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RELATO

A Juan lo echaron por una máquina

En mi trabajo atendí a Juan, que con tristeza vino a tramitar el fondo de desempleo. Con un telegrama frío y traicionero, una empresa colosal terminó con los 35 años de laburo de uno de sus trabajadores, que para ellos no son más que peones, legajos, números.

Miércoles 13 de diciembre de 2017 | 12:13

En mi trabajo atendí a Juan, que con tristeza vino a tramitar el fondo de desempleo. Con un telegrama frío y traicionero, una empresa colosal terminó con los 35 años de laburo de uno de sus trabajadores, que para ellos no son más que peones, legajos, números.

“Entré a los 17. Siempre laburé ahí”, me dijo. Y siguió: “Me arruinaron la vida”. Imposible no sentir una amarga emoción en la garganta. Mucho más cuando le pregunté, como parte del trámite, si había cobrado alguna vez a través de la ART y me respondió que sí, mostrando la falta de tres dedos enteros, que habían quedado atrapados en alguna máquina en alguno de los 35 años regalados a un empresario voraz. Como dice la canción: la vida del obrero es así.

Leo el telegrama y fue como recibir una clase magistral de la voracidad y la irracionalidad del capitalismo. “En razón de los cambios tecnológicos, que permitieron a esta Empresa la utilización de las nuevas metodologías, las cuales producen modificaciones en los medios o instrumentos de producción, le notificamos por la presente que lamentablemente prescindimos de sus servicios a partir del día de la fecha”. A Juan lo echaron. A Juan lo echaron por una máquina.

Bajo el capitalismo se desarrollan nuevas tecnologías y avances científicos que podrían hacer la vida más libre y hermosa, que permitirían disfrutar del tiempo libre, trabajando todos menos horas y trabajando todos. Pero lejos de eso, los empresarios utilizan esos avances para degradar más la vida del pueblo trabajador.

Nuestra pelea diaria es para terminar con un sistema que en lugar de resolver las acuciantes necesidades populares, busca perseguir la ganancia y el lujo de una minoría, mientras humilla y despoja a las mayorías. Como a Juan, que con 35 años y tres dedos amputados, lo mandaron a ser un desocupado más.







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