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10 postales de la clase obrera y su lucha por la jornada laboral

La primera huelga gráfica, las fosforeras de 1906, la semana trágica, los albañiles del ’36, las rebeliones del Sitrac y Astarsa, el subte: un repaso por “nuestros” héroes y mártires.

Sábado 29 de abril | Edición del día

Carlos Marx aseguró, con razón, que “la fijación de una jornada laboral normal es el producto de una guerra civil prolongada y más o menos encubierta entre la clase capitalista y la clase obrera” (El Capital, Capítulo VIII).

El 1° de Mayo de 1886 fue uno de los episodios fundamentales – y descubierto – de esa guerra civil. Los disparos de los capitalistas dejaron los “mártires de Chicago”; la clase obrera internacional decidió transformarlos en bandera de la dura batalla.

Pasaron muchos años, el capitalismo se desarrolló y extendió en el planeta, sentando las bases para librar a la humanidad de la esclavitud asalariada. Sin embargo, para maximizar sus ganancias o descargar sus crisis, esa guerra civil por la fijación de la jornada volvió a estar planteada una y mil veces. También en nuestro país.

Vale repasar algunas de esas postales de la clase obrera y su lucha por el tiempo.

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Las manos entintadas, hombres y niños, los rostros y los brazos agotados. No podía ser de otra manera. Como contaba un cronista esos días, “con tales rebajas y aumentos de trabajo, la vida de esos obreros se hizo imposible; pero, ¿a quién quejarse que justicia les hiciera? ¿Declararse en huelga? ¿Cómo se hace eso?”. Los tipógrafos respondían la pregunta: el 2 de septiembre de 1878 iniciaban la primera huelga que se recuerde. El motor fundamental era la reducción de la jornada laboral y duraría un mes.

Los dueños de los diarios intentaron contratar tipógrafos uruguayos, pero el sindicato oriental les contestó con un telegrama que aplaudía la huelga de sus hermanos y rechazaba la oferta: “nada saldrá de aquí”. Por eso la primera huelga sería, además, internacionalista. Porque además era encabezada por un inmigrante francés, Hipólito Gautier, que había llegado al país escapando de las masacres desatadas tras la heroica Comuna de Paris, cuando los obreros habían conquistado el poder.

Mucho antes de las revueltas de Chicago, la primera huelga en nuestro país triunfaría, consiguiendo el aumento de salarios y una jornada de 10 horas.

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“No se mueven nuestros hermanos para obtener pingües aumentos en los salarios, casi siempre inútiles porque se elevan después los artículos de primera necesidad, sino en demanda de que las horas de producción no sean más que ocho”.

Así comenzaba el llamado a movilizarse el 1° de Mayo de 1890 en Argentina. Se sentían parte de ese movimiento internacional inspirado en los mártires de Chicago. Entre sus proclamas incluía “la organización de los trabajadores para su emancipación”. La asamblea elegía un Comité Internacional Obrero (CIO) que organizaría el acto, fundaría una federación obrera y elevaría al Congreso Nacional un petitorio que incluía “jornada de ocho horas para todos los adultos, prohibición del trabajo de los menores de catorce años, abolición del trabajo nocturno, prohibición del trabajo insalubre de la mujer, descanso no interrumpido de treinta y seis horas”, entre otros reclamos.

Los actos reunirían a millones en muchos países y en Argentina se realizarían en Buenos Aires y otras grandes ciudades. El petitorio, sin embargo, apenas pasaría por la mesa de entradas del congreso. Por eso las huelgas venideras tomarían como una de sus banderas centrales las 8 horas. En 1895, los yeseros serán los primeros en conquistar las 8 horas. En 1896 los ferroviarios realizarían una huelga de 120 días para reclamar la “implementación de la jornada de 8 horas sin reducción en el jornal”. Sería la primera huelga en demostrar la capacidad de los trabajadores de paralizar la economía del país y poner a la burguesía en vilo.

