Internacional

MEDIO ORIENTE

A 10 años de la Primavera Árabe, la revuelta más grande del siglo XXI

Un análisis del rol de los actores implicados, desde los partidos que actuaron hasta los ensayos de las distintas estrategias de contrarrevolución, permiten sacar conclusiones para encarar las revueltas en la tercera década del siglo.

Salvador Soler

@SalvadorSoler10

Jueves 17 de diciembre de 2020 | 08:22

Hace 10 años en una pequeña ciudad de Túnez, en el norte de África, un jóven vendedor ambulante de frutas con título universitario, Mohamed Bouazizi, es detenido y humillado por la policía por no contar con el permiso para transitar con su carrito. La policía confiscó la herramienta con la que el joven recaudaba 10 dinares por día (en ese momento alrededor de 7 dólares) para alimentar a su madre viuda y sus seis hermanos. La impotencia y frustración llevaron a que el joven prenda fuego su cuerpo frente a la alcaldía de la ciudad.

La acción viajó rápidamente por las redes sociales provocando que miles de jóvenes desocupados y pobres de la ciudad se identifiquen con la misma situación de vida de Bouazizi. El dolor y la bronca explotaron en las manifestaciones más grandes de la historia del país. El 14 de enero, casi un mes después, Zine el-Abidine Ben Alí fue derrocado junto a su dictadura de 23 años.

La inmolación del joven trabajador en Túnez, le puso fecha de defunción a varios gobiernos de la toda la región, dando inicio al proceso de lucha de clases más grande y extendido del siglo XXI. En pocos meses todos los regímenes de Medio Oriente y Norte de África, desde Marruecos hasta Irán, vieron nacer movimientos de protesta inéditos que conmovieron sus bases estructurales.

Los distintos regímenes se vieron acorralados por los levantamientos. Desde las “Repúblicas autoritarias” de Túnez, Egipto, Argelia, Libia y Siria, hasta las monarquías de Arabia Saudita, Bahrein y Jordania, aún regidas por pactos tribales y vínculos tradicionales con el imperialismo; y fuera del mundo árabe, Turquía y la República Islámica de Irán.

Los 22 países de la región afrontaron serias turbulencias políticas y ensayaron distintas estrategias para reprimir o desviar los procesos de movilización: desvíos democráticos, golpes militares y aplastamientos violentos, de los cuales algunos derivaron en guerras civiles. Esto dio lugar a una dinámica compleja de revueltas, procesos pre-revolucionarios, contrarrevolución y guerra civil en la que colapsaron varios de estos regímenes. Algunos se reformaron o desarrollaron conflictos civiles donde incluso se dirimieron intereses imperialistas, entre las potencias regionales y actores locales dotados de autonomía.

Revolución, revueltas y contrarevolución en la Primavera Árabe

La Primavera árabe no fue un rayo en el cielo sereno. Una serie de procesos previos fueron gestando las condiciones para los levantamientos populares de 2010-2012.

Los países del norte de África pasaron de ser milenarias civilizaciones agrícolas a importadores netos de la crisis de 2008- por la desertificación, el abandono de áreas rurales y aumento de los precios del petróleo, provocaron en toda el área una situación desesperante a nivel hídrico y alimentario. Lo cual fue gestando condiciones de pobreza cada vez más profundas de la mano de un Estado muy represivo. Las "revueltas del pan" anunciaron prematuramente lo que se venía.

La inmolacion de Bouazizi desencadenó las protestas en Túnez, y contagiaron rápidamente a Egipto. Las impresionantes rebeliones populares derrocaron en poco tiempo a las dictaduras vitalicias de Mubarak y Ben Alí a principios de 2011. Estaban compuestas por estudiantes, trabajadores y principalmente jóvenes y pobres urbanos, que irrumpieron con consignas políticas y métodos aprendidos durante las “revueltas del pan”, aunque sin un programa claro, ni una dirección política concreta.

Luego se abrió un período de “transición” donde se destacaron corrientes políticas tradicionales: en Túnez, Ennahda (Renacimiento) y en Egipto, la Hermandad Musulmana. Ambos partidos provienentes del islam político moderado ligado a una burguesía tradicionalista cuyos programas establecen la llegada al poder electoralmente, combinando los principios de organización social Islámicos con los del capitalismo y la modernidad.

