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TRIBUNA ABIERTA

21D: Tu voto nunca interesó tanto

En un ambiente de absoluta excepcionalidad y polarización extrema, la resolución de las elecciones catalanas apunta a un desenlace anticlimático.

Miércoles 20 de diciembre de 2017 | 17:37

La fiebre del sondeo y otros fenómenos de temporada

A medida que nos acercábamos a la fecha de las elecciones en Catalunya una lluvia de sondeos que no cesa se ha cernido sobre nosotros. Diciembre está siendo el mes de las quinielas electorales. No recuerdo en el pasado reciente ninguna campaña con semejante seguimiento de la intención de voto. Es costumbre de los partidos manejar internamente datos casi a tiempo real en temporada de sufragios. Lo que no es tan habitual es que los electores desayunen cada mañana con los resultados de un nuevo barómetro dado a conocer por los propios partidos políticos, los medios de comunicación, organismos oficiales como el CIS o el CEO y demás actores sociales varios.

El seguimiento ha sido exhaustivo y no va a detenerse hasta el mismo día de las elecciones, a pesar de que la publicación de sondeos está prohibida por la Ley Electoral a partir del pasado domingo 17 de diciembre. El Periódico de Andorra y el The National escocés, con fuertes vinculaciones con El Periódico de Catalunya y el digital catalán El Nacional, van a seguir publicando resultados.

Hecha la Ley, hecha la trampa. Si bien la contienda electoral es el 21 de diciembre, las empresas demoscópicas están haciendo su agosto. Hasta el punto de que por primera vez en mis 36 años de vida he sido uno de los sondeados. Y no una sino tres veces para otras tantas encuestas diferentes. Más allá de la anécdota personal, este hecho no hace más que confirmar la sensación de que no nos encontramos ante unas elecciones normales. Y aunque esta afirmación pueda resultar una obviedad por las circunstancias que rodean a esta votación desde su convocatoria, en Catalunya se respira un clima de excepcionalidad.

La discusión sobre si los sondeos sirven realmente para pulsar la opinión del ciudadano o para influir en ella la postergaré para otra ocasión. Baste con señalar que en algunos de ellos el salto aritmético entre la intención directa de voto y la proyección de voto real hacia determinados partidos sufre un exceso de “cocción” (así es como se denomina coloquialmente al tratamiento tendencioso de los datos) tan acusado que casi se puede percibir en él un sabor a quemado. (Aprovecho estas líneas para mandar un saludo a Inés Arrimadas y Albert Rivera, extremadamente populares entre la comunidad de chefs estadísticos).

Cómo interpretar los sondeos

En esta sobresaturación de datos, si hacemos un esfuerzo por ignorar la simplificación de los titulares en forma de reparto de escaños, lo que se observa son tendencias objetivas. La más clara de todas ellas es la participación.

A estas alturas resulta evidente que los próximos comicios en Catalunya van a tener una participación extraordinariamente elevada. Si el 27S de 2015 ya se observó un incremento anormal de la participación para lo habitual en unas elecciones autonómicas, llegando al 75%, de cara al 21D se espera que pueda elevarse más allá del 80% o incluso llegar al 90%. Esta última hipótesis resulta mucho menos realista pero, de nuevo, indica una tendencia. Y sería ingenuo no apuntar al hecho de que por primera vez se vaya a votar en un día laborable como factor relevante y nada casual.

Otra tendencia objetiva que se puede observar en todos los sondeos es precisamente que ese aumento anormal de participación vendrá mayoritariamente de los partidarios del bloque constitucional.

Abstencionistas crónicos y electores que habitualmente solo participan en las Elecciones Generales y que esta vez se van a movilizar por la ya comentada excepcionalidad de la situación. Si hay algo que subyace de todo este proceso electoral es que son unas elecciones hechas a medida por el Estado para aplastar al secesionismo y ese parece ser un argumento que conmueve a muchas personas habitualmente distanciadas de la política.

