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A 416 años de la muerte de Giordano Bruno: la potencia del infinito

Este 17 de febrero se cumplieron 416 años de que la inquisición enjuiciara y condenara a la hoguera al filósofo italiano Giordano Bruno

Martes 23 de febrero de 2016

“A la correlación, semejanza, adecuación e identidad con el infinito no te acercas más con ser hombre; que con ser hormiga, [con ser] estrella en vez de hombre; no te acercas más a ese ser siendo sol o luna que hombre u hormiga; y por tanto en el infinito [todas] estas cosas son indistintas”
Giordano Bruno, De la causa, principio y uno

Avanzando entre las estrechas calles de Roma, al sur de la piazza Navona, se llega al Campo de’ Fiori. Allí, custodiando a los numerosos turistas que pasan o al ocasional mercado, se yergue una estatua de bronce que reza en su pedestal: “A Bruno, il secolo da lui divinato qui dove il rogo arse (A Bruno, el siglo que predijiste, aquí donde ardió la hoguera)”. Y es que fue ahí mismo donde finalmente -después de un largo peregrinaje por toda Europa y ocho años de encarcelamiento- Giordano Bruno fue quemado en la hoguera al negarse a renunciar a sus ideas sobre la infinitud de Dios y el universo.

A tantos siglos de distancia, lejos ser una antigüedad de museo, el pensamiento de Bruno reviste una profunda actualidad. Pues su impronta no sólo dejó una huella innegable en el desarrollo de la ciencia moderna, sino que al mismo tiempo sugiere que es posible pensar la naturaleza de otra forma: más allá de su instrumentalización y explotación por la industria. Como conmemoración, en las líneas que siguen queremos lanzar algunos destellos de dicho pensamiento, a sabiendas de que no le harán justicia.

La potencia del infinito

La extraordinaria visión del universo de Giordano Bruno está en sintonía con la irrupción del infinito, de la vasta complejidad inabarcable que implicó el derrumbe de las fronteras que la sociedad medieval había levantado sobre sí para realzar su posición en el cosmos. Es el camino del mundo cerrado al universo infinito –como señalara acertadamente Koyré en su conocido libro.

El pensamiento sobre Dios se desplaza y se abre a nuevos horizontes. Para Bruno éste no es algo más allá de la experiencia humana y finita. Dios no es algo trascendente, no creó al mundo y se separó de él. Dios es lo infinito en el cuál se identifican poder y ser, así su existencia es actual. Es decir, todo lo que existe, el universo infinito y los mundos, son la expresión de la existencia de Dios. En ellos mismos Dios habita como la insistencia de un eco inmemorial. Pero por ello la experiencia del mundo se abre: no ya como la irremediable caída en el pecado, sino como el único espacio en el cuál es posible buscar la plenitud.

Universo

“Así conocemos tantas estrellas, tantos astros, tantos númenes, como son todos esos centenares de miles que asisten al servicio y contemplación del primero, universal, infinito y eterno eficiente… Así nos vemos llevados a descubrir el infinito efecto de la infinita causa, el verdadero y vivo vestigio del infinito vigor, y sabemos que no hay que buscar la divinidad lejos de nosotros, puesto que la tenemos al lado, incluso dentro, más de lo que nosotros estamos dentro de nosotros mismos”
Giordano Bruno, La cena de las cenizas

Si Dios es potencia infinita, no menos lo son los mundos y el universo. La concepción de la infinitud del universo había surgido desde el mundo griego (notablemente con Epicuro), siendo dejada a un lado por la ciencia y la filosofía dominantes en la Edad Media. Desde el punto de vista aristotélico-cristianizado que impregnaba la visión del mundo de occidente, el universo se desplegaba finita y jerárquicamente a partir de la Tierra. Aún Nicolás Copérnico -que con su De revolutionibus orbium coelestium postulaba el heliocentrismo- la defendía. Fue Nicolás de Cusa quien volvió a postular con vigor esta idea en su libro Acerca de la docta ignorancia y Bruno la hace suya hasta la muerte.

Qué prepotencia la del hombre, sobreponiéndose a todo lo que no es él, colocándose al centro y queriendo gobernarlo todo. Para Bruno somos vestigios del infinito, navegantes de una inmensidad que nos sobrepasa y estremece. No hay jerarquía del universo, sino que al descentrarse éste nos arroja a un lugar aleatorio, tan significativo (o tan insignificante) como el de una estrella o una hormiga. Pero al fin y al cabo somos eso. Y descubrimos por fin que es ahí, en la fragilidad de nuestra finitud, donde se puede hallar la felicidad.

Naturaleza

La ciencia moderna, pese a surgir en el mismo contexto, recorrió un camino distinto al sugerido por Bruno. Éste se exige a sí mismo volver a pensar la naturaleza y nuestro lugar en ella (physis, dirían los griegos). Le interesa más el conocimiento de lo divino mediante el conocimiento de la naturaleza y la forma de vida que dicho conocer exige. Pero por ello la filosofía de nuestro autor discurre por otra vía que la que Galileo emprenderá con genialidad al dirigir la mirada hacia las estrellas con el telescopio. Pues acaso su fuerza no radique en ofrecer una matematización del mundo, como si la naturaleza fuese efectivamente un libro que sólo así es posible leer.

Y es ahí donde radica hoy su mayor actualidad. Pues cuando la Ilustración -que quería “quitar a los hombres el miedo y convertirlos en señores”, como bien demostraron Adorno y Horkheimer en su clásico estudio- muestra sus claroscuros (como la catástrofe ecológica), se hace urgente repensar nuestra estancia en la Tierra.







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