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A 146 años del primer "asalto" obrero: ¿qué aprendimos de La Comuna de París?

En el último fin de semana de mayo, se cumplen 146 años de la experiencia llevada a cabo por los “comuneros” de París. Se realizaron elecciones y se conformó un concilio comunal integrado por 92 delegados que representarían la conciencia colectiva del pueblo y proclamaron una serie de reivindicaciones revolucionarias.

Domingo 28 de mayo | Edición del día

En el último fin de semana de mayo, se cumplen 146 años de la experiencia llevada a cabo por los “comuneros” de París. El 18 de marzo de 1871, aprovechando el encarcelamiento del monarca Napoleón III en manos del ejercito franco-prusiano, la Guardia Nacional junto al proletariado y al pueblo golpeado por las guerras y la miseria en las calles, consumaron la ira popular en la conformación de La Comuna de París (La Commune de París). Se realizaron elecciones y se conformó un concilio comunal integrado por 92 delegados que representarían la conciencia colectiva del pueblo y proclamaron una serie de reivindicaciones revolucionarias. El primer gobierno del pueblo y para el pueblo trabajador en la historia, fue aniquilado por la clase dominante en unos pocos meses.

En aquel entonces, Karl Marx, previo a los levantamientos, recomendaba a los protagonistas de la contienda popular no intentar el derrocamiento al gobierno como acto de desesperación, advirtiéndoles la ineludible contraofensiva que produciría el Estado Franco-Prusiano inmediatamente. Sin embargo, producto de la coyuntura, una vez realizada la hazaña por el pueblo parisino, Marx no se contentó con entusiasmarse solamente ante el heroísmo de los comuneros que, según sus palabras, “tomaban el cielo por asalto”. Él veía en aquel movimiento revolucionario de masas una experiencia histórica e inigualable hasta el momento, un paso hacia la revolución proletaria mundial, un acto que superaba lo empírico y asentaba las virtudes de la filosofía de la práctica popular.

Tanto para Marx como para Federico Engels, la experiencia del pueblo revolucionario de París dejaba enseñanzas día a día a la clase obrera combativa del mundo entero. De esa manera, la única corrección que Marx consideró necesario introducir en el Manifiesto Comunista fue hecha por él basándose en la experiencia de los comuneros de París. El último prólogo a la nueva edición alemana del manifiesto, suscrito por sus dos autores, lleva la fecha de 24 de junio de 1872. En este prólogo, los autores Marx y Engels escriben que el programa es “ahora anticuado en ciertos puntos”.

“La clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines”
(Marx en La guerra civil en Francia).

Dicha corrección se volvió fundamental para la historia del proletariado. Cuando los autores refieren a esta imposibilidad de los obreros en tomar el poder de Estado -únicamente- y desde ahí impulsar sus demandas. No quieren decir con esto que sifnigique “la toma del poder por el desarrollo lento y reformista, en oposición a la apropiación violenta de la actividad estatal” (Lenin, El Estado y la Revolución: 1917). Es decir, la mayor enseñanza del primer gobierno obrero de la historia es que no alcanza simplemente con tomar el poder y dictar nuestras propias normas reivindicativas y revolucionarias, ya que esto deriva en la obligada conciliación constante con los burgueses de turno (oportunismo/reformismo) o, como lo muestra la lucha de clases, en una masacre por parte del régimen anterior para recuperar el poder. O sea, la clase obrera debe destruir, romper, la “maquina estatal existente y no limitarse a apoderarse de ella”.

Si te fijas en el último capítulo de mi ’18 Brumario’, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa, no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como se venía haciendo hasta ahora, sino romperla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente.

Son las palabras que escribía Marx a Kugelmann (Médico ginecólogo, amigo y confidente de Marx, integrante de la Asociación Internacional de los Trabajadores y el Partido Socialdemócrata alemán) el 12 de abril de 1871, en pleno movimiento de la Comuna.

¿Con qué sustituir la máquina del Estado?

Para leer esta experiencia histórica veamos algunos de los primeros decretos de la Comuna de Paris:

• El Ejército permanente y la Policía fueron reemplazados por la Guardia Nacional, integrada por ciudadanos comunes, como artesanos, jornaleros y otras profesiones u oficios. (El pueblo armado)
• Se estableció la separación entre la Iglesia y el Estado.
• Los cargos públicos eran sometidos a elección popular (orígenes de la democracia representativa) y se regían por el principio de mandatos revocables, además de ser remunerados como el salario de un obrero calificado.

A este último punto Marx le da un valor fundamental en la transición de un Estado Burgués a un Estado Proletario. En El Estado y la revolución, V. Lenin asegura: “En este sentido, es singularmente notable una de las medidas decretadas por la Comuna, que Marx subraya: (…) la reducción de los sueldos de todos los funcionarios del Estado al nivel del “salario de un obrero “. Aquí es precisamente donde se expresa de un modo más evidente el viraje de la democracia burguesa a la democracia proletaria, de la democracia de la clase opresora a la democracia de las clases oprimidas, del Estado como “fuerza especial ” para la represión de una determinada clase, a la represión de los opresores por la fuerza conjunta de la mayoría del pueblo, de los obreros y los campesinos”.

Otras de las medidas fueron:

• Dejar de impartir clases de religión en los colegios, por tratarse de un tema de decisión personal.
• Las fábricas abandonadas fueron recuperadas y puestas a producir por los trabajadores.

“La antítesis directa del Imperio era la Comuna”

Nos gustaría comenzar este último apartado con un significativo pasaje que escribe Marx en La Guerra civil en Francia:

“En el siglo XIX, se desarrolló, con sus bases impulsivas de la Edad Media, “el poder centralizado del Estado”, con sus órganos omnipresentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura”.

(…) [Al evolucionar el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo] “el Poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de un poder público para la opresión del trabajo, el carácter de una máquina de dominación de clase. Después de cada revolución, que marcaba un paso adelante en la lucha de clases, se acusaba con rasgos cada vez más salientes el carácter puramente opresor del Poder del Estado”.

(…) [La Comuna de Paris] “Era la forma definida (…) de aquella república que no había de abolir tan sólo la forma monárquica de la dominación de clase, sino la dominación misma de clase”.

Estás conclusiones imprimían su peso en las discusiones de la clase obrera del mundo, hace ya aproximadamente 150 años. Hoy, todas las grandes luchas obreras, campesinas o cualquier tipo de manifestación que se presente antihegemónica son reprimidas por el gobierno burgués de turno y su fuerza armada (casos como el del pueblo brasilero y sus luchas actuales contra la corrupción descarada de su clase política, los obreros franceses en Lyon o París, trabajadores y trabajadoras reprimidos en el sur argentino, etc), o son el objetivo de cooptación por parte de los partidos progresistas, reformistas, que aseguran pasivos, que el cambio de las injusticias capitalistas sostenidas en el tiempo, pueden transformarse dentro del perímetro de las instituciones del Estado burgués… ¡Es decir con sus reglas! ¡Es una invitación coercitiva e irónica a conciliar la explotación del hombre por el hombre!

Ellos, oportunistas, junto a sus aliados los “sindicalistas empresarios” (contradicción por definición), desvían las luchas populares o bien las hacen dormitar con el único objetivo de ensanchar sus ganancias. “Miserables”, los calificaría Marx.








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