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DEBATE

A propósito del neo reformismo chileno: reforma o revolución

La emergencia de un nuevo fenómeno político en Chile como el neorreformismo exige instalar nuevamente un debate considerado superado por la gran mayoría de la izquierda y la intelectualidad: la reforma o la revolución.

Vicente Mellado

Licenciado en Historia, Universidad de Chile

Domingo 27 de noviembre

Vicente Mellado Carrasco, Licenciado en Historia, Universidad de Chile.

Reforma o Revolución. Ese es el título con que Rosa Luxemburgo publicó una de las obras más importantes del marxismo del siglo XX. Publicado entre 1898 y 1899 en la Leipziger Volkszeitung en forma de artículos, la dirigente socialista realizó el primer gran debate político al interior del Partido Socialdemócrata Alemán (POSDA). El folleto contuvo una dura crítica al ala derecha del partido personificada en Edward Bernstein.

Bernstein, en Las premisas para el socialismo y las tareas de la socialdemocracia —escrito entre 1897 y 1898—, defendió la tesis de que la decadencia general del capitalismo era cada vez más improbable. El fundamento de esto residió en dos aspectos: primero, el capitalismo había producido sus “medios de adaptación” que atenúan y frenan el conflicto entre el capital y el trabajo; segundo, la producción capitalista era más dinámica y diversa posibilitando el mejoramiento de amplias capas de obreros industriales y la expansión de sectores medios asalariados.

En términos prácticos, la clase obrera podía conquistar sus demandas dentro del orden social imperante sin necesidad de la conquista del poder mediante una revolución. Esto fue lo que Rosa Luxemburgo —futura fundadora del Partido Comunista Alemán (PCA) en 1918— intentó refutar en su folleto Reforma o Revolución.

Más allá de que el argumento de fondo utilizado por Luxemburgo para debatir a Bernstein —el inevitable colapso del capitalismo— no fuese el adecuado, su folleto marcó el inicio de un debate político necesario al interior del socialismo internacional: ¿pueden los explotados y oprimidos conquistar de manera íntegra sus demandas democráticas y económicas dentro del sistema capitalista?

El folleto fue escrito hace más de 115 años. Desde esa fecha a la actual el capital ha modificado sus mecanismos de explotación y expansión del trabajo asalariado. Las derrotas sufridas por el movimiento laboral desde 1980 contribuyeron a modificar la identidad social y política de este. Bajo este escenario la izquierda a nivel internacional consideró que la revolución socialista había quedado enterrada.

El entierro de la perspectiva de la revolución implicó también enterrar a su contrario: la reforma. Ambos, reforma y revolución fueron considerados parte integral de una misma época histórica: la “época de crisis, de guerras y revoluciones”, “época de la revolución de octubre”, “el siglo XX corto”, “la época del capitalismo industrial fordista”, por nombrar el periodo que existió desde 1917 a 1991. Época de la cual alcanzó a formar parte Rosa Luxemburgo.

Esta época terminó con la caída del Muro de Berlín (1989) y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) (1991). Terminada la “época de crisis, de guerras y revoluciones”, terminó la lucha entre reformistas y revolucionarios.

Solo quedó un único camino para la izquierda sobreviviente y la intelectualidad crítica: perfeccionar o radicalizar la democracia capitalista para satisfacer las demandas, ya no de explotados y oprimidos, sino que, de la ciudadanía.

Es cierto que la crisis del capital industrial fordista dio paso al toyotismo, la fragmentación del trabajo asalariado en el mundo y el predominio del sector de servicios y las finanzas. Sin embargo, la explotación capitalista no desapareció, así como tampoco el trabajo asalariado. Por el contrario, a partir de la década de 1980 la explotación capitalista adquirió nuevas formas que transformaron el trabajo como tal. Esto produjo nuevas expresiones culturales y formas de pensar en la población explotada y oprimida del mundo.

La revolución socialista fue planteada para terminar con la explotación capitalista y su Estado. Si todavía vivimos en una sociedad capitalista, la lógica de nuestro argumento debiera terminar concluyendo que la revolución y la toma del poder tienen plena vigencia.

