno mismo, lo que choca contra el propio ser es lo que destruye. Por eso también Ulises Mc Daniel desde la prisión de San Quintín, se afirmaba así mismo al exclamar: "Si alguna vez quebraran mis troncos / o claudicara junto a mis Compañeros / Este juramento me matará". (Penal de Villa Devoto, 19 de diciembre de 1971)








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