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OPINIÓN

A puerta cerrada: la náusea sartreana y el infierno tan temido

En una sociedad donde lo que más parece importarnos es la imagen que damos a los demás en lugar de ser uno mismo, no dejo de evocar a Jean-Paul Sartre, máximo exponente del existencialismo.

Miércoles 25 de abril | Edición del día

De toda su obra, existen dos que creo esenciales para comprender ciertos fenómenos que se dan en la humanidad actual de manera acentuada. Una de esas obras es Huis clos (A puerta cerrada), una pieza de dramaturgia que he leído, enseñado en la escuela media y dirigido en el teatro; la otra es la novela filosófica La nauseé (La náusea).

“A puerta cerrada” es una obra de extensión media donde aparecen cuatro personajes definidos, tres de los cuales son los principales, constituyendo el cuarto, el nexo para la reunión de los otros tres. Comienza con la presentación de una escena despojada, cuya única entrada consta de una puerta con cerrojo. Allí llegará primero un hombre llamado Joseph Garcin, publicista y hombre de letras, acompañado de un empleado que le indica que ésa será su habitación. Garcin se da cuenta de que ni siquiera trae un cepillo de dientes consigo, ni le han dado.
La escena minimalista consta de tres sillones de distinto color cada cual. Garcin se pregunta qué hace allí, en lo que aparenta ser un hotel, aunque ya se ha dado cuenta de que es el infierno. Ya desde el primer momento, podemos observar su carácter verborrágico y ansioso, aunque su conflicto no es previsible aún, ni su naturaleza se vislumbra sino hasta más tarde en la obra. Es como si Sartre quisiera que al principio empaticemos con este personaje.

En un momento dado en que queda solo en el lugar, Garcin se pone nervioso, y en su intento de salir de allí, logra transmitirnos la idea de claustrofobia: toca un timbre que no funciona, intenta abrir la puerta que está bajo llave, camina de un lado al otro, prueba cada sillón y nada le resulta cómodo ni afable. Habla consigo mismo, se da cuenta de que ha perdido la capacidad de pestañear; parece un león enjaulado—y recién ha comenzado esta nueva etapa de su “existencia”. Llama insistentemente al empleado, quien no retorna sino hasta que toca el turno de entrar de Inés Serrano.

Inés no entiende por qué Florence, quien fuera su pareja, no está allí con ella. Sabe perfectamente en donde se encuentra—el infierno—pero está segura de que algo anda mal porque la “pequeña sota” no ha ido a parar al mismo sitio.
Observamos que Inés no es más agradable que Garcin; al contrario, es explícitamente mala y provocadora. Veremos más adelante que responde a un carácter sádico, donde ella goza con el sufrimiento ajeno, y se asume que está resentida por una cuestión sexual y social, lo que la lleva a ponerse a la defensiva y a la vez, a atacar. Ella cree a priori que Garcin es el verdugo que la espera. Cuando él pregunta por qué lo cree verdugo, no duda en responderle que es capaz de percibir el miedo que él siente, y que los verdugos siempre padecen un miedo que es a su vez el motor de la fatalidad a la que conducen por el miedo mismo. Se deduce que el propio miedo de Inés es el que la convierte en verdugo a ella y proyecta esta imagen en Garcin.

La relación entre ambos compañeros de habitación comienza de manera tensa y esa tensión irá in crescendo hasta convertirse en una irritabilidad que, a su vez, dará lugar al odio.

Garcin propone que se profese entre ellos dos una cortesía forzada para poder convivir, pero ella responde que carece de toda cortesía, y caminando de una punta a otra de la escena, irrumpe para pedirle de manera violenta al hombre que deje de hacer ruido con la boca, un tic que él tiene y que no hace exprofeso para molestarla, aunque a ella todo lo que de él provenga le resultará detestable.
Hace minutos que comparten el espacio que los albergará in aeternum y ya no se aguantan.

Llega nuevamente el empleado, esta vez acompañando a la atractiva Estelle, quien al ver a Garcin cubriéndose la cara porque no soporta las recriminaciones de Inés, cree que es un hombre sin rostro y le pide que no se descubra ante ella porque le da miedo. El hombre ya no sabe qué pensar. En apariencia, está ante dos locas; más le valdría estar vivo y lejos de una lesbiana que odia a los hombres y de una mujercita en apariencia débil que dice una estupidez tras otra, como las quejas sobre la decoración de la habitación y que su vestido no combina con los sillones.

Desde el vamos, se ve que Estelle Rigault es una negadora que—criticando pequeños detalles irrelevantes con una superficialidad que la muestra como una estúpida criatura—oculta algo oscuro y sórdido. No le preocupa estar muerta sino los detalles vanos del ambiente y la regla de convivencia que intenta imponer desde que llega: Habrá que verse todo con mirada positiva.

Ya se les ha anunciado que no llegará nadie más, que serán sólo ellos tres quienes deberán convivir en ese espacio que ahora posee dos pares de piernas, de brazos, de oídos, tres lenguas para hablar, tres cerebros con esquemas conceptuales totalmente diferentes, sin gustos en común. Todo eso en un ambiente sin salida y para siempre.