La batalla del puente Kasr Al Nile que conecta los barrios obreros y empobrecidos con el centro de la ciudad de El Cairo, Egipto

Las elecciones en Egipto, donde la Hermandad Musulmana llegó al poder, fueron tuteladas por el ejército y el imperialismo. Tras dos años de gobierno, el presidente Mohamed Morsi intentó centralizar el poder e islamizar el país, pero lo rechazaron con manifestaciones de millones de personas que retomaron la Plaza Tahrir.

Los islamistas piden una nueva ley electoral y acusan al sistema actual de dañar a la población de las ciudades más grandes del país Foto: Khalil Mazraawi / AFP

Esta situación de debilidad permitió al ejército encontrar la oportunidad para dar un golpe de Estado en 2013, donde además de la ausencia de un proyecto alternativo que represente a las demandas del pueblo trabajador en ruptura con el imperialismo y la burguesía local. Entonces el general Al Sisi sofocó las “ilusiones democráticas” de los manifestantes con una matanza en un día de 800 personas, un récord en el siglo XXI, estableciendo una dictadura igual o peor a la anterior.

Plaza Tahrir, El Cairo, Egipto 2011.

En Túnez se convocó a una Asamblea Constituyente en respuesta a las manifestaciones. Ennahda planteaba “islamizar el país”, mientras que logra contener a cientos de miles de jóvenes frustrados y desempleados construyendo un gobierno de “unidad nacional” con los partidos laicos, hasta su derrota electoral en 2014. Sin embargo, los problemas estructurales del país como la pobreza y la desocupación se han profundizado. Y luego de años la experiencia “democrática” en Túnez, continúan vigentes las estructuras económicas y el aparato represivo que sostuvo a la dictadura de Ben Alí.

En Siria, Libia y Yemen los procesos de movilización fueron abortados por prolongadas guerras civiles. El imperialismo intervino armando a grupos afines o incluso en forma directa con la OTAN como en Libia. Las potencias regionales como Irán y Arabia Saudita – que venía de ahogar en sangre el levantamiento en Bahrein sin cuestionamientos de EE. UU.- aprovecharon el vacío de poder en función de su proyecto hegemónico y se enfrentaron desde entonces en una “guerra fría” combatiendo a través de aliados fuera de su territorio. Los restos de los antiguos ejércitos, las tribus, las milicias islámicas, los sectores ligados a la economía ilegal y las comunidades autónomas son los actores locales que hacen posible el control territorial y lo mantienen gracias a un sistema de alianzas cambiante.

La guerra arrastró a millones de personas a una crisis de hambre y enfermedades crónicas bajo emergencia humanitaria, y a crisis de refugiados que intentaron escapar a Europa y otros países.

Como vemos, las movilizaciones de 2011 fueron aplastadas o desviadas con diversas estrategias. Las reformas “democráticas” expropiaron el discurso de los manifestantes y no resolvieron las causas estructurales que impulsaron el movimiento, permitiendo a los sectores del poder local reorganizarse y establecer nuevos lazos con el imperialismo.

Las guerras civiles abrieron escenarios más complejos, donde la emergencia de las milicias yihadistas -ligadas al colapso de la estructura de poder y a intereses regionales- les dio legitimidad a las dictaduras y a Obama, en ese entonces presidente de EE. UU., para usar la máscara de la “lucha contra el terrorismo” y responder en forma reaccionaria a los reclamos populares. Mientras que el tejido social y política se resquebrajaba, fuerzas como la del Estado Islámico se consolidaron, incluso llegando a controlar ciudades importantes de Siria e Irak.

Libia en 2011

También impulsó a que Rusia e Irán, con distintos objetivos geopolíticos y estratégicos, avanzaran en lograr mayor presencia en el territorio en defensa de Al Assad hasta la actualidad, y también participando en Irak, Libia y Yemen. Esta nueva disputa por el control de Medio Oriente abrió un complejo escenario por la hegemonía regional con un EE. UU. en retirada estratégica. En la "Era Trump" recurrió a concretar la alianza de varios países árabes con Israel, logrando que reconozcan al estado hebreo, con el objetivo de intentar poner un cerco al avance de Irán en la región, mientras se disponen los recursos en el enfrentamiento con China en el Pacífico.