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Las mujeres y sus hijas no paran de mover sus pequeñas manos mientras miran la cámara. Aunque en los inicios del movimiento obrero la mayoría eran hombres, pronto se extendía el trabajo de las mujeres en muchas industrias y servicios. El Censo de 1914 detectaba la existencia de 142.644 costureras, 79.059 lavanderas, 28.088 tejedoras, 28.088 trabajadoras domésticas, 49.200 cocineras, 21.961 maestras, 9.240 empleadas de comercio, telefonistas 1.101. Las condiciones en que trabajaba las describía el médico Bialet Massé: “No eran pocas las mujeres que cargaban con el sostén de la familia, con la rudeza de la vida; de aquí que acepten resignadas que se pague su trabajo de manera que sobrepasa la explotación y con tal de satisfacer las necesidades de los que ama prescinde de las suyas hasta la desnudez y el hambre”.

Pero esa bronca no se quedaría en la resignación. La primera sería la “huelga de domésticos”. En 1901, las alpargateras y cigarreras, más tarde las zapateras, costureras y tejedoras. En 1906 estallaba la huelga de las Compañía General de Fósforos; 1300 fosforeras conmoverían primero Barracas, después Avellaneda y hasta se contagiaría Paraná. Reclamaban aumento de salarios, contra las jornadas interminables y el daño que causaban en sus ojos y pulmones las emanaciones. Decenas de sindicatos se solidarizaron con una lucha que duraría casi 5 meses, e incluiría la detención de varias huelguistas y una multitudinaria marchar para liberarlas.

Las durísimas luchas de las obreras de EEUU y Europa, por derechos laborales pero también políticos, o como parte de procesos revolucionarios, inspirarían a las trabajadoras argentinas a pesar del machismo del mundo sindical.

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Los rostros desafiantes de obreros, otra vez hombres y niños, detrás de las barricadas. “No pasarán” se habían jurado. La Razón le ponía título al paisaje. “La ciudad bajo el imperio de la Huelga General”. Es que la rebelión de los obreros de los Talleres Vasena, en enero de 1919, se había contagiado a todo el país. Cansados de trabajar 11 horas en pésimas condiciones, los metalúrgicos iban a la huelga reclamando “jornada laboral de 8 horas, descanso dominical y pago de horas extras, abolición del trabajo a destajo y reincorporación de activistas gremiales”.

Aunque en muchos países ya se había logrado reglamentar, en Argentina los patrones se resistían a conceder las 8 horas. La huelga de Vasena sería una prueba de fuego: así lo tomaría la burguesía; la clase obrera también. Durante varios días se sucederían movilizaciones y combates. Pero las bandas armadas de los empresarios y los 10.000 soldados y policías que aportaría Yrigoyen aplastarían la huelga tras cientos de muertos, en lo que se conocería como “la semana trágica”. También tendrían decenas de bajas las “fuerzas del orden”. Solo algunos de los reclamos serían concedidos.

Mientras negociaba con los gremios más poderosos, el gobierno del radical Yrigoyen aplastaba a sangre y fuego a los sectores más combativos. La semana trágica, las masacres de la Patagonia rebelde y las de La Forestal, que también tendría como una de sus banderas la reducción de la jornada laboral, son ejemplo de ello.

A pesar de que ya regía en la mayoría de los países de Europa y América, la jornada de 8 horas no era ley en Argentina. Algunos gremios la habían conseguido en duras luchas, pero recién se aprobaría en 1929.

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En una calle de Buenos Aires, los jóvenes levantan los brazos rodeando su trofeo de guerra. Son los restos de un tranvía que no quiso acogerse a las reglas de la huelga general que había paralizado la ciudad. Los obreros de la construcción la habían votado a principios de enero de 1936.

Con la crisis de 1929 los patrones querían ajustar las tuercas pero se enfrentaban a una clase obrera organizada y combativa. Los obreros portuarios habían iniciado la década con una dura huelga ante los despidos, las largas jornadas y los magros salarios. Su propuesta era sencilla: “dos turnos diarios con una jornada de 6 horas evitarían la desocupación y permitirían el ingreso de nuevos trabajadores”.

Pero sería la huelga de la construcción la que sacudiría el país burgués. Los días previos a la revuelta, un volante pasaba de mano en mano en las obras. Se titulaba: “¿Es que la vida de un obrero vale menos que una bolsa de cemento?”. Allí relataba “la actual situación de los obreros del andamio. Masa sin valor alguno, pero para la patronal manos libres para hacer de nuestra vida lo que se les dé la gana y que las obras sean verdaderos mataderos humanos en todos los sentidos: bajos salario, brutales jornadas pese a la existencia de la ley de las 8 horas”.

