Cultura

ARTÍCULOS DE JEAN VAN HEIJENOORT

África del Norte: Una lección de democracia

Artículo escrito por Jean Van Heijennort bajo el seudónimo de Marc Loris en diciembre de 1942 donde denuncia cómo se demuestra claramente la falacia del enfrentamiento entre "democracia" (aliada) y "dictadura" (el Eje) de la política imperialista norteamericana.

Viernes 30 de marzo | Edición del día

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Diciembre 1942

Marc Loris (1)

Basándose en un análisis del sistema económico y la estructura social de las grandes naciones modernas, los marxistas señalaron a la guerra como una guerra imperialista. La civilización capitalista sobrepasó su apogeo y las dos grandes guerras mundiales representaron tentativas desesperadas del imperialismo por emerger de una situación sin salida. La tarea de aquellos que quieren aportar a un desarrollo superior de la humanidad no consiste en colaborar con esta empresa sin esperanza, sino en plantear los fundamentos de un nuevo orden social.

Esta verdad fundamental estuvo oscurecida por un tiempo por consideraciones superficiales como “la defensa nacional”, “la lucha por la democracia”, “la lucha contra la plutocracia”, etc. Esto corresponde a sentimientos de las masas más bien indefinidos, de los cuales la propaganda gubernamental se apodera, pervierte y utiliza para disimular los verdaderos objetivos de la guerra.

La explicación socialista no debe permanecer sepultada en la cabeza de algunos revolucionarios. A pesar de todos los acontecimientos de la guerra, cada hecho importante ya sea en el plano militar o en el la política exterior e interior confirma el análisis socialista.

El más reciente de estos hechos fue la invasión a África del Norte. Es importante porque es la primera gran ofensiva emprendida por el más poderoso de los beligerantes. Precisamente un hecho de esta importancia nos puede ayudar a ver el carácter real de la guerra.

Interrumpiendo las informaciones al público norteamericano, el 7 de noviembre, Roosevelt anunció que las fuerzas norteamericanas habían desembarcado en África “a fin de prevenir una invasión de África por parte de Alemania e Italia”. Ni Roosevelt ni ninguna otra fuente dieron detalles sobre los preparativos de la invasión que podría realizarse.

Aparentemente, incluso el conservador New York Times se sintió obligado a dar a esta historia el título de “Los Estados Unidos enfrentan la amenaza”, poniendo entre comillas la palabra “amenaza”.

Roosevelt debió repetir la fórmula de Hitler, que invadió Noruega para “prevenir una invasión de Inglaterra”. ¿Pero qué es lo que justifica las resonantes acusaciones contra la “mentira” de los nazis? Examinemos un poco más de cerca los preparativos de la operación militar en África del Norte. La actitud conciliadora del gobierno norteamericano con respecto a la clique de Vichy fue por mucho tiempo el objeto de crítica de los liberales que estaban asombrados por el “enigma del departamento de Estado” Al día siguiente de la invasión a África del Norte, el secretario de Estado, Cordell Hull(2) , se apresuró a develar el misterio. Indicó los diversos objetivos de la política norteamericana: con respecto a Vichy, y sobre todo, de mantener relaciones diplomáticas. El primer objetivo era: “La posibilidad para el gobierno norteamericano de obtener semana a semana informaciones altamente importantes virtualmente del interior del territorio controlado por Alemania y África del Norte, concerniente a las actividades subversivas del Eje y las otras fases importantes de la situación internacional”.

El último objetivo era:

“Finalmente, el más importante, preparar el terreno para la forma más eficaz posible para planificación y el envío de una expedición militar en el Mediterráneo occidental y ayudar a los movimientos que apoyan las operaciones británicas situados más en el este “.

Así, el secretario de Estado, Cordell Hull, se jactaba de que los representantes diplomáticos norteamericanos en el territorio de Vichy hacían un trabajo de Quinta Columna. Igualmente reveló a Londres que los grupos de espías de Marruecos habían estado “en contacto con los británicos en
Gibraltar para la mediación de funcionarios norteamericanos en África”.

