Cultura

A 200 AÑOS DEL NACIMIENTO DE KARL MARX

200 años de Marx, nuestro joven contemporáneo

¿Por qué Marx es apenas un joven de 200 años?

Guillermo Iturbide

Ediciones IPS-CEIP

Sábado 5 de mayo | Edición del día

Su visión de la sociedad y de la historia

Para producir, los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y cómo se efectúa la producción. Estas relaciones sociales que contraen los productores entre sí, las condiciones en que intercambian sus actividades y toman parte en el proceso conjunto de la producción variarán, naturalmente según el carácter de los medios de producción” (Marx, Trabajo asalariado y capital, 1849).

Esta es la definición básica del concepto de clase social en Marx que fue un adelanto científico enorme, ya que permitió desenredar la madeja del problema de las relaciones humanas durante el siglo XIX, cuando las ciencias sociales recién estaban naciendo.

De allí que “el conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. (Marx. Contribución a la crítica de la economía política, 1859). Estas distintas condiciones materiales de existencia determinan relativamente el comportamiento de estos distintos agrupamientos, las clases sociales. Sin embargo, esta relación no es automática. Es decir, la situación social de las clases, particularmente del proletariado, no hace que mecánicamente haya una correspondencia inmediata entre sus privaciones materiales y la conciencia que tienen de ello. “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante (…) lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente” (Marx y Engels, Tesis sobre Feuerbach, 1845). Su misma situación de clase dominada, despojada de la propiedad sobre los medios de subsistencia, condiciona su toma de conciencia de su situación: “La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en una cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico” (Marx y Engels, La ideología alemana, 1845).

Su teoría de las clases hoy en día sigue siendo tan revolucionaria como antes, ya que en el discurso del sentido común se busca constantemente negarla de manera de considerar a las clases sociales como grupos según sus ingresos, abstraídas de toda relación material y de su relación con respecto a la propiedad de los medios de producción. Entonces las 24 hs. del día nos bombardean con los conceptos de “clase alta”, “clase media” y “clase baja”. Los medios de comunicación en manos de la burguesía buscan reforzar el “poder espiritual dominante” de esta clase a través del “sentido común”. Por ejemplo, una parte importante de este es la idea típicamente periodística de que casi toda la sociedad está dentro de la “clase media”, concepto dentro del cual pretenden diluir a la verdadera inmensa mayoría de la sociedad, el proletariado, junto con la pequeñoburguesía e incluso con los “pequeños empresarios”. Es que el imaginario social de la pequeñoburguesía, sus aspiraciones y visiones de sí misma, por su situación de clase intermedia, frecuentemente ha sido utilizado como un vehículo de la ideología burguesa hacia la clase trabajadora.

La “ciudadanización”, un discurso mundial de la política capitalista, que en Argentina es fomentada como una “ideología de la derrota” de la insurgencia obrera de los ’70 e impulsada tanto desde el peronismo como desde el republicanismo-macrismo (con su variante de “meritocracia”, haciendo hincapié en el esfuerzo puramente individual, separado de todo proyecto colectivo) es el nombre de fantasía de la “clasemediatización” de la política, del abandono de toda interpelación de clase, incluso por parte de partidos que anteriormente supieron tener cierto discurso “obrerista”, como la socialdemocracia europea o aquí el peronismo. Algo nada inocente, teniendo en cuenta a la clase obrera y sus poderosas organizaciones como el verdadero “hecho maldito” de nuestra historia nacional, pero que también fue pensado desde la época del boom de la industria cultural de masas, a mediados del siglo XX, cuando la clase trabajadora venía de protagonizar enormes revoluciones y combates.

Hoy en día, lejos del fin del proletariado, tan mentado en los ’90, estamos ante una extensión inédita en la historia de las condiciones que según Marx caracterizaban al proletariado. El conflicto entre clases está fundado en la división del excedente social, y constituye el antagonismo fundamental en toda clase:

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes” (Marx y Engels, Manifiesto Comunista, 1847).

Las injurias de la sociedad de clases y las opresiones

Marx no solo se dedicó a estudiar la explotación de la clase obrera sino también sus consecuencias derivadas y asociadas, como las distintas formas de opresión. Entre sus primeros escritos, por ejemplo, se encuentra un estudio sobre el problema de la opresión a los judíos (Sobre la cuestión judía, 1843), donde discute contra aquellos que postulan el fin de dicha opresión por medio de la “emancipación política”, en la simple conquista de derechos y avances parciales, contra lo cual Marx opone la “emancipación social” y eleva la lucha contra el antisemitismo a una pelea de conjunto contra el Estado y por el objetivo del comunismo, algo que resuena hoy como método para plantearse, por ejemplo, cómo luchar por una sociedad que envíe el patriarcado y la opresión de la mujer al basurero de la historia. Por cierto, en un breve escrito llamado “Sobre el suicidio” también se dedica a estudiar las causas sociales que se encuentran detrás de él y, por la recurrencia de una serie de casos de mujeres, realiza un estudio pionero sobre las dobles cadenas que impone la sociedad de clases a las mujeres.

En sus escritos sobre las revoluciones de mediados del siglo XIX, Marx (junto a Engels) también se ocupa de las demandas democráticas, como los movimientos de emancipación nacional de distintos pueblos de Europa.

Comunismo o por qué todavía estamos en la prehistoria

Sin embargo, el propio Marx no consideraba que su teoría sobre las clases fuese su principal aporte a la teoría del comunismo: “Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía de estas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”. (Carta de Marx a J. Weydemeyer, 5/3/1852).