Con una impresionante solidaridad de otros gremios, la formación de un fondo de huelga que permitía que “los hijos de los obreros comieran mejor que en sus casas” y métodos insurreccionales, la huelga conseguiría parte de sus reivindicaciones, entre ellas el aumento salarial, la jornada de ocho horas, comisiones internas por obra y el reconocimiento de la Federación.

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Desde el 17 de octubre de 1945, el General Perón intentaría conducir una nueva etapa en la historia del movimiento obrero. A cambio de otorgar algunas de las concesiones por las que venía luchando radicalmente en las últimas décadas, el peronismo buscaría subordinar a los sindicatos al Estado y a los trabajadores a las cúpulas gremiales.

Para quienes querían ir más allá, Perón sería muy claro. Por ejemplo en el Congreso de la Productividad: “desde cuando trabajaba 24 horas para subsistir ha pasado mucho tiempo, y la conquista de trabajar una tercera parte de ese tiempo está condicionada a que él pueda producir en las 8 horas lo que antes producía en esas 24. Si no, no se explica la jornada de 8 horas; no se explica esa conquista si no está proporcionada a esa producción”.

El objetivo del Congreso era, para las patronales, recuperar el poder sobre la producción que habían ganado los delegados de base. El titular de la CGE, José Gelbard, decía: “no puede ser que un negro toque un pito y se pare una fábrica”.
Es que muchas comisiones internas sentían que, a pesar de esas palabras, era buen momento para pelear por lo que hace décadas luchaban. Sería el caso de los trabajadores del calzado, que desde hace varios años llevaban adelante huelgas y reclamos “por una jornada de 7 horas con pago de 8”.

O los obreros azucareros salteños, que creyeron que Perón los apoyaría en sus reclamos contra el trabajo a destajo y por la jornada de 8 horas en los ingenios. Emprenderían una dura lucha, pero el general ordenaba reprimir duramente la huelga de 1949, causando 4 muertos. Es que el Dr. Lucio Cornejo Linares, gobernador peronista, era dueño del Ingenio San Isidro.

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“Basta de muertes obreras” dice uno de los carteles. El que los sostiene es un obrero de los Astilleros Astarsa. Otro sostiene una improvisada pancarta con los nombres de sus compañeros muertos construyendo buques. “Empezó la lucha” avisa otro.

Desde finales de los años 60 y 70, a tono con lo que pasaba en otros países, Argentina vivía un ascenso obrero que entre otras cosas cuestionaba el poder del capital en la fábrica.

Los obreros de Astarsa, con duras huelgas que incluían la toma de rehenes, conseguirían la reducción de la jornada laboral de 12 horas a 6 horas y el control obrero de las condiciones de seguridad e higiene.

La clase obrera, a la ofensiva, quería recuperar derechos pero también conquistar una vida que merezca ser vivida. Como cuenta Gregorio Flores, dirigente del sindicato clasista Sitrac, “con dirigentes vendidos, Fiat había logrado imponer ritmos de producción asfixiantes, trabajos insalubres, premios a la producción y asistencia de modo que los obreros iban a trabajar enfermos. Esto prueba que el obrero para el capitalista no está considerado como un ser humano, sino como una herramienta cualquiera, se lo usa mientras sirve y después al pañol de rezago. Tomando los ritmos de producción, las tareas insalubres, los despidos, era más fácil explicar el ordenamiento social donde nosotros vivíamos era injusto y si los obreros nos concientizábamos y organizábamos, era posible, luchando, construir una sociedad mucho más justa y humana”.

Durante las huelgas de junio y julio de 1975, la coordinadora metalúrgica de La Matanza planteaba como primer punto “en los casos de merma de la producción, mantener el pago completo de los jornales, sin suspensiones ni despidos, repartiendo el trabajo entre la totalidad del personal”. La radicalización obrera ponía en cuestión no solo el poder del capital en las fábricas, sino del peronismo sobre los sindicatos y el gobierno.