Por supuesto, ni se nos ocurre indignarnos de todo esto. Los medios utilizados por Washington fueron impuestos por la severa lucha que llevó contra Berlín: el objetivo no era otro que la dominación del mundo. Por ello es precisamente que esos medios eran exactamente los mismos que los de Hitler. Esta idea tan simple y tan clara nos obliga a decir: todas las consideraciones “morales” por medio de las cuales uno u otro campo intenta disimular sus objetivos no son más que mentiras.
La similitud de los métodos nos muestra la similitud de los objetivos imperialistas.

Antes de la invasión a África de Norte un portavoz del Departamento de Estado declaró:

“Los envíos norteamericanos de víveres a los nativos de África del Norte nos dieron la posibilidad de situar en esta zona, además de nuestros cónsules y funcionarios en sus puestos, a una veintena de norteamericanos que conocían perfectamente el francés y que estaban formados para desarrollar buenos sentimientos hacia los Estados Unidos”.

Durante más de tres años la radio y la prensa norteamericana utilizaron páginas y kilowatts de indignación para con los métodos de infiltración nazi. Su indignación moral debió buscar otros objetivos. Si los alemanes sabían como utilizar el “turismo”, los norteamericanos no tenían
menos práctica en lo que se refería a la “filantropía”. Un poco más de cinismo de un lado, un poco más de hipocresía del otro: tal era la única diferencia entre los “métodos fascistas” y los “métodos democráticos”.

Algunos días antes del desembarco en África del Norte, el New York Times recordaba todavía el carácter “infame” de la misión Kuruzu(3), que había llevado a cabo los planes de Japón para su ataque en el Pacífico. A partir de ahora el Times y sus colegas debieron cuidarse más en lo que respecta a la reserva de su indignación moral, a menos que ellos sugirieran una interesante comparación con los actos recientes del servicio diplomático norteamericano en África del Norte.

¿Fascistas demócratas o demócratas fascistas?

Cuando el Secretario de Estado Cordell Hull reveló el secreto de la política norteamericana con Vichy, subrayó que era ahora evidente que Washington no tenía ninguna inclinación hacia la clique de Vichy y manifestó cierto desdén hacia los norteamericanos menos inteligentes que fueron incapaces de comprenderlo desde el principio. El periodista presente notó que:

“Es evidente que el secretario gozaba de un vivo placer al replicar a los numerosos críticos de la política de administración en este dominio en el transcurso de los dos últimos años”.

El Departamento de Estado igualmente reveló que:

“Las relaciones con Vichy no fueron mantenidas a causa de cierta simpatía hacia los dirigentes de Vichy y los Estados Unidos no cesaron de manifestar su desprecio para con los franceses que jugaban el juego alemán”.

Pero el “vivo placer” del señor Hull al responder a las críticas de la administración, debía ser de corta duración pues mientras que Hull hablaba con Washington, los representantes de Estados Unidos en Argel casi no mostraban su “desprecio” a ciertos franceses que jugaban el juego alemán,
como por ejemplo el almirante Darlan y su clique. Al “escándalo de Vichy” le sucedió el “escándalo Darlan” de una dimensión infinitamente mayor.

Darlan era jefe de la Marina, nombrado por Daladier. Durante la debacle de 1940, este “demócrata” ni siquiera pensaba en un acuerdo con Hitler, luego se une a Pétain, deviene después en ‘Jefe de gobierno” en Vichy y “heredero” de Pétain. Para encontrar más fácilmente un lenguaje común con Hitler, sometió a Francia a un reinado de terror.

Este anciano demócrata devino fascista y devino en demócrata ex-fascista, y se desempeña, como nos lo aseguró el 18 de noviembre el mayor Akers, como uno de los jefes militares norteamericanos en África del Norte para “Liberar” a Francia.

