Cultura

35 AÑOS DESPUES

23F: el golpe que consolidó los rasgos más reaccionarios de la Transición

Este martes se cumple el 35 aniversario del intento de golpe de estado perpetrado por algunos mandos militares del 23 de febrero de 1981. Desde entonces conocido como el 23F, la fecha es considerada un punto de cierre de la llamada "Transición Democrática".

Cynthia Lub

Barcelona | @LubCynthia

Santiago Lupe

Barcelona | @SantiagoLupeBCN

Martes 23 de febrero de 2016 | 22:36

El Teniente Coronel Tejero, en la tribuna del Congreso. Foto: Manuel Pérez Barriopedro / EFE

Los episodios centrales fueron el asalto al Palacio de las Cortes por un numeroso grupo de guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero y la ocupación militar de la ciudad de Valencia ante la declaración de estado de guerra por parte del capitán general de la III Región Militar Jaime Milans del Bosch; mientras transcurría la sesión de votación para la investidura del candidato a la Presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, de la UCD (Unión de Centro Democrático).

Más allá de los hechos, el 23F es una fecha que todos recuerdan como el cierre de la llamada "Transición Democrática", bajo un país que “debía cerrar heridas” en un “acto de reconciliación de las dos Españas” bajo el mutuo convencimiento “racional” de las dos partes: el Régimen y la oposición, los cuales, “evolucionando” a lo largo del tiempo, fueron abandonando sus presupuestos conflictivos vividos en décadas pasadas.

Así nos cuentan la historia de la llamada “transición democrática” que podemos leer de los historiadores del Régimen como Javier Tusell, en los periódicos y medios de comunicación o series ya legendarias como "Cuéntame cómo pasó". Una transición presentada como “modélica y exportable” para los regímenes dictatoriales de Chile o Argentina en los años ochenta.

Una falsa historia, víctima de la amnesia que pretende negar el conflicto, y con él a los sujetos colectivos como protagonistas; como a los movimientos sociales, vecinales, feministas o por las autonomías. Y sobre todo al movimiento obrero, el cual no había dado tregua al Régimen de Franco desde su nacimiento.

De este modo, presentan un nuevo Régimen sin conflicto en el que el Rey se volvería demócrata actuando con un “franquismo reformista”, mientras la oposición, ya “moderada”, dejaría de ser rupturista para ir ambos hacia una “ruptura pactada”.

Sin embargo, en los tiempos que corren vemos resquebrajarse de manera acelerada este Régimen nacido en el 78’ de la llamada “transición democrática”.

El golpe y la Corona, la inconsistencia de la historia oficial

Las primeras elecciones después de la muerte de Franco fueron en 1977, un año después de que Adolfo Suárez fuera nombrado Presidente por el rey Juan Carlos I. Éstas se celebraron con toda la extrema izquierda ilegalizada, cientos de presos políticos aún en las cárceles y una dura represión contra todo movimiento que se saliera de la dinámica de moderación que defendían ya los dirigentes de la oposición, en especial el PCE (Partido Comunista Español).

La plena vigencia de la Dictadura veló porque las Cortes Constituyentes nacieran “atadas y bien atadas”. En diciembre de 1978 se aprobó en referéndum la nueva Constitución monárquica que luego el Rey juraría en una sección conjunta del Senado y del Congreso de los Diputados.

Así nace el Régimen del ’78, dando a luz una Monarquía parlamentaria en la que el Rey era Jefe de Estado y de las fuerzas armadas. Se daba así una nueva legitimidad al nombramiento de Juan Carlos I como sucesor de Franco con la Ley de Sucesión de 1969. Una nueva fachada “democrática” que no puede ocultar a un Rey nombrado “por la Gracia de Franco”.

