Juventud

OPINIÓN

6A: con la convicción a flor de piel

Algunas reflexiones luego de la brutal represión en manos de Gendarmería en el corte en Panamericana.

Domingo 9 de abril | 00:00

Así que era esto, de esto me hablaban mis compañeros con tanta emoción y convicción, con tanta pero tanta bronca que, hasta el jueves pasado, no llegaba a entender.
De un lado, ellos, formados en fila, caras sobradoras, cada vez más, listos para responder a las órdenes que les bajen (¡mulo del patrón! les llegaban los gritos de este otro lado), listos para el momento de liberar toda su violencia, de reprimir a cuanto joven, estudiante, trabajador les fuera posible, era su momento de lucirse y más de uno, pude ver en sus caras, lo disfrutaba.

Del otro lado, nosotros, filas de compañeros con los brazos entrelazados, una vez más preparados para hacer frente a los ataques (esta vez físicos) de ellos, del enemigo, de la Gendarmería y de los de más arriba, los que desde su sillón dan la orden de reprimir, de los que sacan en los medios que estábamos provocando, de los que constantemente criminalizan nuestra lucha, de Macri anunciando desde el Hilton con la sonrisa siniestra que lo caracteriza "qué bueno que hoy estemos acá, trabajando", de todos ellos, que nos oprimen día a día. Y ahí estábamos, y seguían cayendo uniformados y la tensión seguía creciendo, y mientras nosotros nos manteníamos juntos y al grito de "no queremos más despidos, no queremos represión", les dieron la orden.

En las primeras horas de corte me invadieron mil emociones (todo lo que sabía de represiones lo había escuchado, leído o visto en vídeos), empezando por un miedo paralizador -por qué no decirlo- ante la escena que tenía en frente, incertidumbre, adrenalina y por qué no, también, admitir que en varias oportunidades sonó en mi cabeza la misma pregunta: qué carajo hago acá. Pregunta que se respondió sola en el momento en que empezaron a avanzar, cuando desde las últimas líneas pude ver un montón de cascos verdes venir hacia nosotros con sus escudos, sus palos, distintos gases, picanas eléctricas, balas de goma, camiones hidrantes; momento en que todo el miedo se fue para darle lugar a toda la bronca, la convicción, el odio de clase, el sentimiento de lucha. Y ahí, en cuestión de segundos y casi sin darme cuenta, entendí. Entendí que de eso me hablaban, de poner el cuerpo, y la importancia de estar ahí haciéndolo.

Desde ahí está todo un poco nublado, bastaron unos minutos para que descarguen todas sus armas sobre nosotros, imágenes de mis compañeros resistiendo en las primeras líneas, de los golpes, los chorros de agua, del gas, de chicos y chicas que fueron a plantarse en un corte legítimo y volvieron apaleados, algunos con la cabeza rota, muchos sin poder ver a causa de los gases, con la cara al rojo vivo.

Pero las imágenes más claras que me llevé fueron las que siguieron: la solidaridad entre compañeros, las risas forzadas y sádicas de ellos, de los mulos del patrón, nuestros cantos que no pudieron callar, el aguante del PTS, de la izquierda que se planta, de los que fuimos a poner el cuerpo una vez más por los trabajadores ante un sistema que no hace más que oprimirnos con toda impunidad.

Al momento de pegar la vuelta estábamos cansados, heridos y preocupados por los compañeros graves y los detenidos, pero sobre todo llenos de orgullo, de energía, de moral. Y así me siento hoy, repasando la larga mañana de ese día: orgullosa y combativa, con ganas de cambiar todo, con la confianza de que somos un montón y de que, a pesar de tantas injusticias, es por medio de la lucha que podemos lograrlo.
¡Acá está la izquierda que se planta!








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