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DOSSIER MEDIO AMBIENTE // TRIBUNA ABIERTA

Agroquímicos: un modelo que ahora hasta inquieta al vecino

Con la discusión en torno al impacto sanitario que origina la utilización masificada de plaguicidas en pleno auge, es necesario volver a reafirmar objetivos hacia adelante ante un modelo de producción que recurre cada vez más a soluciones químicas para potenciar rentabilidades.

Patricio Eleisegui

@Eleisegui

Viernes 22 de julio de 2016 | Edición del día

En ese sentido, buena parte de lo que investigué mientras escribía mi libro Envenenados (2013, Wu Wei) no hace más que retratar un momento que, desde entonces a hoy, viene cambiando con toda celeridad.

En principio, por un aumento en el debate en torno al uso de agroquímicos cerca de zonas pobladas -que por fortuna está dejando de ser una bandera privada del ambientalismo más cerrado para ser tema hasta en el almuerzo del vecino-, y también por una serie de cambios en la estrategia comercial de las empresas que se benefician con el modelo de producción vigente.

Apremiados por el contexto, pero también con certezas de contaminación, afectados en cada una de las provincias que sufren el flagelo de las fumigaciones han mutado de individuos a organizaciones con amplio poder de convocatoria y capacidad de difusión.

Lo que me resultó complejo mientras iniciaba el proceso de producción de Envenenados, hace más de tres años, ahora es más sencillo de ubicar: datos estadísticos, relevamientos, voceros informados, casos ubicables.

Pero, por supuesto, esto merced a la voluntad de los nuevos colectivos que se consolidan acá y allá. Se ganó una visibilidad social que, y esta debe ser la apuesta permanente, tiene ahora la posibilidad de ejercer una presión más amplia sobre el sector que sostiene y, en paralelo, se alimenta de la estructura agrícola imperante: el político.

Ya el germen de la incomodidad está llegando a los átomos. Sorprende cómo se multiplican los municipios que fijan criterios de distancia para las pulverizaciones o concretan relevamientos de personas con problemas de salud derivados del contacto con agroquímicos. Hay una esperanza grande en una generación de directores de medioambiente que entienden que lo que nos mata ya no es la casualidad.

En el intermedio de una confrontación ya declarada se ubica, lamentablemente, buena parte de del sector médico. Dotados con el conocimiento suficiente, atentos a la evolución sanitaria de las poblaciones que habitan, los profesionales de la salud acabarían con cualquier argumento pro pesticidas de la mano de una denuncia masiva que, estoy seguro, podrían sostener sólo con los casos que atienden a diario.

Porque la consolidación del cáncer como principal causa de muerte, la proliferación de alergias, problemas en la piel, los abortos espontáneos, o el incremento en las malformaciones, es algo que ya no se discute en nuestras poblaciones. Pregúntenle a cualquier vecino si no. Si no le pasó, no sabe de o no conoce a nadie con.

Pero el pronunciamiento total se hace esperar. Y eso sí que no ha cambiado desde que inicié el trabajo con Envenenados: abundan los médicos que “off the record” no dudan en vincular determinada enfermedad con la contaminación con agroquímicos pero que, luego, piden que no se los mencione “para evitar problemas”.

De esta manera, la certeza vuelve únicamente a quedar a disposición de quienes siguen con total atención la problemática. Se pierde lo que se necesita: integrar. Democratizar la polémica.

Justamente, esta condición restrictiva, este sé pero no lo firmo, es la arista que alienta al sector de las decisiones, el político, a seguir enarbolando aquello de que no hay evidencia científica que pruebe que tal químico está matando a la población que gobierna.

Los beneficiarios ya los conocemos: dirigentes comunales, provinciales y nacionales. Pero, ante todo, el gran ganador es el sector privado y las compañías que se ocupan del desarrollo y comercialización de los productos en cuestión. Que, claro está, también captan el mensaje de resistencia en crecimiento y diseñan nuevas estrategias para mantener el status millonario del negocio.

Una de sus acciones concretas es buscar nuevos mercados para llegar con algo más que soja, maíz o algodón, los cultivos que hasta ahora motorizan la venta local de agroquímicos.

De ahí que se impulsan tratativas para, por citar un caso, captar a más clientes en China, India, y todos los países del sudeste asiático, con activos que van desde la carne proveniente de feedlot -ganado cuya alimentación consiste, básicamente, en balanceados de soja y maíz- hasta hortalizas, pasando por legumbres y frutales.

Con la rentabilidad como bandera, los productores observan en el desarrollo de otros cultivos una posibilidad de salir de la dependencia de una soja que a largo plazo será menos demandada -China informó que hacia 2030 incrementará 15 por ciento sus importaciones de la oleaginosa, mientras que elevará 80 por ciento las de carne vacuna y porcina-.

A su lado, las proveedoras de insumos químicos se frotan las manos porque la ampliación de mercados les permitirá colocar otra parte de su arsenal de desarrollos mientras que, en paralelo, bajará el tono en torno a la utilización de pesticidas condenados públicamente como el glifosato, el 2,4-D o la atrazina.

Nuevas alianzas comerciales abren, además, otras oportunidades en el ámbito de la transgénesis, cuyo mayor atributo está precisamente en ser funcional a la aplicación de agroquímicos. En otras palabras, impulsarán la experimentación y el desarrollo de otros paquetes tecnológicos.

En definitiva, todo esto no hace más que exponer el carácter vivo y en transición hacia otro estadio que presenta desde el modelo de producción consagrado hasta el debate en torno a sus características. La posición de gobiernos y beneficiados privados es clara: de ser necesario, se cambiará. Pero para que nada cambie.

En la vereda de enfrente, la labor y la perspectiva de los colectivos y organizaciones que se multiplican dando a conocer el impacto de las fumigaciones. La diferencia hacia uno y otro lado ya la hace un sector médico que si omite favorece lo dominante, mientras que podría inclinar la balanza para el lado de la mejora sanitaria con la simple acción de hacer público lo que comunica en privado.

Nunca, desde 1996 a la fecha, ha habido una paridad en las fuerzas de los sectores que se enfrentan. Pero, por primera vez en veinte años, la salud de la población cuenta con alternativas y espacios para recuperar una fracción de la seguridad pérdida a manos de la ganancia económica. Ojalá se contagie el compromiso para saber potenciar este presente.

*El autor es periodista especializado, autor de los libros Envenenados y Fruto de la desgracia, y productor de documentales sobre la problemática para Francia e Italia.







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