Aunque obligados a omitir episodios instructivos, vamos a intentar seguir la metamorfosis de Darlan, de carcelero a libertador. Es una historia verdaderamente fantástica para quienes conservan las ilusiones en la democracia burguesa. Pero los hechos son los hechos.

Durante los primeros tres días, las informaciones eran confusas y raras. El lunes 9 de noviembre, el día siguiente al desembarco, mientras los combates continuaban en Orán y en Marruecos, se reportó que una amnistía había sido firmada en Argel y “aprobada” por Darlan que se encontraba en Argelia cunado llegaron las tropas norteamericanas.

El martes 10 de noviembre, fuentes norteamericanas aseguraban que “el almirante Darlan, jefe de las Fuerzas Armadas de Víchy, estaba del lado de los aliados en Argel, hospedado por un general norteamericano que lo trataba conforme a su posición”. En realidad, el mismo día, Berlín ya había anunciado que “Darlan había dado su visto bueno a las Naciones Unidas”. El anuncio oficial por la comandancia norteamericana en África no llegó antes de los cuatro días. El 11 de noviembre la radio de Vichy, bajo control alemán, dio a conocer el texto de un llamado lanzado por el “prisionero” Darlan”, diciendo: “Asumo la autoridad del África del Norte en nombre del Mariscal... los organismos políticos y administrativos permanecerán tal como hasta ahora”. El lado norteamericano no confirmó esta información, que luego se demostró auténtica.

El viernes 13 de noviembre, Darlan difundió otra proclama anunciando que asumiría la comandancia de África del Norte, la cual terminaba de esta manera:

“Todos los gobernantes y residentes deben quedarse en sus puestos y continuar su administración conforme a las leyes existentes... ¡Viva el Mariscal!”

Esta proclama provenía también de Vichy, pero sin ningún comentario norteamericano. De hecho cuando el general Eisenhower,* comandante norteamericano en África del Norte, fue interrogado sobre Darlan el 10 de noviembre, comentó: “Se debe entender que el desarrollo político no tiene ningún lugar hoy dentro de los hechos militares”.

Berlín y Vichy, como vemos, estaban muy bien informados de cada una de las iniciativas de Darlan y el secreto conservado por la comandancia norteamericana no hubiera tenido por qué privar de informaciones al pueblo norteamericano. Admitimos que el nuevo acuerdo Darlan era bastante difícil de poner en marcha. El 14 de noviembre llegó finalmente el anuncio oficial de la comandancia norteamericana que “Darlan y Eisenhower actuarían en cooperación para la defensa de África del Norte” ‘No es por nada que el New York Times, que decididamente sabía utilizar las comillas, llamó a Eisenhower el comandante en jefe del “Ejército de liberación”. Mientras Darlan, asumía, cada vez más, funciones gubernamentales. Había cambiado de maestro pero no de métodos: uno de sus colaboradores anunció que él había dispuesto “poner fin a todas las manifestaciones”.

El 16 de noviembre se informó que Darlan había “creado un cuerpo legislativo para la asistencia”. ¡Hurra por la democracia! Se indicó que Gastón Bergery(4) , embajador de Vichy en Turquía, se aliaba a Darlan, así como también Flandin y Pucheu. Flandin era un político reaccionario que había sido por poco tiempo el ministro de los asuntos extranjeros de Pétain. Pucheu, en tanto que ministro del interior de Darlan, había aprisionado a miles de franceses opositores al nazismo y había ayudado a los alemanes a elaborar las listas de aquellos que debían enfrentarse al pelotón de ejecución nazi.

Ya en ese momento el escándalo había alcanzado proporciones verdaderamente peligrosas para el campo anglonorteamericano. El mito democrático tan necesario para los imperialistas, estaba seriamente desacreditado. Roosevelt debió intervenir y, el 17 de noviembre, hizo una declaración que no cambiaba nada, pero que consoló a los que querían ser consolados. El corazón de esta declaración era que los Estados Unidos harían “un acuerdo temporal” con Darlan, pero la declaración dejaba un velo de duda sobre qué significaba “temporal”: o soló durante los breves los combates reales en África del Norte o hasta la conclusión final y la paz mundial. En todo caso, el régimen de Darlan estaba en África del Norte por un período indefinido.

