Cultura

ARTE Y TEATRO INDEPENDIENTE

A mis 70 años, armonizando el yo y el nosotros: Enrique Cisneros

"Llego a mis 70 años en tiempos de oscuridad, pero el punto más oscuro de la noche es antes de amanecer", Enrique Cisneros "El llanero solitito", artista con más de 50 años de trayectoria en el teatro independiente.

Miércoles 28 de marzo | 15:24

Enrique Cisneros Luján es un artista con más de 50 años de trayectoria en el teatro, que se presenta con la misma calidad y dinamismo en grandes foros y escenarios, que en pequeños auditorios y lugares improvisados.

"El llanero solitito", como se le conoce popularmente, se ha mantenido independiente durante toda su carrera y ha perseguido la convicción de llevar el arte, la poesía y la actuación a cuanto espacio popular sea posible, por ello ha alentado y promovido diversos proyectos de teatro en las calles e impulsado el Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística de la UNAM (CLETA), una organización cultural que fomenta el arte, la propaganda alternativa, la promoción de la cultura, la pedagogía crítica y la agroecología.

En el marco del Día Mundial del Teatro, reproducimos sus palabras con motivo de sus 70 años de vida

A mis 70 Años: armonizando el yo y el nosotros

A diferencia de aquellos que quieren ocultarlo o que se sienten agobiados por el paso del tiempo, grito a los 4 vientos: tengo setenta años y ya veo una lucecita al final del túnel de la vida. Voy a su encuentro, aunque no sé cuánto pueda durar eso. Esto sucede así porque cuando volteo para atrás hacia mi mundo de recuerdos, están apiñonados, son muchos y la mayoría de ellos plenos, agradables, llenos de victorias.

No es fácil poder decir esto en un mundo tan adverso, donde el yo se ha comido al nosotros, donde a las nuevas generaciones el sistema les ha enseñado que es normal que el “tener” haya devorado su “ser”, convirtiéndolos de “seres humanos” en “teneres humanos”.

Quizá mi acierto, que no necesariamente debe de ser el acierto de otros, es que desde siempre he visto la manera de renunciar al tener, de no desear lo superfluo sino lo estricto; de no permitir que mi felicidad se supedite en tener un auto, o tener una casa o un tener un título de nobleza, que actualmente son títulos de “reconocimiento” que los poderosos nos dan, donde nos certifican que valemos.

Al principio, sin saberlo, el renunciar a una vida que se sustenta en el “tener”, me ha permitido vivir un mundo diferente donde la gente se valora por lo que es y no por lo que tiene. Por ello mi tiempo, mis recuerdos, han sido para sembrar y cosechar e inclusive, para sentirse satisfecho al ver que otros cosechan, aunque no siempre sea yo el que reciba una retribución justa por lo sembrado.

Esto me ha permitido que mis “teneres” sean de otro nivel, al tener muchos amigos y amigas, muchos amores, miles de hijos incluyendo los 7 consanguíneos, tener conocimientos, aunque no sean certificados por mis enemigos. Esto me ha permitido salir del mundo de la banalidad y ser creativo en función de mi necesidad y de las necesidades de los otros, de las necesidades del nosotros.

No puede ser de otra manera, quien se pierde en el tener de la sociedad de consumo, no le queda tiempo, ni ganas, de buscar otras formas. Será la vanidad, la presunción, lo que rija su vida y cuando se acerque al final y se pregunta ¿para qué? lo más que le quedará es dar limosnas y/o heredar sus bienes materiales acumulados.

Yo he heredado y compartido en vida, poemas, actuaciones, palabras, gestos, conocimientos que se quedan en la mente y el corazón de muchos, incluyendo a numerosos que no conozco ni sus nombres y muchas veces ni sus caras.

Cuando la sociedad toda vaya regresando a escudriñar en estas formas, otro futuro nos va a cobijar. Esas formas, muchas veces antiguas en que nos dolía el dolor de los demás (valga la redundancia) y que estos no eran momentos excepcionales como sucede actualmente, por ejemplo con los que son solidarios con las víctimas de un temblor, sino que además de los momentos críticos excepcionales, el ser humano hacía de la solidaridad un sentimiento cotidiano, porque nos comportábamos asiduamente solidarios en nuestros actos diarios ya que sentíamos “al otro” como parte del nosotros.

