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HISTORIA Y MUSICA

A 107 años de la matanza de Santa María de Iquique

La historia de la heroica huelga y posterior represión en Santa María de Iquique, Chile se populariza en los años ´70 a través de la Cantata interpretada por el grupo Quilapayún

Lunes 22 de diciembre de 2014 | 07:00

Un día como hoy, la masiva huelga de los “18 peñiques” era aplastada con una brutal matanza de mas de 3600 obreros salitreros y sus familias en la Escuela Santa María de Iquique, por parte del ejército chileno. Esta heroica huelga y la posterior masacre obrera, que fue acallada por décadas, sale a la luz y se populariza en los años 70 a través de la conmovedora obra del compositor Luis Advis y su Cantata de Santa María de Iquique, interpretada por el grupo Quilapayún, constituyéndose en una de las más importantes obras cumbres de la música popular latinoamericana del último siglo. Relatamos en esta nota la huelga de los 18 peñiques ilustrada con extractos de la Cantata.

“Señoras y señores, venimos a contar,
aquello que la historia no quiere recordar.
Paso en el Norte Grande, fue Iquique la ciudad,
mil novecientos siete marcó fatalidad.
Allí al pampino pobre mataron por matar.”

El conflicto estalla en diciembre de 1907, por el profundo malestar de los obreros del salitre y sus familias, que vivían en condiciones de extrema pobreza, de injusticia y de arbitrariedad patronal sin límites.

Existían en aquel entonces 84 oficinas salitreras -la inmensa mayoría en manos de capitales ingleses- en las que trabajaban unos 45.000 obreros, de los cuales unos 15.000 eran extranjeros (bolivianos, peruanos y argentinos).

Los yacimientos se encontraban en la zona del Desierto de Atacama, a lo largo de la pampa que une la cordillera con el mar, territorios que al finalizar la Guerra del Pacífico en 1884 quedan en manos de Chile. En esta zona se concentraban las grandes minas de cobre y de salitre. Para Chile, el nitrato de sodio era el principal puntal de su economía, por ser en ese entonces el único y privilegiado productor mundial.

“Si contemplan la pampa y sus rincones,
verán las sequedades del silencio,
el suelo sin milagro y oficinas
vacías, como el último desierto.
Y si observan la pampa y la imaginan
en tiempos de la industria del salitre,
verán a la mujer y al fogón mustio,
al obrero sin cara, al niño triste.
También verán la choza mortecina,
la vela que alumbraba su carencia,
algunas calaminas por paredes
y por lecho, los sacos y la tierra.
También verán castigos humillantes,
un cepo en que fijaban al obrero
por días y por días contra el sol,
ni importa si al final se iba muriendo”.

Las patronales del salitre ejercían un durísimo control en las minas y concentraban un poder excesivo y esclavizante sobre la vida de las familias trabajadoras pampinas: el pago del salario era en fichas que sólo servían para canjear por mercadería en las tiendas que pertenecían a las empresas. También eran dueñas de las viviendas, de las pulperías, de todo cuanto había en el pueblo, incluso del sistema policial.

“La culpa del obrero, muchas veces,
era el dolor altivo que mostraba;
rebelión impotente ¡una insolencia!
La ley del patrón rico, es ley sagrada.
También verán el pago que les daban,
dinero no veían, sólo fichas:
una por cada día trabajado
y aquella era cambiada por comida.
¡Cuidado con comprar en otras partes!
De ninguna manera se podía.”

La huelga estalla el 10 de diciembre, en la oficina San Lorenzo del poblado de Tarapacá, y en horas el paro se extiende en forma generalizada por toda la pampa salitrera.

Miles de obreros con sus familias marchan hacia Iquique. Piden que sus salarios sean pagados en peñiques, porque el salitre se comercializaba en libras esterlinas. Exigen también libertad de comercio y el poder contar con una balanza y una vara para controlar la mercadería que adquieren, hartos de las estafas de los patrones. Solicitan la apertura de escuelas nocturnas en los poblados para poder alfabetizarse, ellos y sus hijos/as. Y por supuesto, que ningún trabajador sea despedido por participar de la lucha.

“Se había acumulado mucho daño,
mucha pobreza, muchas injusticias.

Así, con el amor y sufrimiento
se fueron aunando voluntades.
En un sólo lugar comprenderían:
había que bajar al puerto grande.”

Con el paso de los días, 76 oficinas salitreras se encuentran de paro total: son casi 38.000 obreros en huelga. Se suma toda la industria y comercio de Tarapacá. En Antofagasta, panaderos, marítimos y trabajadores del calzado adhieren a la huelga en apoyo a los salitreros. La pampa está paralizada. Pero una inmensa multitud se dirige marchando pacíficamente a Iquique: son mas de 26.000 trabajadores, que junto con sus mujeres y sus hijos/as desbordan la ciudad con el objetivo de hacer oír sus justos reclamos y lograr que el intendente medie ante las patronales.

“Vamos mujer, partamos a la ciudad.
Todo será distinto, no hay que dudar.
No hay que dudar, confía, ya vas a ver,
porque en Iquique todos van a entender.”

Los empresarios, que al principio desestimaban la fortaleza de los pampinos en huelga, inician tratativas para la intervención inmediata del gobierno del presidente Pedro Montt, del intendente Carlos Eastman y del ejército. El imperialismo ingles ofrece tropas para reforzar la represión. No están dispuestos a negociar nada con los obreros si no se da fin a la huelga general y no regresen a las minas. También solicitan a los cónsules de Argentina, Bolivia y Perú para que hagan desistir a los obreros extranjeros en lucha, amenzándolos con ser expulsados del país.

