Cultura

GESTIÓN CULTURAL

¿A quién beneficia la Ley de Mecenazgo?

Elizabeth Yang

@Elizabeth_Yang_

Domingo 18 de diciembre de 2016 | Edición del día

Hernán Lombardi. Durante su gestión como ministro de cultura en la ciudad, se implementó en la misma la Ley de Mecenazgo. Hoy se discute extenderla a nivel nacional.

 

Según la ley el objetivo es “impulsar, asistir, estimular y/o promocionar expresiones culturales y artísticas” con el aporte privado.

Para este objetivo las obras que estén interesadas tienen que ser declaradas de “interés cultural” por un organismo del estado llamado Consejo Nacional de Mecenazgo, con personalidades destacadas, quienes evaluarán los proyectos según las pautas de un reglamento interno votado por el mismo consejo.

Con un sistema clientelar de amigos del poder, como mínimo es bastante cuestionable el mecanismo por el que se elije la obra a subvencionar, así como también el mismo aporte privado.

¿Quiénes serían y con qué criterio se consideran “personalidades destacadas” en el ámbito del arte y la cultura? Los artículos 6 y 7 plantean una generalidad como que “deben contar con reconocida trayectoria en el ámbito del arte y/o haber demostrado interés por el desarrollo de la cultura nacional y de los pueblos originarios”. Lo que sí podemos afirmar es que la elección no tiene ningún mecanismo democrático en donde los artistas puedan participar.

Además es importante remarcar que el mecenazgo, según esta ley, no es un aporte gratuito, no es una donación privada destinada al arte: “[…] los importes correspondientes a actos de mecenazgo, serán deducibles hasta el límite del veinte por ciento (20 %) de la ganancia neta sujeta a impuesto del ejercicio fiscal de que se trate. Los excedentes que pudieren existir podrán deducirse en los sucesivos períodos fiscales futuros, teniendo en cuenta en cada uno de ellos la limitación porcentual referida” (Artículo 22 de la Ley).

Empresarios y empresas podrán hacer sus aportes y descontarlos de los impuestos anuales.

Es decir que los impuestos que deberían ir a las arcas del Estado y luego a engrosar el presupuesto nacional que se vota en el congreso, el empresario o la empresa podrá desviar el pago a un aporte como mecenas de un proyecto artístico o cultural.
Por supuesto, solo podrá elegir de entre los declarados de interés cultural. Pero por otro lado una obra declarada con ese interés no necesariamente tendrá un Patrocinador o un Benefactor. El artista tendrá que buscárselo. Y aquí es donde aparece un nuevo “actor” interesado en la ley: los productores. Son aquellos que vinculan a los artistas con los “mecenas” y organizan el espectáculo, la obra, el proyecto o el objeto artístico o cultural que sea. Y lógicamente, se quedan con un porcentaje.

En Brasil se llama Ley Rouanet

El antecedente de esta ley está en Brasil, con la Ley Federal de Incentivo Cultural, más popularmente conocida como “Ley Rouanet”, por el nombre del ministro de cultura del gobierno de Collor de Melo, el presidente neoliberal destituido por corrupción en 1992. Sergio Paulo Rouanet es un abogado que, según señaló Horacio González, paradójicamente fue difusor en Brasil de la obra de Walter Benjamin –quien fue uno de los que más profundamente criticó la relación entre arte y mercado– y por ese motivo distinguido con el Premio Goethe.

La experiencia demostró que el 80 % de los proyectos sustentados por esta ley pertenecen a la región centro-sur de Brasil, o sea, la de mayores recursos del país, y en especial corresponden a musicales y artes escénicas.

Un ejemplo emblemático y a su vez patético es la financiación de Rock in Rio a través de la Ley Rouanet, que consigue su productora Rock World. Shows como estos, que no solo son sustentables sino que tienen alto nivel lucrativo, demuestran que la orientación de la ley no es la del incentivo a los proyectos que tienen reales dificultades para ser producidos, sea porque experimentales, o pertenecen a regiones con menos recursos y apoyo a la cultura.

Así, tanto en Argentina como en Brasil, la ley es usada para desviar pagos de impuestos que deberían ir al presupuesto de la nación, y encima con la ventaja de que pueden ser Patrocinadores si “relacionan su imagen o la de sus productos con el proyecto patrocinado”. O sea el proyecto cultural o artístico serviría a las empresas para promocionar su producto.

En resumen, una ley que es presentada como para apoyar financieramente al arte y la cultura, termina siendo un desvío de impuestos que beneficia a las empresas y a las productoras (muchas veces montadas por las mismas empresas con el fin de quedarse con un porcentaje del negociado) para la realización de espectáculos que son muy rentables por sí mismos y no necesitan de ninguna ayuda.

Los más perjudicados son los artistas y la cultura. Los artistas porque salvo que sean famosos no son los elegidos para patrocinar o beneficiar, y además no intervienen en ningún nivel de decisión democrática. Y la cultura, porque un porcentaje de ella queda en manos privadas que solo les interesa la ganancia.

Qué otros objetivos se trae la ley

Revisando el Blog de Alicia de Arteaga, que no puede ser tildada de filántropa del arte, es posible encontrar en la Ley de Mecenazgo un objetivo aún mayor o más lucrativo en términos capitalistas. Allí nos explica que “ha llegado la hora de reactivar un mercado de arte anémico y levantar la cotización de nuestros buenos artistas”.
La queja principal es que las obras de arte de argentinos famosos o emergentes, para valorizarse en dólares (aclaremos de nuevo que no estamos hablando de valores artísticos sino del mercado contante y sonante) tienen que irse a mercados extranjeros.

Y nos da el ejemplo de una pintura de la brasileña Beatriz Milhazes, que se cotiza en 2 millones de dólares, similar a otra obra del uruguayo Torre García. Mientras tanto, un Berni, si bien es muy venerado y reconocido en Argentina, apenas llega a un millón de dólares y encima comprado en “una vaquita” entre varios.

Evidentemente, la Ley de Mecenazgo al estilo de la Rouanet, permite que los empresarios y empresas se conviertan en grandes inversionistas, marchands (o art dealers), coleccionistas millonarios, que en la compra-venta usan las obras como mercancías que valorizan en un mercado especulativo, en este caso el del arte, a tono con una tendencia internacional cada vez más punzante de imposiciones mercantiles al arte que incluyen, también, las maniobras propias de la financierización: préstamos y seguros de las subastadoras, operaciones fraudulentas que disparan o hunden los precios, absorción de las pequeñas galerías por las más grandes, evasión de impuestos, lavado de dinero.

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