Pero para que esto se dé necesitamos vivir en sociedades que lo permitan y lo fomenten. En la actualidad la mayoría de las prácticas humanas son adversas a esto: aún muchos los que se dicen revolucionarios, se preocupan por “su futuro”, por su imagen, no pueden ver en otros a sus hijos, solo son suyos los consanguíneos a quienes van a preparar para heredarles, si es que logran tener algo para dejarles.

Según los especialistas, el enfrentamiento que este sistema tiene con la naturaleza se acerca a lo irreversible; hay quienes afirman que podemos acabar con este mundo y quienes sabiamente dicen: que es la naturaleza la que se va a deshacer de esta plaga que somos los humanos; que ya lo está haciendo con los tsunamis, temblores, ciclones y demás cataclismos. Esta situación no me agobia pues a pesar de los vaticinios creo en mí y por lo tanto en el nosotros, aunque reconozco que el reto es mayúsculo.

¿Cómo cambiar esto cuando lo que importa, aún a los mismos trabajadores es valer pro el tener? Cuándo lo que importante es la apariencia, la simulación, que nos permita demostrarle al otro que valemos; así escondemos nuestros olores, nuestro color, nuestros gustos, nuestros placeres y todo esto incrementa la sociedad de consumo.

Estamos en un mundo donde el decir es más fuerte que el hacer, donde la mentira es habitual y la verdad, excepción.

Llego a mis setenta con un enemigo envalentonado porque tiene el control de todo, hasta de la mente de los sectores explotados. Un mundo donde se puede asesinar a un millón de personas como sucedió en Irak y aparentemente no suceda nada en el corazón y en la mente de las sociedades “civilizadas”; donde se asesinan culturas y pueblos y campea la indiferencia; donde se pretende borrar de la historia a pueblos como el palestino o el kurdo, o se “bloquea” a los pueblos dignos como al cubano o venezolano que se han atrevido a decir ¡Ya basta! Donde los pueblos tiene que seguir viviendo bajo las camisas de fuerza impuestas por los capitalistas, con la invención de los estados-nación destruyendo los pasados históricos como lo han hecho con nuestros pueblos originarios, pretendiendo aplastar las rebeliones autonómicas, como lo intentan hacer con el pueblo catalán, los vascos, los mayas, los mexicas, los dakotas…

Llego a mis setenta años en un mundo donde todo se ha convertido en mercancía, hasta el amor. Donde la medicina es negocio y con ello la vida y la muerte. Donde para obtener ganancias y minar a los pueblos, a los niños se les envenena con transgénicos, con comidas chatarras generando enfermedades que serán negocios futuros. Donde se inventan necesidades como la moda, todo ello para fomentar la simulación. Un mundo donde la llamada “opinión pública” la determinan los medios comerciales de , o los poderosos del internet, que tienen la consigna de promover la mediocridad, la violencia, la apatía y el analfabetismo político, entre otros males.

Llego a mis setenta años en un mundo donde se fomenta en los seres humanos, especialmente en los jóvenes, la desilusión sobre su capacidad de emocionarse y por lo tanto de rebelarse. Donde el ser humano sólo se sentirá momentáneamente pleno con estimulantes externos, inhibiendo su capacidad de hacerlo por ellos mismos, con estimulantes humanos que tienen dentro de sí.

Llego a mis setenta años en un mundo donde el egoísmo, que muchas veces tiene su raíz en la falta de realizaciones personales, es el pan de todos los días, llevando a pelear a padres contra hijos, a hermanos, a los otrora grandes amigos, a los que en un tiempo fueron grandes amores.

Actualmente ya caen en el terreno de la normalidad los asesinatos, las desapariciones de aquellos que se han atrevido a manifestar disidencias, el secuestro, la violación de mujeres y niños, el tráfico de seres humanos, el homicidio de niños para comerciar sus órganos.

