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Adiós a Linda Nochlin, pionera en la historia del arte feminista

El 29 de octubre falleció la autora del célebre ensayo ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?, obra basal en el cuestionamiento a la historia androcéntrica del arte.

Soledad Schönfeld

@arsfemina

Martes 31 de octubre | Edición del día

Linda Nochlin falleció a los 86 años, tras más de cinco décadas de invalorables contribuciones al mundo del arte y la cultura. Se desarrolló como teórica, profesora, escritora e historiadora y sus aportes lograron poner en jaque la hegemonía del relato oficial que desde tiempos inmemoriales estableció una historia del arte en masculino.

Si bien ha sido una referente ineludible en estudios acerca del impresionismo, el post-impresionismo y el realismo (en particular, en torno a la obra de Gustav Corbet) se ha destacado como autora en publicaciones que vinculan arte y género, como Mujeres, arte y poder y otros ensayos (1988), Mujeres en el siglo XIX: categorías y contradicciones (1997) o Mujeres que representan (1999). Es posible reconocer en Linda Nochlin -y aquí no se trata de simples edulcoraciones hiperbólicas post mortem- una voz revolucionaria, una intelectual crítica y sagaz que a partir de su ensayo de 1971 ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas? logró dar paso a un cambio de paradigma y -mediante la desnaturalización de distintos sometimientos a los que la mujer se había visto históricamente ligada- a una reivindicación no sólo de sus derechos sino de su merecido lugar en el campo artístico.

En ese artículo que devino texto fundacional para la historia del arte feminista, Nochlin sostenía la importancia de que “las mujeres se enfrenten a la realidad de su historia y a su situación presente, sin crear excusas ni regodearse en la mediocridad (…) con el valor suficiente para asumir el riesgo necesario, el salto hacia lo desconocido”. Así, se propuso atacar y desmantelar distintas presunciones sobre las que se erigieron los consensos respecto de LA historia del arte, esa que es en singular -y, en consecuencia, unívoca- y en la que las mujeres han sido sistemáticamente excluidas como creadoras pero persistentemente celebradas como musas (o, en términos menos amables, negadas como sujetos y cristalizadas como meros objetos de la mirada androcéntrica).

Nochlin evidenció el modo en que estructuras tanto sociales como institucionales habían imposibilitado el desarrollo de las mujeres a la par de los hombres, independientemente de su potencial o talento. Ejemplo de esto es la desigualdad del acceso a la formación: desde el Renacimiento hasta casi finales del siglo XIX a las artistas mujeres les había sido denegada la concurrencia a las clases de modelo vivo desnudo -bastión de los grandes géneros artísticos- viéndose pues restringidas al trabajo en géneros menores. Esta falta de disponibilidad para la mujer aspirante pone de relieve un aspecto de la discriminación institucional en contra de las mujeres que recae de lleno en el plano de la preparación y no en el de la presunta grandeza innata (masculina, desde ya) que Nochlin intentó desmitificar: “La falta no está en nuestros astros, en nuestras hormonas, en nuestros ciclos menstruales y tampoco en nuestros vacuos espacios internos, sino en nuestras instituciones y en nuestra educación”, sostenía.

En esta línea, Nochlin apuntó fuertemente contra la noción tradicional del genio, demostrando que se trata de una creación cultural cuyo concepto encierra en sí mismo un dominio sexista, ajustado a los estándares occidentales y a la historia oficial patriarcal del arte. El genio se encarna en la persona (nueva rectificación: en el hombre) como un poder misterioso para sostener una estructura elitista y de glorificación individual que opera como un parteaguas dividiendo obras de calidad de obras amateurs, diferenciando actores primarios de actores (¿actoras?) de segunda y oficiando de umbral entre lo ensalzable y lo abyecto.

Linda Nochlin expuso no sólo la opresión detrás de esta categoría sino lo coercitivo y hostil del mundo del arte en general para con las mujeres. Su mirada y sus apreciaciones provocaron profundos cambios en los modos de analizar, investigar y enseñar la historia del arte y de constituir criterios y prácticas curatoriales: no añadiendo nombres propios de mujeres al privilegiado relato masculino sino cuestionándolo, poniéndolo en crisis y estableciendo nuevos modos de narrar.








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