“Los Señores de Iquique tenían miedo;
era mucho pedir ver tanto obrero.

Mejor que los juntaran en algún sitio,
si andaban por las calles era un peligro.”

El pueblo de Iquique recibe y abraza solidariamente a las familias pampinas, que se alojan en las Sociedades Obreras, en la Unión Marítima, en los pocos hoteles que hay en la ciudad (cedidos gratuitamente), en casas particulares y hasta en la carpa de un circo. Pero la inmensa mayoría se aloja en la Escuela Domingo Santa María, que funciona como el centro de organización y deliberación de la huelga; y “oficina” de los delegados de las salitreras y los obreros en lucha.

“El sitio al que los llevaban era una escuela vacía
y la escuela se llamaba Santa María.
Dejaron a los obreros, los dejaron con sonrisas.
Que esperaran les dijeron, sólo unos días.
Los hombres se confiaron.
No les faltaba paciencia
ya que habían esperado
la vida entera.”

El día 20 de diciembre, el intendente Eastman se reúne con los representantes de los huelguistas y les transmite que no habrá ninguna negociación posible si no levantan la medida y vuelven a sus pueblos. La decepción de los obreros y sus familias es enorme, porque confiaban en la mediación de Eastman, pero mas enorme es su convicción de que es momento de redoblar la lucha pues no están dispuestos a volver a la pampa con las manos vacías. El apoyo popular es inmenso. La lucha es mas que justa. Deciden mayoritariamente que hay que resistir y doblarle el brazo a los patrones. Es el momento.

El gobierno y los empresarios a su vez también entienden que la lucha es a todo o nada. Eastman declara el estado de sitio en Iquique. Y el hombre elegido para terminar con “los rebeldes” es el general del ejército Roberto Silva Renard, que ya en 1904 había comandado una masacre obrera sobre medio centenar de huelguistas de la Salitrera Chile.

EL 21 de diciembre, concentrados en la Escuela Santa María, los obreros son rodeados por miles de soldados armados con bayonetas y ametralladoras. Se les informa que por órdenes del general Silva Renard en nombre del gobierno, deben abandonar la escuela y trasladarse al Club Hípico, para luego viajar en tren hasta sus pueblos y retomar sus faenas habituales. Y anuncian que el desalojo es inminente.

La tensión es brutal, pero los obreros, sus mujeres, sus hijos, resisten y no abandonan la Escuela. Los cónsules intentan persuadir y quebrar a los extranjeros, anunciándoles que les espera la muerte si no desertan de inmediato. Los obreros argentinos, bolivianos, peruanos, en una muestra heroica y práctica de lo que es el internacionalismo proletario, les responden: “¡Con los chilenos vinimos, con los chilenos morimos!”.

Silva Renard evalúa que los obreros pampinos son indomables y que es hora de actuar. Pasadas las 15:30 hs, las tropas anuncian el ataque y abren fuego apuntando a las azoteas de la escuela, que es el lugar donde se encuentran los dirigentes de la huelga.

“Desde la escuela, El Rucio, obrero ardiente,
responde sin vacilar, con voz valiente:
Usted, señor General, no nos entiende.
Seguiremos esperando, así nos cueste.
Ya no somos animales, ya no rebaños,
levantaremos la mano, el puño en alto.
Vamos a dar nuevas fuerzas con nuestro ejemplo
y el futuro lo sabrá, se lo prometo.
Y si quiere amenazar aquí estoy yo.”

“Dispárele a este obrero al corazón.
El General que lo escucha no ha vacilado.
Con rabia y gesto altanero le ha disparado.
Y el primer disparo es orden para matanza
y así comienza el infierno con las descargas.”

A partir de allí, todo es represión y muerte.

“La Escuela Santa María fue el exterminio,
de vida que se moría, sólo alarido.
Tres mil seiscientas miradas que se apagaron.
Tres mil seiscientos obreros asesinados.”

El informe oficial de Roberto Silva Renard, observa cínicamente que el saldo de muertos del 21 de diciembre fue de 195 personas. Prohibió expedir certificados de defunción y ordenó que el entierro de todos los cadáveres se lleve a cabo en fosas comunes.

Al dia de hoy en Chile no se sabe con precisión cuantos muertos hubo en la matanza de Santa María. Las cifras oscilan entre los 2200 y los 5000, la obra de Advis refiere 3600.

El edificio donde funcionaba la Escuela Santa María fue demolido en 2011. Se encontraba profundamente deteriorado por los años y por haber sido afectado por el terremoto de Tocopilla de 2005.

La Cantata, en su Canción Final, interpela al espectador, al oyente, con un llamado a dejar de contemplar la historia y tomar las riendas en la lucha por una vida sin injusticias ni esclavitud, continuando la pelea que iniciaron un siglo atrás los mineros salitreros. Estrofas conmovedoras que sintetizan magistralmente esta heroica historia que hoy homenajeamos:

“Tenemos razones puras, tenemos por qué pelear,
tenemos las manos duras, tenemos con qué ganar.

La tierra será de todos, también será nuestro el mar,
justicia habrá para todos y habrá también libertad.

Luchemos por los derechos que todos deben tener,
Luchemos por lo que es nuestro, de nadie más ha de ser.

Unámonos como hermanos que nadie nos vencerá,
si quieren esclavizarnos, jamás lo podrán lograr.”

Silvina Pesce, con el aporte de Jazmín Jimenez y la poeta mendocina Nora Bruccoleri






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