Los liberales, asustados por el abismo abierto con el escándalo Darlan, saltaron sobre la declaración de Roosevelt, pensando sólo una cosa: cerrar los ojos, ya que la realidad mostraba sorpresas muy desagradables.

El comentario final sobre la declaración de Roosevelt vino en un comunicado de África del Norte fechado el 18 de noviembre, anunciando que “dentro de lo posible, la administración local será confiada a las mismas personas que estaban encargadas antes de la campaña”. Como la cabeza de la administración de África Central era la misma que antes, a saber, Darlan, cada uno podía ver el gran cambio producido de su paso desde el fascismo a la democracia.

Notemos aún cómo los jefes militares norteamericanos explicaban su acuerdo con Darlan. El 15 de noviembre el general Clark*, adjunto de Eisenhower, expresaba su “placer” de tratar con Darlan y desmintió todo “proyecto de injerencia en los asuntos franceses”. Eisenhower, él mismo, ya había previamente declarado para explicar sus acuerdos con Darlan que “el desarrollo político no es una apuesta en la actualidad”. Mantener a Darlan en la función donde estaba fue justificado con “una abstención de la política” y sobretodo una abstención a la injerencia en los asuntos franceses. ¡Qué hipocresía!

Una burguesía sin perspectiva

La invasión al África del Norte y la política norteamericana provocaron una nueva división en la burguesía francesa. Ésta ya estaba dividida en dos frentes: los collabos, ellos mismos divididos entre París y Vichy, y los gaullistas. Un tercer grupo acaba de aparecer: los darlanistas. La cuestión de las perspectivas de la burguesía francesa fue planteada una vez más. Para intentar analizarla hay que remontarse al pasado.

Es imposible comprender cualquier cosa de la historia de Francia de estos últimos años, sin partir del hecho fundamental que en junio de 1936 ese país estuvo en el umbral de la revolución proletaria. La ofensiva revolucionaria fue impedida por los dirigentes traidores de los obreros, los
Jouhaux, Blum, Thorez, y gracias a ese pérfido instrumento, el Frente popular. Pero si la burguesía francesa estaba momentáneamente salvada de esta prueba, se quedó inválida, sin perspectiva de futuro, como un barco que escapó de la tormenta pero que perdió su timón.

Así es que ésta entró en una guerra donde no tenía nada que ganar y todo que perder. La debacle militar hizo que se agravara la confusión. Aterrorizada por la rápida victoria de Hitler, tuvo que abandonar su tradicional actitud de oposición a Alemania. El gobierno de Vichy se comprometió a “colaborar”. De conjunto, la burguesía lo siguió pero sin entusiasmo. Por un lado, una minoría deseaba colaborar más activamente con Alemania. Por el otro, una minoría menos ruidosa, que creció bastante rápido, con los ojos fijos en Inglaterra y Norteamérica. La mayoría sólo pensaba en el día a día, comprometiéndose lo menos posible y esforzándose en salvar lo que podía salvarse. Económicamente la mayoría de la burguesía se había puesto a trabajar por Alemania; pero la pobreza económica y las incertidumbres en cuanto a la victoria final de ésta, impidieron a los partidarios de Pétain abrir en esa dirección una perspectiva a largo plazo, para crear una política consistente, capaz de unir a toda la clase y de abrir una esperanza.

En tal situación de crisis y desintegración, con todos los valores tradicionales destruidos, mientras que la clase no tiene ninguna perspectiva general unificadora salvo la deriva, consideraciones momentáneas se apoderan de ella. Cada uno interpreta el interés nacional a su manera y todo cambia en la situación militar, provocando saltos de un bando a otro: las “traiciones”. Después de la desaparición de la dinastía imperial en 1911, los generales chinos se hicieron célebres en el mundo entero por la manera en que supieron cambiaron de bando. También nosotros tomamos a los generales y sobretodo a los almirantes franceses para ilustrar este fenómeno.

