Sociedad

LA IGLESIA DE BERGOGLIO

Abusos: la hora del cura Ilarraz

Se demoró veinte años. Dos décadas, tres papas, cinco presidentes de la Conferencia Episcopal Argentina y tres arzobispos de Paraná tuvieron que pasar para que se siente en el banquillo de los acusados el cura Justo José Ilarraz, sindicado por el abuso de medio centenar de seminaristas de menos de 15 años entre 1985 y 1993.

Julián Maradeo

Periodista

Lunes 20 de abril de 2015 | 09:38

Foto: Análisis Digital

A causa de las denuncias que se acumulaban, en 1995, el ex prefecto del Seminario Menor del Arzobispado de Paraná fue sometido en ausencia a un simulacro de juicio diocesano, cuyo informe final quedó en manos del entonces arzobispo y hoy cardenal emérito, Estanislao Karlic, quien decidió congelarlo, enviándolo a la iglesia San Juan de Letrán, donde funciona el Vicariato de Roma.

Casi tres años pasaron desde que Análisis filtrara los reproches- a raíz de que Ilarraz seguía en actividad en Monteros, Tucumán- de algunas de las víctimas tanto a Karlic como al actual arzobispo de esa diócesis, Juan Alberto Puíggari, quienes han desplegado una especie de doble juego. Por un lado, brindaron tardías y timoratas disculpas públicas; y, por el otro, cerraron los canales de diálogo y aislaron a los denunciantes.

Pero ésta será una semana de alto voltaje. Primero, hoy, a las 9 de la mañana, se realizará una audiencia en el Superior Tribunal de Justicia, adonde llegó el pedido de prescripción de la defensa de Ilarraz luego de que la Cámara de Casación Penal, en noviembre del año pasado, la anulase. Está confirmado que hasta allí irán todas las víctimas. En tanto que mañana, Ilarraz, quien consiguió que la pericia psicológica se pospusiese hasta después de su declaración, será indagado en la causa caratulada “Ilarraz Justo José s/Promoción a la corrupción agravada”.

Sin embargo, aunque tanto desde el Vaticano como desde el Arzobispado de Paraná aseguraron que todo está en manos de la justicia, las denuncias de Gustavo Mendoza, quien renunció a su ministerio, posaron nuevamente la lupa sobre Puíggari. Mendoza, ex alumno de Ilarraz, acusó al arzobispo de obligar a los curas convocados por la jueza Paola Firpo como testigos a que antes se reuniesen con él para adoctrinarlos sobre lo que debían decir. A lo que se sumó otro dato que ya está en manos de la querella: Puíggari envió a curas a las casas de los ex seminaristas y/o víctimas para persuadirlos antes de que sean citados. En este contexto de presión explícita, dejaron los hábitos alrededor de 15 sacerdotes, cifra significativa si se tiene en cuenta que el clero paranaense se compone de un centenar de curas.

Asimismo, se confirmó que se evalúa la posibilidad de que Mario Gervasoni, secretario privado del arzobispo de Paraná, sea investigado por falso testimonio. Anoticiado, Gervasoni quiso defenderse, pero sólo atinó a decir que tiene “la conciencia tranquila”. Según el fiscal Francisco Ramírez Montrull, se abriría una causa paralela.

Las víctimas no consiguen desentrañar qué objetivo persigue Puíggari, uno de los principales representantes del conservadurismo católico argentino que, en Paraná, apaña a la facción local del Partido Popular de la Reconstrucción, creado por el carapintada ya fallecido Mohamed Alí Seineldín. Más aun sabiendo que Karlic, en los cuestionarios escritos que respondieron a principios de este año-también lo hicieron Puíggari y Mario Maulión, arzobispo entre 2003 y 2010-, reconoció que Ilarraz le confesó los abusos y le pidió el perdón canónico.

Pero sus dudas no se estancan ahí. Cuando estalló el caso, en septiembre 2012, como arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio fue uno de los primeros en plegarse a la postura adoptada desde Paraná. No obstante, erigido Sumo Pontífice hizo gestos claros contra la pederastia, al punto que convocó a víctimas, aunque ninguna de ellas era sudamericana. A partir de ese momento, los ex seminaristas que acusan a Ilarraz creyeron que, ante la profusión de llamados-muchos de ellos harto banales- por parte de Francisco, en alguna ocasión serían destinatarios de un respaldo contundente como sucedió, por ejemplo, en el caso Romanones, en Granada (España), donde le manifestó su apoyo a la víctima que denunció los abusos perpetrados por una decena de sacerdotes. No ocurrió.
Entonces, le enviaron la investigación comandada por Karlic hace dos décadas a través del nuncio apostólico, Emil Paul Tschering.

A medida que pasó el tiempo, se convencieron de que no habría ningún gesto contundente ni nada que se le pareciese por parte del Papa ni de nadie de la jerarquía católica vernácula: “Sé que está al tanto del tema-sostuvo una de las víctimas-. Lo que también sé es que pidió que el caso Ilarraz se investigue. Más allá de esas expresiones públicas, no hemos tenido ningún contacto con él. Vemos que él habla, condena la pedofilia, pero a nosotros nunca se nos acercó ni nos llamó. Nos entristece que Bergoglio llame a la abuelita tal por su cumpleaños, lo que ya nos termina pareciendo marketinero”.

En una semana en la que retornarán al centro de la atención, la cúpula católica parece no aprender de la historia reciente que los hechos siguen su propia dinámica, por lo que, sin saber dar un paso atrás, procuran detener el desborde del río con una piedra.







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