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ROSARIO

A un año de la tragedia de Monticas: lejos de haber mejoras

El viernes 24 de febrero de 2017 se produjo el choque en la ruta 33. Estaba trabajando en un bar, al que iba cuando no viajaba a Sanford, donde queda la escuela en la que doy clases en el espacio de Jornada Ampliada. No me gustaba ir al bar, paro me ayudaba a llegar a fin de mes.

Lunes 26 de febrero | 09:02

Como aún las clases no empezaban, en la escuela me permitían agrupar mis horas cátedras y cumplir mi horario en menos días. Así no tenía que viajar tanto.

Cerca del mediodía, en unos minutos libres que tuve, fui a revisar mi celular porque lo había escuchado sonar. Tenía llamadas perdidas de mi abuela, mensajes mi hermana y amigos preguntándome dónde estaba.

En ese momento, veo la noticia por la televisión del bar. Entendí la preocupación de quienes habían estado intentando comunicarse conmigo. Es que todos los viernes, a mitad de mañana tomaba el servicio de Monticas por ruta 33 para ir a trabajar.

El escalofrío que sentí en mi cuerpo aún lo recuerdo. Yo hubiese estado en ese colectivo. Tuve la “suerte” de ser precarizada y tener varios trabajos para llegar a fin de mes. Los que dejaron la vida ahí, entre ellas dos compañeras docentes, no la tuvieron.

A un año de la tragedia, las cosas no cambiaron. La nueva empresa concesionaria sigue brindando un servicio deplorable con la evidente complicidad del gobierno. Colectivos rotos, con goteras, mugre por todos lados, una frecuencia desastrosa que más de una vez nos impone esperas de horas bajo el frío, el calor o la lluvia. Por eso no fue una tragedia. Fue un crimen empresarial con la complicidad del gobierno y las autoridades.

Es a estos peligros a los que nos exponemos cotidianamente quienes tenemos que viajar fuera de Rosario para trabajar. Viajar a pueblos de las zonas donde nos salieron algunas pocas horas de reemplazo o con “suerte” interinas (como Vanesa Castillo) y que las tomamos por el solo hecho de poder sumar antigüedad, porque económicamente no nos rinde. La mayoría de las veces, esas horas, significan solamente cambiar la plata. El costo mensual que tenemos de traslado, es casi el mismo que el pobre sueldo cobramos. Durante el “receso escolar”, ya no aceptan el medio boleto docente y cobran el costo total del pasaje hasta casi llegado marzo. Como si los docentes no iríamos a las escuelas hasta fin de año y, los de menor antigüedad (los que más viajamos), no nos reintegraríamos el 1 de febrero.

Ser docente no es una profesión de privilegiados que laburamos poco y tenemos 3 meses de vacaciones. Es una profesión mal paga, con años de precarización, sin estabilidad, sin formación permanente, en condiciones a veces inhumanas dentro de las escuelas o en los medios de transporte para llegar. Somos miles, millones en esta situación. Vanesa Castillo es un ejemplo. Viajaba casi 100km diarios para dar clases como interina en una escuela de otra localidad. Amó profundamente su profesión y el trabajo con los chicos de Alto Verde, uno de los más castigados de Santa Fe. A la tarde estudiaba, con su hija en brazos en el aula, para poder capacitarse. Cumplió siempre con todo lo que correspondía y mucho más. Cuidó a los chicos de todo lo que pudo. Incluso cumpliendo los protocolos del gobierno contra la violencia hacia los chicos. Finalmente dejó la vida en las inmediaciones de la escuela a manos de un femicida. Murió trabajando, como las compañeras que perdieron la vida en el Monticas.

Con esas sombras, vamos a trabajar todos los días muchos y muchas docentes, en especial remplazantes e interinos. No, no somos privilegiados. Somos trabajadores y trabajadoras de la educación, obreros y obreras de la tiza, que no le importamos ni a los empresarios ni a ningún gobierno. No peleamos solo por salario. Peleamos por la calidad educativa y de vida para los estudiantes y los docentes. Peleamos por nuestra vida y por eso exigimos justicia.







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