Pero la izquierda que se proponga la revolución en el siglo XXI, deberá desarrollar un lenguaje y una forma de construcción diferente a la de la época anterior. Sobre todo teniendo en cuenta que en la actualidad no está planteada de modo inmediato la conquista del poder político.

No se trata de enterrar a Lenin, a Trotsky o Luxemburgo. Se trata de aprender qué entendieron por revolución socialista en el capitalismo que vivieron y cómo eso contribuye a la construcción de una nueva izquierda de los trabajadores que retome el marxismo como herramienta política de la revolución.

La necesidad de redefinir los conceptos de reforma y revolución, surge de la premisa de que están emergiendo nuevos fenómenos revolucionarios y reformistas en el mundo luego de 35 años de neoliberalismo.

El objetivo de este artículo es instalar nuevamente el debate entre reformistas y revolucionarios en Chile. Lo que define al reformista y al revolucionario como tal es la práctica política. No son teorías en sí. Son categorías que se utilizan para comprender y analizar prácticas políticas en el escenario de la lucha de clases o conflictividad social.

Con esto queremos evitar caer en el principio dogmático de definir a un solo grupo como el verdaderamente revolucionario y denunciar a todos los demás como reformistas. Uno de los objetivos de este artículo es que el lector concluya por sí mismo quienes son los reformistas y quienes son los revolucionarios. Creemos que esto ayudará al lector a esclarecer y desarrollar su propio pensamiento político.

El reformismo

Tradicionalmente, los marxistas de principios del siglo XX definieron el reformismo como una práctica política y sindical que busca el mejoramiento de las condiciones de vida de los explotados y oprimidos dentro del orden capitalista imperante. Esto implica desechar la alternativa de la revolución socialista.

En la actualidad, con el telón de fondo de una crisis económica mundial iniciada en 2008 en Estados Unidos, y una tendencia a la crisis orgánica de los sistemas políticos democrático parlamentario en Europa y América Latina, los conceptos de reforma y revolución vuelven a tener plena vigencia para responder ante los nuevos desafíos planteados.

La emergencia de fenómenos políticos de izquierda en Europa como PODEMOS en Estado Español y Syriza en Grecia son muestra fehaciente del desarrollo de nuevas izquierdas que buscan ocupar el espacio político que alguna vez ocuparon los viejos partidos obreros reformistas de masas.

En Chile, está emergiendo el Frente Amplio, compuesta por una serie de organizaciones políticas, que como vimos en un artículo anterior (http://www.laizquierdadiario.cl/Jorge-Sharp-en-Valparaiso-la-emergencia-de-la-izquierda-neoreformista-en-Chile ), tiene a su máxima expresión a Jorge Sharp como Alcalde de Valparaíso. También, grupos políticos afines al Frente Amplio, como la Unión Nacional de Estudiantes (UNE), han conquistado la presidencia de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh) con Daniel Andrade.

Estos fenómenos podemos definirlos como parte de una izquierda neo reformista. Creemos que es completamente viable redefinir los conceptos de reforma y revolución en el siglo XXI bajo una óptica materialista histórica, es decir, marxista.

Por reformismo entendemos a la izquierda que afirma que es posible conquistar y mantener los derechos democráticos y económicos de las masas utilizando únicamente las instituciones del Estado de Derecho capitalista en su favor. Las transformaciones sociales y económicas en favor de los sectores explotados y oprimidos de la sociedad capitalista solo se obtienen sometiéndose a la estructura legal del Estado y la Constitución.

Para cumplir su objetivo estratégico de conquistar las instituciones del Estado, el reformismo busca construir enormes aparatos electorales de masas. Las más importantes son las posiciones parlamentarias (diputados y senadores) y municipales (alcaldes y concejales). En el caso de conquistar el Poder Ejecutivo del Estado se ocupan los ministerios del gobierno de turno y el sinnúmero de puestos burocráticos de la dirección de la administración pública.

Cumplido el objetivo, son las instituciones del Estado las que realizan las reformas, no la “ciudadanía”.