El Gobierno Suárez en los años siguientes terminó de dejarlo todo “atado y bien atado”. Los Pactos de la Moncloa y otros acuerdos con las direcciones sindicales de CCOO y UGT le sirvieron para combatir la conflictividad obrera y abrir la puerta a las duras reconversiones contra los sectores más combativos del movimiento obrero. La Ley de Amnistía sellaba a cal y canto la continuidad e impunidad de todo el aparato estatal. Con el “café para todos” y el Estado de las Autonomías se bloqueaba la resolución de la cuestión nacional vasca y catalana.

Sin embargo, la transición no ha sido un proceso tranquilo para el Régimen. No le libró de un rápido desgaste y fricciones entre distintas alas del viejo Régimen franquista que querían transigir aún menos.

Así se llegó a la crisis de la UCD y el gobierno de Suárez, el 23 de Febrero de 1981, momento en el cual Calvo Sotelo asumía como Presidente del Gobierno. A las 18.22 hs el Teniente Coronel Tejero con pistola en mano asaltaba el Congreso de los Diputados con 200 hombres de la Guardia Civil. Mientras el General Milans del Bosch ocupaba Valencia, capital de la III Región militar, y la división Acorazada Brunete se preparaba para ocupar Madrid. Otras Capitanías Generales debían hacer lo mismo en el resto del Estado. El objetivo era, con más apoyos entre el aparato del Estado y con simpatías en la misma Zarzuela, la formación de un gobierno, militar o militar civil, presidido por el General Alfonso Armada Comyn, estrechamente vinculado a la Casa Real.

El papel del Rey Juan Carlos en los preparativos del golpe es objeto de dudas y mucho debate, en el marco de que el hermetismo y la censura han hecho imposible desarrollar una investigación libre e independiente. La histórica imagen presentada por el Régimen es la del entonces monarca desvinculándose del golpe en la madrugada en su famoso discurso en TVE.

Sin embargo son muchos los interrogantes que en los últimos años de crisis política tocó también a la corona: ¿Qué hizo en la larga noche de los transistores? ¿Por qué tardó más de siete horas en pronunciarse?. Lo cierto es que a la hora de dirigirse a las cámaras de TVE el golpe ya se mostraba un fracaso para un objetivo potable en el marco europeo, como el Gobierno de unión nacional que encarnaba Armada.

Un Guardia Civil con tricornio pegando tiros en las Cortes no era lo mejor para los planes de integración en la CEE. Además el golpe no había logrado arrastrar al resto de los Capitanes Generales, ni los Directores de la Policía y la Benemérita. No tanto por el espíritu “democrático” de éstos, sino por la falta de claridad respecto a la ambigua posición de la Corona y lo poco claro del proyecto de Gobierno post-golpe. Podemos decir que el Rey habló cuando la balanza ya se inclinaba en contra del Tejerazo.

La misma actitud del Departamento de Estado de EEUU, que no condenó el golpe alegando de que se trataba de una cuestión interna, hace pensar que hasta el último momento el Rey estuvo barajando la posibilidad de que el golpe pudiera servir para al menos echar el cierre al proceso de Transición definitivamente. Además de que existía una estrecha colaboración entre el imperialismo americano y la Corona para ayudarle a ésta a consolidarse como capitana del navío en crisis del imperialismo español.

Finalmente optó por darle la espalda y sobre una legitimidad renovada, superadora de la franquista del 69 y la constitucional del 78, aparecer como el “salvador de la democracia”. Y así, aprovechar “el susto” para terminar de consolidar algunos de los aspectos más reaccionarios de la “transición democrática”.

Un golpe que favoreció los rasgos más reaccionarios de la Transición

Si bien el fracaso del 23F abortó una salida del tipo “Armada”, los objetivos políticos de este “Gobierno fuerte” se pudieron aplicar gracias al “susto” del Tejerazo. Es por ello que el golpe fue un punto de inflexión que favoreció los rasgos más reaccionarios de la Transición Democrática española.

El debate territorial ha sido uno de los puntos más reaccionarios. Por un lado, sufrió una regresión que impidió cualquier desarrollo de un Estado federal, con el pacto entre UCD y el PSOE en el verano de 1981.