La falta de una una organización propia de las masas que salieron a la lucha, independiente de las direcciones burguesas locales -que jamás se enfrentarían frontalmente al imperialismo-, fue una debilidad que permitió a las clases dominantes restablecer su autoridad a un alto costo, aunque su hegemonía fuese débil en Medio Oriente luego del huracán de 2011.

Sudán 2019.

Sin embargo, la Primavera Árabe inauguró símbolos y tradiciones de lucha que permanecen latentes, y en esta crisis mundial empujaron con todas sus fuerzas hacia un nuevo estallido.

En 2018, contra todo pronóstico, se abrió una nueva oleada de enormes movimientos populares que derrocaron a dos dictaduras vitalicias (Omar al-Bashir en Sudán y Abdulaziz Bouteflika en Argelia) y puso contra las cuerdas a varios gobiernos de Medio Oriente (Irak, Irán y Líbano).

Algunas enseñanzas de la Primavera Árabe

Tanto en lo primeros años de la crisis del 2008, incluyendo los procesos revolucionarios de la Primavera Árabe, como en los actuales, intervienen sectores de las clases oprimidas: los “perdedores relativos” de la globalización, que corresponden a la juventud instruida y sin oportunidades, la clase media arruinada de los profesionales con bajos salarios; y los “perdedores absolutos” que incluyen a la población en situación de indigencia y marginalidad, que luego de los conflictos bélicos cuenta con grandes focos en condiciones de inseguridad alimentaria (muertes por cólera e inanición en Yemen por ejemplo) y la cantidad de refugiados y desplazados más grande del mundo.

Plaza Tahrir, Bagdad, Irak 2019.

La clase obrera "industrial" tuvo una participación importante. Pero al actuar como un “actor más” de las manifestaciones asumiendo una identidad “ciudadana” sin disputar la hegemonía no logró hacer pesar su posición estratégica. Al mismo tiempo, tampoco hubo una dirección política que planteé la ruptura con el imperialismo y los partidos islamistas o progresistas que proponen cambios en la distribución de la renta hidrocarburífera o reformas del sistema político, y sin alterar su rol de socios menores de las potencias occidentales o clientes de países como Rusia e Irán, como en el caso de Siria.

La Primavera Árabe de 2010-2012 no alcanzó a ser una “revolución” desde el punto de vista de que hubo una reconfiguración de la estructura sociopolítica a partir de la cual la burguesía logró recuperar su hegemonía, y por ende se produjo un aborto de la revolución. Sin embargo, la Primavera Árabe como hito histórico que encerró una enorme carga simbólica y métodos de lucha en millones de persona, ha quedado en el inconsciente colectivo de los jóvenes, trabajadores y trabajadoras de todo el Medio Oriente y Norte de África. Incluso logró un impacto global que se extendió por todo el mundo, siendo los ejemplos más resonantes el movimiento de los indignados en el Estado español y Occupy Wall Street en Estados Unidos.

Casi una década más tarde, los elementos que desataron esas revueltas siguen vigentes o han empeorado. Por eso los nuevos procesos que estallaron desde 2018 en distintos países de África y Medio Oriente, que retoman toda su simbología y métodos, son una demostración de que se entabló una ruptura histórica.

En todos estos países se mantuvieron características acordes a los de una “revuelta popular” espontánea cuyo actor central es la juventud marginada y combativa. Sus banderas encierran varios reclamos contra las condiciones de desigualdad, precarización laboral, los derechos de las mujeres, el racismo y niveles espectaculares de explotación agravados por la pandemia. Su prolongación en el tiempo será un problema central para los gobiernos de Medio Oriente en el próximo período.

La Primavera Árabe demostró cómo el imperialismo y las burguesías locales harán enormes esfuerzos para plantear salidas con rostros democráticos. Por esta razón, frente a las revueltas que nacieron en 2019, la estrategia revolucionaria deberá partir de las conclusiones de independencia política del pueblo trabajador para destruir los grilletes que lo oprimen.







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