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26 de julio: Evita y Moncada

Miércoles 26 de julio | Edición del día

El 26 de julio es una fecha simbólica en la vida de América Latina. En esa fecha, en 1952, fallecía María Eva Duarte de Perón, mientras que un año más tarde, en Cuba, un grupo encabezado por Fidel Castro, ensayaba el asalto al cuartel Moncada, episodio que dará nombre al movimiento que años después encabezara la revolución cubana.

Se pueden cruzar ambos acontecimientos y extraer lecciones de experiencias históricas que hablan del papel conservador del nacionalismo burgués y la necesidad de superarlo.

Evita siempre fue el emblema de un nacionalismo burgués combativo, de un peronismo plebeyo y antioligárquico. Mientras vivió el papel de Eva le permitía al régimen peronista simbolizar el protagonismo de los trabajadores y el pueblo pobre acompañando al proyecto burgués de Perón. Evita era el cemento plebeyo de un matrimonio que en su propia composición sintetizaba simbólicamente la alianza de los estratos populares y el Estado capitalista, una mujer bastardeada por las elites de la época y un miembro de la casta militar al frente del gobierno y la fuerza política más importante de la época en Argentina. El odio de clase que le profesaba la oligarquía a Evita sirvió para agrandar su figura frente a los sectores populares que seguían al peronismo.

Evita fue militante de la causa burguesa de Perón, de la incorporación de la clase obrera a la vida publica mediante la ampliación de sus derechos sociales, la regimentación de las organizaciones obreras y la persecución a las ideas de izquierda que pusieran en duda la conciliación de clase y el mando burgués sobre la clase trabajadora. Este último objetivo lo logró en gran medida por el papel del Partido Comunista y el Partido Socialista que militaron activamente en la Unión Democrática, cuyo ideólogo era el embajador norteamericano Spruille Braden y por el papel de los dirigentes sindicales del naciente peronismo que se subordinaron enseguida a las órdenes de Perón. El mito de Evita expresaba las posibilidades de ascenso social de una clase trabajadora que, perdida su independencia política, buscaba su lugar en la vida burguesa. Pero además su mitología actuaba a manera de expropiación de las acciones proletarias. Así el 17 de octubre de 1945, en la mitología peronista, no fue el producto de la irrupción de la clase obrera y de la iniciativa de algunos de sus jóvenes sindicatos y dirigentes como Cipriano Reyes y Luis Gay, sino de la predica de Evita que fabrica por fabrica sublevaba a los obreros para liberar a Perón. Estos últimos dirigentes pagaron con cárcel y exilio el haber puesto en duda el liderazgo de Perón por el intento de mantener en pie al Partido Laborista como representante de los sindicatos.

El 31 de agosto de 1951, cuando se produce el renunciamiento histórico de Evita a su postulación a la vicepresidencia, el sentido del mismo se explica con el fin de desactivar el intento de la CGT, ya completamente copada por una burocracia corrompida y adicta al régimen peronista, de imponerle condiciones a Perón.

Si el peronismo constituía en el poder un bonapartismo sui generis cuya función era negociar el status semicolonial del país frente al avance del imperialismo norteamericano, resulta acertada la definición del historiador marxista Milcíades Peña, que definía a la compañera de Perón como un bonapartismo con faldas que cumplía la función de mantener dentro del peronismo a los sectores plebeyos y pequeñoburgueses con la ilusión de influir decisivamente dentro de él.

El peronismo finalmente capítulo en 1955 frente al golpe orquestado por el imperialismo y todo su aparato burocrático se derrumbó ante la ofensiva gorila, demostrando su incapacidad para llevar adelante la lucha por la independencia nacional que era una de sus banderas.

Pero el mito de Evita alimento nuevamente a la generación provenientes fundamentalmente de la pequeño burguesía que en los setenta se incorporó, tras el Cordobazo, masivamente a la Juventud Peronista. Su figura fue reivindicada como un alma revolucionaria del peronismo para luchar por la “patria socialista” frente a lo que llamaban brujo-vandorismo. El mito de Evita volvió a cumplir la misma función histórica que en el origen, contener la radicalización política de los trabajadores y la juventud dentro de una fuerza que bajo el liderazgo de Perón lanzó en 1973 a las bandas contrarrevolucionarias de la Triple A y del aparato de Estado a reprimir y asesinar a la vanguardia obrera y juvenil.

El asalto al Moncada por otro lado simbolizará el inicio de la oposición activa de la juventud cubana al régimen de Fulgencio Batista que se había impuesto tras el madrugazo del 10 de marzo de 1952. 131 combatientes encabezados por Fidel Castro Ruiz, prominente dirigente del burgués Partido Ortodoxo cuyo lema era “Vergüenza contra dinero”, se lanzaron a la toma del cuartel con el objetivo de provocar una insurrección popular con el fin de restaurar la Constitución de 1940. Los asaltantes fueron derrotados y posteriormente torturados, muchos de ellos fueron fusilados en represalia. Fidel Castro saltara a la fama por su alegato de defensa en el juicio que se realizó contra los asaltantes por su alegato cuya frase final rezaba: “La historia me absolverá”.

La fecha del asalto al Moncada dará nombre al movimiento de masas que alentado por el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, donde estaban Fidel, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara, llevara adelante la lucha contra la dictadura de Batista hasta su derrocamiento en enero de 1959.

A diferencia del peronismo y del mito de Evita que sirvió para contener a los trabajadores dentro del nacionalismo burgués, la revolución cubana, debido a la derrota militar de las fuerzas de Batista y las provocaciones del imperialismo, avanzó de contragolpe abandonando el programa original de conciliación de clases del M26 hasta la ruptura con la burguesía y su expropiación, conquistando su independencia nacional poniendo en pie al primer y único, hasta ahora, Estado obrero de América latina. Su burocratización producto de la stalinización del régimen no empaña el hecho de que la superación del nacionalismo burgués se transformó en una condición de toda lucha antiimperialista en serio.








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