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120 pulsaciones por minuto: un legado de rebeldía

La película del director marroquí Robin Campillo, protagonizada por el actor argentino Nahuel Pérez Biscayart, retrata la lucha de principios de los 90 contra el VIH/SIDA en Francia. ACT-UP, un activismo rebelde, y la desidia del Estado.

Santiago Lucas D’Ambrosio

Estudiante del I.E.S N1 "Dra. Alicia Moreau de Justo"

Miércoles 7 de marzo | 00:31

La película fue estrenada en el Festival de Cannes de 2017, donde recibió el Gran Premio del Jurado, entre otros 8 premios más otorgados por la crítica cinematográfica a nivel internacional, incluyendo el Premio César para Nahuel Pérez Biscayart, que el actor dedicó a las mujeres que en Argentina lucha por aborto legal. Está en el centro de la escena el grupo de activistas ACT-UP en su sección francesa, de la cual participó el director del film desde 1992.

Entre medio de una historia romántica entre Sean (Nahuel Pérez Biscayart) y Natan (Armaud Valois), miembros de este grupo de activistas, se desarrolla la historia de esta organización. La misma nace en 1989, con una gran repercusión en los medios masivos de comunicación y en la sociedad. Tan solo en Francia “el cáncer gay” o también llamada “peste rosa”, como se nombraba de manera peyorativa por estas épocas a la epidemia del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), se llevaba la vida de 2.900 personas.

Su estrategia como organización era visibilizar y concientizar acerca de esto con acciones performativas, como por ejemplo, lanzando sangre falsa contra las grandes compañías farmacéuticas que mantenían en secreto los resultados de sus investigaciones sobre el virus. En la película esta agrupación se muestra como una gran escuela de esta infección de transmisión sexual (una “universidad popular”, en palabras del actor argentino) entremezclado con un debate abierto para discutir sus orientaciones y acciones políticas. Una de ellas, fue amotinándose dentro de un laboratorio, gritándole a sus CEO’s en la cara que su negocio sobre la salud de miles de seropositivos debía tener un freno.

Se mostraban también en grandes manifestaciones y movilizaciones, como cuando colocaron notables banderolas alrededor de toda Notre Dame, criticando a la Iglesia por estar en contra del uso del preservativo.

Sean, el personaje. Nahuel, el actor

Nahuel Pérez Biscayart nació en Argentina, donde desarrolló la carrera actoral que lo llevó a destacar en el cine francés. Campilla, junto con el coguionista de esta obra Philippe Mangeot, vieron algo especial en él, que el protagonista lo resume de la siguiente manera: "Robin me dijo que vio en mí algo que no vio en ningún actor francés (…). Quizás es que en Argentina, seas una persona muy politizada o poco politizada, si eres medianamente sensible y pensante, vas a la manifestación en contra de la dictadura todos los 24 de Marzo. Hay algo de la manifestación y de la reactividad que tiene la gente de Argentina que está muy presente en la vida diaria. Quizás eso es lo que estaba buscando".

Sean tiene una preocupación que se puede traducir en una metáfora que él conoce bien, una metáfora del SIDA y de la lucha política: teme que ACT UP se limite a ser un “sarcoma de kaposi”. El símbolo que muestra enfermedad a los ojos de quienes se presumen ajenos a ella: teme que sean solamente visualización, acusación, en lugar de ser la enfermedad toda. El virus y el síndrome destruyendo al sistema hasta lo más profundo y desde adentro.

Este personaje introduce un elemento, que no solo no es nombrado por ningún otro miembro del activismo en discurso, sino que es uno de los ejes de las diferencias entre él y Thibault (interpretado por el actor francés Antoine Reinartz): el Estado. A principios de los 90’s, unos años después del estallido de la epidemia del VIH/SIDA, el entonces presidente “progresista” François Mitterrand se negaba a lanzar campañas de prevención y políticas sanitarias para evitar su transmisión y propagación. El candidato del Partido Socialista, fue en su juventud un fervoroso militante católico y un Voluntario Nacional del servicio militar francés. Mitterrand encarnó la desidia estatal capitalista que se vería en todos los países del mundo, haciendo nada por hallar la cura para el VIH y estigmatizando así a aquellos que portan al virus como un huésped dentro suyo.

Performance o revolución

Estas grandes acciones y osadía de este grupo de activistas se da a inicios de los 90, en un momento de reacción y retroceso de la izquierda a nivel internacional, a partir de las avanzadas neoliberales y la caída del muro de Berlín. En este panorama, se desarrolla de manera muy progresiva este elemento dentro del movimiento LGTBI francés, sin lugar a dudas.

El 1 de diciembre de 1993, en el Día Internacional por la lucha contra el VIH/SIDA, el Obelisco de Luxor se despierta con un enorme preservativo recubriéndolo por entero. "En Francia el trabajo de prevención está tan mal hecho que tenemos que intervenir en monumentos importantes —por eso le hemos puesto un condón a la plaza— con un mensaje muy sencillo: el Sida es una hecatombe", explicaba entonces frente a las cámaras de televisión el presidente de la asociación, Cleews Vellay. Siendo este uno de los hechos inolvidables de la intervención de ACT-UP.

Cabe recalcar que en aquellos años la lucha de estas personas decididas partía de aspectos más elementales y vitales, como era el simple hecho de que los medicamentos no les causaran tantos efectos adversos, o que simplemente se invisibilizara tanto sus vidas como sus tratamientos. Este grupo francés aglomeraba también a personas que no convivían con el virus, es decir, seronegativas, personas trans, homosexuales, personas con consumo problemático de drogas, personas en situación de prostitución, personas afrodescendientes. Una gran muestra de unidad entre los que son marginados por el sistema y que, lejos de sentirse impotentes, organizaron su bronca y descontento. Para llevar esta furia al corazón del problema, hubiera sido indispensable apostar decididamente a grandes movilizaciones populares, y que todas sus acciones radicales puedan ser tomadas en las manos por grandes franjas de trabajadores y trabajadoras, que sientan como suya esta causa, ya que podía tocarle a cualquiera de ellos o sus familias. Un ejemplo de eso nos deja en la historia el grupo de Lesbianas y Gays en Apoyo a los Mineros, que junto a los trabajadores y sus familias, enfrentaron la avanzada liberal thatcherista en Inglaterra (también reflejado en la película Pride).

Los grandes laboratorios y los Gobiernos, como retrata la historia de 120 pulsaciones por minuto y los últimos años del siglo XX en Francia, siguen haciendo aún hoy negocios con la salud de millones. Conseguir la cura de esta infección de transmisión sexual (ITS), con la perspectiva de una sociedad sin opresión, explotación, y privilegios para unos pocos, debe ser uno de los principales objetivos del movimiento LGTBI, de mujeres y de los desposeídos. El Gobierno de Macri es hoy culpable del faltante de medicamentos contra el VIH en Argentina y de atacar a la salud pública como en el Hospital Posadas. Si los usuarios de estos medicamentos, los trabajadores de la salud, y el resto de los sectores y movimientos en lucha se unen, se puede vencer.







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