La “crisis de conciencia” de Darlan no pareció durar más que 12 horas. El sábado 8 de noviembre a la mañana, envió soldados y marinos franceses a morir en manos de los norteamericanos y en la noche, hizo “un acuerdo” con los norteamericanos como había antes “colaborado” con los alemanes. Pro-alemán y pro-fascista en el desayuno, pro-norteamericano y democrático al ir a la cama en la noche.

Tres o cuatro facciones se disputaban el derecho de hablar en nombre del “interés nacional”’ Pero era un juego peligroso ya que revelaba a las masas francesas, dentro de sus capas más profundas, la desintegración de la conciencia política de la burguesía francesa, su incapacidad de jugar un
rol dirigente, y preparó la conciencia de las masas para un derrocamiento total de la sociedad capitalista.

Según las normas de los “demócratas” burgueses, el régimen de África del Norte debería haber sido un gobierno gaullista. Hace un tiempo, un político amateur escribía sobre “la clique monárquica francesa libre de De Gaulle, que huele tan feo que Washington teme reconocerla plenamente
por temor a unir la simpatía francesa a la causa aliada”.

¡¡¡Todo el mundo era testigo de la preocupación decente de Washington y su respeto por los sentimientos del pueblo francés!!! De hecho, en la época actual de la conciencia de las masas francesas, el régimen de De Gaulle responde más a los deseos de la democracia burguesa que el régimen Darlan.

Pero la instalación de un gobierno de De Gaulle no podría ser posible en África del Norte porque a una lucha política contra los dirigentes de Vichy, se le respondería con una acción militar. Esta pudo constituir una invitación a la insubordinación de las tropas francesas contra sus jefes pro-fascistas.

También si esta revuelta hubiera tenido lugar en nombre del patriotismo y de la democracia, se hubiera creado un precedente peligroso. Además, el patriotismo militante del movimiento de De Gaulle corría el riesgo de entrar en conflicto, de un momento a otro, con los intereses norteamericanos, mientras que el servilismo cínico de Darlan ya había demostrado su docilidad en su experiencia con los nazis. La conclusión general es que la democracia, incluso la burguesa, es la última cosa que cuenta dentro de los “acuerdos” imperialistas.

Last but not least [por último pero no menos importante, NdT], no debemos olvidar que todo esto no sólo se produjo en Francia sino también en África del Norte, un país colonial donde los franceses eran una pequeña minoría dentro de una población de 15 millones de árabes, ferozmente explotados por el imperialismo francés. La idea más avanzada de Roosevelt era aportar a los pueblos de África del Norte, “las cuatro libertades”. Un comunicado de Orán, el 15 de noviembre, nos decía que “las tropas francesas que cooperaron con los norteamericanos ahicieron un raid contra un pueblo cercano a Orán para retomar las armas de las cuales se habían apoderado los árabes en la confusión y en los recientes campos de batalla”. Se puede fácilmente comprender que la comandancia norteamericana no tenía nada más urgente que hacer que llegar a entenderse con los grandes procónsules imperialistas como Paul Nogués, Jean-Paul Esteva e Yves Chatel(5).

Aún mejor, es posible que después que Darlan haya dado lo que pueda dar, los norteamericanos lo dejen caer. Los liberales escribieron que al fin la democracia había triunfado. Es útil aclarar que, aunque Darlan se fuera, la administración imperialista francesa seguiría siendo la misma, así es que no era necesario que el acuerdo Darlan coronara la operación.

