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ESPECIAL A 44 AÑOS DEL GOLPE MILITAR EN CHILE

11 DE SEPTIEMBRE DE 1973

Chile fue el laboratorio neoliberal del imperialismo en América latina. El golpe de Estado fue organizado por las patronales chilenas junto a la CIA, la embajada norteamericana y las Fuerzas Armadas.

Domingo 10 de septiembre

En Chile el ascenso de masas fue expresión del enorme descontento social generado por la postergación indefinida de demandas muy sentidas por la población como la nacionalización del cobre, recurso clave de la economía del país, la reforma agraria y el problema de la vivienda. En los años 60, el gobierno de la Democracia Cristiana (DC) no hizo ningún cambio estructural de la situación.

Los reclamos comenzaron a generalizarse a partir de 1971 y se tradujo en huelgas, paros y tomas de tierras. Con la organización y experiencia de las masas fue creciendo la idea de que para vencer a la patronal había que arrebatarle el poder político.

La estrategia política de la Unidad Popular

Los trabajadores se ligaron sobre todo a los dos grandes partidos tradicionales de la izquierda de Chile, el Partido Socialista (PS) y el Partido Comunista (PC). Eran organizaciones políticas reformistas, organizaban a los trabajadores pero no para luchar por su independencia política en el camino de la toma del poder, sino para subordinarlos a acuerdos con la burguesía nacional, con un programa de reformas limitadas al capitalismo.

Así surge la Unidad Popular (UP), coalición entre el PS de Salvador Allende y el PC, con el pequeño Partido Radical, clásico representante de la burguesía liberal y organizaciones menores. Es decir, un frente de colaboración de clases. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) no participó, osciló entre el aliento a las masas y el apoyo a Allende, “presionando desde afuera”.

El objetivo de la UP no era la revolución sino el robustecimiento del Estado manejando recursos económicos estratégicos y fomentando el desarrollo de un “capitalismo nacional”. Esta estrategia llamada “vía pacífica al socialismo” suponía que los ricos y empresarios renunciarían a su propiedad y sus privilegios y que las FF.AA respetarían la “democracia”.
El gobierno de Salvador Allende

La UP ganó las elecciones presidenciales de 1970 con un plan de medidas que incluía la nacionalización de las minas de cobre, hierro y salitre; en manos de empresas imperialistas, de algunos sectores industriales y grandes latifundios.

Nacionalizó varias minas y fábricas pero comprando acciones o indemnizando a los patrones. Avanzó solo parcialmente en el control estatal del comercio exterior, la nacionalización de la banca se limitó a la compra de acciones de bancos privados, la reforma agraria entregó tierras pero respetó a la burguesía agraria y así sucesivamente.

Las reformas de Allende no alcanzaron o no permitieron avanzar hacia una verdadera ruptura con el imperialismo: el reparto de la tierra en una reforma agraria radical y la liquidación del poder de la burguesía.
1972: un año clave

Este año el proyecto de la UP comienza a hacer agua. Los empresarios alimentaron la crisis económica con el sabotaje y el desabastecimiento y en el Congreso bloquearon cualquier iniciativa del gobierno. Surgen grupos fascistas como Patria y Libertad, mientras que burgueses y militares conspiraban a través de diarios como El Mercurio, entre otros. La crisis se agudizaba con lockouts patronales como el de los camioneros, en medio de una enorme polarización social.

Por abajo, los trabajadores avanzaron y tomaron centenares de fábricas, y muchas comenzaron a producir bajo control obrero, comprobando en la práctica que pueden funcionar sin patrones. Se organizaron comités de abastecimiento, mientras campesinos y pobladores sin techo ocupaban tierras y se organizaban.

A mediados de año, los trabajadores comenzaron a coordinar zonalmente sus luchas superando a la dirección de la CUT (central de trabajadores chilena), fuertemente influencia por el PC. Surgen así los Cordones Industriales, una forma de organización muy avanzada, embriones de poder obrero y popular, que permitían la unidad de acción de la clase obrera y la toma de decisiones democráticas en las bases. Uno de ellos, el Cordón Cerrillos-Maipú (Sudoeste de Santiago), estaba formado por el mayor cordón industrial de Chile, aproximadamente 250 empresas.

La coordinación local permitía resolver cuestiones relacionadas con la producción y distribución de insumos y productos surgidos bajo control obrero; y comenzaron a organizarse comandos para defender las posiciones conquistadas.

Los trabajadores pasaron a exigir al gobierno el pase de las fábricas y talleres a la órbita estatal, cuestionando la propiedad privada y mostrándose como alternativa al poder del Estado patronal. En estas discusiones, los trabajadores chocaban con los dirigentes del PC y del gobierno allendista que justificaban la devolución de empresas a sus viejos propietarios, apoyaban la ley que permitía a los militares allanar fábricas en busca de armas, y avalaron el nombramiento de Pinochet como jefe del Ejército, cuando el golpe ya se veía venir.

La negociación con los partidos patronales en el parlamento así como los acuerdos con el Alto Mando “institucionalista” de las FF.AA., respetando la constitución y las instituciones del Estado, encerró el proceso de cambio social en el corset de la democracia burguesa.
El desenlace del golpe

Un primer intento, el “Tanquetazo” de junio del 73, fracasó. A pesar de la advertencia, Allende, el PS y el PC llamaron a las masas a confiar en la solidez de la democracia chilena, en el profesionalismo de los militares. Los trabajadores organizados en la Coordinadora Provincial de Cordones Industriales le enviaron una carta al presidente a comienzos de septiembre exigiéndole medidas urgentes para evitar el golpe en ciernes. Allende no solo se negó a armar a los trabajadores sino que su gobierno impulsó requisas en las fábricas para desarmarlos.

Desorientados y desmovilizados por sus propios partidos y por la CUT, los trabajadores no pudieron prepararse. El golpe del 11 de septiembre encuentra a la clase obrera y a las masas impotentes y desarmadas. La experiencia chilena fue crucial para la aplicación del Plan Cóndor en Sudamérica, destinado a coordinar la represión internacional. Chile se convirtió en la base de operaciones de la CIA y de los servicios de inteligencia de Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia, junto con la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional de Chile).

La dictadura de Augusto Pinochet se impuso durante 17 sangrientos años, en los que la burguesía restauró su dominación sobre los pilares del neoliberalismo en ascenso.

Fragmento de la carta enviada de la Coordinadora de Cordones a Salvador Allende (5/9/1973)

“Han pasado tres años, compañero Allende y usted no se ha apoyado en las masas y ahora nosotros los trabajadores tenemos desconfianza.

Los trabajadores sentimos una honda frustración y desaliento cuando su presidente, su gobierno, sus partidos, sus organizaciones, les dan una y otra vez la orden de replegarse en vez de la voz de avanzar. Nosotros exigimos que no solo se nos informe, sino que también se nos consulte sobre las decisiones, que al fin y al cabo son definitorias para nuestro destino”.






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