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A 81 años de la Guerra Civil española

El 18 de julio de 1936, el Ejército al mando de Francisco Franco comienza el golpe de Estado que desataría la guerra civil que duraría 3 años. La burguesía española temía a la revolución social que latía en el seno de la clase trabajadora del campo y de la ciudad.

Antonio Liz

Historiador, Madrid

Martes 18 de julio | 01:00

El golpe de Estado no solo no frenó la revolución social sino que la desencadenó. Que la clase trabajadora no se hubiese podido anticipar a un golpe que era de conocimiento público solo se puede entender por la impericia revolucionaria de las dos grandes fracciones del movimiento obrero español, la socialista y la anarco-sindicalista, ambas carentes de una teoría de la conquista del poder que les hubiese posibilitado preparar una insurrección de la clase trabajadora. Esta tampoco tuvo la ayuda del gobierno republicano que le prohibió armarse.

No obstante, la clase trabajadora española se va a echar a la calle para parar el golpe y derrotó en buena parte del territorio peninsular a los golpistas sin contar con la dirección política previa de sus organizaciones y sin la ayuda material del gobierno republicano.

La dinámica de los golpistas de querer evitar la revolución social y la coyuntura europea, marcada por el auge del fascismo y del nazismo, van a llevarlos a la construcción de un Estado fascista.

La ayuda de Hitler a Franco se materializa, llegan 20 aviones de transporte y Mussolini le otorga 12 bombarderos. Con estos aportes, Franco puede organizar el imprescindible paso del estrecho de Gibraltar con las tropas moras de África. Allí empezará verdaderamente la Guerra Civil. Las fuerzas coloniales ocuparán parte de Andalucía y la totalidad de Extremadura y se dirigirán como una flecha a Madrid. Allí, el pueblo de Madrid, las columnas de milicianos y los primeros contingentes de las Brigadas Internacionales pararán en seco a las tropas coloniales.

Ahí quedó mostrado que era imposible hacer rendir de inmediato al campo republicano. Hitler y Mussolini incrementaron su ayuda con bombarderos, carros ligeros y miles de soldados, unos 75.000 a lo largo de la guerra, que permitirán machacar de forma sistemática las ciudades republicanas. Por primera y única vez en los anales del capitalismo un ejército colonial invadía la metrópoli, asesinaba a sus ciudadanos y bombardeaba sus ciudades.

Los fascistas no solo masacraban a su paso hacia Madrid a trabajadores del campo que habían tenido la osadía de luchar por una real reforma agraria ocupando fincas de terratenientes, sino que en una clara venganza de clase y de género raparon, violaron y asesinaron a cientos de mujeres “rojas”.

Los bombardeos sobre las ciudades del campo republicano serán constantes a lo largo de toda la guerra y se irán haciendo más sistemáticos, más destructivos, más criminales. Bombardearon una Madrid completamente indefensa hasta que, el 4 de noviembre de 1936, el cielo madrileño vio surcar los primeros aviones de caza soviéticos, que eran superiores técnicamente a los de nazis y fascistas, protegiendo parcialmente el cielo republicano. Pero esto duró poco. Mientras aumentaba la ayuda nazi y fascista, la ayuda soviética era controlada por Stalin para contener, pero no derrotar al fascismo. A los bombardeos de Madrid y a la destrucción de Guernica siguieron los bombardeos sistemáticos de Cataluña que terminará sufriendo los mayores y más sistemáticos bombardeos de la guerra civil.

Las “democráticas” Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos no solo no ayudaron al legítimo gobierno de la República sino que impidieron que ésta pudiese comprar material bélico excepto a la URSS. Gran Bretaña y Francia creaban el hipócrita Comité de No Intervención que sirvió exclusivamente para impedir el rearme de la República y permitir que la ayuda de nazis y fascistas llegase masivamente a la España de Franco. El gobierno democrático de los EE.UU. además de no venderle armas a la República permitió que una multinacional suya del petróleo, la Texas Oil Company (Texaco), surtiese a Franco de combustible a crédito abierto. Con este proceder no cabía ni pensar que las democracias fuesen a hacer algún esfuerzo para frenar el fascismo.

Franco sabía muy bien lo que quería, erradicar la semilla de la revolución social de España de una vez para siempre. Para esto tenía que aniquilar a los miles de cuadros políticos de la clase trabajadora, someter al resto de la clase al Estado y perpetuar en ella el miedo. Con la guerra de desgaste Franco no solo arrasó al ejército de la República sino que fue aniquilando en el territorio conquistado a todo aquel que activa o pasivamente se hubiese opuesto al Glorioso Alzamiento Nacional. La escalofriante cifra de 130.199 asesinatos ya están documentados con nombres y apellidos, y si bien se están descubriendo nuevas fosas, miles de víctimas más saldrían a la luz si los asesinos no hubiesen destruido la documentación.

Para someter a la clase trabajadora había que controlarla sindicalmente y aterrorizarla socialmente durante años. Para esto era imprescindible una estructura estatal que no le permitiese a la clase trabajadora ni un resquicio por donde colar su actividad sindical y política, el Estado fascista.

El propio Franco en una carta que le envió a Alfonso XIII, que había donado a los golpistas un millón de pesetas, le avisa que no va a restaurar de inmediato la monarquía.

En septiembre de 1936 Franco había sido nombrado “Generalísimo” de los ejércitos. El 1 de octubre de 1936 era investido como Jefe de Estado. Era ya el comandante en jefe del Ejército, el jefe del Estado y el jefe de Falange, el “Caudillo” militar y político.
Este régimen, denominado el “Nuevo Estado”, promulga en marzo de 1938 el “Fuero del Trabajo”. En él se encuadraba verticalmente a la clase trabajadora en el Estado y la huelga era declarada un delito de “lesa patria”, lo que venía a ratificar todo lo hecho anteriormente ya que la huelga estaba prohibida con pena de muerte desde los primeros Bandos de Guerra de los golpistas.

En febrero del año 1939 Gran Bretaña y Francia reconocen oficialmente el gobierno franco-fascista. El mismo día que Franco emite el último parte de guerra, el 1 de abril, los EE.UU. reconocen su gobierno. Al día siguiente la prensa publica el telegrama de felicitación que el Papa Pío XII envía a Franco, “levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., la deseada victoria católica de España”, ratificando el apoyo de la Iglesia.

Terminada la guerra prosiguió la consolidación del Estado fascista a través de las denominadas Leyes Fundamentales y se sistematizó la represión sobre las “hordas marxistas”. Franco dejó bien claro su programa el 17 de julio de 1940 cuando advirtió que “hemos derramado la sangre de nuestros muertos para hacer una Nación y para forjar un imperio”. Esto significaba que la conclusión de la guerra era la continuación de la barbarie.








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