GENOCIDIO EN TUCUMÁN

A 40 años de la desaparición de José Francisco Toloza: ¡presente!

Una breve semblanza de su vida y la lucha de su hija Karina.

Maximiliano Olivera

@maxiolivera77

Miércoles 24 de mayo | Edición del día

El 24 de mayo de 1977, los chacales de verde oliva alistaban los últimos preparativos para celebrar un nuevo aniversario patrio. De los actos participarían las sotanas y los ilustres señores de la burguesía local, grandes impulsores del golpe genocida del 24 de marzo de 1976. Sin embargo, la maquinaria del terror no se detuvo ese día.

José Francisco Toloza salió de su trabajo a las 14 y se dirigía a su casa del barrio San Miguel. Le había prometido a su esposa Liliana que ese día iban a llevar a vacunar a Karina, la hija de ambos. Bordeando el parque 9 de Julio sobre la avenida Benjamín Araoz, a la altura de la entrada del Hipódromo, una camioneta del Ejército se cruza para cerrarle el paso a la bicicleta. De ese día, hace 40 años, familiares, amigos y compañeros buscan esclarecer los pasos de secuestro y desaparición por parte de la dictadura genocida.

A los 27 años, Pepe –como era conocido por todos– era técnico mecánico y se desempeñaba como técnico en seguridad industrial en la división Higiene y Seguridad Industrial de la Dirección General de Saneamiento Ambiental, dependiente del Ministerio de Salud. Ingresó allí en 1973 como contratado, y quedó como efectivo en marzo de 1974. Los domingos trabajaba en el Hipódromo. Además, estudiaba Mecánica en la UTN e Ingeniería industrial en la UNSTA. Llevaba dos años de casado con Liliana Osores y en los primeros días de febrero había llegado al mundo su primera hija Karina.

Cuando secuestraron a su padre, Karina tenía tres meses de vida. Hoy lleva décadas de militancia en los derechos humanos –desde algunos años lo hace en el Centro de Profesionales por los Derechos Humanos– y desde que tuvo dimensión de la historia de su padre se propuso reconstruirla minuciosamente. Lo hizo en tiempos duros, cuando los genocidas caminaban impunes y algunos eran elegidos gobernadores. Desde los 13 años anota nombres, fechas, lugares, redescubre recuerdos en fotografías. Con el paso de los años, Karina se iba convenciendo que había cosas que no iba a saber, que pudo descubrir que era ‘mamero’, que jugaba al futbol con los changos del barrio, los mismos que salieron a buscarlo cuando ese día no volvía del trabajo. Pudo descubrir que su padre iba con sus compañeros de trabajo a comer a El Buen Gusto, donde con la misma intensidad se planeaban revoluciones, se declaraban amores y se escribían poemas. Descubrió algunos discos, algunos libros, podía descubrir muchos otros detalles, pero el destino final de su padre iba a ser una pieza con la que no iba a dar. Pero en octubre de 2016, recibió un llamado del Equipo Argentino de Antropología Forense: se había encontrado restos de su padre en el Pozo de Vargas, una fosa clandestina común en las afueras de San Miguel de Tucumán.

El 10 de diciembre de 2016 se realizó una plantación de árboles en el Pozo de Vargas, en homenaje a las últimas personas identificadas. Al momento de las palabras, Karina respira hondo, su voz se resquebraja cuando recuerda con tristeza a su abuelo y a su abuela, que murieron sin saber el destino de su hijo. Reafirma, una vez más, que nunca bajará los brazos, que quedan muchas historias por reconstruir, nietos por restituir, genocidas por encarcelar.

Para este 24 de marzo, en medio de una ola negacionista, Karina recuerda a su padre y escribe:

Que podía pensar mi cabeza de sueños rotos en un pozo de agua; en tierra; en ferrocarriles.

Con razón nunca me gustaron las vías ni las fincas ni las citas. Esta es la más larga de mi vida. Se dónde estás pero todavía no podemos encontrarnos. Cuatro décadas no son nada.

Yo marcho porque sigo luchando.

José Francisco Toloza, ¡presente!






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