También la "paz social" terminó de cerrarse: semanas después del 23F las direcciones sindicales de CCOO y UGT sellaron el acuerdo con el Gobierno y la patronal daba vía libre a la reconversión industrial y comprometía a esta burocracia sindical en la tarea de llevar la resistencia obrera a la derrota y el desgaste.

El PSOE usó el miedo a otro 23F para justificar y vender la necesidad de ingresar en la OTAN, como la garantía de “reforma” y “democratización” del Ejército.

Todo el aparato represivo del Franquismo salió fortalecido, y su impunidad se vio incrementada con el dulce trato a los golpistas. No es de extrañar que el mismo Gobierno que indultó al general Armada y otros responsables del golpe, contara con torturadores de la Dictadura para empezar su guerra sucia contra la organización vasca ETA.

Y sin duda el 23F fue el gran respaldo a la consolidación de la restauración de la Monarquía borbónica. El rol de árbitro del Monarca quedó consolidado y se le dio un nuevo baño de legitimidad que buscaba ocultar sus orígenes franquistas. Una posición de la que ha gozado, y de la que se beneficiaron él y toda su familia durante tres largas décadas.

El principal héroe de la democracia: el príncipe que sucedió al dictador

El 23F es el día en el que el monarca aparece como el “líder de la democracia”. En los famosos documentales de TVE-1, como El día más difícil del rey, considerado como “un gran documental”, “veraz en su exposición”, “que describe las enormes virtudes del Rey y de su familia”, “mostrando su talante democrático” quien otra vez nos trajo la democracia a nuestro país.

Sin embargo, el ya abdicado monarca ha heredado directamente el poder de las manos de Franco. Después de su muerte se pusieron en marcha los mecanismos sucesorios: el príncipe Juan Carlos fue proclamado capitán general de los tres ejércitos el 20 de noviembre y el 22 de noviembre rey de España por las Cortes franquistas. Toda su educación estuvo impregnada de los valores del Franquismo y a cargo de Torcuato Fernández Miranda, quien desde 1969 fue Secretario General del Movimiento.

Cuando Franco murió, el rey pronunció estas palabras sobre el dictador: “Una figura excepcional entra en la Historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. (…) Es de pueblos grandes y nobles saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal.” Cuando el príncipe Juan Carlos asumía como jefe de Estado, dos días después de la muerte de Franco, el 22 de noviembre de 1975, dijo bajo juramento: “Juro por Dios, y ante los Santos Evangelios, cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”.

Este “demócrata” siempre trató con guantes de seda a los militares golpistas. Así lo hizo con los que lo intentaron en noviembre de 1978 en la Operación Galaxia, entre ellos el mismísimo Tejero, quien dos años después estaba libre y en activo.

De hecho las investigaciones que han podido hacerse sin la tutela y censura de los medios oficiales demuestran que es muy difícil que el golpe se cocinara sin conocimiento de la Corona; no olvidemos que Armada había sido Jefe de la casa Real hasta 1977 y era aún íntimo amigo del Monarca. Cuanto menos Juan Carlos I lo dejó correr, consciente de que el resultado, fuese cual fuese, iba a poder ser capitaneado por él y dirigido a consolidar la Corona y cerrar definitivamente la transición en su sentido más reaccionario.

Actualmente, la crisis del Régimen político español no deja libre a ninguna de sus instituciones. Nadie se salva: prácticamente todos los partidos políticos del Gobierno y sus autonomías, dirigentes sindicales, miembros cercanos a la Casa Real como el caso Urdangarin que llevó a un desgaste tal que acabó con la abdicación del rey Juan Carlos.

Es por ello que renacen los debates sobre qué fue la Transición Democrática, si se puede regenerar o no el Régimen que de ella nació, si es necesario una "regeneración democrática", una ruptura democrática o una ruptura revolucionaria. Debates que expresan el gran cuestionamiento y desgaste del Régimen del 78’ y que el 23F ayudó a consolidar sus rasgos más reaccionarios.






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