El elefante en la sala

Me sorprende haber logrado llegado hasta aquí sin haber hablado todavía del tema estrella: la independencia de Catalunya. Quizá haya influido en ello que ni siquiera los dos partidos mayoritarios del procés separatista (pido perdón al lector por no plegarme a la moda de fonetizarlo en prusés) parecen ya interesados en abordar el concepto. Algo que ya estaba escrito desde el preciso instante en el que el Govern catalán optó por no ofrecer resistencia a la aplicación del 155, pero que no deja de ser sorprendente.

Pareciera incluso adivinarse una cierta voluntad en Esquerra Republicana y la post-Convergència de salvar el envite electoral dignamente para volver al redil de la negociación competencial con el Estado sin excesivos daños permanentes. De aquellos polvos estos lodos de una campaña focalizada casi exclusivamente en los presos políticos y la recuperación de las instituciones, como si el periodo entre septiembre de 2012 y octubre de 2017 jamás hubiera existido.

Un sueño de (finales de) verano

Todo este escenario que describo podría ser el soñado por Mariano Rajoy y su Gobierno sino fuera por un pequeño detalle: el diseño de las elecciones del 21D contaba a la vez con la movilización del unionismo y la desmoralización del bloque soberanista, y este último punto no tiene visos de cumplirse. Al menos no del todo. Si bien el liderazgo del independentismo ha moderado su lenguaje y rebajado sus objetivos hasta límites difícilmente tolerables para la coherencia de su hoja de ruta, todavía hay centenares de miles de personas movilizadas por la independencia de Catalunya. De ahí el nerviosismo que empieza a apreciarse en algunas columnas de opinión de la Brunete mediática.

Después de la renuncia de Puigdemont a llevar hasta sus últimas consecuencias la proclamación de los resultados del referéndum del 1 de octubre, las fuerzas vivas del Estado español vislumbraron por un instante la oportunidad de repetir la operación que lograron completar en Euskadi tras el fracaso del Plan Ibarretxe. Una coalición entre partidos “de orden” para desplazar al secesionismo de la Generalitat. Pero el independentismo catalán, con todas sus contradicciones, ha demostrado una admirable capacidad de cohesión social y resistencia a pruebas de estrés. Y aunque Inés Arrimadas y Miquel Iceta han tratado de clavar su imitación de Patxi López y Antonio Basagoiti, ahora ese proyecto parece deslizarse entre los dedos del bloque constitucional.

El pánico al empate técnico

En el peor de los casos, un empate técnico entre independentistas y unionistas empujaría a un bloqueo muy similar al que se produjo en las últimas Elecciones Generales españolas. De hecho, la hipótesis de la repetición electoral es la comidilla de las últimas semanas. Y resulta predecible el papel clave que puede desempeñar Catalunya en Comú-Podem en la formación del nuevo Govern, habiendo protagonizado hasta la fecha una campaña de perfil bajo y voluntariamente equidistante en un escenario de clara polarización como el catalán.

De ellos puede depender decantar la balanza hacia uno de los dos bloques de los que huyen como almas que lleva el diablo (“ni DUI ni 155”) o empujar a Catalunya a la repetición de los comicios. Ironías del destino.

Visto el escenario que acabo de describir, a lo mejor resulta más comprensible ese trastorno obsesivo-compulsivo de realizar sondeos que se extiende por Catalunya como una epidemia bacteriana. Como si un triunfo en la prórroga y por la mínima fuera a resolver el problema de fondo. Ese maldito problema de fondo que no resolverá ninguna elección presente o futura mientras nos empeñemos tozudamente en ignorar su única solución. Una solución que ya conocemos hace tiempo y que no es ningún misterio para todas las partes implicadas: un referéndum vinculante.

Casi puedo escuchar desde aquí el rumor de la multitud recriminándome por ingenuo. Pero ese referéndum que pone de acuerdo a más del 70% de los catalanes no requiere ningún pacto con el Estado ni más consenso que la voluntad firme de respetar y aplicar su resultado. Lo que pudo ser y no fue el 1-O, por pecados de acción y por omisión de nuestra clase política.

Mientras no llegue ese glorioso día de epifanía democrática colectiva, sigan apostando.






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