De inmediato, Inés comienza su juego de seducción hacia Estelle, un juego que no la conducirá a ninguna parte porque a la parisina le gustan los varones. En todo caso, Estelle es quien gusta a ambos compañeros y se convertirá en un objeto de deseo inasible y sin poder alguno para desaparecer o cambiar de circunstancias.

¿Qué es lo que han hecho para merecer estar los tres juntos?

Garcin ha muerto fusilado de doce balazos por desertor. Hasta ahí, podemos empatizar, pero no; él ha sido un marido golpeador que detestaba a su mujer, haciéndola pasar cotidianamente un infierno tal, que ahora le ha tocado compartir el espacio con una lesbiana que lo detesta y compite con él, y con una mujer heterosexual que le atrae pero que no sucumbirá.

Estelle ha asesinado a su propio bebé delante de los ojos de su amante para causarle gran dolor, lo cual lo ha llevado a su vez, a cometer suicidio. Esta mujer ha estado casada por interés con un viejo que le daba asco y por eso lo ha engañado con el otro, a quien simplemente castiga por haber querido tener un hijo. Ella ha matado al niño arrojándolo a la corriente, y no siente nada por nadie. Los sentimientos en ella son de puro egoísmo. Se cree mejor que los otros dos.
Por su parte, Inés ha muerto ahogada por gas. Ha sido Florence quien la ha matado para dejar de sentir culpa, dado que siendo Inés la prima de su marido, las dos mujeres sostuvieron un romance que condujo al hombre al suicidio. Inés hizo todo lo posible para incitar a su primo a que se matase. Tampoco siente remordimiento alguno.

Nadie aquí se arrepiente de lo que ha hecho, por consiguiente, uno se convierte en el infierno del otro porque las miserias de los demás recuerdan las propias y al estar unidos fatídicamente, tienen que aceptar que en algo han de parecerse; según las palabras pronunciadas por Garcin al final de la obra: “L’enfer, l’enfer c’est les autres!” (El infierno, el infierno son los demás).

El infierno son los demás porque ellos nos recuerdan que nadie está exento de volverse la miseria del prójimo. Podríamos extendernos y pensar que el infierno es uno mismo y sus pensamientos tortuosos, inadecuados, ya sea por autoflagelación o por condenación de los demás. Esto es en sí el infierno y no un lugar externo al ámbito en el que vivimos, como ha querido siempre hacernos creer la iglesia cristiana.

Sea que el infierno comience siendo uno mismo y los demás contribuyan a través de la falta de empatía, comprensión, comunicación, amor, o que empiece con la influencia de los demás sobre nosotros, la idea sartreana del infierno es humana y tangible. Basta con observar el comportamiento humano en el ámbito laboral, vecinal, político, dentro del seno de una familia. No hacen falta efectos especiales; no es menester fantasear con vidas posteriores a la presente para infligirnos miedo e instarnos a conducirnos mejor con respecto al prójimo. Si hemos de ser mejores personas, lo haremos genuinamente y no por miedo a un castigo divino.

Uniendo entonces “A puerta cerrada” con “La náusea”, vemos un hilo conductor que nos muestra la constante en el pensamiento sartreano sobre la falta de razón de ser de la existencia humana, que no hay propósito superior en la vida más que el que podamos darle; todo lo demás, incluido el futuro, es ilusión. Así, expresado en “A puerta cerrada” en forma de ficción teatral y en “La náusea” como novela filosófica, se trabajan los temas recurrentes de la muerte, el automatismo, la rebelión, la soledad, el círculo vicioso, el tiempo, la fatuidad, el desencuentro, la brutalidad de la existencia cotidiana (descubierta por Antoine Roquentin, protagonista de “La náusea”), el absurdo, la falta de sentido, todo lo que solemos dar por sentado que es importante, cuando a gran escala, no existe ni es relevante.

Ambas obras expresan una honda tristeza sin fin. Mientras la primera usa la metáfora por su carácter dramatúrgico, la segunda se centra en los pensamientos de un personaje realista como Roquentin, un viajante cuyos cuestionamientos existenciales lo llevan a concluir que él deberá abandonar sus tareas habituales, dado que todo es un gran absurdo sin sentido, volviéndose las palabras, meros escollos para querer explicar lo inexplicable y las justificaciones, inútiles excusas para lo injustificable.

Su único deleite pareciera ser la canción Some of these days, y su relación esporádica con la dueña del restaurante “Rendez-vous des cheminots” (Encuentro de los ferroviarios); también sus diálogos con un amigo autodidacta de la biblioteca pública de Bouville, no mucho más.

Así da comienzo su metamorfosis, una sensación horrible y dulce a la vez, una náusea que va apoderándose de él desde el mismo momento en que recuerda al amor de su vida, Amy, con quien ya no está desde hace cuatro años, y junto a esa evocación, surgen otras, todas de aventuras extraordinarias que cree haber vivido y que no han sido más que episodios entrecortados de su vida que ha devenido en una triste rutina que cada día lo acerca más a la muerte. Y esa náusea proviene también del hartazgo de ver y vivir una vida hacia la complacencia del afuera, del otro, ese otro que, para el mismo Sartre, y en otra obra, es el infierno de uno.








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