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OPINION

A 39 años de la muerte de Franco: que el Régimen del ‘78 no “muera en la cama”

Hace 39 años que tenía lugar el esperado “hecho biológico” que ponía fin a la vida del Dictador Francisco Franco. Muchos historiadores oficiales siempre insisten en el hecho de que “Franco murió en la cama” para intentar demostrar que el desmonte de la Dictadura y la llegada de la democracia del 78 iba a ser obra del buen hacer de su heredero en la Jefatura del Estado, Juan Carlos I, y toda una saga de “grandes hombres de Estado” como Suárez, Carrillo o Felipe González.

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Viernes 21 de noviembre de 2014 | Edición del día

Se trata de un relato oficial que busca sentar cátedra de dos lecciones fundamentales que han servido y sirven de puntales para el actual régimen político español.

La primera parte del relato: el carácter magnánimo y generoso de la Corona, los franquistas reciclados y los dirigentes de la oposición democrática. Esa “cultura de la Transición” en la que “todos cedieron en algo” para conseguir una “ruptura pactada” y evitar un “nuevo enfrentamiento entre españoles”. Hoy este relato comienza a agrietarse al mismo tiempo que lo hace el régimen político que nació con la Constitución. Las “renuncias” de unos no tienen comparación con las de otros. Las direcciones obreras, con el PCE y el PSOE a la cabeza, impusieron la aceptación de la Monarquía, la renuncia al derecho de autodeterminación de las nacionalidades y la impunidad absoluta para todos los crímenes del Franquismo entre otras lindezas. Abrieron el camino para que la crisis capitalista de los 70, como todas las que han venido después, fueran descargadas sobre los hombros de la clase trabajadora con desempleo de masas y pérdida de derechos. Y establecieron un sistema político bipartidista y basado en una casta política privilegiada y corrupta.

Las movilizaciones de la juventud, trabajadores y sectores populares que se vienen produciendo desde la irrupción del 15M ponen en crisis este relato de la Transición modélica y abren por abajo la posibilidad de que este régimen pueda ser volteado. Las peleas por arriba, fruto del descrédito de la clase política y el achicamiento de la tarta presupuestaria, son el otro gran elemento de crisis que se refleja en los cientos de casos de corrupción que se van destapando y el enfrentamiento entre instituciones.

La segunda parte del relato: la crisis terminal de la Dictadura no la produjeron las luchas de los trabajadores y sectores populares, de hecho hubo que esperar al “hecho biológico” y a la audaz intervención del Rey y los futuros padres de la Constitución para desmontarla. Esta tesis oculta o minusvalora la importancia del paulatino ascenso de las luchas obreras, estudiantiles y vecinales que se venía produciendo desde los 60 y el gran ascenso huelguístico vivido durante 1976. Los monárquicos han querido que nada haga sombra a Juan Carlos I y a su pupilo Suárez. La izquierda del régimen también ha aceptado esta tesis que le servía como justificativo de su entrega pues “no se podía conseguir más”.

Hoy en día, si bien aparecen voces críticas que la cuestionan y reconocen el “esfuerzo de nuestros mayores”, se mantienen en reconocer la imposibilidad de que aquellas movilizaciones pudieran haber logrado imponer una verdadera vuelta de la tortilla.

Es el caso de los dirigentes de Podemos como Pablo Iglesias que miden su crítica a la Transición señalando que tal vez no se pudo hacer más entonces. Le lavan la cara así a las direcciones de Carrillo y González. Y se plantean tomar el relevo de éstas enarbolando de nuevo la bandera de la “ruptura democrática” que entonces no pudo llevarse adelante. Nos hablan de abrir un nuevo proceso constituyente para poder discutir sobre todo lo que no se pudo discutir en 1978: derecho de autodeterminación, Corona, ley electoral... aunque siguen dejando en el tintero aspectos que son centrales para resolver las grandes demandas democráticas y sociales pendientes, como la impunidad de los crímenes del Franquismo y el GAL, además de manifestar un reverencial respeto a la propiedad privada y al capitalismo como un sistema con el que “no podemos acabar nosotros solos”.

La segunda gran lección del relato oficial de la Transición todavía goza de un buen estado de salud. La idea de que este régimen, como su padrino, no puede ser destronado por la movilización de masas. Que la única vía posible es su transformación por medio de sus propias reglas, yendo como planteó Suárez “de la ley a la ley”. Como insisten ahora desde el PSOE con su reforma constitucional y desde Podemos con su proceso constituyente emanado de las siguientes Cortes. Una vía “posible” que obliga a limitarse a un contenido “realista”.

Hoy como ayer sigue habiendo una relación interdependiente entre los medios y los fines. Cómo acabar con la Dictadura o con el Régimen del 78 condiciona su resultante. Para imponer la “ruptura pactada” de los Pactos de la Moncloa y la Constitución fue fundamental desactivar la calle. A ello se entregaron en cuerpo y alma los dirigentes del PCE y el PSOE. Por eso muchos han podido repetir insistentemente eso de que “Franco murió en la cama”.

La crisis del Régimen del 78 tiene sus propios “hechos biólogicos”. Desde la desaparición física de figurones como Suárez, Carrillo o Fraga, hasta las muertes políticas de Juan Carlos I y gran parte del personal político de la Transición., pasando por la desaparición de algunos campeones del capitalismo hispano como Emilio Botín o terratenientes y muestrarios de la bizarra nobleza como la Duquesa de Alba. Sin embargo, hoy como ayer, muerto el perro no se acaba la rabia. Sus herederos, desde Felipe VI hasta Rajoy, Pedro Sánchez o Patricia Botín, harán lo posible para sobrevivirse, incluyendo aceptar una reforma regulada y limitada. Para evitar eso, para que nadie pueda decir nunca que “El Régimen del 78 murió en la cama”, hay que evitar reproducir viejas estrategias que ya hemos visto a dónde conducen.

Hoy una estrategia para luchar contra el Régimen del 78 que no ponga en el centro la movilización social con los trabajadores no puede sino abrir la puerta a otro proceso gatopardista, que volverá a dejar en el tintero las grandes demandas que desde 2011 se vienen expresando en la calle. El fin de la monarquía, de la casta política, de la opresión nacional, de los planes de ajuste, el desempleo, los desahucios... son cuestiones que no podrán resolverse si no es sobre las ruinas de un régimen, tumbado por la movilización y la auto-organización de los trabajadores que abran un verdadero proceso constituyente donde realmente se pueda discutir de todo.







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