En las formulaciones originales como desarrolladas sobre estos temas en torno a las revoluciones de 1848, que se encuentran en “Revolución”, el libro que recientemente hemos publicado desde Ediciones IPS, ellos tenemos la fundamentación de la clase obrera como sujeto político revolucionario y cómo este se puede ubicar a la vanguardia de los movimientos peleando por las libertades democráticas y al mismo tiempo por reivindicaciones que van más allá, cuestionando la propiedad privada. Al mismo tiempo, que se une a otras capas sociales en función de las reivindicaciones democráticas, no se diluye en ellas y se organiza en forma independiente en la perspectiva de llevar la revolución hasta el final y hacerla “permanente”: “Este socialismo es la declaración de la revolución permanente (...) como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que estas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales”.

Marx fue el teórico definitivo del comunismo. Es decir, de una sociedad sin Estado -entendiéndolo como órgano de dominación- y sin clases sociales, libre de toda explotación y opresión. Fue el que por primera vez le dio bases científicas a este proyecto, no derivando una sociedad superior de un plan utópico ideal a implantarse, creado en la cabeza de ciertos hombres redentores, sino de las profundas premisas y contradicciones del propio capitalismo.

El comunismo es exactamente lo opuesto al estalinismo y los Estados policiales y carcelarios, sin libertades, que instauró y que pretendieron hablar en nombre de Marx, para luego desaparecer ignominiosamente.

Tras su aparición, el capitalismo naciente ya mostraba la tendencia a reducir el tiempo de trabajo necesario para producir mercancías. En la actualidad, casi tres siglos después, el avance sin igual en la historia de las nuevas tecnologías de la informática y la robótica, la inteligencia artificial y todo lo que promueve la productividad del trabajo, permitiría acabar definitivamente con la miseria y la pobreza en el mundo. Pero este cambio social de raíz se puede dar solo a condición de reorganizar la sociedad en base a las necesidades sociales y no en base a las ganancias de los capitalistas.

La transición hacia el comunismo, para Marx, pasaba también por la drástica reducción de la jornada laboral y el aumento considerable del tiempo libre, aquel que verdaderamente permite no solo la participación masiva de los trabajadores en los asuntos públicos, sino también el ocio creativo dedicado a la ciencia y la cultura, para que las capacidades humanas puedan desplegarse multiplicando las potencialidades de hombres y mujeres: la superación del carácter alienado del trabajo humano en una sociedad de clases, así el trabajo podrá ser por primera vez una actividad verdaderamente productiva y la autorrealización del ser humano, reconciliándolo con el arte.

Si bien la moda de “El fin de la historia” de los ´90 ha pasado rápidamente “al basurero de la historia”, algunos teóricos desde posiciones nacionalistas y escépticas plantean que no es posible superar el umbral del capitalismo o que hay que conformarse con un capitalismo “más humanizado”. Dicen también que “es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Sin embargo, las terribles penurias que genera el capitalismo hacia las grandes mayorías, la tendencia a la destrucción del planeta, la crisis económica que avanza, la decadencia de valores y la ausencia de cualquier perspectiva de mejora de la vida a futuro, son algunas de las causas que brindan y retroalimentan al comunismo como proyecto de emancipación. Como planteaba Marx, como “movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual” para conquistar una sociedad de “productores libres asociados”. Una sociedad verdaderamente libre y liberada donde comience verdaderamente la historia, saliendo de esta “prehistoria” que es el capitalismo, para desarrollar plenamente al ser humano sin ningún límite infranqueable.

***

Marx dijo en su momento que “Hasta hoy, los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo. Sin embargo, de lo que se trata es de transformarlo”. El punto más atacado de Marx fue su búsqueda de trascender el comunismo como un “ideal” al que ajustar al mundo, para encarnarlo en “el movimiento real que suprime el estado actual de cosas”, su toma de partido, la fundación ni más ni menos que de la primera Internacional de trabajadores y del marxismo como corriente militante organizada. Sus críticos de hoy tal vez estarían hasta dispuestos a perdonarlo si se hubiera mantenido en calidad de “interpretador del mundo”. Por eso hoy golpearía la mesa y se enojaría con quienes pretenden que su obra terminó en la tumba del cementerio de Highgate, y seguramente suscribiría las palabras de Jean-Paul Sartre, quien dijo alguna vez que su teoría está aún en su infancia, que sigue siendo la filosofía de nuestro tiempo porque no hemos trascendido las circunstancias que la engendraron.

Por eso seguramente hoy Marx aparezca en el Soho a festejar su cumpleaños, como quería Howard Zinn, pero también entre los obreros de la zona norte del Gran Buenos Aires que empiezan a pensar en una vida y un mundo distintos más allá de dejar el cuerpo y la vida en las fábricas; entre los ceramistas de Zanon en Neuquén; entre los ferroviarios y los estudiantes universitarios de París; en Río de Janeiro enfrentando las bandas mafiosas policiales del gobierno golpista; entre las mujeres de todo el mundo que en las calles se empiezan a ver como feministas y socialistas de la clase trabajadora; seguramente gracias a las redes sociales, como hacemos nosotros, como hace él, que al fin y al cabo es simplemente otro contemporáneo nuestro.


Hasta el 14 de mayo, Ediciones IPS está en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Pabellón Amarillo, stand 2123. www.edicionesips.com.ar







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