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Carros, caballos, soldados armados. Así amanecían muchas fábricas el 24 de marzo de 1976. El golpe venía a “poner orden”. Por eso entre las primeras medidas de la Junta Militar se destacaban ataques a las condiciones de trabajo. Esta vez, la “guerra civil por la duración de la jornada” era a sangre y fuego. Se aumentaba de 6 a 8 horas la jornada de trabajo en telefónicos; en petroleros aumentaba una hora y se derogaba la insalubridad, también entre los mineros y trabajadores del subte; los choferes de colectivo volvían a trabajar “a destajo” y se eliminaba el descanso por vuelta; los albañiles perdían el derecho al descanso sábado a la tarde, domingos y feriados; se extendía la jornada de bancarios y empleados de comercio.

Al principio devastada por un golpe que apuntaba fundamentalmente contra ella, la clase obrera también mostraba fenómenos de resistencia.

En enero de 1977 los interventores de SEGBA anunciaban la extensión de la jornada laboral de 32 a 42 horas semanales para los trabajadores de Luz y Fuerza. Los trabajadores idean nuevos métodos para luchar en las nuevas condiciones. Apelan al “trabajo a tristeza”, afectando notablemente el servicio. La acción anima a más de 5.000 trabajadores que se movilizan a la sede del Sindicato intervenido. La dictadura militariza las plantas, secuestra obrero y dirigentes del sindicato, pero los trabajadores siguen apelando a distintas acciones en defensa de sus condiciones de trabajo.

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Abril de 2004. Silencio en el subsuelo de Buenos Aires. No hay silbatos, no hay sirena, no corren las formaciones. Hace 4 días los trabajadores del subte paran para que les devuelvan definitivamente las 6 horas de trabajo.

Claudio Dellecarbonara resume la historia. “En 1944 se dictamina el régimen de insalubridad y la jornada de 6 horas en el subte, pero distintos gobiernos fueron atacando esa conquista. La dictadura y el menemismo impusieron las 8 horas. A fines del 98 retomamos nuestra pelea, en paralelo a la recuperación del Cuerpo de Delegados. En ese momento la desocupación crecía y algunos decíamos que la reducción de la jornada podía ser una bandera de la clase obrera para enfrentar la desocupación. Tras una serie de acciones que culminan en un paro de 4 días en el 2004, conseguimos las 6 horas para todos, pero no el régimen de insalubridad. Nuestro ejemplo demuestra que se puede pelear y lograr la reducción de la jornada laboral sin reducción de salario. Y esta conquista no la conseguimos ni gracias al gobierno kirchnerista, ni por la presentación del proyecto de ley, que por supuesto ayudó. Fue producto de la lucha contra la empresa, la patota de la UTA y la represión estatal. Y producto de una organización, en ese momento, independiente de la burocracia y de los gobiernos de turno. En este momento, el sindicato del subte, con la autoridad de haber conquistado la reducción de la jornada y el reconocimiento que tiene entre muchos trabajadores, tiene que ponerse a la cabeza de plantear una gran campaña para que en el transporte todos trabajen 6 horas, 5 días a la semana”.

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2017. La autopista Panamericana está cortada. Algunos trabajadores y trabajadoras sostienen una bandera: “Nuestra vida vale más que sus ganancias”. Son maestras que trabajan doble turno para poder llegar a fin de mes; obreras de las grandes alimenticias que pisan la fábrica todos los días de la semana; trabajadores del neumático, rotos por los turnos rotativos y la carga horaria; jóvenes tercerizados, que trabajan 12 horas seguidas como hace un siglo.

Pasó mucho tiempo, muchas batallas, muchos mártires. Pero la cuestión sigue planteada. A pesar de los avances de la técnica y los descubrimientos, el capitalismo sigue lanzando al hambre y la desocupación a millones, mientras otra parte de la humanidad trabaja hasta el agotamiento.

“¿Es que nuestra vida vale menos que una bolsa de cemento?”. Ayer y hoy la misma respuesta. No, nuestra vida vale más que sus ganancias, como dice la campaña que encabeza Nicolás del Caño y decenas de agrupaciones clasistas. Porque queremos retomar esas tradiciones de la clase obrera. La que se forjó en cada una de estas batallas para rescatar parte del tiempo que los capitalistas nos roban cada día. Tiempo para disfrutar del descanso, la cultura, la vida social; el ocio productivo como decía Marx. Porque, como decían ellos, queremos “la emancipación de la clase obrera”, queremos “construir una sociedad mucho más justa y humana”, una sociedad que sólo podrá emerger de la liquidación del régimen de explotación capitalista.








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