Todo se pone en su lugar

La colaboración de los norteamericanos con Darlan tuvo profundas repercusiones no sólo en Francia, sino en toda Europa. Con el pasar de los años, millones de hombres conocieron los terribles sufrimientos bajo la bota de hierro nazi. Muchos de ellos imaginaron que la liberación vendría de manos anglonorteamericanas. El primer acto de la comandancia de esas tropas, después del desembarco, fue colaborar con un lacayo del verdugo nazi, que descubrió que algunas horas eran suficientes para pasarse de un bando al otro. El pueblo, que sufre todavía y que lucha contra sus propios Darlan, aprenderá rápido y bien -podemos estar seguros- la lección política dictada por estos hechos despreciables.

Un sindicalista francés, Yvon Morandat, que, exiliado de Francia se radicó en Londres, dijo el 19 de noviembre que “en pocos días el presidente Roosevelt perdió un 75% de su prestigio dentro de las masas francesas” por su acuerdo con Darlan y que “el pueblo francés está consternado e indignado”. Se le puede creer.

El imperialismo anglosajón estaba preso en su propia trampa. Para disimular sus objetivos de guerra, se presentó como el campeón de la libertad contra los nazis. Los crímenes de Hitler dieron una muestra de confiabilidad ante los ojos de las masas. Pero tarde o temprano, ya que la guerra no se propone la liberación sino la dominación, el mito democrático debe hundirse y las masas verán la realidad imperialista. El “liberador”, viene a ofrecer a los pueblos, el carcelero de ayer.

El carácter real de esta guerra va a ser revelado poco a poco a las masas. Las esperanzas se transformarán en indignación y consternación. Las promesas de los dos bandos se revelarán como mentiras. Todo va poniéndose en su lugar. En cuanto a nosotros, dejamos a los demás la tarea de sorprenderse y escandalizarse. Nuestra única arma contra el adversario poderosamente armado, es la verdad. Nuestra fuerza, es apoyarnos sobre la realidad social. Y así podremos alegrarnos cuando las cosas se muestren bajo su verdadera apariencia.

La indignación contra los “demócratas” se tornará inevitablemente también contra los movimientos que hayan sellado su destino político con el imperialismo anglonorteamericano. Incluidos los grupos democráticos pro-aliados y stalinistas.

En todos los países de Europa, la colaboración con Darlan, fuera larga o corta, fue un golpe contra todas las tendencias y facilitó el trabajo a los revolucionarios consecuentes, que jamás le enseñaron a las masas, por su salud, a volcarse hacia un bando imperialista u otro. Las advertencias de los revolucionarios fueron confirmadas, su autoridad no puede más que crecer dentro de las masas.

En detrimento de todos los incidentes iniciales, los dos bandos tomaron posiciones cada vez más simétricas en la escena histórica. Darlan utilizado a su vez por Hitler y Roosevelt, simboliza esta simetría. El “Nuevo Orden” de Hitler reveló su vacío. A los dos lados de la escena, los disfraces se caen. Esto nos dice que se aproxima el último acto, donde aparecerá en escena un nuevo personaje, el proletariado revolucionario.


Notas:

1. Traducción inédita al español de la versión publicada en Cahiers Léon Trotsky N° 65, Institut Léon Trotsky, Francia, marzo de 1999, pág. 69. Fue publicado en Fourth International, diciembre de 1942. Publicado en León Trotsky, La Segunda Guerra Mundial y la Revolución, Obras Escogidas 8, Ediciones CEIP “León Trotsky”-Museo Casa León Trotsky, Bs. As., 2015.
2. Hull, Cordell (1871-1975): fue secretario de Estado de Roosevelt de 1933 a 1944.
3. Kuruzu, Samuro (1888-1954): diplomático japonés que visitó EE.UU. para tranquilizarlo sobre las intenciones pacíficas de su país en vísperas del ataque de Pearl Harbor.
4. Bergery, Gaston (1892-1974): diputado radical francés, yerno del bolchevique Krassin, iniciador del Frente único, embajador durante Vichy.
5. Noguès, Paul (1876-1971): residente en Marruecos desde 1936, el almirante Esteva, Jean Paul (1880-1951): en Tunez desde 1940, y Chatel, Yves: nombrado por Pétain, criatura de Darlan, gobernador general de Argelia.








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