Para el Neo reformismo la conquista de las instituciones del Estado de Derecho es vista como la única alternativa para regenerar las democracias degradadas por la corrupción. Bien lo hemos visto en el programa político de los diputados Gabriel Boric (Movimiento Autonomista) y Giorgio Jackson (Revolución Democrática). Su objetivo es mejorar la gestión de las instituciones del Estado capitalista.

Sin embargo, el Estado de Derecho existe para garantizar el acceso de los individuos (empresarios) a la propiedad privada de los medios de producción. Esto implica que la extensión de las conquistas de las masas explotadas y oprimidas encuentra su límite en el derecho de propiedad privada y en los intereses empresariales. Esta constituye el verdadero límite de extensión de la democracia y la muralla con que más temprano que tarde chocan los proyectos reformistas con fuerte apoyo de masas.

El Estado capitalista, como lo dice el nombre, es un Estado que cumple la función de garantizar el derecho individual de acceso a la propiedad privada de los medios de producción, esto es, la explotación de clases sociales sobre otras. Y bien lo saben Boric y Sharp que estudiaron Derecho (burgués).

Los revolucionarios

Los marxistas de principios del siglo XX afirmaron que los revolucionarios son aquellos que luchan por el comunismo. La transición para cumplir este objetivo es la conquista del poder político mediante la insurrección de las masas explotadas y oprimidas. Ésta afirmación parte de la premisa de que en un sistema económico basado en la explotación de seres humanos sobre otros —apoyándose en la institución de la propiedad privada— era imposible la emancipación no solo de la clase obrera, sino del conjunto de la humanidad. Eso planteó la necesidad de una revolución.

En la época actual la humanidad está sufriendo los efectos del calentamiento global, el que ha sido producido por las necesidades del capital de expandirse a costa del medio ambiente. A esto se agrega la degradación de los sistemas políticos democrático parlamentarios. Las premisas para la revolución se han modificado y no existen las condiciones objetivas del “siglo XX corto”. Sin embargo, la existencia de una sociedad capitalista que empuja a la humanidad a su degeneración, exige el replanteamiento de la revolución como alternativa viable y necesaria.

Los revolucionarios del siglo XXI no están en contra —por principios— de ocupar las instituciones del Estado de Derecho. En países como Chile, con una institucionalidad democrática parlamentaria fuertemente consolidada, negarse a disputar elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales, sería caer en un error infantil.

La diferencia de los revolucionarios con los reformistas es que los primeros buscan combinar la utilización de las instituciones del Estado de Derecho con la autoorganización libre y democrática de los trabajadores y el pueblo. Es lo que el marxismo definió como métodos ilegales de lucha.

Para el Estado capitalista lo ilegal es aquello que no está reconocido por el Derecho o que atenta contra el derecho de propiedad privada de las empresas. Como hemos visto, el Derecho existe y cumple la función de garantizar el ejercicio de la libre empresa. Las instituciones y leyes están elaboradas para proteger ese derecho.

Los revolucionarios no buscan mejorar la gestión de estas instituciones del Estado, como sí lo hacen los neo reformistas. Por el contrario, los revolucionarios buscan conquistar municipios y cargos parlamentarios con el objetivo político de utilizarlas como tribunas al servicio de la lucha de la clase trabajadora, los estudiantes, los pueblos indígenas y las mujeres. Esto está entroncado al objetivo estratégico de eliminar las instituciones del Estado capitalista y sustituirlas por los organismos de autodeterminación de los trabajadores.

La construcción de un Estado e instituciones favorables al pueblo oprimido exige superar las instituciones existentes. No habrá fin de la corrupción sin que existan organismos democráticos creados por los propios trabajadores y el pueblo.

Los revolucionarios creen en el desarrollo de los organismos de autodeterminación de los trabajadores, sujeto social que crea el valor que se apropian los capitalistas para construir su Estado de Derecho. La construcción de un Estado e instituciones favorables al pueblo oprimido exige superar las instituciones existentes. No habrá fin de la corrupción sin que existan organismos democráticos creados por los propios trabajadores y el pueblo.

Aquellos que se digan revolucionarios deben dar esa pelea. Para facilitar ese objetivo es una necesidad política construir una izquierda revolucionaria de los trabajadores que luche por el socialismo.




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