En fin, son muchas las lacras antihumanas con las que tengo que lidiar ahora que llego a mis setenta años, pero la satisfacción que me llena, que me hace pleno, es que en ningún momento de mi vida fui cómplice de las bestias, siempre luché radicalmente contra el sistema que tiene estas aberraciones como sustento. Y lo hice en lo social y en lo personal, aunque despectivamente me gritaron hippie, ultra, cochino, vándalo o en el menor de los casos iluso o tonto.

Efectivamente, llego a mis setenta años en tiempos de mucha oscuridad, pero bien se dice que el punto más oscuro de la noche se da un poco antes del amanecer.

Aunque de manera modesta (a veces tan solo con el ejemplo), llego a mis setenta años con la satisfacción de haber contribuido a la formación de algunos de los que son los actuales luchadores y de otros que serán futuros revolucionarios que lucharán en todas las trincheras: las nutriólogas que saben inspirar en seres humanos conscientes la defensa de su cuerpo y su salud; las parteras, que están arriesgándose para acabar con esas maneras comerciales de enfrentar el alumbramiento de un hijo, que los comerciantes convierten en enfermedad, siendo que el nacimiento de un nuevo ser es anunciación de felicidad y gozo; las comunicadoras sociales que desde sus trincheras, a veces alternativas, dan la lucha para que también se escuche la voz del pueblo; las poetas, actrices, cantantes, que con su arte convocan a la lucha; las agroecólogas que defienden el maíz y su legado: conservar en cada grano una semilla de vida; las que promueven la lectura, las que luchan por la defensa y convivencia armónica con los animales; las investigadoras y científicas honestas que ponen sus conocimientos al servicio de las causas nobles; las obreras, muchas de ellas madres solteras, que se la rifan en dos terrenos: el de la subsistencia y el de la educación de sus vástagos; el de las maestras que no se hacen cómplices al convertir a las escuelas en centros de adiestramiento, sino que siguen luchando por enseñar las letras con un contenido de lucha, como la R de rebeldía; las deportistas que asumen y enseñan las luchas de género para defenderse en un espacio tan hostil y tan patriarcal como es el deporte. En fin, son millones las y los que en todas las trincheras están dando la batalla y estoy seguro que a mis 70 años, he sembrado y he renacido en algunas de ellas.

Y a propósito lo pongo así en femenino, no porque quiera relegar a los compañeros que son igualmente valiosos, sino que veo en las compañeras, quizá por su condición de mujeres, una gran dosis de futuro.

Finalmente, falta hablar de las limitaciones en una lucha donde uno también es cuestionado por sus muchos vicios personales. No puedo negar mis taras producto de la sociedad machista que me educó y que me ha llevado a ser parte de violencias, conscientes e inconscientes: un mundo patriarcal que trae consigo el individualismo y el autoritarismo.

Otra limitación es el ser terco. La terquedad es positiva cuando se usa para aferrarse a valores difíciles de sostener en una sociedad capitalista, pero es dañina cuando se aplica, como yo la he hecho, para ganar batallas internas, donde otros compañeros merecían también ser escuchados. También padezco del martirologio producto de una sociedad cristiana, que en lugar de mostrarnos representaciones filosóficas triunfantes como Quetzalcóatl, nos presenta como dioses a seres derrotados, crucificados y sangrantes.

Estas son solo algunas de las limitaciones que he tratado de superar y con las que debo de lidiar hasta que llegue al final del túnel; tengo la convicción de seguirlo haciendo con alegría, sobre todo el superar deficiencias que me han llevado al enfrentamiento con personas valiosas con las que luego me he reconciliado, como es el caso de mi hermano Luis, que muchos ubican como la reconciliación de los Cisneros.

Por todo lo antes expuesto, y mucho más, que sería larguísimo mencionar, y a pesar de mis limitaciones, llego a mi setenta años con la humildad de compartir lo poco que tengo; llego pleno y contento con la satisfacción que da “el deber cumplido”.

Llego a mis setenta años defendiendo algunas de las erudiciones de mis antepasados, que me enseñaron, por ejemplo, lo que dice la sabiduría maya del In´Lak´Eck, que sostiene que todos y todas somos parte integral de un único mega organismo y esto se refleja en el saludo cotidiano, cuando al cruzar sus caminos uno de los dos decía: “yo soy como tú” y el otro le respondía “tú eres mi otro yo”.






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